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EL PERIODISMO EN IPIALES O LA TRAYECTORIA DE LAS IDEAS POLITICAS 

IN MEMORIAM DE MIGUEL GARZON ARTEAGA   

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Por:

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Un  historiador bien santiguado hubo de urdir que el periodismo es el admirable juego y se interrogaba: ¿cuál era exactamente la fascinación del trabajo en los periódicos?

No es, o no es siempre, la vanidad, porque los genuinos periodistas han ganado casi siempre anónimamente, su jornal. Más bien ha de ser en la anticipación de la primicia, en dominar primero que nadie la noticia, en participarla a los demás, en  procesarla mientras los otros duermen, sin sospechar el titular jactancioso, que los hará estremecer y sacudirse. Así, en las aldeas, antes del radio y sobre todo del transistor, siempre había alguien, el noticiero o el chismoso –pingüino le decía monseñor Justino por madrugador-, que se desbocaba a vocear por doquier la nueva, para espiar en los rostros desprevenidos el impacto fugaz.

Ese es el germen del periodismo primitivo, como lo es el de los legendarios guerreros que, apenas se dibujaba la decisión de la batalla en el campo sangriento, partían a escape a difundirla y a veces se desgonzaban apenas después de haber sido los primeros en reportar las novedades.

Les pertenecía todo el territorio de la información, y su deber era hallarle sabor a la noticia -ya fuere un puñetazo en el cuadrilátero, el acaloramiento en el ayuntamiento, la escaramuza entre gentes montaraces -y llevarla viva, vibrante, en presente de indicativo, hasta el papel en que doce horas después sería infinitamente más vieja que las guerras púnicas.

Tenían que ser en altas horas de la noche -siempre de noche, a Dios gracias- jueces de hecho, sobre la densidad, la gravedad, la importancia de los acontecimientos, su verosimilitud y el comportamiento de muchos seres humanos. Sus vidas pendían, sin duda, de sus dedos, cuando golpeaban la maquinilla, como si movieran un gigantesco tablado de fantoches. A veces incurrían, por un rato, en la soberbia y cómica ilusión de que con un silencio se pudiera deshacer alguna parte de la historia, al menos por unos días, por unas horas. Pero en su  conciencia profesional, como una espuela, se obligaba a entregar el relato tal como concurría por innumerables afluentes, hacia su remoto destino, sin que pudiérase prolongar aquel poder sobre su fugitivo cauce.

Aquello, en cambio, era la simbiosis de un hombre y su trabajo, que cualquiera que él sea es el mejor con tal de que se haga con rectitud, con cariño de arte sano, con destreza y con alegría.

Y es que no puede existir alguien que sea periodista y que deteste su oficio, lo haga a contrapelo, lo juzgue inocuo o abominable rutina, como ocurre con la inmensa mayoría de los trabajos y afanes de la humanidad. Para este oficio nadie puede prepararse bien sin una vocación hondísima que no se regula por las leyes de trabajo, la limitación de la jornada, la periodicidad de las vacaciones, y sólo se mantiene por la exaltación cuotidiana, por la determinación irrevocable de que siempre haya algo nuevo debajo del sol. Que el periodismo tiene la función de encontrarlo, exprimirlo y tirarlo gloriosamente al olvido. Como se ve, no se trata de una profesión, sino de un juego. Pero fascinante como ninguno otro. Muchos lo abandonan al llegar el momento en que los músculos y los nervios y las arterias comienzan a endurecerse, y entonces es cuando se dice que el periodismo conduce a todo, con tal de dejarlo. No. Lo que pasa es que como todo juego es una atlética empresa que está hecha de preferencia para la juventud. Pero, claro, preserva también la juventud, si se le sigue jugando, a pesar de todo.

Alberto Lleras, periodista por antonomasia, al entregar el primer premio “Simón Bolívar” de Periodismo, en 1980, inaugurando también la televisión en color, se anticipó a nuestras meditaciones y nos explicó:

“La pobreza de Colombia, desde su fundación como República, cuando se comenzaron a abrir las avenidas del pensamiento libre, no daba para editar libros. Los folletos, donde se recogía cierto material que se publicaba previamente y por entregas en los periódicos o que no habían sido aceptados por estos, por su extensión, es la otra fuente de la historia de nuestras primeras letras, y perdura con igual valor en todo el siglo XIX. Los libros son escasos y generalmente se editan costosa y oficialmente fuera de Colombia, o con grandes trabajos, dentro del territorio. Pero para saber qué pensaban o qué decían los colombianos, o los neogranadinos, es preciso recurrir a los periódicos, mal impresos, en un papel que el tiempo ha amarillado rápidamente y la polilla y otros insectos ha devorado sin compasión”.

