HOMENAJE A GUSTAVO ÁLVAREZ GARDEAZABAL

Palabras en el marco del reconocimiento que la Universidad de Nariño le hiciera en noviembre pasado en los 116 años de creada la institución al Maestro Gustavo Álvarez Gardeazábal

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Portada edición especial conmemorativa de la novela “Cóndores no entierran todos los días”, por parte de la Universidad de Nariño.

 

Por:

Manuel Enrique Martínez Riascos

 

Manuel Enrique Martínez Riascos

 

Desde la veraniega y apacible localidad de “Güairabamba”, bellísimo vocablo de pura estirpe del quechua primigenio que en castellano designa al “valle hermoso” que se asentaba en cercanías al municipio de Chachagüí, les presento un afectuoso saludo a los respetados integrantes de la Mesa de Honor y al insigne escritor mi Maestro Gustavo Álvarez Gardeazábal, quien en ocasión de celebrarse los 116 años de creada el Alma Mater de los nariñenses, nos acompaña para recibir ese reconocimiento de parte de la universidad, que fue y será siempre su casa, no sólo por haber iniciado en las aulas vetustas del campus de Torobajo, su trayectoria como docente de Literatura y de las Humanidades, sino también como una manera de enaltecer ante las generaciones presentes y futuras, su ejemplar y destacada vocación que como escritor supo labrar desde estas tierras de los Andes, custodiadas por ese guardián milenario, el “Urcunina”.

 

Este año del 2020, próximo a terminar sus calendas, nos ha brindado significativos acontecimientos para la Universidad de Nariño y la región surcolombiana que la acoge, pero de modo singular quisiera evocar esa época de los setenta, cuando recién graduado en Licenciatura en Letras, Gustavo Álvarez Gardeazábal arribaría por primera vez a la ciudad sorpresa en el mes de agosto de 1970, un joven profesor que se distinguía de los demás foráneos por su acento valluno y su presencia física que combinaba la sencillez con la elegancia, complementada casi siempre por su “mochila” inseparable en la cual traía su Tesis de grado “La novela de la violencia en Colombia”.

En esa época, todavía bajo la tutela de la Constitución centenaria de Nuñez y Caro la de 1886, los rectores de las universidades públicas eran nombrados por el gobernador de turno, y en Nariño regía sus destinos Laureano Alberto Arellano, conocido como el “mono” Arellano, quien ejerció ese cargo durante 1970 y 1971; le correspondería posesionar al recién llegado catedrático Álvarez Gardeazábal, al Dr. Francisco Vela Herrera, “el Pacho Vela” como le decían sus amigos y allegados … fue durante el gobierno del conservador Misael Pastrana Borrero, último estadista del célebre pacto que firmarían Alberto Lleras Camargo (como representante del partido liberal) y Laureano Gómez (como representante del partido conservador) llamado Frente Nacional, en Benidorm, 24 de julio de 1956, y en Sitges, 20 de julio de 1957, localidades españolas; un acuerdo [de paz] que instauró el bipartidismo para contener la violencia y el derramamiento de sangre que a lo largo y ancho de la geografía colombiana se había esparcido a raíz del asesinato del líder Jorge Eliecer Gaitán…

El profesor Álvarez Gardeazábal se vincularía entonces al departamento de Humanidades, en la antigua Facultad de Educación, cuando existía también el departamento de Filosofía.

Al año siguiente de 1971, sería designado como rector de la Universidad de Nariño el ilustre académico, científico e investigador Luis Eduardo Mora Osejo; quien en 1972, durante la gobernación del conservador Francisco Muriel Buchely (quien no terminaría su mandato) y Francisco Javier Revelo, propiciaría un proceso de reforma del Alma Mater y para ese efecto presentó a consideración de los estamentos y consejos universitarios el documento conocido como PLANTEAMIENTOS BÁSICOS PARA LA REFORMA DE LA UNIVERSIDAD DE NARIÑO, una aspiración que se vio truncada porque, por los avatares azarosos de la política, el Dr. Mora Osejo fue separado de su cargo…

Bueno, eran necesario describir de cierta manera el contexto que caracterizaría [enmarcaría] la permanencia y actividad vital del Dr. Gustavo Álvarez Gardeazábal en suelo pastuso y en la Universidad de Nariño en particular, en la cual alternaría la docencia, como se ha dicho, con la creación y producción literarias y éstas las evidenció de un modo muy concreto, fundó el primer Taller de Escritores que tuvo la universidad el cual convocó a estudiantes y profesores amantes de la literatura y de seguir la senda tortuosa de Cervantes … y dejaría la simiente para que dos años más tarde (1974) se creara el Taller de Escritores “Awasca”, denominado así por concurso, que funciona hasta la actualidad adscrito al departamento de Humanidades y Filosofía.

