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EL PERIPLO DEL CACIQUE IPIAL ANTE FELIPE II

GEOMETRIAS

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Por:

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

El académico Julio César Chamorro Rosero ha publicado aquí en TESTIMONIO inexpugnables premisas que explican e ilustran la formación de Ipiales como epicentro aborigen, como fundación metropolitana, como parroquia, etc., valoraciones todas que tienen su propia fisonomía y gravitación en los estudios historiográficos.

Puntualiza y comparte la creación de la Villaviciosa de la Concepción de los pastos (Ipiales) por el sevillano Pedro de Puelles, en el primer semestre de 1537. Pero empieza aclimatando el presupuesto de que los pastos y los Quillacingas colombianos no fueron sometidos por el incario, disertación que igualmente prohijamos.

Añadiremos someramente que el Tahuantinsuyo, las “cuatro partes”, conquistadas y colonizadas por Manco Cápac, estaban sometidas a las vicisitudes de las guerras de sometimiento. El “Chinchaysuyo”, o frontera norte. Tupac Yupanqui conquistó Mocha y su heredero Huayna Cápac -inca por 35 años desde 1490- arriba hasta el reino de los Quitus y avanza hasta la nación de los “Quillacingas”, vale decir, Imbaburas, Otavalos y Caranquis. (Recuérdese que en anteriores narrativas hemos deslindado nociones, naciones y territorios pastos y Quillacingas). En consecuencia, la suerte de las armas permitió al incario avanzar del rio Guayllabamba al Chota, al norte del cual se encuentran los Quillacingas ecuatorianos, es decir los pueblos pastos de Huaca, Tusa y Turca.

Es sabido que esta frontera norte del Tahuantinsuyo fue la de mayor extensión y es a la que se refiere el inca Garcilaso de la Vega cuando celebra que Huayna Cápac conquistó a los Quillacingas y a los pastos, a quienes avasalló.

Pormenorícese y enfatícese que se trata de las naciones Quillacingas y pastos habitantes de las provincias de Imbabura y Carchi. Los Hatunllactas o Quillacingas que moraban al norte del Angasmayo y menos los pastos colombianos NO FUERON DEL INCARIO, pues que cuando el inca concentró sus tropas y guarniciones en Rumichaca, en cuantía de cincuenta mil orejones, quitus y pastus, bajo el comando de Auqui Tuma, nuestros antepasados abandonaron deliberadamente sus tambos y aldeas previamente saqueadas e incendiadas y se refugiaron bajo el río Caliente.

Las tropas invasoras alcanzan repentinamente el Juanambú, pero son destruidos en Guajansango, entonces retornan presurosos al Carchi en donde encuentran a su capitán Auqui Tuma desolado y muerto en los eriales del Chota. Se amojona para siempre la frontera en el río Carchi (o Guáitara) al que lo llaman el RIO GRANDE DE QUILLASINGA.

El historiador ambateño, presbítero Juan de Velasco lo avala cuando dice: “…y a otros los de Imbayl, Huaca y los demás de Tusa, término de donde nunca pasó ningún conquistador antiguo hasta que no entraron los españoles”.

Así que hay que entender cuando Garcilaso de la Vega reconoce y justifica que Auqui Tuma “desistió” de la conquista de “Quillacingas”, por ser estas naciones bárbaras e indignas de la majestad incaica. No se soslaye la actuación de los caciques Hatunllactas Capusigra y Tamasagra que coadyuvaron con los pastos en la derrota y expulsión de los incas.

¡¡¡Sin saber que muy pronto del fondo de los océanos surgirían otros invasores más  sanguinarios y catastróficos!!!

***

En el último conversatorio que organizó el Director de TESTIMONIO, con los historiadores Julio César Chamorro, Vicente Cortés Moreno y el suscrito, nos acercamos igualmente al protagonismo del cacique Pedro de Henao, tanto en la creación de la parroquia de san Pedro Mártir como en su rol de gobernante acucioso y justiciero.

En el Archivo Histórico de Sevilla reposa memoria sobre el cacique de Ipiales Pedro de Henao cuya copia se documentó en la Colección Vacas Galindo, volumen 30, fojas 647-664, perteneciente al Archivo de la Orden Dominicana en Quito. E inclusive la Academia Colombia de Historia hace poco también. Fue alumno del colegio de caciques y mestizos en el Colegio San Andrés de Quito, bajo la supervisión de fray Jodoco Ricke.

