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GUILLERMO CHAVES CHAVES, CONCIENCIA ETICA Y JURIDICA

ELEGIA DE VARONES ILUSTRES EN LA PROVINCIA DE LA VILLAVICIOSA DE LA CONCEPCION DE LOS PASTOS (ULTIMA, XXVIII)

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Por:

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

 

Se ha dicho que la ingratitud es la impronta de los pueblos fuertes y sin embargo de no serlo, en nuestra provincia, es canónico que despreciemos el acervo etnológico y no disimulamos su deshaucio y desgreño. Por eso es que es apremiante redimir de la impune flagelación a celebridades que alumbraron nuestro horizonte y que de no haber existido, deberíamos crearlas porque los pueblos no pueden vivir huérfanos de sus faros incandecentes.

El maestro en muchas disciplinas Gerardo Cortés Moreno llamaba la atención hace varios años acerca del imperdonable olvido al que habíamos arrinconado, verbigracia, a don Julio Bravo Mejía -no sólo padre de Gonzalo y de Juan- sino arrojado pionero que había instalado sólido emporio industrial para beneficio comunal.

Pudiera decirse -por ello- que estas Elegías tienen el empeño de reivindicar la prominencia y la autenticidad de aquellos varones que irrumpieron con su magisterio y su patriotismo y forjaron la idiosincracia, la cultura de la provincia y “la fuerza de la patria”.

Así ocurre garrafalmente con la memoria de Guillermo Chaves Chaves… Por fortuna para los ipialeños de hoy existe la fidelidad entrañable y tenacidad investigativa de su nieto Mauricio Chaves Bustos quien ha rastreado su descomunal biografía más sorprendente y admirable si se tiene en cuenta que Chaves Chaves murió muy joven a los 60 años y ya había  acumulado muchísimas acciones en la construcción del pensamiento jurídico y humanístico tanto en sus ejecutorias como legislador, ya como tratadista ora periodista y maestro de juventudes. El homenaje de su nieto es filial, cálido, recio, puntual, reflexivo, exhaustivo.

 

Guillermo Chaves Chaves, en su juventud

 

Ipialeño cabal, nacido a finales del siglo XIX, alumno de los filipenses Celso Coral y Leovigildo Chaves, fue de los primeros alumnos del recién fundado Colegio Sucre bajo la docencia de Medardo Chaves y Gonzalo Torres Arellano, conocido librepensador y periodista; llegó al Seminario jesuita de Pasto; finalmente a la Universidad de Nariño, en donde fue condiscípulo de Teófilo Albán Ramos, Emiliano Díaz del Castillo y Víctor Sánchez Montenegro; coronó Filosofía y Letras en la Universidad de Cauca (1916) siendo contertulio y compañero del poeta Rafael Maya.

En todas estas casas Chaves Chaves fue reconocido por su elocuencia verbal y su clásico modelo expositivo. En 1916 en compañía de Víctor Sánchez Montenegro funda el periódico Sur de Colombia, en donde pululaban los escritos con claro estilo socialista y ensayos y poemas con fuertes renovaciones de estilo, como lo reconocerá el cofundador en el ensayo introductorio frente a la obra del poeta barbacoano Teófilo Albán Ramos, Víctor Sánchez Montenegro, que también alcanzó alturas en la poesía y narrativa, dijo muchos años después que: “Guillermo Chaves Chaves, de Ipiales, Jurisconsulto de renombre nacional, es uno de los expositores del Derecho más insignes de la República. Sus actuaciones en el Congreso son piezas luminosas de hermenéutica jurídica que lo precisan como un verdadero maestro. Es autor de varias obras de Derecho, en la especialidad de comentarios al Código Civil y Comercial. A él se le debe la ley sobre Propiedad Literaria, en donde recogió las últimas disposiciones sobre la materia con privilegiado acierto. Como defensor en asuntos penales tiene una capacidad de lógica y de elocuencia que lo sitúan en uno de los más altos puestos de la literatura forense. Sus discursos parlamentarios tienen el sello de una fecunda documentación y de admirable factura literaria. Su juventud rebelde se inició en los claustros de la Universidad de Nariño, cuando publicó “Sur de Colombia” en mi compañía, por los años de 1916, para defender las modernas tendencias conservadoras de la juventud de aquella época. Allí se libraron interesantes batallas políticas y literarias y allí empezó también, como es fácil comprobarlo, el nuevo movimiento literario con un sentido de revolución de la poesía, cuando alguien escandalizaba a los burgueses intelectuales con sus versos modernistas, sin respeto a las medidas, teniendo en cuenta únicamente el hondo sentido musical rubeniano, bajo la sombra de Verlaine. En ese mismo año se hizo conocer y fue admirado por la clase obrera pastusa, cuando el primero de mayo improvisó un discurso en la plaza pública, augurando desde ya al sabio tribuno nariñense”.

Guillermo Vargas Paúl, en la Revista Bolivariana, 26 de enero de 1979, en discurso ofrecido en honor de Sergio Elías Ortiz decía: “Las letras colombianas tienen en Nariño un repertorio extenso. Nos haríamos interminables si tratáramos en estas palabras tan solo de citar nombres. No obtante, y al azar, recordemos algunos de ellos, a través de los cuales rendimos pleitesía a la inmensa pléyade de los que no nombramos: José Rafael Sañudo, Sergio Elías Ortiz, José Rafael Zarama, Ignacio Rodríguez Guerrero, Guillermo Chaves Chaves, Guillermo Edmundo Chaves”… p. 24.

Regresando a la biografía actuante de Chaves Chaves, a los 22 años contrae matrimonio con doña Leonila Bustos Estupiñán, fina dama, inteligencia alta, primera mujer que logró estatus en la vida política nariñense, tuvieron doce hijos: Alirio, Ricardo, Jesús, Graciela, Guillermo, Ofelia, Luis Alejandro, Germán, Gloria, Fabio, Edgar Ramón y Jaime.

 

Leonila Bustos de Chaves Chaves

 

En ese mismo año (1919) viajó a Bogotá para adelantar sus estudios superiores, ingresando a la Universidad Externado de Colombia, siendo rector el Dr. Diego Mendoza Pérez, pero obtuvo el grado en la Universidad Libre de Colombia; el mismo Chaves Chaves lo explicaba: “Yo estudié en el Externado de Colombia, siendo mi compañero de estudios el nariñense Miguel Ángel Álvarez, (primer Gobernador Liberal que fue del departamento de Nariño, en 1934, seguido, en el mismo cargo, por el ipialeño Gerardo Martínez Pérez, entrambos de los riñones del lopismo militante y reinante, Jorge Luis Piedrahita Pazmiño, JLPP). “Ambos nos graduamos en la Universidad Libre, pero porque el rector del Externado y el ilustre fundador de la Universidad Libre acordaron refundir los dos planteles en uno, y yo debí terminar en la que quedó funcionando”.

El 19 de octubre de 1924 obtuvo el grado de Doctor en Derecho, Ciencias Políticas y Sociales; en todos los años de estudio obtuvo las más altas calificaciones, es decir de cinco sobre cinco, siendo por este motivo altamente elogiado y admirado por maestros y condiscípulos. El 20 de octubre el diario El Tiempo de Bogotá publicó parte del discurso en el que el Rector de la Libre, Dr. Miguel Arteaga Hernández, hizo público reconocimiento del ipialeño:

“Ante el distinguido cuerpo de examinadores, compuesto por los doctores Luis Felipe Rosales, Eduardo Rodríguez Piñeres, Hernán Copete y del rector de la Universidad, Dr. Miguel Arteaga, presentó su grado el distinguido hijo de Ipiales, Guillermo Chaves Chaves, sobre el difícil punto de derecho titulado Nulidades, tesis que sostuvo con acopio de buenos argumentos y en el cual pone de relieve su diferencia de ideas acerca de ese punto con las emitidas por la Corte Suprema de Justicia. Chaves Chaves es uno de los alumnos que más se han distinguido en los claustros de la Universidad y como bien lo dijo uno de sus examinadores, podría servir de ejemplo a las nuevas generaciones que se educan”. (…) Al Terminar la oración el doctor Arteaga H., un respetable grupo de nariñenses y demás condiscípulos, enloquecidos de entusiasmo, se abalanzó sobre el doctor Chaves y lo abrazaron en medio de atronadores aplausos de la numerosa concurrencia. Anoche un grupo numeroso de sus condiscípulos, obsequiaron en los comedores del Hotel Continental con una comida, al nuevo togado, en el cual reinaron la cordialidad y la alegría más completa.

También el vespertino capitalino Mundo al Día recogió la noticia:

“La Universidad Libre acaba de conferirle el título de doctor en Derecho y Ciencias Sociales al señor Guillermo Chaves Chaves, joven de los más aventajados en la República. Dados los méritos que distinguen al nuevo doctor, los elogios que de él se hagan resultan inútiles, y por eso tan sólo nos limitamos a repetir las palabras proferidas por el doctor Eduardo Rodríguez Piñeres con relación a este grado: El grado de Chaves es un motivo de plácemes para la ciencia jurídica, y un motivo de orgullo para la Facultad que le dio vida intelectual” .

