INDEPENDENCIA DE IPIALES
CARTAGENA DECLARO INDEPENDENCIA EN NOVIEMBRE DE 1811, PASTO EL 13 DE OCTUBRE DE 1811, IPIALES EN SEPTIEMBRE, PERO DE 1810
Por:
Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

Efemérides a solemnizarse la de Ipiales, siendo de las primeras ciudadelas del Virreinato de la Nueva Granada en proclamar la independencia del imperio español. Y no para quedar suspensa como las otras en el retorno al trono de Fernando VII, sino que su decisión implicaba romper con todas las autoridades. Esto está bien averiguado no sólo por probanzas que reposan en los Archivos Históricos de Simancas y de Sevilla, sino también por nuestros paleógrafos Ildefonso Díaz del Castillo, Leopoldo López Alvarez y Sergio Elías Ortiz que divulgaron sus excavaciones en el Boletín de Estudios Históricos hace cien años. En el número 38 de noviembre de 1930.

Ildefonso Díaz del Castillo, con su pariente Emiliano, han sido verdaderos paleontólogos de los Archivos de Cabildos de Pasto. Emiliano rescató inverosímilmente los de las primeras décadas del siglo XVI. Ildefonso, los del siglo XIX. En esos alcances, esculcó en los libros de Cabildos de Pasto este suceso memorable y pudo comprobar que en los primeros días del mes de septiembre de 1810 no solamente Ipiales hizo aquél inusitado pronunciamiento, sino que inclusive dejó, como era costumbre imperante, constancia escrita en un acta de Independencia. Si se tiene en cuenta que Cali y Mompox -según los académicos fueron las primeras poblaciones en proclamar la rebelión el 3 de julio y 6 de agosto respectivamente, y Santafé el 20 de Julio, Ipiales fue la cuarta población en los dominios ultramarinos que hizo saber vibrante y decididamente su aspiración Republicana; Cartagena tuvo su 11 de Noviembre, pero de 1811, Pasto en octubre; en julio de 1813 fue Cundinamarca y en agosto de ese mismo año Antioquia.
Es necesario precisar que todos estos pronunciamientos, excepción hecha de Ipiales, reconocían la monarquía y prometían “derramar hasta la última gota de nuestra sangre por defender nuestra sagrada Religión Católica, Apostólica, Romana, nuestra amado monarca Fernando VII y la libertad de la Patria”, como reza entre otros, el Acta del Cabildo de Cali del 3 de julio de 1810. Todos buscaban liberarse de la usurpación bonapartista en el trono de España para seguir sumisos a la también usurpación borbónica.
La proclamación de Ipiales se incubó en la misma corriente que circulaba desde Santafé hasta Quito. Pero fue mucho más tajante y revolucionaria. Habiendo creado su propia junta redactó la declaración que fue avalada con las firmas de numerosos vecinos, en la que se desconocía la autoridad del Virrey y del gobernador de Popayán y se expresaba el radical y contundente pronunciamiento de “ver extinguidas todas las autoridades”, lapidaría demanda que contenía por sí sola el germen de independencia que poco después despertaría en todo el continente y daría al traste con un Imperio de más de 300 años.
Por fortuna no se extraviaron impunemente ni los antecedentes ni los próceres que nutrieron el árbol genealógico de la Independencia indoamericana. El territorio de los Pastos estaba sembrado de detonantes ímpetus revolucionarios que dibujaron desde entonces y para siempre la silueta justiciera y democrática que la identifica.
Hay en esas edades germinales una figura procera y precursora de aquellos pronunciamientos contestarios sí desafiantes a la vengativa Corona, pioneros en el sentimiento republicano y bolivariano.
Fue Francisco Antonio Sarasti (Popayán), avecindado en nuestra comarca desde 1791, el adalid de las ideas subversivas e independentistas, solidario con las luchas subterráneas que se libraban en el alma no suficientemente cicatrizadas de los aborígenes Pastos, recuérdense la insurrección de los comuneros en Guaitarilla y alrededores, de 1800. Cuando fue corregidor ora como protector de naturales o recaudador de tributos en nuestra provincia se supo de su sensibilidad social pero también de sus arrestos antimonárquicos.
A mediados de 1810, lo encontramos actuando como principal agente en acontecimientos trascendentales, que se relacionan con las revoluciones de Quito y Santafé, y que creemos fundadamente que son desconocidos hasta hoy.