Henao es escogido sin mayores merecimientos hereditarios y el cacique de Tusa, católico y alfabeto, don Cristóbal Tusa, difunde la evangelización de los mercedarios en quechua y colabora en la reducción de indígenas en el pueblo de El Ángel (Carchi); por su parte, García Asa, llamado Tulcanasa, en 1563 ya es cacique de Tulcán y paulatinamente se acerca a la corona para, luego, reducir etnias en el piedemonte andino como lo hicieran los caciques Guachan y Mendoza que lo eran de Huaca (o Huacán) y Pu.

Henao, por crianza y por un cierto interés de colaborar con sus ancestros, auténtico “ladino” (que maniobraba con el castellano y el quechua), músico y maestro de capilla en Quito y en Popayán, no sólo indígena principal sino maestro pionero de capilla, músico y lutier de la comarca, construyó una iglesia más maciza que la pequeña ermita de San Pedro Mártir y a comienzos de la década de los 70s, empezó a trazar calles. Recibió la gobernación del Cabildo Indígena de Ipiales, en 1574, por muerte del principal, Gabriel Chillaban.

Para la época de los alborotos que se cirnieron sobre la provincia de los pastos, por el año de 1585, Henao viajó a la metrópoli en auspicio de la confirmación de sus títulos y mercedes.

Obtuvo su deseada ratificación como cacique y gobernador, pero no regresó con su disputado óbolo en la mano aunque obtuvo como gracia real del propio Felipe II, un cuantioso cedulario social del 10 de enero de 1586, mediante el cual se protegía a la comunidad del cacique ipial, sobre reparto de mitayos, obligaciones de los encomenderos a recoger el tributo donde residían los indígenas y otras de tal laya, autorizando a los indios para que puedan trabajar donde y cuando quieran, sin coacciones. Todas, fueron letra muerta.

Repárese igualmente en los antecedentes que hemos podido rastrear de estas embajadas ante el Imperio: Felipe Guacrapáucar, en 1562, 23 años atrás, navegó por el Atlántico y compareció ante el mismo soberano de Austria, con el propósito de anoticiar de los alucinantes y destacados servicios que su padre, don Jerónimo, había hecho a su Majestad en el Perú, de los huancas de Lurinhuanca, gracias a cuyo socorro fue posible –según dice Espinosa Soriano- el sometimiento y destrucción del imperio de los incas a manos de sesenta aventureros ibéricos. Obtuvo 7 cédulas reales.

Hágase hincapié, igualmente en la comparecencia metropolitana de don Diego de Torres, cacique de Turmequé, que ha merecido el homenaje y onomástico de estudiosos indoamericanos como Otto Morales y Germán Arciniegas y toda la nómina de plumas boyacenses que destacan el periplo y mérito de su antepasado.

En esta misma órbita encontramos el caso de Pedro de Henao, como una muestra impresionante del nivel de integración entre religiosos y caciques y sobre todo el papel de las artes, en especial de la música, en el adoctrinamiento y conversión de los indígenas al cristianismo. Repárese el protagonismo de este cacique en la sujeción de indígenas cimarrones o fugitivos, vagabundos, sin encomendero y ajeno al pago del tributo, hecho crucial para la estabilidad de las doctrinas en los Pastos, ya que Henao sería el artífice de la reducción de cientos de indios forajidos en Otavalo para incorporarlos al sistema de tributación.

Con el tiempo, estos movimientos de población serían significativos no solo en el aspecto económico y demográfico de la región, sino que explicarían en parte la influencia quechua en la cultura del suroccidente colombiano. Estaríamos frente a movimientos de indígenas del Perú y Quito por parte de los españoles y al mismo tiempo ante estrategias claras de los caciques del altiplano de Carchi-Nariño, en aras de congregar gente y obtener también réditos del nuevo sistema de tributación implantado.

Es posible percibir el enorme potencial de resistencia y resiliencia de las comunidades de los Pastos, quienes tuvieron que lidiar con los efectos de la conquista militar y espiritual, además de afrontar los daños colaterales derivados de los conflictos entre españoles como la Guerra de encomenderos del Perú. Allí, grupos de los Pastos se verían obligados a elegir bandos y apoyar indistintamente a Gonzalo Pizarro, como nos relatan los testigos de la Probanza de Servicios de Antonio Morán y sus hermanos.