En discurso pronunciado por el  Rector de la Universidad, Dr. Miguel Arteaga H, y que se conserva en un libro que éste obsequió al nuevo togado, se lee:

“Estimado amigo. Acaba de recibir Usted el título de doctor en derecho que confiere la Universidad Libre. Aprovecho la ocasión para escribirle esta carta en la primera hoja de un libro que quiero conserve como recuerdo mío. Honrado me siento con que Usted haya sido mi discípulo y con que me haya correspondido, como Rector de esta Facultad, recibirle la promesa reglamentaria y entregarle el diploma. Dije al general Herrera cuando me encargó la dirección de la facultad de Derecho, que no interesaba el número sino la calidad de doctores que presentara el Instituto: con graduados como Usted se realizan mis anhelos y voy cumpliendo mi deuda de gratitud para con el ilustre fundador de la Universidad Libre. Íntimamente convencido me encuentro de su admirable preparación, fruto de su inteligencia y de una labor sin tregua. Pocos como Usted podrán referir que ha ganado con la más alta calificación todos los cursos y que ha sido aclamado en todos los exámenes preparatorios. Que tantos merecimientos los siga Usted aumentando con virtudes que hagan que dentro de unos lustros se le señale a Usted como modelo de ciudadanos, así como hoy sus profesores lo señalamos como modelo de estudiantes. Como Rector de la facultad de derecho de la Universidad libre y como profesor, envío hoy a los suyos y a su ciudad natal un afectuoso saludo”.

Apreciación que corroboraría en las bodas de plata de la Universidad Libre el sabio constitucionalista Tulio Enrique Tascón: “25 años formando nuevos patriotas, 25 años cincelando nuevas inteligencias y lo suficiente para que el Parlamento, la Cátedra y el mundo de las letras señalen con honor y orgullo los nombres puros y preclaros de Guillermo Chaves Chaves, (Miguel) López Pumarejo y Jorge Soto del Corral”.

De su tesis de grado, cuyo presidente fue el Dr. Hernán Copete, hizo un profundo y selecto estudio, del cual extraemos:

“Supo el autor de la génesis de nuestro derecho y ha estudiado sus fuentes: de ahí que el presente trabajo sea de Civil comparado, la más alta evolución de las elucubraciones jurídicas. Al tratar de un asunto comienza el autor exponiendo las bases eternas de la legislación romana, principalmente tal como se concretaron en las Institutas de Justiniano; habla en seguida del antiguo Derecho Español, del de Las Partidas del Rey Sabio; estudia después el Derecho Francés, el de todos los pueblos europeos modernos y el nuestro, y compara todo aquel material, y critica y deduce, todo con grande acierto y con criterio que asombra. Tantas son las ideas del autor, que el presente trabajo se sale de la esfera de una tesis de grado y se presenta con todos los contornos de un libro vasto y profundo. Diríase que lo escribió un hombre encanecido en el estudio. También merece aplauso en el trabajo el estilo agradable y fácil en que se halla escrito, prendas estas que sirven como de condimento y salsa en toda literatura, y que a la vez que hacen más apreciable el manjar lo hacen más alimenticio. En resumen, Señor Rector, estimo que la Tesis que comento es un trabajo magnifico, digno de ser difundido, que merece ser leído por todos los adictos a las disciplinas jurídicas severas, y que coloca a su autor a la cabeza de los jurisconsultos jóvenes de la República”. 

La vida universitaria de aquel siglo embrionario de nuestra nacionalidad estuvo férreamente vinculada con la actividad política y corrió paralelamente con sus persecuciones y fanatismos. Los insulares establecimientos educativos del liberalismo, sostenidos con una decisión casi heroica por verdaderos próceres del partido, como la Universidad Republicana, el Externado de Derecho, los Colegios del Doctor Lorenzo María Lleras, Manuel Antonio Rueda Jara, del doctor Simón Araújo, don Antonio Ramírez, doctor Simón Bossa … no eran aceptados oficialmente y a los títulos que conferían no se les reconocía ningún valor académico. También el Colegio Académico de Pasto, fundado por el Libertador en 1825, colaba título en Derecho. Este Colegio, el del Seminario (Teología), y el de San Agustín (Medicina), ofrecían pénsum superior a finales de 1800, como si fueran universidades. El proceso que culminó con la creación de la Udenar se inició con el colegio de los jesuitas fundado en 1712.

Ezequiel Rojas, por ejemplo, inició estudios en el Colegio de San Bartolomé, de literatura y filosofía; pasó a la Universidad Central para adelantar la carrera de jurisprudencia, en 1826; Felipe Pérez, en el Colegio del Espíritu Santo, obtiene el título de doctor en jurisprudencia, en 1856.

Sus estudios de derecho los hizo Olaya Herrera en la Universidad Republicana que había sido fundada en 1886, con el nombre de Externado de Derecho, por liberales santandereanos como Nicolás Pinzón Warlosten y José Herrera Olarte. Fue su maestro Luis A. Robles; también Carlos Arturo Torres, filósofo, poeta, internacionalista; del creador de la cátedra de Sociología spenceriana Diego Mendoza Pérez, del humanista Antonio José Iregui, del economista Aníbal Galindo.

Felipe Lleras Camargo rememora que la Universidad Republicana se cerró a fines de 1917 porque en ese momento vino la candidatura del poeta Guillermo Valencia apoyado por Benjamín Herrera. Entonces el partido liberal se dividió. “Como yo me había graduado de bachiller a los 14 años empecé a estudiar y terminé en 1918 y me gradué en Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Republicana; y ese año se acabó la Republicana, entonces tuve que graduarme en El Externado, porque la Republicana la tenía un doctor Eugenio J. Gómez”.

La Universidad Republicana fundada en 1890 por dos santandereanos, Manuel Antonio Rueda Jara (Villa del R.) y José Herrera Olarte (Vélez) Rector en 1910, Eugenio J. Gómez.

La Libre, como entonces y siempre se la ha conocido, en cierta forma vino a suceder a la Universidad Republicana –fundada por el Negro Robles- que junto con el Externado aparecieron en nuestra historia a finales del siglo XIX, como reacción al modelo oscurantista y regenerador de Núñez y ante todo del ultramontano Miguel Antonio Caro. Universidad que se extinguió por problemas económicos, en 1913 y que cedió todos sus bienes muebles a la Universidad Libre en 1914.

Sin embargo, la Libre sólo pudo iniciar su labor académica en febrero 13 de 1923  -hace 100 años- poco tiempo después de que la Convención Nacional Liberal reunida en Ibagué, por Acuerdo número 6 de 1922, recomienda a los liberales y en especial al jefe del Partido, el general Benjamín Herrera, dar su apoyo económico decidido. JEGA, Jorge Soto del Corral, Germán Zea, Cesar Julio Rodríguez, J.J. Caicedo Castilla, Demetrio Martínez Porras, Jorge A. Velásquez, Marco A. González Sánchez, Germán Arciniegas. Curiosamente, Rosita Rojas Castro, en 1943 , abogada externadista, Jueza Tercera Penal del Circuito, fue la primera mujer en la historia de Colombia graduada de abogada y primera en ingresar a la judicatura. Entran de lleno a  luchar por la igualdad de sus derechos. De Tocaima, 1919.

Y a partir de su egreso universitario no hubo día en que Chaves Chaves no amaneciera con una rama de laureles sobre sus sienes; regresó a su pueblo, siendo muy conocidos los casos que llevaba, pues sus interpretaciones sentaban cátedra ante Jueces y Tribunales, sus defensas fueron motivo de estudio para aquellos amantes del derecho. Desde entonces la ciudadanía le dio el título de maestro, más tarde, y como se verá luego, concepto confirmado por la intelectualidad del país. Es en 1930 cuando Chaves Chaves debe enfrentarse a la tradición favorecedora de una casta social determinada frente a los intereses de los desposeídos, siguiendo su formación humanística, se inclina por el servicio a los desfavorecidos de la sociedad, y en una época cuando Quintín Lame había pasado de Inspector de Rentas de Ipiales a la clandestinidad de la Escuela de los Pastos –donde maduran las ideas de reivindicación de todos los indígenas colombianos-, Chaves Chaves, enfrentando inclusive a sus propios colegas, defendió las primeras recuperaciones del “Llano de Piedras” en Cumbal, el subastado por Bolívar; así el pueblo pasto de Cumbal inició la recuperación de resguardos que históricamente les habían sido arrebatados, inclusive por los padres de la patria.

Y también desde entonces fue envidiado, calumniado e incomprendido; común parece que estas aberraciones humanas se ensañen contra la gloria. Fue siempre sincero, lo que le hizo ganar el respeto de quienes lo conocieron; humorista fino, exquisito en el arte de poner a funcionar esta cualidad, se burlaba hasta de la vida con una elegancia y un picante muy singulares en él, hasta en los juicios y debates públicos utilizaba la jocosidad, siendo por ello el centro de atención y admiración del público presente, al salir de los estrados, asemejaba el agasajo propinado al triunfador en una tarde de tauromaquia, llevado en hombros por propios y extraños ante el triunfo arrollador contra sus adversarios. Dominaba griego, latín, francés, italiano y portugués, lo que le permitía una mayor objetividad ante las traducciones; lector consumado de los clásicos universales y de toda clase de libros jurídicos. Ejerció la profesión de abogado entre el aplauso de sus conciudadanos, quienes veían en él a un recto administrador de la justicia y al defensor del derecho y de la dignidad humana. Temido por sus rivales y gratuitos enemigos, pues bastaba una sola expresión de su inteligencia, una frase bien dicha, para que estos se sintieran minimizados, difícilmente cedía terreno a sus pretensiones, por eso sus alegatos llevaban el sello de lo exhaustivo; eran macizos, soberbios, magistrales, hermanaba en una sola trilogía al derecho, la filosofía y el sabio manejo del idioma.