Pero también hay que decirlo, la ciudad de San Juan de Pasto enclavada en las faldas del volcán Galeras, le serviría de inspiración para escribir su primera novela “Cóndores no entierran todos los días”, cuyo primer texto data de 1970, y como reza en sus páginas iniciales la escribió en Torobajo (nombre del predio donde se había construido la nueve sede de la benemérita institución); de ahí que en este año (también) se estén conmemorando los 50 años de ese inspirado nacimiento, cuyo título emblemático y metafórico era una alusión a una de las aves que anidaban en las estribaciones del Urcunina y que se perderían para siempre, sólo quedando como un referente simbólico en el escudo patrio.

¡Cómo es la vida! Yo había terminado mis estudios de bachillerato en julio de 1970 en el Instituto Champagnat regentado por la comunidad de los Hermanos Maristas (de origen francés) y al año siguiente me presenté a inscribirme al Programa de Licenciatura en Educación con Especialidad en Filosofía y Letras de esta Universidad, el cual formaba parte en ese entonces, de la antigua Facultad de Educación; fui admitido y fue así como inicié mis estudios y ya estaba en la rectoría el Dr. Mora Osejo … cursábamos los diez admitidos el primer semestre y compartíamos las aulas y auditorios con estudiantes de otros programas de licenciatura, porque en esos tiempos había un currículo común denominado “componente o estudios básicos” que nos obligaba a mirar materias como biología, matemáticas, estadística, etc., más ese primer momento de nuestra experiencia como universitarios
se interrumpió, porque cerraron la U (como se decía y se sigue diciendo en la actualidad), era como a mediados de abril de 1971.

Se retornó a clases en el segundo semestre a partir de agosto y nos tocó estrenar nuevo Plan de Estudios, aquellas asignaturas mencionadas del componente básico habían desaparecido, para sorpresa nuestra encontramos nuevas y sólo las referidas a la carrera, entre las cuales estaba la de Introducción a la Literatura; el primer día de clase los diez compañeros –siempre fue un grupo pequeño- estábamos expectantes por conocer a los nuevos profesores y fue así como puntual y preciso apareció en la puerta del salón (en el desaparecido Bloque 1) el docente que la impartiría, y que hoy se ha hecho presente el Maestro, mi Maestro GUSTAVO ÁLVAREZ GARDEAZÁBAL …

(Para quien solicito un aplauso) En el aula y bajo su orientación y saber conocimos y nos familiarizamos con las corrientes y escuelas literarias de Latinoamérica y de Europa; era la época del conocido Boom Latinoamericano, “fenómeno literario que surgió entre la década del ´60 y del ´70 y que consistió en el afloramiento de la narrativa latinoamericana, con obras que se difundieron por todo el mundo, convirtiendo a sus autores independientes y relativamente jóvenes, en íconos de la literatura [Fuente: https://www.caracteristicas.co/boom-latinoamericano/#ixzz6cOgfgBSH].

Iniciaríamos también nuestros primeros ejercicios de composición literaria en narrativa escribiendo algunos cuentos que eran leídos, corregidos y evaluados con el rigor que caracterizaba al profesor Álvarez Gardeazábal … De igual manera nos adentró en la poética de los simbolistas franceses de quienes leíamos y analizábamos en clase los textos de los considerados “poetas malditos” como Arthur Rimbaud, Stéfane Mallarmé y Paul Verlaine, del siglo XIX pero con bastante arraigo e influencia a ambos lados del Atlántico hasta nuestros días; recuerdo en especial el poema Una carroña de Charles Baudelaire, precursor del simbolismo y otro de los poetas malditos, el cual forma parte de su libro harto conocido y traducido Las flores del mal.

Evoco este pasaje de una de las tantas y amenas clases que recibimos del joven profesor, quien tenía una especial disposición para leer poesía…

Pero, no sólo se daría a conocer en estas tierras del Sur por su actividad dedicada a la docencia y a la escritura, sino también que revelaría un talante crítico y directo en asuntos de política y administrativos, hasta el punto que en el tiempo de su estadía en Pasto y su vinculación con la Universidad de Nariño, tuvo asiento en el Máximo Organismo de Gobierno, el Consejo Superior Universitario como delegado del Ministro de Educación [Luis Carlos Galán Sarmiento].