Tendría el Corregidor Sarasti partido considerable entre los pueblos de su dependencia, por haber sido quizás el primer mandatario que de la penosa condición de la clase última se había lastimado. En efecto, pocos meses después de su arribo a la Provincia de los Pastos, se puso al tanto de lo que sucedía a los indígenas ocupados en transportar a espaldas los bastimentos del interior que se consumen en la plaza de Barbacoas. Reclamó al punto ante el Cabildo de Pasto de la miseria del salario que por tal servicio se pagaba a los infelices conductores, pidiendo que de un peso por arroba de carga, se les aumentase a doce reales o a dos pesos, “ya que el tránsito (decía en su representación) por precipicios, subidas, bajadas y saltos hace mucha impresión en los cargueros por el continuo golpe de los tercios que reciben en la espalda, que así se sienten heridos y acaban con la vida; y en atención (agregaba) a que no puede esto remediarse de otro modo, porque no dejan el oficio, que practican desde la niñez y heredaron de sus antepasados”.
Alegaba el Corregidor Sarasti en apoyo de su demanda “que por los transportes que se hacen de Popayán a San Juan o Micay y de Anserma al primer puerto del Chocó, siendo el tránsito más corto y mucho menos fragoso el camino, se pagan diez reales por arroba (cuatro días de camino) y diez pesos por cada tercio de cuatro arrobas, respectivamente.”
Comisionados para informar sobre el asunto los Regidores don Joaquín Santa Cruz, don Gabriel de Santa Cruz y don José Pedro Santa Cruz, a veintiocho de julio de 1805, expusieron que “… desde tiempo inmemorial ha sido costumbre que los comerciantes de las especies paguen a solo un peso por arroba. Sin más paga y sin extorsión alguna se encuentran para el carguío tantos indios y blancos, que, por emplearse en él, aún dejan los fundos fructíferos sin jornaleros para el cultivo.” Añadían que “los miserables comerciantes padecen en Barbacoas (según se sabe) los quebrantos que expresa vuestro Alcalde ordinario.” Provenían tales quebrantos, según los regidores, de que el Cabildo de Barbacoas, autorizado legalmente o no, fijaba precios a las especies de abasto “para que no pudiese pasar de allí.” “Mucho mayor sería la pérdida (agregaban) si hubiera de aumentarse la paga del alquiler del carguero, a más del perjuicio que sufrirían los fundos fructíferos.” Terminaban manifestando que, si a pesar de la costumbre y de la libertad de los contratos en la paga de conductores, se estimare ser conveniente el aumento, debería ser fijando cada carga respectivamente a su peso, “para que los compradores lo paguen, sin quebranto de los comerciantes.”
La moción de Sarasti subió al trono del Rey Carlos IV por mano del Gobernador de Popayán don Diego Antonio Nieto, quien, en 19 de septiembre del año citado, la dirigió con dicho intento a la Real Audiencia de San Francisco de Quito. El Fiscal de este respetable Cuerpo estuvo conforme con lo pedido y dio fallo favorable, “mandando comunicarlo a los Cabildos de Pasto y Barbacoas, y al Teniente de la Provincia de los Pastos.” La provisión real era de fecha 19 de octubre, llegó a Popayán y se mandó cumplir en 16 de noviembre; la recibió el Cabildo de Pasto el 27 y la hizo publicar solemnemente por bando, en la Plaza Mayor, el 29 del mismo mes.
Con lo expuesto tenemos lo bastante para confirmar nuestra suposición de que don Francisco Antonio Sarasti sería hombre popular y bien querido, principalmente entre las parcialidades indígenas de su Gobierno; y aún para avanzarnos a creer que no le costaría mucho convencer a los pueblos comarcanos de que les convenía acompañarle en la proclamación de su independencia para conseguir el goce de la libertad; acto que debió de ejecutar el Corregidor Sarasti, en Ipiales, a fines de agosto o a principios de septiembre de 1810, tal vez concitado por los patriotas de la Revolución de Quito, y probablemente sin conocer lo acaecido el 20 de julio anterior en Santafé.
Esta seguramente fue la última actuación de nuestro prócer ignorado y desplazado por las augustas Academias, pero afectuosamente unido a nuestros primeros comienzos cuando se soñaba con los bienes de la independencia y se libraba fervorosa lucha en procura de construir la nacionalidad. Un descendente suyo, sobrino nieto, JOSÉ MARÍA SARASTI que fue bautizado en Ipiales, se encumbró en la política y la milicia del vecino país del Ecuador hasta llegar incluso a la propia presidencia de esa República al finalizar el siglo pasado.