Pero no podía permanecer ahí, se sintió llamado a servir a sus conciudadanos, y en una decisión emanada desde su intelecto, se lanza a la vida pública, dejando rastros perennes de honradez y sapiencia en cada uno de ellos, bien como Administrador de Rentas de la Ex-provincia de Obando, como Juez del Circuito de Obando, como Concejal, como Subjefe de control de precios nacionales, como Jefe Nacional de Orden Público, como Abogado del Ministerio de Gobierno y de la Presidencia de la República, como profesor universitario, como Representante y Senador de la República. Fue entonces cuando el país encontró en Guillermo Chaves Chaves al estadista completo, al sabio expositor del derecho, al cerebro maravillosamente conformado para la polémica, al tribuno formidable que pulverizaba, con arrolladora dialéctica, la opinión contraria, o la controvertía en eterno principio si ella era conveniente para el robustecimiento de la democracia y para la estabilidad de nuestras instituciones. Mucha razón tuvieron sus adversarios de llamarlo maestro y de escuchar sus enjundiosas conferencias con el más profundo interés. En cada debate “el negro” era un verdadero espectáculo hasta por su soberbia estampa de criolla procedencia.

 

El Bolívar hombre de Estado y de Derecho

 

Nada pudo ser más tónico y reconfortante que escoltar a Chaves Chaves en su panegírico bolivariano si se tiene en cuenta también nuestro pasmo vitalicio por el Padre de la Patria. Clásica es su Oración al Libertador, con motivo del centenario de su óbito:  

“Bolívar (fue) el primero en concebir, como fórmula contraria a la guerra, la de una liga o asociación de pueblos, que teniendo por alma o centro directivo una asamblea por el estilo del Consejo Anfictiónico de Grecia, contase como base una completa unidad de legislación, de principios, de opiniones, de sentimientos y de intereses.

Concebida la idea en Jamaica, la expuso por primera vez en carta secreta en Kingston el 6 de septiembre de 1814, dirigida “a un caballero que tomaba gran interés en la causa republicana de la América del Sur”, o sea al Duque de Manchester, según todas las probabilidades, y que en lo pertinente dice así:

“Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos”. “Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios, a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra con las naciones de las otras tres partes del mundo”.

Parece que esta carta, habiendo sido publicada por el destinatario, fue a parar a manos de Napoleón, y que fue Napoleón el primero en encontrar aceptable el pensamiento, al menos para Europa.

En firme la nacionalidad colombiana, gracias a los triunfos de Carabobo y Boyacá, Bolívar sigue pertinaz en su empeño: el congreso de Cúcuta creó la plenipotencia ante las repúblicas del sur y la confió a don Joaquín Mosquera. Bolívar, en las instrucciones que le da como presidente de Colombia, anota:

“Es necesario que usted encarezca incesantemente la necesidad que hay de poner desde ahora los cimientos de un Cuerpo Anfictiónico o Asamblea de Plenipotenciarios que de impulso a los intereses comunes de los estados americanos, que dirima las discordias que puedan suscitarse en lo venidero entre pueblos que tengan unas mismas costumbres y unas mismas habitudes, y que por falta de una institución tan santa pueden quizá encender las guerras funestas que han asolado otras regiones menos afortunadas.”

Como se ve, Bolívar, hasta aquí, se había limitado a proponer; y a proponer una liga o federación americana.

Hombre extraordinario, en quien “la más admirable cualidad moral fue la constancia”, mal podría contenerse en el simple terreno de las utopías; y así, luego que las circunstancias se lo permitieron, invitó a Inglaterra, Estados Unidos, Méjico, Centro América y todas las repúblicas sudamericanas a un congreso de Plenipotenciarios que debían reunirse en Panamá.

Su mira era llegar allí a una liga o asociación americana, para en ésta hacer base y llegar en un futuro a una liga o gran asociación mundial, como lo justifica el hecho de haber sido invitadas Inglaterra y Estados Unidos a la deliberación.

Con todo, restringida como estuvo la Asamblea a las simples plenipotencias de Méjico, Centro América, Colombia y el Perú, porque las dos potencias sajonas se hicieron representar sólo informalmente, y Bolivia, la Argentina y el Brasil, por circunstancias diversas no concurrieron, fracasó en su empeño capital. Mas no así la idea, que tarde o temprano tenía que imponerse, dada su bondad. Y él, por otra parte, contribuyó a la felicidad de los nacidos con otra no menos grande concepción.

 

Me refiero al arbitraje

 

Fue Bolívar el primero en concebir y el primero en llevar al terrero de la práctica tan gigantesca institución. En efecto, si se examina a los tratadistas anteriores o coetáneos a él, se encuentra que ninguno, ni aún los más afamados, como Vattel, Martens y otros por el estilo, se ocupan siquiera de la materia. Y si se revisa a los posteriores, se ve que sólo algunos, y de los más ilustres, como Heffter (Derecho Internacional Público de Europa, 1857), Redie (Investigaciones sobre el Derecho Internacional, 1851) y Phillimore (Comentarios de Derecho Internacional, 1857), apenas a mediados del siglo pasado se ocuparon del arbitraje como de algo más o menos concebible, más o menos utópico, más o menos ejecutable.

Esto, sin embargo, en varias cláusulas de los tratados celebrados por el Libertador se habla y se estipula arbitraje: esas cláusulas, entre otras, son la XIV del tratado celebrado con Méjico en 1823, la XII del cerrado con el Perú, y de modo especial, el artículo 17 del tratado con el que acabó sus labores el Congreso de Panamá.

Lo que prueba que en la mente de Bolívar, maestro consumado en esa ciencia que no es de universidades ni de aulas, porque Dios, manteniéndola velada para los simples mortales, la tiene patente a los ojos de esos seres extraordinarios que llamamos genios, fue donde nació tan singular idea como medio de prevenir las guerras.

Como de ella emanaron, para el caso de que las hubiese, las reglas propendientes a humanizarlas, reglas consignadas en el tratado de 1820 con el jefe español Morillo y que de este modo comenta uno de nuestros más insignes tratadistas:

“Cuando todavía en el Derecho de Gentes apenas sí podían esbozarse de modo rudimentario ciertas ideas no practicadas por nosotros en plenas luchas civiles y un siglo después; cuando otras no habían aún surgido siquiera en la ley de la naciones; cuando faltaba más de medio siglo para que alguna de ellas asomasen, en veces tímidamente, en los grandes documentos de guerra, tales como las instrucciones para el ejército de los Estados Unidos en campaña (1863), la Convención de Ginebra (1864), el proyecto de Conferencia de Bruselas (1874), las Leyes de la guerra en la tierra (Oxford, 1880), ya en aquel tratado había disposiciones a las cuales aún no ha alcanzado del todo la evolución altruista de la humanidad, verbigracia, la obligación, sin restricciones, de devolver a sus campamentos a los heridos que se curen, la de hacer obligatorio y no potestativo el canje de prisioneros y la de prohibir la pena de muerte aún para los desertores.”

Un hombre así no podía concebir, no podía comprender una forma de gobierno diferente de la república y quiso con su implantación y defensa prestarle otro favor al género humano, que bien universal y no solamente de los países libertados fue hacer de éstos otras tantas repúblicas.

… En el orden civil, el terreno era más propicio aún: Páez, el león de Apuré engañado por quienes en la ilustre Venezuela fraguaron el plan conocido con el vulgar nombre de “cosiaca”, le ofrece en 1826 la Corona por conducto de don Antonio Leocadio Guzmán; el Consejo de Ministros de Bogotá, cuatro años más tarde, se mancomuna al francés Bresson y al inglés Campbell y declara sustituida de hecho la república con la monarquía; Flores, jefe de los departamentos del sur, alega que la situación de Colombia, es similar a la de Francia y la de Bolívar igual a la de Napoleón, y exige el cetro para las manos del héroe; pero Bolívar, que sabe que con la implantación de la república le ha otorgado insuperable beneficio al género humano, se siente combatido en su grandeza, herido en su gloria y con esa forma suya, grande, atronadora, apocalíptica, escribe para todos tremenda repulsa:

“Ni Colombia es Francia, ni yo Napoleón, Napoleón era grande, único y además sumamente ambicioso. Aquí no hay nada de eso. Yo no soy Napoleón, no quiero serlo. Tampoco quiero imitar a César, menos aún a Iturbide. Tales ejemplos me parecen indignos de mi gloria.” “El título de Libertador es superior a todos los que ha recibido el orgullo humano. Por tanto, me es imposible degradarlo.” “Colombia jamás ha sido un reino. Un trono espantaría tanto por su altura como por su brillo…”.