En un paréntesis muy breve, la década de los 70 fue una de las más convulsionadas en la historia del país y del siglo pasado; en el último gobierno del Frente Nacional sucedieron muchas revueltas y paros cívicos y las protestas en las universidades públicas fue una constante y a consecuencia de ellas el gobierno de Pastrana Borrero, apelando a las medidas excepcionales –previstas en la Constitución decretó el Estado de Sitio y se cerraron 18 universidades (entre ellas la de Nariño).

Volviendo a la prolífica actividad literaria del Maestro Gustavo Álvarez Gardeazábal se recordará que su primera novela “Cóndores no entierran todos los días”, fue ganadora del máximo galardón en el concurso Manacor de las Islas Baleares de España en 1971, es decir al año siguiente de haberla concluido en el campus de Torobajo; considerada por la crítica especializada como la mejor en su amplia producción como escritor, como narrador; obra que también sería llevada al cine por el realizador Francisco Norden en 1984 y sería la primera producción del cine colombiano en participar en un festival internacional tan afamado como el de Cannes en la riviera francesa…

“El oficio de escritores se ve complementado con una importante trayectoria en el mundo académico de las universidades, a través de la publicación de ensayos y en algunos momentos con la participación en periódicos con la publicación de columnas de opinión”; una muestra de ello, se dio entre 1972 y 1980, cuando estuvo vinculado como profesor en la Facultad de Humanidades de la Universidad del Valle, durante ese tiempo fundó la revista Logos de la cual fue su Director y el Taller de Escritores.

También vivió el mundo inhóspito de la política al frente de la Alcaldía de Tuluá, en dos oportunidades (su ciudad natal) y después en la Gobernación del Valle; con posterioridad se desempeñó en el medio radial en el espacio de “La luciérnaga” haciendo periodismo de opinión.

Para concluir, es importante relievar “el papel social y político del literato”, del escritor, como se intitula el escrito –bastante extenso y muy interesante- que recoge una “entrevista con (…) Gustavo Álvarez Gardeazábal”, realizada en Medellín en el mes de mayo de 2008 por Dairo Correa Gutiérrez, en cuya parte introductoria se lee: “En el plano de una actitud no conformista con la realidad política del país se ubican las obras narrativas de Antonio Caballero, Fernando Soto Aparicio y Gustavo Álvarez Gardeazábal”. “La obra literaria de Gardeazábal alberga diversos testimonios sobre la política de los últimos cincuenta años en el país, principalmente aquella relacionada con la región del Valle del Cauca”.

Así fue el inicio de la entrevista: “El primer tópico sobre el cual vamos a hablar es la construcción narrativa de su novelística y cómo percibe la utilidad que puede tener el discurso ficcional de la literatura para representar o testimoniar fenómenos sociales en Colombia”. Y así respondió:

 

“Yo no he hecho sino eso a lo largo de todas mis novelas, (…). Siempre ha sido sobre un discurso que permita reflejar a futuro la realidad de un momento que los historiadores no contaron. En algún momento lo escribí con ilusión y algo de ingenuidad como cuando escribí Cóndores, creyendo que en este país si yo escribía una novela contando todo lo que había pasado, las nuevas generaciones no iban a cometer el mismo estúpido error. Perdí el tiempo porque aquí siempre se busca algún pretexto para seguirse matando. En todas mis novelas, hasta en las más tenues, no he hecho más que reflejar esa realidad y ese contexto histórico y social que permite la solución teórica o la crítica acerba o la desilusión total, y en el fondo yo soy el novelista crítico de la segunda mitad del siglo XX. Y terminé de historiador haciendo novela”.

 

Muchas gracias
Manuel E. Martínez R.
Director Departamento Humanidades y Filosofía

 

En el marco de la conmemoración y celebración del aniversario 116 de la Universidad de Nariño, con la rectoría del Dr. Carlos Solarte Portilla, se llevó a cabo el descubrimiento de la placa con la que se recuerda a las generaciones futuras al escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal, quien escribió su inmortal novela “Cóndores no entierran todos los días”, así mismo, se realizó el lanzamiento de la edición especial conmemorativa de dicha novela.

 

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* MANUEL ENRIQUE MARTÍNEZ RIASCOS:

Docente Tiempo Completo, Revisor y Corrector de Estilo, Facultad de Ciencias Humanas y Sociales Departamento Humanidades y Filosofía, Programa de Licenciatura en Filosofía y Letras, Universidad de Nariño.

 

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