Las pesquisas en dar con la susodicha Acta que de este suceso agonal se firmó en Ipiales, no han florecido; por ello no se nos ha dado establecer de manera inequívoca las tendencias y el alcance de la proclamación hecha por el Corregidor de los Pastos. Tenemos en reemplazo dos testimonios -que de acuerdo con el derecho probatorio valen tanto como la prueba escritural-, de las que vamos a dar cuenta aquí, extractándolas de sus originales que corren en un olvidado Libro Capitular del explotado Archivo del Ayuntamiento de la ciudad de San Juan de Pasto.
Helos:
1º “Esta Junta ha recibido el oficio de Usía muy ilustre de 13 del corriente, y al ver que don Francisco Sarasti, a quien había recomendado para tratar con ese ilustre Cuerpo, y exponerle sus ideas, es el que ha promovido la desmembración de la Provincia de los Pastos por medio de la farsa que ha hecho en Ipiales, no ha podido contener los justos sentimientos que inspira una acción tan negra y criminal.
“Jamás creyó esta Junta que llegaría el caso de hacer en nombre del rey y de la patria reconvenciones tan amargas a un hombre en quien fiaba para que contribuyese a su misma tranquilidad. Pero ya que la ambición, este ídolo de los hombres vulgares, ha producido la funesta separación del territorio que Sarasti ha arrancado de la dependencia política de esa ilustre ciudad es necesario que los hombres generosos y que sólo miran al bien común, contengan con su prudencia y sus virtudes, las pasiones feroces y crueles que quieran levantar la cabeza en una crisis tan peligrosa y hacer reinar la anarquía sobre la ruina y los escombros de los pueblos demolidos por el desorden.
“En medio de este estrago de la ambición, tiene esta Junta la satisfacción y la gloria de hallar en esa ciudad y en ese Ilustre Ayuntamiento ciudadanos virtuosos y de un carácter y firmeza que son los que han distinguido y los han recomendado en todo el Reino. Descansando en los nobles sentimientos de tan Ilustre Cuerpo, esta Junta espera de Usía que multiplique sus esfuerzos patrióticos y conciliatorios, para volver a formar los lazos que ha roto Sarasti; mientras que el Gobierno dicta las providencias acertadas para conseguir el mismo fin.
“Igualmente podría Usía muy Ilustre apresurarse a elegir el Diputado que se le tiene pedido a la mayor brevedad; pues don Francisco Sarasti anuncia a esta Junta haber pasado a Usía las instrucciones relativas a la elección de su Representante. Las circunstancias se hacen más peligrosas cada día, el desorden crece y la anarquía amenaza a toda esta Provincia. Sólo un cuerpo vigoroso formado de la reunión de los Diputados de toda ella puede cortar la gangrena y conciliar las opiniones y los intereses del Rey y de la Comunidad al fin propuesto.
Dios guarde a Usía muy Ilustre muchos años.
Sala consistorial de la Junta de Seguridad pública de Popayán – Septiembre, 21 de 1810.
MIGUEL TACÓN – ANTONIO ARBOLEDA – ANDRÉS MARCELINO PÉREZ DE VALENCIA – JOSÉ MARÍA MOSQUERA – MARIANO LEMOS – MANUEL DE DUEÑAS,
Francisco Antonio de Ulloa, Secretario.
Señores del Muy Ilustre Cabildo, Justicia, y Regimiento de la ciudad de Pasto.”
“Pasto, 1º de octubre de 1810.
Por recibido: publíquese para la inteligencia del público, y agréguese al Libro Capitular; pasándosele copia de éste con oficio al señor Vicario Juez Eclesiástico de la provincia de los Pastos, al doctor don Juan de Santa Cruz y a los demás Señores Curas que han manifestado la santidad y fidelidad de su conducta, en no querer autorizar el acto escandaloso con su presencia ni suscripción, en señal del debido reconocimiento en que se halla este Cuerpo incluyéndose el de Pupiales, pues no se ignora su generoso procedimiento en el mismo acto.
SANTA CRUZ-SANTA CRUZ – VILLOTA – HIDALGO. Ante mí. Arturo.”
