EL RELATO BÍBLICO QUE ENCARNÓ FRANCISCO
El Papa Francisco fue apóstol de esa causa y eso no es fácil en la iglesia católica. Allí ha predominado por siglos una prédica a favor del poder y la riqueza que alimenta entre los pobres y desvalidos la resignación ante la adversidad con la promesa de que la recompensa vendrá en la otra vida.
Por:
León Valencia
Fundación Pares

David y Goliat, es, quizá, el relato más bello del antiguo testamento. Se encuentra, creo, en el primer libro de Samuel. David, un humilde pastor, derrota a Goliat, el gigante. La metáfora ha saltado de siglo en siglo inspirando causas y sustentando valores. Es un canto al ingenio del desvalido. Un himno a las muchedumbres olvidadas que de pronto irrumpen en la historia. Un símbolo de justicia.
La metáfora ha estado ahí por siglos cuestionando una realidad que favorece al gigante, al más hábil, al más fuerte, al más cruel, desde siempre, desde cuando el homo sapiens derrotó y acabó con los otros humanos que compartían el planeta. Después la historia ha sido una sucesión de imperios moldeados por la guerra y el poder económico.
La segunda guerra mundial, detonada por un hombre y un país decididos a acabar con una raza y a dominar el mundo mediante la violencia, se convirtió en la carnicería más grande de la historia y el horror en su destello infernal dio vida a unos consensos y a unas organizaciones para regular la convivencia entre los más grandes, los más fuertes y los más débiles.
Este consenso liberal tuvo la virtud de comprometer, muchas veces a regañadientes, a Oriente y Occidente; a democracias, socialismos y dictaduras; a países ricos y pobres; en algunas reglas para tramitar conflictos en ciernes o apaciguar las confrontaciones más agudas y dolorosas. En ese consenso, ha sido noble y bien visto estar del lado del débil, sobre todo, si ese compromiso es auténtico y desinteresado.
Francisco y la teología de la liberación, que tuvo su gran momento en los años sesenta y setenta del siglo pasado en América Latina, supieron decir que la redención corría parejo en la tierra y en el cielo, que acá también merecían mejor suerte los seres humanos, todos los seres humanos, no unos cuantos privilegiados ajenos al dolor de los marginados.