La pobreza de la que habla Lleras debe relacionarse también con el nulo contenido social que traían las primeras publicaciones si se tiene en cuenta que la primera plancha impresora llegó en 1738, pero no para la divulgación cultural o científica sino para “la exclusiva edición de novenas a la Virgen, al niño Dios y a algunos santos”, también se autorizó imprimir una “Exposición sobre el uso y utilidad de tocar campanillas en las iglesias” y un ensayo sobre el “Ayuno en nochebuena y la antigüedad del uso de los buñuelos”, únicos temas que resistían las prensas santafereñas y únicos temas domésticos que podían consumir los abnegados feligreses, costumbre nunca quebrantada. La escandalosa excepción fue precisamente la impresión de la traducción de la tabla de los derechos del hombre y del ciudadano, atrevimiento de Antonio Nariño, 55 años más tarde, lo que le costó cadenas y cárceles.

La consecuencia de tan aberrante prevención no fue otra que el universal analfabetismo, combatido tambaleantemente sólo a finales del siglo diez y nueve.

Los historiadores destacan que la dirigencia no sólo nacional sino regional debió superar todos los obstáculos posibles, empezando por los topográficos, para divulgar y consensuar sus empresas y proyectos políticos tanto como comerciales. Para ello crearon periódicos, que con ingentes dificultades circulaban fuera del espacio geográfico de la ciudad donde se encontraba la imprenta, lo que explica que el desarrollo periodístico fuera tan desigual dentro del Cauca Grande, epicentro de nuestros orígenes. Y desde luego en el futuro departamento de Nariño.

Así, por ejemplo, encontramos que el mayor  número de periódicos se estableció en Cali, en Popayán y en Pasto, ciudades que contaron con mayores recursos tipográficos y que eran a la vez los centros de desarrollo más importantes de las subregiones caucanas. Sin mengua de la contribución editorial del puerto progresista de Barbacoas, en donde se imprimió “El Pescador”, tenido como periódico pionero.

“El Constitucional”, que dirigieron Lino de Pombo y los hermanos Joaquín, Manuel José y Manuel María Mosquera, parece ser el primer periódico editado en el Gran Cauca. Con la particularidad de haberse insertado un fragmento de la segunda “Geórgica” de Virgilio, traducida en endecasílabos castellanos por Francisco Mariano Urrutia, así como también de publicar asiduamente al canónigo don José María Gruesso, pionero del romanticismo en Colombia. Urrutia fue, pues, precursor de Leopoldo López Álvarez, que unos cien años más tarde también protagonizó y alargó  la proeza.

Y en Pasto, don Vicente Cárdenas, que en 1862 ejercía como gobernador de las provincias del Sur –aún no sometidas a Mosquera-, fundó “El Espectador”, cuyo editorialista era el ipialeño don Juan Clímaco Burbano. Y al finalizar la misma década, en Popayán, Nicolás Balcázar Grijalba y Pedro Pablo Castrillón fundaron un periódico de vuelo festivo llamado traviesamente “Los Loros”.  “Íntegramente escrito en verso –dice Gustavo Arboleda en sus “Evocaciones de Antaño”- las doce entregas de la colección lograron ridiculizar al general Mosquera, candidato a la presidencia del Cauca, y con él a cuantos individuos fueron adictos al mosquerismo; este grupo, la mayoría liberal del Estado, unida a muchos conservadores constituía una especie de coalición que se denominaba La Liga. El periódico era de la minoría radical, que había postulado la candidatura del doctor César Conto. Como éxito editorial, apenas se registra en el Cauca otro igual, por más que las gentes demasiado serias o a quienes zahería el chiste de Balcázar y Castrillón, se mostrasen desagradadas, y “Los Principios”, órgano  del conservatismo caleño, declárase que “sin el libertinaje de la imprenta no habría habido “Loros”.

Todas las gacetillas se fundaron para enfrentar un contencioso proselitista, un pronunciamiento (militar) como se denominaban en la época o para promover una campaña mercantil, lo que unió el desarrollo del periodismo a la suerte de aquellas gestas coyunturales.

Quizás esto explique la efímera vida de los periódicos, pues se extinguían con la premura que les había permitido su alumbramiento.