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2. “Con esta fecha digo al Corregidor interino de la Provincia de los Pastos, don Francisco Antonio Sarasti, lo que sigue:
“Acaba de ver este Gobierno, con la más justa indignación, la escandalosa pública conducta de usted, que en medio de la necedad y falta de principios que la envuelven, se descubre muy bien un ánimo revolucionario y turbativo del buen orden, contrario a la debida lealtad al soberano en la persona de sus Magistrados y destructor de la tranquilidad pública. Tal vez merecería usted otra consideración, si sólo la ignorancia asociada comúnmente del orgullo pudiese disculpar la no vedad con que ha procurado alarmar la quietud de esa Provincia de los Pastos que se hallaba, provisionalmente, al cargo de usted, provocándola a una intempestiva independencia de la soberanía, o a rebelarse contra ella, que es lo mismo en las presentes circunstancias y estado actual de cosas. Pero bien se advierte que al mismo tiempo que usted se ciega voluntariamente para no ver la subsistencia de este Gobierno en la plenitud de sus funciones, abre su corazón al deseo de ver extinguir todas las Autoridades. Si usted carecía del discernimiento suficiente para conocer que el pueblo de Santafé, no era el árbitro de la libertad y derecho del Reino, a lo menos no debía ocultársele que la Junta Provincial de Seguridad pública formada por un Cabildo pleno en esta ciudad, no tuvo otro objeto para su establecimiento que ocurrir a las dependencias que tenía de aquélla, y quedaban disueltas con motivo de la alteración acaecida, para cuya deliberación únicamente se han convocado los Cabildos del Distrito, por medio de sus Representantes, quienes compondrán al efecto un cuerpo competente; sin haberse de ningún modo creído necesaria la individual y monstruosa congregación de todos los pueblos de esta Provincia de Popayán.
“Tampoco tenía usted motivo de dudar que si este vecindario lleno de prudencia y de consejo hubiese sido capaz de preocuparse por el impulso de seductores que no faltan; aunque felizmente son pocos, y hubiera tratado de extinguir la Autoridad del Gobierno que tengo a mi cargo, me hallo con el carácter de integridad suficiente para no aprobar una nueva Constitución, que no había sancionado la Soberanía con la Autoridad que ha depositado en mi mano, y que en el caso de una imperiosa necesidad, antes que prostituirla juntamente con mi honor, sabría más bien dejarla que conservarla sin aquella dignidad y decoro con que siempre la ha sabido manejar.
“De aquí es que no puedo ver sin horror la difamación indirecta con que usted ha querido comprometer mi reputación, suponiendo falsamente que yo había consentido en la deposición de mi empleo, y continuaba sólo en el de Presidente de esta Junta de Salud Pública, que en nada, es preciso repetirlo, ha alterado ni disminuido mis funciones; poniéndome en la precisión de dar a conocer la falsedad de semejante especie, que la torpeza o la malicia ha producido y que la malignidad no dejará de difundir, en detrimento de mi opinión y buen nombre. Siendo igualmente muy extraño que intente usted denigrar el concepto del señor Comisario Regio don Carlos Montúfar, que ha merecido la Real confianza y ha venido a este Reino a reunirlo, cortar y tranquilizar sus alteraciones, no a conmoverlo ni disolver su integridad.
“Bien veo que esta unidad, cuyos vínculos son sagrados, y que no pueden romperse sin faltar a los deberes más santos de la Sociedad, no están al alcance de la limitación de usted; pero convencido de ella, no debía haber tratado de preocupar y sorprender la sencillez, la inocencia de los miserables Labradores de esa Provincia.
“Porque usted podrá alucinar con la numerosa lista de nombres que han suscrito la Acta forjada por usted mismo, a quien conozca personalmente como yo las cualidades de esos infelices campesinos. Estoy seguro que la mayor parte no ha sabido lo que ha firmado, y que a muchos de ellos se les ha suplido sus nombres.