“… Cien años han corrido de la muerte de este varón singular y en este espacio casi exclusivamente hemos honrado en Bolívar al guerrero…Sólo uno, el bronce genial de Tenerani, nos recuerda al civil: grande el porte, serena la mirada, sobre los hombros el manto que fue timbre del senador romano, la medalla de Washington al pecho, la ley en una mano, la espada en la otra. Tenerani, entrando por asalto a la academia de los inmortales, ha visto al héroe como es y así debemos verlo y honrarlo en el futuro los hombres de España y de América: de esa España que contribuyó con el espíritu y de esta América que aportó la sangre de que el Ser Supremo se sirvió para formar ese conjunto que, mientras los siglos sean siglos, será el mayor representante de la raza en ese congreso de gigantes que el tiempo tiene reunido de continuo bajo la dorada cúpula del templo de la inmortalidad”.

Insuperable la devoción bolivariana que exhibe Chaves Chaves. Rescata la promoción y  vanguardia que ejerció Bolívar en temas como la anfictionía, el arbitraje, el uti possidetis, el rechazo a la corona y por ende, su amor indeclinable a la organización democrática. Todos fueron robustos pilares del derecho internacional americano que de su mente y su mano surgían del caos histórico.

… En efecto, en la concepción del Libertador y sus formulaciones de derecho internacional, no preveían únicamente soluciones para las incipientes repúblicas, su estabilidad y pacífico sosiego; sino los principios que habían de regir en su consolidación, dentro del Continente del Porvenir, que presagiaba y comprendía, el cual si no se ha elevado aún más rápidamente a una  preponderancia de su influencia, su causa reside en disensiones bien ajenas a la voluntad de Bolívar, y contrarias a la gran concepción bolivariana de lo que deben desempeñar en el concierto internacional las naciones de la América Meridional.

No porque las naciones que formaron la Gran Colombia, en el orden internacional dejaran de estar constituidas en una sola república, toda vez que su disolución se llevó a cabo por los mismos linderos en que se integraron, es decir, con la aplicación del “Uti possidetis de jure” que si bien había sido precedido en Europa, explícitamente en el Tratado firmado por Inglaterra y los Países Bajos en Breda, en 20 de mayo de 1667, en América Bolívar presentó el de 1810 que fundamenta la dimensión territorial de los nuevos Estados, habiéndose impuesto sobre otros conceptos, como el luso-brasileño del uti possidetis de facto, o el transitorio que sostuvo Chile, Uti sub Conditione Possidetis, y el que para cubrir ambiciones propugnaron Estados Unidos para luego abandonarlo, el  utcumque possidere possitis.

De aquel anuncio el Libertador desplegó sus banderas para vencer una vez más en Bomboná y Sucre con la genial dirección de la batalla, el denuedo de la caballería de Córdoba, y el heroísmo homérico de Abdón Calderón sellaron en Pichincha la libertad del Ecuador”.

Uno más, Chaves Chaves, que declara nuestra victoria en Bomboná a despecho de tantos ficticios y menesterosos escribas. Pero, permítasenos que echemos nuestro cuarto a espadas en esta amada narrativa bolivariana:

En efecto, nada más liberados y fundados los nuevos estados independientes, las ideas y preocupaciones de Bolívar convergen en lo que se ha llamado su sueño: la creación de un orden internacional hispanoamericano montado sobre la alianza de las naciones hermanas y su defensa común. En 1818 escribe: “Una sola debe ser la patria de todos los americanos ya que en todo hemos tenido perfecta unidad”. Y preparando el Congreso de Panamá, añade: “Que se conserve a todo trance la reunión federal y la apariencia de este cuerpo político. Su mera sombra nos salva del abismo y nos prolonga la existencia”. El Congreso debe ser pensado no como un desiderátum ideal, sino como un paso fundamental en la gran estrategia de la independencia de América española y de su consolidación”.

Bolívar concibió el ámbito americano de habla española como “nación de repúblicas” y con toda claridad expuso, al referirse al “equilibrio del universo”, que hace falta una vasta confederación de esas naciones de cultura y tradiciones comunes, hablando una misma lengua, para equilibrar las fuerzas de las grandes potencias, que acababan de crear un  nuevo orden europeo en el Congreso de Viena y a las que se unía un nuevo poder que emergía: Estados Unidos.

¿Por qué el  proyecto bolivariano fue solo una utopía? ¿Cómo no fue posible conseguir la unidad de pueblos  que estaban enlazados por tantos vínculos, tradiciones, cultura, idioma, y, sobre todo, el arco político y administrativo del imperio español? Tenemos que aceptar que el proceso de desintegración del imperio hispánico y las pocas miras de sus émulos, fueron  más poderosos que la lucidez de Bolívar. Y es que él anticipó a esos “tiranuelos de todas las razas y  de todos los colores”, que malograrían el destino prometido de las repúblicas. La desaparición de las autoridades coloniales y la destrucción de la jerarquía tradicional crearon un vacío atomizado que fue ocupado por  los que el  presentimiento bolivariano dio en llamar “tiranuelos”.

El pensador y expresidente ecuatoriano José María Velasco Ibarra imputa cuatro causas de la disolución de la Gran Colombia: el entusiasmo novelero y fanático por las últimas doctrinas de perfección política aparecidas en Europa. Carecieron los hombres de Colombia de una amplia doctrina profundamente americana. El personalismo y el localismo. No somos españoles, no somos indios: constituimos una raza nueva creada por una tierra original, por un ambiente único. El legalismo: ambiciosos de poder, buscaban adquirirlo o mantenerse en él por toda clase de medios. Pero, ya por alarde de progreso, ya para defender  hábilmente propias situaciones, se hacía gala de fanático legalismo. La ley debía ser perfecta, abstractamente perfecta. Todo bien venía de la ley. Se pretendía que una realidad social en formación, en plena vitalidad de crecimiento, quedase restringida al molde postizo de un artificio legislativo. Y cuarta, a causa de la tendencia personalista y de la falta de una amplia doctrina americana, nacía el espíritu de sospecha, de rencor y de envidia. Estallaba en unos en forma de revolución caótica y violencia salvaje, y en  otros en forma de propaganda insidiosa en la prensa y de argucia rabulesca. Y una última  -pero no la última-: la poca delicadeza con los fondos públicos. (“Experiencias Jurídicas Hispanoamericanas”, Buenos Aires, 1943, p. 14).

En lugar de una “patria grande” tuvimos 20 repúblicas simiescas, cada una con una constitución copiada, con sus plátanos aquella, ésta con su cobre, otra con su petróleo, su café o su carne, su estaño o su azúcar. Apoyada en cada producto exportable se erigió una arborescencia política, jurídica, aduanera, literaria y militar llamada “nación”. Sobre cada una de ellas se elevó la sombra de los imperios anglosajones.

Y efectivamente, como lo plantea el politólogo e historiador Chaves Chaves a quien venimos glosando, Bolívar nunca buscó la monarquía, nunca convino en la desgraciada iniciativa de importar la monarquía (constitucional o no), por la cual se pronunciaba su propio gabinete unido al presidente del Consejo de Estado, José María del Castillo y Rada. Ellos instigaban al grande hombre a que se eleve a presidente vitalicio y que, después de sus  días, unja un nuncio foráneo como heredero legal “al trono”. Para José Manuel Restrepo, secretario del Interior, la idea de la monarquía constitucional maduró en Colombia cuando el país atravesaba por una profunda crisis y se acercaba al umbral de una sangrienta guerra civil entre los bandos “militarista” y “civilista”.

El propio encargado de negocios de los Estados Unidos, Beafort T. Watts desde 1827 le escribía urgiéndolo a regresar del sur para que asumiera el poder total: “Permitidme, señor, que como representante de mi país, de la república de Washington, os ruegue volváis a Bogotá, capital de Colombia y salvéis la patria. Sin vuestra excelencia, todo es perdido; las tres naciones que vuestra excelencia sólo ha creado, Colombia, Perú y Bolivia, sacándolas casi de la masa del caos, pronto volverán a su primitiva oscuridad, si vuestra excelencia no continúa sus servicios para salvarlas”. Otro admirador inglés le remitió una bibliografía proclive al bonapartismo, y al agradecérsela Bolívar dijo que Napoleón es “honor y desesperación de la mente humana”.

Páez le escribió: “Este país se  parece a la Francia de la época en que el Gran Napoleón estaba en Egipto y fue llamado por los personajes más famosos de la Revolución para salvar a Francia. Vos debéis llegar a ser el Bonaparte de América del Sur, porque este país no es el país de Washington”. En sus memorias el autócrata venezolano negó la veracidad de la carta, pero Gerard Masur comprobó su autenticidad.

El presidente y constitucionalista ecuatoriano José María Velasco Ibarra recuerda una carta que Francisco de Paula Santander, el máximo defenestrador de Bolívar, le escribió en noviembre 5 de 1826, a Bolívar: “No tengo embargo en decir públicamente que solo Usted serviría como dictador, monarca, etc., de resto a nadie, porque parto del principio de que usted respeta las leyes y los derechos del hombre, lo que obligó sin duda a Mollien a decir que su dictadura nunca había sido una desgracia” (Op. Cit., p. 27).

