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ESCRIBIR Y LEER, UNA ACCIÓN CULTURAL

He constatado personalmente que la interacción compartida por las redes, en este tiempo de crisis, activó de manera importante la comunicación entre los sujetos del mundo

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Por:

Graciela Sánchez Narváez

Ideas Circulantes

 

Graciela Sánchez Narváez

 

 

                                                                                    “la estéril tierra de su seco ingenio”

El Quijote

 

Aunque el título de este artículo parezca una expresión tautológica, debido a que el sentido de sus términos básicos (Cultura, Lectura y Escritura) hace referencia a procesos que se encuentran insertos, como una unidad en la vida humana, cada uno de ellos puede considerarse con su propia connotación.

Empezaré comentándoles algo interesante sobre el origen de la palabra “Cultura”.  Francia ha sido históricamente caracterizada como un país esencialmente agricultor, por lo que muchas de sus actividades han tenido que ver con el cultivo de la tierra. De esta cualidad Tomás Moro, pensador inglés, (1478) utilizó la palabra relativa a la cultura, como una metáfora para hacer referencia al “cultivo de la mente”. En su obra “Utopía” daba pautas de organización de las sociedades de su tiempo y en ella desarrolló el concepto del término “cultura”, para referirse a todas las acciones que dinamizaban la intelectualidad de los sujetos.

El autor de “Don Quijote de la Mancha” pone en boca de Sancho el epígrafe que encabeza este desarrollo: “la estéril tierra de su seco ingenio”. Con la expresión “estéril tierra” quería significar una inteligencia sin el abono que se requiere para cultivar el desarrollo intelectual. Progresivamente se pasó a denominar con la palabra cultura, actividades artísticas relacionadas con la literatura, la filosofía, la pintura, la música y las artes en general. En definitiva, aunque su significado se ha ampliado mucho a partir de su utilización en escenarios de la política y la ideología, este concepto se refiere al ejercicio intelectivo, valorativo y crítico de las ciencias y de los saberes humanos.

La pandemia ha sido un fenómeno nefasto para la economía y el bienestar de los pueblos, sin embargo, despertó indiscutiblemente muchas otras actividades culturales que, tal vez, permanecían dormidas en comunidades y personas. Hoy, como nunca antes, encontramos a mucha gente creando proyectos literarios, fundando periódicos y revistas, escribiendo poesías, cuentos y novelas y publicando libros, física o virtualmente. Sin embargo, aunque considero que la escritura puede ser una herramienta para hacer catarsis en eventos como los que produjo esta emergencia que nos tocó vivir, (encierro, separación de los seres queridos, muerte, desempleo, desesperanza, ansiedad, angustia, violencia, etc.) nunca por esto se puede creer que todo lo que se escribe pueda ser considerado una obra literaria aceptable. La cantidad de libros publicados no habla precisamente de calidad.

En la actualidad el mundo editorial se ha globalizado y las bibliotecas se llenan de textos publicados ligeramente. ¿Cuál es entonces un libro que merece ser leído? -Les decía a mis estudiantes que un buen texto es el que atrapa y no te deja salir de sus brazos, como lo hace un buen amante-, sin embargo, no podemos afirmar que lo más leído sea la mejor literatura pues, si somos claros, en muchos escenarios hemos perdido el vocabulario y la paciencia, y eso se refleja en la pobreza del lenguaje que reduce palabras, sintetiza sentidos y desata la premura por publicar textos.

La pandemia envolvió al mundo en un tiempo en que el ocio es, en gran parte, “audiovisual” y donde nuestra atención fue presionada y alterada por cuestiones del trabajo virtual. No es responsable que se publique todo lo que se escribe, con el ánimo de incluirse en un mundo de la relación escritural, ya lo había dicho en otro artículo: es necesario darles a los textos, un tiempo para madurar y pensar que lo artístico sale desde dentro y se alcanza con el ejercicio constante, como toda disciplina humana que se quiere desarrollar.

He constatado personalmente que la interacción compartida por las redes, en este tiempo de crisis, activó de manera importante la comunicación entre los sujetos del mundo y, por lo tanto, se desarrolló también la producción literaria y circularon los textos entre los grupos de escritores. Poco a poco las redes han absorbido a los sujetos creadores hasta convertirlos en parte de sistemas que se relacionan internamente, pero también interactúan externamente entre sus diferentes estructuras. De manera que el mundo de hoy, con diversos entornos, intenciones e intereses, es el gran sistema abierto donde llega toda información a tal punto que los lectores nos ahogamos en un mar de producciones que no todas corresponden a lo que se puede considerar calidad literaria.

Es triste añorar otros tiempos, pero hay que intentar tener una mente abierta, saber que lectores, escritores, editores y críticos tienen sus propios gustos literarios y que, si tienes curiosidad, siempre encontrarás en este mar de producciones, algo que satisfaga tus ansias lectoras. Para ejemplificar lo expresado, aunque no es un criterio unánime, muchos críticos mencionan a Joyce como la piedra angular en la literatura moderna, a pesar de que su libro “Ulises” haya sido considerado un texto pesado y difícil de leer, lo cual nos lleva a pensar que hay textos excelentes que requieren de especial concentración para tener su real sentido.

Considero que la finalidad de la escritura y la lectura no solo es lo cultural, ni siquiera el aprendizaje: también es el ocio y no veo ningún problema en que exista una literatura de la evasión y el entretenimiento sin demasiadas inquietudes o pretensiones, es más, aplaudo a quien lo hace, pero hasta para realizar esta clase de lectura, se debe disponer de ciertas condiciones básicas sobre la estética y el lenguaje.

El sistema de educación actual debe fomentar en los niños y los jóvenes la lectura y la escritura, pero, sobre todo, debe dotarlos de herramientas que los habiliten para elegir un buen libro y, para ello, definitivamente debe propiciar cierta exigencia de criterios artísticos y literarios. Tal vez la ausencia de formación en la cultura y en el arte, sean las causas de que proliferen tantas publicaciones sin valor, que solamente engrosan los anaqueles o inundan las redes sociales y las ediciones digitales.

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