“Conozco que la ambición es la que lo ha precipitado para entregar la Acha encendida de la sedición en la mano de esos habitantes, para que luego pongan en combustión sus pueblos. Sabía usted que de mi orden iba a posesionarse del Corregimiento don José Nicolás de Iriguen, en virtud del nombramiento que obtuvo del Excelentísimo señor Virrey. Siente usted dejar este empleo que obtenía provisionalmente, y he aquí el fundamento para publicar destituida la superioridad del Jefe del Reino, hasta en sus efectos: refundir en ese pueblo la Autoridad soberana, desmembrarle de este Gobierno, y hacerle adoptar una nueva Constitución. Si usted no profanase el sagrario de la Religión, no abusaría de su respetable nombre para autoridad la farsa ridícula de la dimisión de su empleo que temía perder y que deseaba conservar por la intriga y por un manejo indecente como éste; pero convénzase usted que no va a atraerle otras ventajas que su ruina, en que envolverá usted a muchos desgraciados, si con una conducta reaccional y arreglada no repara los excesos cometidos; pues a nombre del Rey y de la Patria le requiero para que reponga esa Provincia en su anterior estado, sin embarazar a don Nicolás de Iriguen con ningún pretexto la posesión del Corregimiento; haciéndolo responsable en caso contrario de todos los perjuicios exteriores a que dé lugar el escándalo, y consiguientes a las medidas indispensables que voy a tomar para restablecer el buen orden turbado por usted; a cuyo efecto comunico las prevenciones correspondientes al Ilustre Cabildo de Pasto.”
“Y estando plenamente satisfecho este Gobierno de la integridad, celo y prudencia del Ilustre Teniente de Gobernador, Cabildo, Justicia y Regimiento de esa siempre leal ciudad, espera ver conseguido por medio de su eficacia el restablecimiento del buen orden, turbado en la citada provincia de los Pastos, usando para ello de todos los medios que dicte la Prudencia, a que podría contribuir en mucha parte el influjo del virtuoso Vicario Eclesiástico doctor don Eusebio Mejía, Cura de Túquerres, doctor don Juan de Santa Cruz, como de los demás Eclesiásticos recomendables de aquella Provincia; y en el caso de que la obstinación de Sarasti y sus partidarios, obligue a usar de la fuerza y sea necesario contar con la del Capitán Francisco Gregorio de Angulo, que se halla pronto a regresar a esta ciudad de la de Quito, con dos Compañías de Milicias y una fija de Infantería, se procederá con su acuerdo; para que sin efusión de sangre, que debe evitarse por cuantos medios y unidas las de esa Guarnición, se repare el trastorno acaecido, arbitrios sean posibles.
Dios guarde a Usía muchos años. Popayán, 21 de septiembre de 1810. MIGUEL TACÓN.
Muy Ilustre Cabildo, Justicia y Regimiento de la ciudad de Pasto.”
“Pasto, 1º de octubre de 1810.
Por recibido. Publíquese para la inteligencia y satisfacción del público y agréguese al Libro Capitular, pasándosele copia de éste, con oficio, al señor Vicario Juez Eclesiástico de la Provincia de los Pastos, al doctor don Juan de Santa Cruz, y a los demás señores Curas que han manifestado la santidad y fidelidad de su conducta en no querer autorizar el acto escandaloso con su presencia ni suscripción, en señal del debido reconocimiento en que se halla este Cuerpo, incluyéndose el de Pupiales, pues no se ignora su generoso procedimiento en el mismo acto.
SANTA CRUZ, SANTA CRUZ, VILLOTA, HIDALGO.
Ante mí, Arturo”.
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Si no la consultamos físicamente el Acta que firmó Sarasti e hizo firmar también de numerosos habitantes del territorio de su mando, de los documentos copiados, sobre todo del segundo, sí podemos deducir conclusiones casi conformes con la verdad de lo sucedido.
En primer lugar, se ve de manera clara que el acto de Sarasti fue deliberadamente un desconocimiento de la autoridad real representada por el Gobernador de Popayán don Miguel Tacón, y más inmediatamente por el Cabildo de Pasto; y que fue un hecho consumado.
Que Sarasti sublevó la provincia de los Pastos contra la monarquía y que de ello dejó constancia en una especie de acta, con su firma y de muchas personas de Ipiales y los pueblos de su contorno, excepto Pupiales que se negó a tomar parte en la rebeldía, es un hecho cierto, también lo comprobó Sergio Elías Ortiz quien remata: “El grito de independencia de Sarasti y sus partidarios debió darse en los primeros días de septiembre de 1810, es decir, sería de las primeras manifestaciones de inconformidad de los pueblos del Virreinato de la Nueva Granada, con el agravante de que el acta que se firmó de esa manifestación debió estar concebida en términos tales que mereció de las autoridades realistas una condenación total por ser una acción tan negra y criminal”.