Todas estas mociones fueron adversadas por el Libertador que inclusive abortó y prohibió cualquier emprendimiento de sus funcionarios o sus amigos calamitosos. Su  ánima revolucionaria de tan largo peregrinaje no podía flaquear ahora cuando era urgente darle aliento democrático a la construcción de los nuevos países. Por otra parte, Bolívar  sospechaba de la lealtad de todas estas propuestas. Provenían de personajes resbalosos y proteicos que lo mismo se abrazaban al federalismo que al monarquismo que al bonapartismo que al centralismo que al anarquismo. “Mis enemigos y mis insensatos amigos han hablado tanto de esa corona que se me expulsará de Colombia y América. Se niegan a creer que detesto tanto el poder como amo la gloria. Gloria no requiere mando, sino la práctica de la gran virtud. Yo quise libertad y fama; logré las dos. ¿Qué más puedo desear?”.

Se ha venido a saber que oculta en la propuesta de los consejeros de Estado venía la simonía de acreditar 5 millones de francos en contraprestación de la corona para un Orleans o un Borbón…

El catedrático de la Universidad de Berlín se interroga: “¿Acarició alguna vez Bolívar este sueño? Y se contesta: Bolívar nunca sintió la tentación de seguir los pasos de Napoleón. Para  él su reputación significó siempre más que su poder, y esa reputación se basaba más bien en el título de Libertador que en el posible de Emperador.

Por eso su irrevocable negativa  a los intentos de imponerle el rol de César o Napoleón latinoamericano. “Yo no soy Napoleón ni quiero serlo; tampoco quiero imitar a César; menos a Iturbide (…) El título de Libertador –que lo mereció desde 1813, hace 210 años- es superior a todos los que ha recibido el orgullo humano. Por tanto, es imposible degradarlo”.

A Santander le repite: “Libertador es más que todo; y, por lo mismo, yo no me degradaré hasta un trono”.

El historiador  Restrepo, ministro que fue también de Santander, remató: “Respecto de monarquía, nunca el Libertador pensó en erigirla, y los que en Venezuela y en otros puntos de América han dicho lo contrario, le han calumniado atrozmente”.

 

La  Constitución Boliviana

 

Bolívar, como sabemos, era partidario de un régimen autoritario, pero, ¿estaba dispuesto ahora a volver al ideal monárquico que él había combatido tan encarnizadamente cuatro años antes?

El calumniado proyecto de constitución para Bolivia hace muchos años ha venido siendo reivindicado favorablemente al Libertador. Era una constitución pensada únicamente para ese nuevo país del Alto Perú. Su rigurosa lectura destila la preferencia bolivariana por los sistemas mixtos de gobierno en los que afloran instituciones combinadas de democracia, aristocracia y monarquía. Ese pensamiento se había estructurado desde la cátedra de Santo Tomás. La idea de un poder moral, tan decisivamente defendida por Bolívar fue después bandera de Augusto Comte. Leopoldo Umprimny fue el primero en reinterpretarla apologéticamente, y Oscar Alarcón también comprobó que era a favor de los esclavos y los indios, por ello mismo calumniada. Y Tulio Enrique Tascón y Carlos Lozano y Lozano.

Constituía para Bolívar lo único posible para buscar la estabilidad y lograr el tránsito de la monarquía absoluta a la democracia andina. Alta filosofía política que fue saboteada por los santanderistas alegando sospechas absolutistas. Las mismas que provocaron, diez años después, cuando Santander ejercía el mando absoluto, que los liberales moderados y la minoría bolivariana reinstalaran el talante civilista con el magistrado José Ignacio de Márquez. La historia como implacable péndulo.

Los menos autorizados para escandalizarse por la Constitución boliviana han debido ser los santanderistas pues que el propio Santander, en mensaje del 21 de abril de 1826 le declara: “Desde ahora estoy de acuerdo en que la Constitución es liberal y popular, fuerte y vigorosa”. Y el 19 de julio: “Su discurso preliminar a la Constitución boliviana ha sido aplaudido universalmente como obra maestra de la elocuencia, de ingenio, del liberalismo y de saber. El primer capítulo que sirve de introducción al discurso nos ha parecido lo sublime de la elocuencia. El capítulo sobre la religión es divino. El de la monarquía es digno sólo de la gloria de usted. Espere infinitos aplausos de la pluma de los liberales de Europa”.

Si se compara este epistolario de Santander con los mensajes de Juan José Flores a propósito de esta mismísima Constitución de Bolivia, no se sabe cuál de los dos lugartenientes estaba más entusiasta en sus hipócritas incensarios al todopoderoso. Sólo que cuando Santander supo que el heredero universal era el Mariscal Sucre, recordó sus escrúpulos y supercherías leguleyescas.

El constitucionalista suramericano Velasco Ibarra dice también que: “Lo que Bolívar quería era algo nuevo, algo adaptado a las particulares condiciones de América. El presidente vitalicio era un centro de estabilidad, en medio del fragor de ambiciones caudillescas de esa época, alrededor del cual podían girar los acontecimientos; el Senado hereditario de 1819 canalizaba aspiraciones de los héroes de la emancipación, orgullosos, ambiciosos y con ansia de influencia. Las ideas constitucionales bolivarianas eran un esfuerzo por tratar de orientar energías reales americanas sin abandonar el sufragio popular ni la responsabilidad ante la ley. El sufragio popular fue elevado por Bolívar a la categoría de un poder del Estado y organizado en forma tal que el fraude hubiese sido imposible. Los ministros responsables recordaban el sistema de la Constitución inglesa”.

Bolívar tuvo una audaz y genial concepción espacial del continente. Había superado fronteras y regiones con una vocación integracionista y supranacional. No en vano dominó y unificó un teatro de operaciones de cerca de 8.000 ha, extensión casi igual a la de Europa. Por eso quería una gran nación continental para no sucumbir ante la Santa Alianza.

Pero América bolivariana nunca ha podido sumarse para tener una presencia propia en el concierto internacional y ha carecido de un peso específico para imponer sus convicciones y necesidades apremiantes. Sus integrantes más han porfiado por favorecer poderes extraños, intra y  extracontinentales, para alcanzar ventajas aisladas gracias a su nefasta disidencia e insolidaridad. Por ello es que la aspiración del Libertador sigue intacta y pendiente como un apremio y un reproche vigoroso a nuestros pueblos y gobernantes.

 

Bolívar Abogado

 

El maestro Chaves Chaves se duele de la ausencia formal del título de abogado de Bolívar, pero ¡helas!, hemos dado con la siguiente noticia, de veras impactante:

La Universidad Real y Pontificia de San Marcos, de Lima, le otorgó el título de Doctor en Derecho. No fue un doctorado honoris causa general, sino uno específico de abogado porque las autoridades rectorales consideraron que Bolívar cumplía con creces los requisitos para ser abogado: había escrito leyes, constituciones completas de repúblicas… Bolívar aceptó el título con la condición de que le hicieran las pruebas de conocimiento que se aplicaban en esos casos. Le hicieron el examen y lo aprobó. El 3 de junio de 1826 asistió al acto especial donde le fue entregado el título.

Nuestro libertador cual apabullante se nos presenta en múltiples facetas, entre ellas: filósofo, educador, periodista, estadista, estratega, visionario, político, diplomático, escritor, humanista, conservacionista, legislador, Padre de seis naciones y ciudadano ejemplar por antonomasia. Asoma una credencial que nos era desconocida y poco divulgada, como es la de abogado; para ello estudiamos que, encontrándose en Lima el 3 de junio de 1826, las dignas autoridades de la Universidad Mayor de San Marcos, la más antigua  de América, fundada el 12 de mayo de 1551, presidida por  el Rector Miguel Tafur, representantes del gobierno, de los magistrados de la Corte Suprema, de las máximas autoridades de la iglesia, miembros del Colegio de Abogados del Perú,  invitados especiales y público asistente, nuestro Libertador recibe el título de Abogado Efectivo, no honorífico. El discurso de otorgamiento estuvo a cargo del docente Joaquín Larriva y Ruiz quien expresó:

“… Se extenderá hasta donde sea capaz  de incrementarse la gloria del augusto nombre, que hace la admiración del orbe entero”.

Bolívar, contesta en emotivas palabras de agradecimiento lo siguiente: ”Al pisar los umbrales de este santuario de la ciencia, yo me sentí sobrecogido de respeto y de temor, y al verme ya en el seno mismo de los sabios varones de la célebre Universidad de San Marcos, me veo humillado entre hombres envejecidos en las tareas profundas y útiles meditaciones elevadas con tanta justicia, al alto rango que ocupan en el orden científico … desnudo de conocimientos y sin mérito alguno, vuestra bondad me condecora gratuitamente con una distinción que es término y la recompensa de años enteros de estudio continuo …

¡Señores…! Yo marcaré para siempre este día tan hermoso de mi vida y no olvidaré jamás que pertenezco a la sabia Academia de San Marcos…

Yo procuraré acercarme a sus dignos miembros y cuantos momentos me pertenezcan después de llenar los deberes que ha contraído por ahora, los emplearé en hacer esfuerzo para llegar; sino a la cumbre de las ciencias en que vosotros os halláis, al menos en imitaros”.