Súmense a ello las dificultades de infraestructura, la carencia de tipografistas y litógrafos, la escasa tinta, el avaro papel, los inconseguibles tipos. Dados estos inconvenientes es fácil entender que se publicara una gran cantidad de hojas volantes en las que se promocionaban relampagueantes candidatos electorales, empresas económicas y revoluciones. Quizás lo que más se divulgaba y consumía en aquellas edades confesionales sean las pastorales del catolicismo que religiosamente –y valga el término-  conminaban a la feligresía. Pero a esto habría que agregar el crudo analfabetismo que caracterizó a nuestra región en la centuria antepasada y que imposibilitaba, desde luego, cualquier asomo de civilización.

Pero eso precisamente fue lo que jalonó la fundación de pasquines y hojas  circulantes pues fue el ariete de la clase ilustrada para divulgar y contagiar sus ideas imperantes.

Gustavo Otero Muñoz, consumado investigador del periodismo colombiano, entre otras muchas disciplinas intelectuales que ejerció, escribió que “suele discutirse en teoría literaria sobre la clasificación que corresponde al periodismo, forma posterior a las anticuadas retóricas. El periodismo tiene algo de género didáctico en sus editoriales, que eran la nota más viva de nuestros viejos hebdomanarios, y algo de género novelesco en sus crónicas, que hoy son la nota pintoresca de nuestros cotidianos. Pero cuando el tiempo transcurre, se ve que el periodismo es también historia –la historia del día- y fuente de variadas noticias para la posteridad”.

Nuestra historia como nación independiente se halla casi íntegra en la prensa colombiana, por la curiosidad cada vez más extensa que la caracteriza, pues incluye en su información lo nacional y lo extranjero, lo  político y lo social, habiendo sido a la vez nuestra mejor tribuna de doctrina democrática y nuestro mayor estímulo de producción literaria.

Muchos son los nombres que a la pluma del historiador se ofrecen en los anales de la prensa colombiana. Por ella pasaron casi todos nuestros estadistas, nuestros pedagogos y letrados. La historia de los publicistas, de los educadores, de los reporteros, de los cronistas, críticos extranjeros, de las influencias internacionales, requerirían otros tantos libros. Aquí sólo cabe decir que el periodismo ha sido entre nosotros instrumento de la política, de la educación y de la literatura.

La prensa como una maquinaria, incesantemente recibe y devuelve impulso, consume y reproduce ideas y refuerzos, refleja o es reflejada, condensa y vulgariza, y obedeciendo a fuerzas centrípetas, es a su vez fuerza centrífuga. Tribuna de comunicación más que de propaganda, a muchos sirve, apasiona y aún transmite impresiones e ideas, pero casi a nadie convence, y la luz que difunde se halla tan próxima a desvanecerse en sombras como a enrojecerse en las llamas del incendio, perdiendo la encantadora suavidad de lo verdaderamente luminoso.

Bien pudiera decirse –por ello- que la historia de nuestra comarca está contenida en sus gacetas  y pasquines, hojas volantes y circulares, porque todos los sucesos significativos de nuestra biografía regional fueron y son liderados por hombres de imprenta doblados de políticos que han recurrido al embrujante estímulo de la tinta para irrigar el mensaje de su inteligencia esclarecida y de su probado regionalismo.

Patriotas sin repliegues y demócratas sin eclipses han sido sin excepción, los periodistas que le permitieron a Albert Camus, una noche en París, en homenaje a Eduardo Santos, el periodista por antonomasia y el presidente que refugió a los exiliados republicanos, calificar al periodismo como la más noble profesión del mundo.

Y ciertamente, que no hay actividad de la inteligencia de la más alta estirpe ni categoría espiritual más fecunda que las que alientan y contienen la profesión de informar y orientar la urgencia del saber y avanzar que reclaman los pueblos.

El periodismo como hazaña de la libertad no es solamente una frase sino el compendio de lo que han sido los hechos incesantes por fundir el sentimiento democrático: porque periodistas fueron los precursores y así mismo periodistas fueron los próceres y los fundadores de la república.

Y desde la ya más que bicentenaria fecha (hace 231 años), cuando se imprimió “El Papel Periódico de Santa Fe de Bogotá”, que dirigió el bayamés Manuel del Socorro Rodríguez y en el que registró todos los logros de esa aventura científica y patriótica que fue la Expedición Botánica, o cuando el precursor Antonio Nariño publica La Bagatela, ferviente alegato en favor del Estado Fuerte que lo lleva en alas de triunfo a la propia presidencia del Estado y lo convierte en el primer editorialista que la consigue; o cuando el Libertador hace volar su iluminado pensamiento por la ruta del Orinoco, o cuando Murillo Toro funda de primero “El Tiempo”, o cuando Olaya Herrera al fundar “El Diario Nacional” impone la rotativa, en fin, la patria se cultiva y se enaltece en la pluma de sus próceres.