Puede saberse que Sarasti obró estimulado por los acontecimientos de Santafé, movido sin duda por agentes de la revolución de Quito; y es de suponer que contribuyeran a precipitarlo las nuevas del horrible asesinato de que fueron víctimas el dos de agosto de aquel año, los presos patriotas del Cuartel de Limeños, de la misma capital ecuatoriana.
Además, se ha de recordar que por aquel tiempo no fue raro sino más más bien común el caso de que la idea de emancipación combustionara en los espíritus: cada agrupación de individuos de algún modo, le comunicaba calor de entusiasmo y se apresuraba a realizarla, sin cuidarse mucho ni poco de asegurar la estabilidad del resultado. Así obraría el Corregidor de los Pastos, y por tal razón aparece aislada su audaz tentativa, sin nexos visibles con otras de igual naturaleza.
Ni hemos de extrañar que al pie del primero de los documentos de reconvención preinsertos se lean nombres como los de José María Mosquera, Mariano Lemos, Antonio Arboleda y Francisco Antonio de Ulloa, al lado del de don Miguel Tacón; si se considera que este activo y sagaz gobernante hasta octubre de 1810 logró mantener en Popayán, a la mayor parte de los ciudadanos notables, que habían de actuar muy pronto como patriotas irrevocables, unidos a él por los lazos engañosos de una Junta provisional de Seguridad, creada sin más objeto que el de reprimir el grito de Independencia que ya se veía brotar de aquellas grandes almas.
Lo que sí es digno de anotarse es el arrojo de Sarasti al obrar como lo hizo, sin miedo, teniendo por delante la reacción de carácter violento y despiadado que acababa de surgir en el Ecuador; y por la espalda la actitud de inquebrantable fidelidad al rey, del Cabildo de Pasto, reforzada por los varios elementos del Gobierno de Tacón.
El Corregidor de los Pastos no se detuvo en estas consideraciones ni se dejó alucinar con la presencia de Mosquera, Lemos, Arboleda y Ulloa en la Junta de Seguridad de Popayán; prefirió adoptar el propósito y los procedimientos del pueblo de Santafé, sin relacionar los suyos con ellos.
El mismo día 29 de octubre, el Capitán don Blas de la Villota, obedeciendo órdenes del doctor don Tomás de Santa Cruz, Tte. de Gobernador y Comandante de armas en Pasto, preparó veinte hombres de su Compañía, un Oficial, un Sargento y dos Cabos para ir a la Provincia de los Pastos a proteger la posesión de don José Nicolás de Uriguen, y pedía los auxilios y pertrechos necesarios al efecto.
No traen los varios documentos que nos suministran datos para escribir este esbozo, noticia del fin de la expedición contra Sarasti y sus parciales, quienes por lo visto llevaban dos meses de señorear el campo como dueños absolutos de él; pero suponemos que lograrían el Teniente Corregidor Uriguen y sus auxiliares restablecer el antiguo régimen, si hemos de dar crédito al siguiente comunicado, original en otro legajo de época inmediatamente posterior:
“Queda impuesta esta Superior Junta hallarse usted restituido al libre uso y ejercicio de los Empleos de que había sido despojado, y se ha dado la providencia conveniente para que se le despache el correspondiente Título luego que ocurra su apoderado, sin perder de vista su representación para promoverlo oportunamente a otro empleo compatible con sus servicios y circunstancias.
“Se ha acordado que usted entregue a disposición del Comandante don Pedro Montúfar el dinero colectado y que se recaudare del ramo de Tributos de su cargo, para que se invierta en los precisos gastos de la Expedición, pues con recibo de dicho Comandante se le abonará por los Ministros de Real Hacienda, a quien se pasa el correspondiente orden.
“Usted procure no descuidar por su parte el bien común de aquellos Pueblos, inspirándoles una verdadera confianza de este Gobierno pacífico que desea hacer sentir los dulces efectos de la felicidad pública.”
“Dios guarde a usted Ms. As. Quito y agosto 21 de 1811. IC. RUIZ DE CASTILLA, Señor Corregidor de la Provincia de los Pastos don Francisco Sarasti.”
IPIALES LANZO EL PRIMER GRITO DE INDEPENDENCIA EN EL CONTINENTE
Ipiales y la provincia de los Pastos, como acaba de verse, bajo la iluminante inspiración de nuestro prócer Sarasti se sublevaron contra la monarquía y todo lo que decía vínculo con la metrópoli. De ello dejaron constancia en un acta, suscrita por muchos vecinos, excepción hecha de Pupiales que se mantuvo partidaria de los realistas.