Esta es pues una nueva estatura en la vida, obra y acción de Bolívar, con su prolífica prosa dejó para la posteridad unos diez mil documentos, de los cuales siete son reconocidos como los estelares, y de ellos  el máximo es el “Mensaje dirigido al Congreso reunido en Angostura el 15 de febrero de 1819”;  su caudal léxico estimado en 16.000 voces, muy elevado para la época, tomando en cuenta que Shakespeare utilizó 15.000 y Cervantes más de 20.000 voces, según estudio de la conocida filóloga peruana Martha Hildebrandt. Los abogados tienen en Bolívar, al Libertador y al colega que los inspira en la aplicación de la justicia con equidad e imparcialidad, recordando de sus palabras expresadas el 23 de enero de 1815 en Bogotá: “la justicia es la reina de las virtudes ciudadanas, y con ella se sostienen la igualdad y la libertad.

 

***

Dr. Guillermo Chaves Chaves

 

El Negro Chaves Chaves, como se lo conoció en el ámbito político nariñense, borró en todos los cargos ocupados el marcado caciquismo criollo y los conceptos sobre la inferioridad del pastuso por los vericuetos históricos que se desarrollaron en nuestro Departamento, principalmente por el realismo pastuso en épocas de la independencia. Con él, Nariño tuvo nombre propio, sus intervenciones eran tenidas como verdaderas piezas que ilustraban al Congreso de la República, y hay que tener en cuenta que se habla de la época de oro del mismo, con nombres tan preclaros como Luis López de Meza, Soto del Corral, Jorge Eliécer Gaitán, Serrano Blanco, Navia Varón, Laureano Gómez, Guillermo León Valencia, entre muchos otros de igual talla histórica.

El maestro obtuvo de ellos los más honrosos conceptos, como el del Dr. Serrano Blanco, quien dijo: “El día que en el país se conozca la preparación humanística, literaria y jurídica del Dr. Guillermo Chaves Chaves, Colombia será más grande”; o como la que expresó su colega, Dr. Navia Varón: “No hay un solo ramo de la legislación en la cual Chaves Chaves no sea una verdadera autoridad. No se sabe en qué admirarlo más: como civilista, penalista o constitucionalista”. 

Fue designado para la Comisión Primera Permanente del Senado, en donde hizo todo lo posible para que el país saliera de viejas leyes y se adelantara a las más modernas y eficaces de los países adelantados. La conquista de los derechos políticos para la mujer colombiana se debió en gran parte al empuje y efervescencia que llevaban sus ponencias y propuestas al respecto.

Yo creo que en su pródiga juventud Guillermo leyó una párvula pero formativa narrativa de André Maurois -de la Academia Francesa- cuya lectura le permitiría penetrar en la sicología, sociología, biología y juridicidad de sus futuras inventivas legislativas. En efecto, el novelista imaginaba que, gracias a un gran progreso de la técnica, la Humanidad, allá por el año 10000, había llegado a prescindir enteramente de la fuerza física, para el trabajo e incluso para la guerra. Entonces, la mujeres se habían apoderado poco a poco del poder y, conservadoras por naturaleza, habían convertido las sociedades humanas en colmenas. La mayoría de aquellas, asexuadas, hacían la función de obreras y, vestidas siempre con uniforme gris, cuidaban a los niños de la colmena o acumulaban reservas de alimentos. Algunas reinas aseguraban la reproducción. En cuanto a los varones, zánganos ataviados con jubones de colores birllantes, esperaban sentados en los peldaños de las colmenas la hora breve del vuelo nupcial, tocaban la guitarra y componían tristes poesías. Las mujeres les habían prohibido, bajo pena de muerte, la lectura y la escritura, pues temían una rebelión de los varones. El hombre que, en ese relato, escribía esas cosas, era el último que aún sabía escribir, y se ocultaba para hacerlo. Pero sin duda alguien le había denunciado, pues veía de pronto avanzar contra él a una de las amazonas obreras, empuñando una pequeña lanza envenenada (el aguijón). La historia terminaba en seco, en mitad de una frase, y no podía continuar, porque después de la ejecución del narrador ya no quedaba nadie en el mundo que supiera escribir.

Dice Carlos Lleras en sus Borradores de la Historia Liberal: “Conviene anotar desde ahora que el representante Anselmo Gaitán propuso infructuosamente consagrar en la reforma del 36, el voto femenino. La Comisión lo negó en su sesión del 8 de septiembre, y sobre el distinguido médico huilense llovieron comentarios atrevidos y burlones. El país, evidentemente, no estaba maduro para una reforma de esa clase, como lo demuestra el hecho de que un hombre de ideas avanzadas, Armando Solano, la comentara con fina ironía para desecharla. Recordemos, porque resulta divertido, lo que en uno de sus sabrosos “Glosarios Sencillos”, dijo el ilustre escritor: “Probablemente con el fin de ayudarle al doctor Anselmo Gaitán en la difícil tarea de ilustrar y documentar su tesis, publicó ayer un diario bogotano una crónica ingeniosa y bien escrita, cuya oportunidad no se pude discutir. Refiere el cronista que una familia pobre, radicada en un Estado agrícola de la Unión Saxo americana, resolvió irse a Washington, a ver si se acercaba de algún modo a los favores oficiales. Una vez en la capital, el padre y la madre con los niños, el ultimo de pocos meses, resolvieron asistir a una sesión de la Cámara de Representantes. Estando en ella, el pequeño reclamó su comida y la madre, desabrochando su corpiño comenzó a alimentarlo. Visto lo cual, por un ujier, quien se ofendió no sólo en su propio pudor sino en el decoro de la corporación, solicitó atentamente de la dama que fuera a cumplir sus deberes a otra parte. La cosa no paró ahí. Enterados los congresistas, se dividieron en dos campos. Unos pedían el respeto a la Cámara. Otros exigían por encima de todo el respeto a la maternidad y el reconocimiento de su derecho de ejercerse en todas partes y con todas sus consecuencias y modalidades”.

Mejor que nosotros mismos, comprende el doctor Gaitán que el conflicto sería más grave, si en lugar de ser una asistente a las barras quien alimenta a su hijo, fuera una senadora, representante o diputada la que, urgida por un inocente bebe, se viera obligada a cumplir idéntica función, una de las más necesarias y útiles. En el norte de Europa, Suecia o Noruega, por ejemplo, es casi seguro que ese acto no produciría la menor impresión. Nadie se indignaría, nadie sentiría cólera, rubor, curiosidad ni entusiasmo. Pero, aquí, en nuestro medio tropical, donde nos conturba aún el menor trozo de piel, así sea un poco curtida por las luchas políticas y por los huracanes electorales, vale la pena de meditar el asunto. Es natural pensar que los electores preferirían, para enviarlas al parlamento, a las mujeres políticas mejor dotadas o mejor favorecidas desde el punto de la maternidad, las mismas que han sido candidatizadas para recibir la Cruz de Boyacá. Y tales señoras siempre estarían expuestas a tener un baby que alimentar en el curso de cada legislatura”.

Y remata Carlos Lleras, de la derecha liberal, que otros inconvenientes, aunque de importancia menor, implica el voto femenino. Lo que pasó en la República Española es ejemplo que no debe olvidarse. En  países en donde la influencia  religiosa pesa demasiado sobre la conducta privada y púbica de la mujer, los intereses de la democracia pueden verse amenazadas gravemente por el voto femenino. En nombre de la democracia se negaba a la mujer el derecho del sufragio. Ahora todo ha cambiado: los hábitos de alimentación de los niños y las concepciones políticas”.

Contra todos estos prejuicios hubo de enfrentarse Chaves Chaves.

En la enciclopedia Nueva Historia de Colombia, dirigida por Álvaro Tirado Mejía, tomo IV, en el apartado dedicado a La Mujer, leemos:

En las sesiones ordinarias de 1946 –precisamente diez largos años después- se presentaron tres proyectos para reconocer los derechos ciudadanos a la mujer, uno del representante conservador Augusto Ramírez Moreno, otro del representante liberal Germán Zea Hernández y el tercero de los representantes del Partido Socialista Democrático Gilberto Vieira, Francisco Socarrás y Augusto Durán. Estos proyectos se unificaron y fueron estudiados por el representante conservador Guillermo Chaves Chaves, que rindió ponencia favorable el 5 de agosto de 1946. Además de mostrar las incongruencias de la reforma de 1945, recalcaba los compromisos adquiridos por Colombia en varios eventos internacionales.

La ponencia de Chaves Chaves recibió los mejores conceptos de los grandes del Senado, pues a pesar del momento histórico bipartidista tan brutal que se había gestado ya, aún existía la capacidad de juzgar por encima de los partidos políticos, el Senador Francisco Eladio Ramírez dice: “Es de justicia reconocer que en el seno de la comisión primera toman asiento los más destacados y diestros catedráticos del honorable Senado, como los doctores, Carrizosa, Pardo y Chaves Chaves”. El doctor Navia Varón agrega: “Este es un estudio que hace honor a la cultura nacional”.

 

El derecho al voto de las mujeres en Colombia se aprobó el 25 de agosto de 1954, acto legislativo Nº 3 Asamblea Nacional Constituyente, en el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla. En el plebiscito del 1º de diciembre de 1957, se depositaron 4.397.090 votos, de los cuales 1.835.255 votos fueron de mujeres: la primera ocasión en que ellas votaron en Colombia.