Y en nuestras provincias también se encendió el fuego de la imprenta sagrada que consolidó nuestra identidad como raza vibrante y así le permitió, seducida por su esplendor, difundir su entusiasmo republicano.

En nuestra entrañable municipalidad la fecunda y larga travesía de más de doscientos  años también comprueba cómo en el alma y en el nervio de nuestros antepasados circulaban las aspiraciones de imprimir para divulgar y para educar. No en vano sabían que el periódico es el libro de pueblo.

Debe rastrearse, por ello mismo, a comienzos del siglo XIX, en las épocas de Francisco Antonio Sarasty y de nuestros precursores, en el Acta del 7 de septiembre de 1810, el origen del pensamiento político en Ipiales, lo que tejió el hilo conductor de su silueta letrada y republicana.

La primera hoja volante impresa en Ipiales, data del 9 de noviembre de 1868, de la Imprenta del Colegio Académico y la segunda y tercera, de 1869, de notable influencia partidista entre Navarrete, Avelino Vela Coral, Camilo Figueroa, Evangelista León, todas llevan a considerar que eran encendidas las pasiones políticas. Júzguese por el título: “La calumnia en juego”.

En el periódico “La Primavera”, o “El Espectador”, de septiembre de 1869, que codirigía el ipialeño Juan Clímaco Burbano –como ya dijimos-, está dibujado el primer “plano topográfico” de Ipiales, que había levantado el señor Higinio Muñoz en 1865.

Eran corresponsales desde Ipiales de este periódico los Pbros. José María Terán Guerrero, Ruperto de Jesús Bucheli, Ramón Cerón y José  Félix Córdoba.

En 1870 aparece simultáneamente en Ipiales y en Pasto el periódico “La Querella”, dirigida por “los liberales” y esmaltada por las prosas del exiliado ambateño Juan Montalvo.

En 1880, durante unos cuatro meses el hebdomanario “La Aurora”, en Popayán, lo escribieron Teodoro Aquilino León, Miguel Valencia, Miguel Medina Delgado y el fili-ipialeño Ildefonso Díaz del Castillo.

En Bogotá, en los años 1848-1857, apareció “El Neogranadino” (401 ediciones) del notablato radical, que dio paso al nacimiento de la litografía, a esfuerzos del notable artista don Celestino Martínez, venido de Caracas, quien dibujaba hábilmente en piedra retratos de varios de los personajes colombianos o piezas de música que “El Neogranadino” obsequiaba a sus suscriptores.

Allí se editó un “Extracto sucinto de mi obra sobre la educación republicana”, que escribió don Simón Rodríguez cuando moraba en la provincia de la Villaviciosa de los Pastos, así como también “Los Apuntes de viaje”, de un insigne miembro de la Comisión Corográfica que describía el sur de la república, el doctor Santiago Pérez, futuro presidente.

La llegada de la imprenta a Ipiales la encabeza la “Tipografía de Nicanor Médicis”, que duró desde el 9 de febrero de 1870 hasta 1880, y en algunas publicaciones se le llama “Imprenta de Médicis” y más generalmente “Imprenta de Nicanor Médicis”; continúa con la “Tipografía de Ramón Grijalba”, establecida el 14 de junio de 1876; luego, la “Imprenta de “El Pueblo”, del 10 de octubre de 1880 a 1881; la “Imprenta de Vela”, el 22 de marzo de 1894 a 1895; y la “Imprenta de Martínez F. & Valle”, desde el 18 de octubre de 1897 hasta terminar el siglo. Allí se hizo inclaudicable defensa de la obra pedagógica de don Rosendo Cerón Mora, como lo hemos comprobado en otros trabajos.

En esa década del 70, es cuando el exiliado (o asilado) don Juan Montalvo fortalece  esta comprometedora opción de la inteligen­cia con un periódico membretado, “Querella”, que aparecía simultáneamente en Ipiales y Pasto. Allí está vivo el polemista de su época que seguramente desde su exilio disparaba las más aceradas diatribas en contra de sus contendores ecuatorianos. El que también fuera gran prosista, Alberto Lleras, dice que don Juan Montalvo “en Ipiales, descargaba sus hieles y su sabiduría contra quienes le negaban la patria al otro lado yerto de la frontera. Pero eso era hiel pura. Este Juan, tenía antes de escribir con esa felicísima soltura que implica poco aliño y repaso, una inmensa cultura, de las más antiguas hasta las más jóvenes, de los hechos más viejos de la especie hasta los últimos, y de esa cantera iban derivando, a buenos golpes inspiracionales, todo lo que su imaginación requería en el sutilísimo arte de la discusión y la polémica. Ya mucha gente no recuerda contra quién escribía Montalvo sus catilinarias, pero es un deleite releerlas”. No está descaminado Lleras Camargo porque el propio Benjamín Carrión lo pinta en esa misma acuarela beligerante más que literaria.