¡El preclaro – que también insurgente- documento data de septiembre de 1810 y mereció de los palaciegos una condenación feroz por ser “una actuación tan negra y criminal!“.
En el referido pronunciamiento los ipialeños y circunvecinos desconocían la autoridad del Virrey y del gobernador de Popayán y se expresaba “el deseo de ver extinguidas todas las autoridades”, lo que quería decir que tampoco se reconocía a Fernando VII, menos a la junta de regencia y mucho menos a PEPE BONAPARTE.
Esta enhiesta y sediciosa conducta es el primer grito de independencia lanzado en el virreinato de Nueva Granada toda vez que Cali, Buga, la misma Santafé de Bogotá pronunciaron actas de rebeldía, pero siempre defendiendo y acatando los fueros de Fernando VII. Inclusive, el de Ipiales fue pronunciamiento previo al “Grito de Dolores”, en Méjico de los curas Hidalgo y Allende (del 16 de septiembre de 1810), reputado el primero de todo el continente americano.
San Francisco de Quito que hizo lo propio en agosto de 1809, tampoco declaró la independencia total. Los próceres quiteños declararon su rebeldía contra las autoridades locales sospechosas de traición napoleónica. Para ello defendieron los fueros borbónicos y conformaron su junta revolucionaria- como lo habían hecho en la misma España- pero autónoma de la madre Patria.
En Iscuandé (hoy Santa Bárbara) también se produjo un alzamiento contra el Cabildo y demás burocracia peninsular. El 4 de noviembre de 1810 liderados por MANUEL OLAYA, EVARISTO ARBOLEDA, MANUEL ESTUPIÑÁN, MANUEL JOSE PAREDES, TOMAS OBANDO constituyeron Junta Revolucionaria, redactaron un acta y arrestaron al teniente de Gobernador de la Provincia de Micay, MANUEL SILVESTRE VALVERDE.
El cabildo de Santafé acordó esperar la llegada del comisionado REGIO ANTONIO VILLAVICENCIO para proclamar la Junta Suprema. Y si no es por JOSE MARIA CARBONELL el auténtico prócer y líder popular por excelencia, amén de haber sido secretario de la Expedición Botánica no hubiera tenido su 20 de julio. Pero de estas fechas tenidas como precursoras de la independencia nacional nada hace sospechar el ánimo separatista.
Al revés, se conmina al rey don Fernando VII a venir “a reinar entre nosotros, quedando por ahora sujeto este nuevo gobierno, es decir, la flamante nueva Junta de Gobierno Supremo de la Nueva Granada a la Superior Junta de Regencia interina” con sede la Cádiz. Hasta MIGUEL ANTONIO CARO, procónsul peninsular, dijo que este acto para nada es de Independencia.
Quince días antes en el ayuntamiento de Santiago de Cali, se proclamó la conformación del gobierno propio, pero también sometido a Fernando VII.
La precaria y monárquica actitud de Cali la copiaron Buga, Cartago, Toro, Anserma y Caloto. El acta de instalación de la Junta provisional de Gobierno de las seis ciudades amigas del Valle del Cauca invoca “la necesidad de su independencia, la de librarse del yugo francés y conservarle estos dominios a nuestro legitimo soberano el señor don Fernando VII, nuestro amado soberano, y conservar estos lugares para él mismo, sacrificándose gloriosamente por la patria”.
No es meramente anecdótico que habiéndose remitido copia del “Acta de Independencia” del 3 de julio de las ciudades confederadas del Valle del Cauca por parte de EMILIANO DIAZ DEL CASTILLO- pariente lejano de JOAQUIN DE CAICEDO y Cuero el máximo prócer del Acta-, la Academia de Historia del Valle del Cauca haya reportado fríamente el envío, porque en el documento “de ninguna manera aflora el espíritu de emancipación”. Y no podía “aflorar” porque esa no fue la intención del Acta del 3 de Julio. Su exacto contenido y propósito es de acatamiento y sumisión a Fernando VII.
Ningún personaje más gratuitamente amado por sus súbditos: no sólo los propios de la Península sino los de más acá del Atlántico; y ninguno más perverso e inútil. El inefable destino de Indoamérica quiso que este Borbón anodino fuera el Rey de España cuando la imposible hora de la restauración y cuando el continente suramericano protagonizaba el màs grandioso episodio de liberación bolivariana.