 

Pero debieron pasar más de veinte años, hasta 1957, para que se hiciera realidad el sueño de este nariñense visionario de las necesidades patrias. Al respecto el reconocido y bien afamado historiador nariñense, Dr. Vicente Pérez Silva, nos trae a colación lo siguiente:

Conviene agregar que la referida ponencia obtuvo merecidos elogios de sus colegas del parlamento, tanto liberales como conservadores, de la opinión pública en general. “La conciencia jurídica del congreso, está en la cabeza del representante Guillermo Chaves Chaves”, expresó el doctor Silvio Villegas, a raíz de la referida actuación.

Venga en hora buena esta recordación y homenaje a nuestro coterráneo, doctor Chaves Chaves, gloria del foro colombiano y figura cimera del departamento de Nariño” .

Hoy por hoy se reconoce el papel que el senador ipialeño jugó para que la mujer pudiera adquirir plenos derechos para elegir y ser elegida, de manera plena y absoluta, aun en contra de la posición de Jorge Eliecer Gaitán, quien desde su plataforma proponía que el voto fuese progresivo. Chaves Chaves creía plenamente en las cualidades de la mujer para poder ejercer sus plenos derechos, posición que estaba en contravía de lo que proponían tanto liberales como conservadores.

En esa misma época dirige los Cuadernos Jurídicos, revista fundada por Hernando Devis Echandía, Plinio Mendoza Neira, Luís Felipe Latorre y Gustavo Angarita Camacho, liberales de reconocida trayectoria jurisprudencial y doctrinaria, repertorio que se había convertido en texto obligado para todos aquellos que buscaban unas tesis o puntos de vista referentes a casos jurídicos que aún no se habían tratado suficientemente en el país, por eso Chaves Chaves es llamado a dirigir la revista en cuya nota de dirección escribe:

“Plinio Mendoza Neira, en nota que abre la revista anota:

En reemplazo de los doctores Luís Felipe Latorre y Devis Echandía, primeros directores de los Cuadernos Jurídicos, asume la dirección de ellos un altísimo jurisconsulto, el profesor Guillermo Chaves Chaves, cuya carrera académica y profesional representa un largo cortejo de triunfos ininterrumpidos y brillantes. Su honda cultura jurídica y filosófica no lo ha separado de la realidad. Es un hombre fuerte y realista, que, seguro estoy de ello, sabrá mantener el brillo y la resonancia continental que la publicación alcanzó bajo la sabia inspiración y el genio de sus primeros directores. Doy al profesor Chaves mis agradecimientos por la valiosa cooperación que me presta y celebro haya quedado vinculado a la oficina de abogados que tengo el honor de presidir. Su probidad mental y de conciencia y su vasta experiencia como profesional, legislador y maestro serán de grande utilidad para el estudio de todos los problemas que en ella habrá de ocuparse en lo sucesivo. Y una garantía anticipada para los lectores de la publicación que hoy reaparece bajo su insuperable dirección.

En este punto es importante destacar que Guillermo Chaves Chaves fue profesor en diferentes ocasiones, tal y como se registra en diferentes documentos, en su ciudad natal, fue profesor de Humanidades en el Colegio Nacional Sucre, profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Nariño durante varios años, además de figurar en la nómina de profesores fundadores en 1954 de la Universidad La Gran Colombia de Bogotá, donde figuran: “Jesús María Arias, Abel Naranjo Villegas, Guillermo Chávez, Arturo Valencia Zea, Carlos Medellín, Augusto Hanabergh y Julio Cesar García Valencia”.

Otra ponencia que despertó aún más la admiración por su intelectualidad y minucioso trabajo fue el proyecto de Ley sobre Propiedad Intelectual, más tarde sancionada por el presidente de la República y convertida en la Ley 86 de 1946, constituyendo todo un avance en la defensa de los derechos de autores, escritores, científicos e investigadores nacionales. Por ello el Dr. Chaves Chaves figura, al lado de Laureano Gómez, Silvio Villegas y otros prestantes hombres, como socio honorario de la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia –Sayco- como figura en el diploma de Constitución de la sociedad.

Hasta ese entonces no se hablaba del derecho moral del autor, y, como si fuera poco, la infracción a los derechos de autor carecía de sanción penal; el proyecto de Chaves Chaves abarcaba todas estas situaciones y las previsoras para el futuro, tomando las más avanzadas tesis relacionadas con la definición y extensión de la propiedad intelectual; lo relativo a la publicación y reproducción de obras literales, teatrales, musicales, artísticas y científicas, la publicación en el país de obras extranjeras, la enajenación de la propiedad intelectual, la organización del registro nacional de autores, inventores y compositores, la duración de tal derecho, las acciones, los procedimientos ante la jurisdicción civil y las reglamentaciones de los juicios, todo esto abarcado con un criterio científico severo y acogiendo dentro del estatuto las más modernas teorías en materia de la propiedad intelectual.

Hizo un competente estudio sobre hidroeléctricas para ser construidas en Nariño, en ello demostró ser un hombre de estudio, de asombrosa comprensión, de investigador exhaustivo; se obsesionó, como era común en él frente a sus labores, de manera tal que debió sumergirse en el estudio de la ingeniería para poder comprender la magnitud del proyecto que debía presentar.

Luchó también por la instalación del Ferrocarril de Occidente Colombiano, que comunicaría al Pacífico nariñense con las industrias de los departamentos de Valle, Cauca y Caldas, lastimosamente el proyecto no se hizo realidad, pues los intereses económicos de unos cuantos particulares pudieron más que el interés general, el mismo que nos hubiese puesto en una posición estratégica dentro de la economía no solo de la región, sino a nivel suramericano.

Aquí también vale la pena sumergirnos en el tema:

A Barbacoas se llegaba a las espaldas de los indios cargueros serranos quienes tenían que soportar el peso de las mercancías y de los amos. Fueron reemplazados por mulas, acémilas y caballos, pero el comercio de la sal  y mercancías decayó y los mercaderes buscaron plazas en Quito y Tumaco. El décimo estado no les era favorable. Por eso buscaron  la unión de las provincias de Caldas, Túquerres y Obando.

El trazado del ferrocarril no incluía Barbacoas. El ferrocarril buscaba la comunicación de la sierra con Tumaco, dejando aislada a Barbacoas. En 1922, Daniel Wright, diseñó el trazado del ferrocarril Tumaco- Pasto–Popayán.

El único tren que existía en el Departamento iniciaba en un lugar de la selva, El Diviso, y terminaba en otro, a unos cuantos kilómetros de Tumaco. La llegada del hidroavión en 1929, para uso postal y de remesas de oro de las compañías extranjeras terminó por dar la estocada final a los viajes fluviales.

 

Ferrocarril de Nariño

 

La construcción del ferrocarril entre Tumaco-Ipiales-Pasto-Puerto Asís, que pretendía proyectar el recientemente creado departamento de Nariño (agosto de 1904) a los mercados del Pacifico y el Atlántico, uniendo para su desarrollo la Costa, la zona Andina y la Amazonia.

Existen fotografías del tramo Tumaco-El Diviso (casi 110 km. de vía férrea) que fue lo que se alcanzó a construir. Las fotografías son tomadas de la revista ILUSTRACION NARIÑENSE de los años de 1926 -1927 y se pueden consultar en el Banco de la República en Pasto.

El resumen más diciente de cómo se esfumaron los sueños de progreso, se sintetizan con la historia del ferrocarril, el cual como ya se dijo empieza en 1905, siete años después, esta obra fue declarada de utilidad pública (Ley 65 de 1912), en 1915 otra ley (ley 26 de 1915) ratifica el interés público de la obra y se destina un porcentaje de los productos de aduanas para su construcción. Ya en 1922 otra ley (110 de 1922) permitía utilizar los excedentes de los hidrocarburos para financiar la obra, en este mismo año se termina el diseño del trazado de la línea Tumaco-Pasto y se aprueba los tramos Tumaco-Ipiales-Pasto-Popayán.

En 1925 se da inicio a los trabajos entre Aguaclara y Llorente (Tumaco), en 1928 la vía se da en servicio hasta Llorente desde Aguaclara (Km. 66); en 1929 la vía llega hasta el Km 92 y posteriormente en 1930 se amplían otros 11 km hasta el Diviso (Km 103) y doce años después en 1942, llega a la isla de Tumaco. En 1951 llega el final del sueño ferroviario, cuando se ordena el levantamiento de los rieles por su bajo rendimiento económico y sobre su trazado se construyó la carretera Pasto-Tumaco en 1964.

Lo del ferrocarril, si se lo construía como lo plantearon desde 1912, y casi lo hacen realidad en 1925, con la ley expresa de 1922, hubiese sido la redención para estas tierras, tan abandonadas y en el olvido crónico. Con el ferrocarril entre Tumaco-Ipiales-Pasto-Puerto Asís que entonces se planteó.

Hasta la tierra chocoana llegó la admiración que por nuestro ilustre nariñense se tenía, pues fue un verdadero abanderado de la creación de este departamento y en cuyos debates ante la Cámara de Representantes lo vemos exponiendo con una sapiencia envidiable acerca de la historia, geografía, cultura, economía y antropología de esta áurea tierra. El Chocó guarda gratitud hacia los ilustres parlamentarios que en una u otra ocasión han apoyado el proyecto de su liberación administrativa: Hernando Navia Varón, Guillermo León Valencia, Guillermo Chaves Chaves.