El relato de los testimonios presentados por Antonio Morán en la probanza de él y sus hermanos nos hace sospechar cierta organización militar compleja entre los Pastos y Quillacingas, quienes iban al encuentro de la batallas en escuadrones formados y las dificultades para los invasores derivadas de las confrontaciones; por otro lado, nos ilustra acerca de la pericia de los conquistadores a la hora de sortear las nieves de los Andes en la Audiencia de Quito, y también nos provee una idea general de las condiciones de movilidad que durante la época prehispánica pudieron haber existido en estas regiones.

La probanza de los hermanos Morán aporta datos e informaciones cruciales acerca de la Guerra de Los Pastos.

Y esta resiliencia puede inferirse también en algunos de los aspectos descritos por el Juez Cristóbal Sanguino, en torno a la gestión de las cajas de las comunidades y los testamentos o herencias que algunos encomenderos hacen a sus encomendados. Vemos que los indígenas comienzan a obtener algunos beneficios de quienes los dominan, y aunque efectivamente los españoles se aprovechan de su posición, la creación de estos documentos donde se condenan los actos de algunos españoles es una prueba conducente de que los indígenas no son actores pasivos y cuando se les ofrecían coyunturas denuncian los abusos ante las autoridades, que en teoría los respaldan.

Esto es insoslayable para captar, más allá de maniqueísmos rurales, que la  administración española fue de orden burocrático pero jerarquizado, en el que los indígenas también son sujetos de derecho, con poder de denuncia y titulares de unos fueros que, eventualmente, garantizaban una relativa autonomía en materia de autogestión económica, como las cajas de las comunidades, una suerte de erario creado para aprovechamiento de los indígenas y de la doctrina.

La totalidad de la documentación de las probanzas de los hermanos Antonio, Hernando y Francisco Morán se remonta al año de 1560, conquistadores del Perú, Quito y Popayán. Corresponde a un traslado de una prueba original de méritos efectuado por el escribano de Pasto Alonso Muriel Thoscano el 6 de noviembre de 1567. Los hermanos Morán destacan, por su participación en la guerra de encomenderos del Perú contra Gonzalo Pizarro. Además de su protagónica actuación en la pacificación y conquista de los indígenas Pastos, Abades, Quillacingas.

Antonio Morán, regidor perpetuo igualmente solicitaba al Rey el 4 de julio de 1560 la creación de una Audiencia Real, donde concurran desde Cali y hasta la ciudad de San Miguel y toda la gobernación de Tierra Firme porque todo es más cercano a la ciudad de Quito que a las Audiencias de los Reyes y Nuevo Reino.

Don Fernando, hermano de Antonio, amigos de santa Teresa de Jesús y de los hermanos carnales de la Virgen de Ávila. El padre Antonio de Pupiales asegura que fue terrateniente en Pupiales y que allí murió anciano. De su prosapia: Bertilda Belalcázar Morán de Orbes, Pedro Heriberto Morán Vivas. Antonio Morán igualmente fue edil del Cabildo de Pasto y su primer secretario

Igualmente, en el Archivo General de Indias, reposa la petición de confirmación de título de gobernador del pueblo de Ipiales a instancias de Pedro de Henao, 1582, indio principal y ladino de dicho pueblo. El documento incluye además informaciones de méritos y servicios de Pedro de Henao, destacando su labor como maestro de canto de capilla, de órgano, de flautas, trompetas y chirimías, así como su rol en la reincorporación de indígenas forajidos a las encomiendas y doctrinas de los Pastos.

Militan como acervo documental de imponente valía la propia solicitud del cacique, “la provisión real de Don Philippe por la gracia de Dios, Rei de las tierras de León, de Aragón, de Las Dos Cecilias… y por cuanto…las provanca por petición de don Pedro de Henao, los testigos, en el pueblo de Ypiales en postrero día del mes de diciembre de myll e quinientos e ochenta y dos años ante el dicho señor corregidor y juez de rresidencia…Alonso de Cabrera, Pedro Alonso Zambrano, Bartolomé Chamorro, ante Sebastián de Buendía, Escrivano de su Majestad”.

 

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