Así era el maestro Chaves Chaves, hombre formidable, inteligencia inmensurable; sus proyectos fueron de renombre nacional, leídos y estudiados en las facultades, tribunales y oficinas de abogados, pero que por razón obvia de espacio resulta imposible transcribirlos en esta biografía.

Amó siempre a su tierra, la verde Nariño de multiforme geografía; de Bogotá llegaba directamente a su finca, Güitungal, en el municipio de Córdoba –Males-, donde se concentraba escribiendo sus mejores defensas, sus escritos, sus alegatos y ponencias. Cuentan, quienes allí lo conocieron, que pasaba hasta más de diez días seguidos frente a su Rémington, olvidándose del tiempo y el espacio, únicamente sumergido en el vasto universo de sus conocimientos, lo único que exigía eran velas para poder continuar con sus estudios en horas de la noche, las gentes del lugar se preocupaban ante actitud tan inusual, pero comprendieron luego que no estaban frente a un hombre normal, sino ante un verdadero prodigioso del estudio y la erudición. Hasta allá llegaban, de todos los rincones de Nariño y de otras zonas del país, para consultar sus casos con él, o para conocer al hombre sabio, al que escuchaban por la Radiodifusora Nacional de Colombia, sorprendidos ante tantos elogios que de él hacían los hombres más grandes de la nación.

Alfonso Alexander, su amigo tardío, cuando se refiere a él en estos términos:

 

“Lo creía así, antes de ser su amigo, un orgulloso de su propio poder. Amo de su destino, y a la par, arisco y feudal señor de maznadas en trance de aullido y de servidumbre las tales. Más, héteme ya, cuando me regaló su generosa amistad, hallándolo con todas sus amplias características simplemente humanas, y a través de ese rítmico lento andar que fue costumbre en él, para imprimir en el idioma en el atento ánimo escuchador, como lo que era realmente: Un corazón generoso; una mente esclarecidamente ágil; una voluntad al servicio del común; y una sencilla dignidad Señorial, cáusticamente desdeñosa, para los valores de relumbrón. Todo esto lo hizo inconfundible”.

 

En los últimos años de su valiosa existencia escribió las siguientes obras: Comentarios al Código Civil y de Comercio, Disposiciones que reglamentan el sistema colombiano sobre control de precios, Sentencia: No hay esclavos en Colombia, doce tomos de Derecho Constitucional Comparado, y muchas más, la mayoría aún inéditas.

La vida no le fue fácil, como no lo es para alguien que se adelanta al pensar del común, tuvo que lidiar con hombres necios y torpes que no comprendían su pensamiento de avanzada, sobre todo en una comarca movida por intereses políticos, donde el pensamiento jurídico y humanístico se convertía en una traba para progresar.

Él, hijo de liberales, había optado por ser conservador, lo que le valió persecución y rechazo de sus coterráneos. Con sinceridad, la Nariño de entonces estaba acostumbrada al politiquero fanfarrón y mezquino, y no a un genio visionario como lo fue el Dr. Chaves Chaves, además hasta hace poco, no hay por qué esconderlo ni callarlo, podía más la diferencia de color, rojo o azul, que el reconocimiento de las capacidades de un hombre puestas al servicio del común.

En el año de 1928 había fundado y dirigido el periódico La Palabra, y fue de eso lo que precisamente lo privaría el cáncer que lo atacó; en el año de 1953 tiene serios quebrantos de salud y se le diagnostica la entonces mortal enfermedad: cáncer en el sistema óseo. Qué grande no sería su dolor y angustia al verse privado de su mayor don, de su más grande cualidad, ese pensador que era todo elocuencia y verbo. Emprende varios viajes a Quito y a Bogotá en búsqueda de salud, pero todo fue vano. En 1956 emprende viaje hacia la capital del Mundo, New York, desde donde envía a sus hijos y familiares tristes y dolorosas cartas, expresando la angustia que lo acompañaba, no solo ante la enfermedad, sino ante el dolor que le había propiciado su propia patria: el olvido.

El 5 de septiembre, en una de las habitaciones del New York Memory Hospital, entrega la vida. Murió el maestro, el Negro, el derecho con pantalones como lo llamó alguien en Bogotá, a la edad de 60 años y 6 meses, cuando su inteligencia y su sapiencia estaban en el cenit de su madurez. Y allá, en tierra lejana, yacen sus despojos.

Nunca abandonó sus ideales, por eso murió incomprendido y criticado, pues nunca ejerció cargo público en busca de riqueza monetaria, con seguridad el ejercicio pleno del litigio le hubiese granjeado una fortuna, pero no era lo que buscaba, sus deseos estribaban en el ahondamiento de las ciencias jurídicas y en el servicio público a sus coterráneos. Al decir de su cuñado, el poeta Bustos, a quien le escribió desde los Estados Unidos estas letras: En mi vida me han acompañado tres amigos: El Cristo, el dolor, y Usted poeta Bustos, aún no se ha hecho justicia con su pensamiento, pero sus disertaciones pasarán a la historia como documentos impregnados de ciencia y sabiduría, reflejando la técnica y el razonamiento del hombre superior; del expositor cultísimo y del político con certera visual futurista, que valoriza las cosas y las épocas sin torpes cálculos ni trapisondas electorales.

Hoy pocos lo recuerdan y sus obras se pierden en el olvido. Pero Chaves Chaves debe convertirse en un modelo para nuestros actuales políticos, en el ansia permanente de servicio al pueblo, un modelo para las juventudes estudiosas que frente a los tormentos de la vida deben sobreponerse y alcanzar el podio de la perfección y la grandeza. El sentir popular se ha expresado para hacer memoria de él, y ante tanta indiferencia han dicho: La gloria de este hombre la tiene Ipiales, en Nariño, tierra suya, y la cual debe algún día levantar un monumento conmemorativo a Guillermo Chaves Chaves. Paz en su tumba. La municipalidad ipialeña, está en mora de cumplir con un deber de gratitud para con el ilustre desaparecido; sus restos deben ser traídos a sus lares nativos, y allí, en cripta grandiosa, serán el eterno culto que rendiremos los nariñenses y los colombianos: al eminente profesional, al clásico expositor y al fiel amigo de todas las horas.

Su amigo Enrique Pantoja sigue reclamando el olvido al que se ha sometido al maestro, por eso sigue clamando en su Antorcha, que nos sirve como inigualable epílogo para el biografiado:

 

 

“Se cumple en este mes de marzo el primer semestre de la muerte del Dr. Chaves Chaves, acaecida en New York, donde el ilustre jurisconsulto había viajado en un supremo esfuerzo por conservar la vida, que se le iba a pasos agigantados en busca del ignorado más allá. Pocos hombres tan meritorios como este coloso del derecho, y muy pocos tan desafortunados e incomprendidos como él. Dueño de un extraordinario talento, de una asombrosa preparación, con magnificas oportunidades de conquistar posiciones y honores a que era merecedor, Chaves Chaves rindió la jornada en un islote del olvido, lejos del ruido de las muchedumbres, distante del Ágora, rodeado únicamente de los grandes afectos de su vida, pero supremamente consolado con la presencia de Cristo, sobre cuyas llagas reclinó su apolínea cabeza pensadora para dormir ese sueño sin sueños que es la muerte.

Periodista y filósofo; literato y sociólogo, Maestro del derecho por sobre todo lo demás, Chaves Chaves dejó impresa una profunda huella en los anales jurídicos del país. Sus intervenciones parlamentarias fueron recibidas con respeto por amigos y adversarios que se inclinaban ante las desconocidas tesis que él exponía con la natural elegancia con que lo hacía ante sus discípulos de la Universidad de Nariño, muchos de los cuales han hecho gala de marcada ingratitud para con la memoria de su antiguo profesor.

Juan Lozano y Lozano, Fernando Londoño, Silvio Villegas, Diego Luís Córdoba, Augusto Ramírez Moreno, Manuel Serrano Blanco, entre otros muchos, dejaron consignada su admiración por las labores que Chaves Chaves realizó en el Congreso.

A raíz de su muerte, la prensa nacional destacó la personalidad del ilustre ipialeño, rememorando las actividades más sobresalientes de su fecunda aunque corta vida pública en el panorama nacional. La mayoría de las entidades culturales de Nariño guardaron silencio ante el deceso de esta figura que verdaderamente dio gloria y honor al departamento. Ni un decreto de honores, que no importa un maravedí, ni una trivial resolución que tampoco exige mayor esfuerzo, registraron el funerario acontecimiento.

A Guillermo Chaves Chaves se lo trataba de ignorar hasta más allá de la tumba; quería negársele el más pequeño tributo de un recuerdo; todavía sus gratuitos adversarios se ensañaban sobre la invencible personalidad del invencible Negro, esgrimiendo las pobres armas de una indiferencia cobarde de mezquino precio humano. Pero a pesar de todo esto, la memoria de Chaves Chaves perdurará en el corazón de cuantos supimos quererle y admirarlo; ella se agiganta cada día a medida que los postulados democráticos que él defendió con inteligencia y valor se van acentuando en las conciencias de las multitudes”.

 

 

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