De allí siguieron esa ruta luminosa, benedictinos y eruditos letrados que forjaron la merecida fama del buen escribir y mejor pensar que rodea a los ipialeños. La ortografía y la ortología en sus picudos esplendores.

“La infancia”, que funda y dirige Arsenio Vela Coral y que edita en la imprenta traída por don Nicanor Médicis, es al parecer la primera gacetilla que circula en nuestra muni­cipalidad, redactada y distribuida por un hijo de la tierra. El tipógrafo fue Víctor Polo. En 1876, “El Eco del Carchi”, de Ezequiel Burbano; “La Verdad”, 1880, de Bricenio Coral; “El Carchi”, 1880, órgano del municipio de Obando; “Sur del Cauca” (1890) de Cayetano Mazuera oriundo de Cartago, Valle.

Hablando de Cartago, hay referencias que hablan de que de allá también era nativo el “caudillo bárbaro” y boliviano Mariano Melgarejo y había combatido en Genoy y en Bomboná (noticia en desarrollo). Otro suramericano famoso también combatió con acero lírico por acá por el sur y a favor de Mosquera, el guatemalteco y dictador de Chile a los 24 años, trotamundos que publicó en Pasto, “La Batalla”, en contra de José María Obando.

“El Centinela” (1897) del mismo Mazuera; “El Máuser”, 1898, de Manuel S. Salazar; “La Fronte­ra” (1898) de Emiliano Díaz Del Castillo; “Sur Liberal”, 1898, de Manuel Gregorio Alvarez; “Los An­des” (1910), de Aníbal Micolta, Arquímedes de Angulo, Félix Rubio.

“Ensayos” (1914), de la Sociedad “El Carácter”; en 1949 tiene una segunda época bajo la dirección de Antonio José Cerón Mora y como Gerente Benicio Mejía S; “El Porvenir ” (1915-25) de la sociedad Miguel Antonio Caro, dirigido por Carlos Navarrete, Rafael Sacro, Florentino Bustos; “El Bien Social” (1915) de los padres filipenses Félix María Cabrera, Octaviano Chaves y Alejandro Maya; “Germinal” (1915) de Manuel Gregorio Álvarez, Julio César Álvarez, Julio Gaitán Sánchez; “Sur de Colombia”, 1916, dirigido en diferentes épocas por Guillermo Chaves Chaves, Víctor Sánchez Montenegro y Florentino Bustos; “Liga Suriana” (1920) de Aníbal Córdoba; “La Prensa del Sur” (1921) de Rafael A. Coral; “Rebeldía”, 1922, del coronel Santos Del Castillo; “Renovación” (1922) de Benjamín Burbano; “Nubes Verdes” (1923 hasta 1968, en distintas épocas, inspirada por el coronado poeta Florentino Bustos Estupiñán; “Dum Dum” (1925) de Azael Burbano; “A.B.C.” (1926) de Daniel S. Guerrero; “El Demócrata”, 1927, de Rómulo Córdoba Chávez; “El Ideal” (1928); “La palabra” (1928) de Guillermo Chaves Chaves y el poeta Bustos; “Izquierdas” (1933) de Alfonso Alexander, en 1949, con la dirección de Carlos Olmedo Calderón y en 1945, con Augusto Del Hierro; el mismo Augusto imprime los “Anales del Concejo” en 1936; “Horizontes” (1940) de Félix María Morillo y Francisco de Paula Cerón; “Ariete”, (1942-44), de Alejandro Mazuera; “Juventud” (1945) de J. Montero y Córdoba; “Frente Obrero” (1945); “Sur Liberal” (1948) de Nelson Enríquez De los Ríos, Leonel Chaves Agudelo Avelino Vela Angulo, fundado a los tres meses del asesinato de Gaitán; “Avanzada”, 1949, de Julio Sánchez  Córdoba; “Atalaya” (1951) de Samuel Ruano Montenegro y Guillermo Ruiz Ruano; “Las Lajas” (1951) de Monseñor Justino Mejía y Mejía; “Antenas” desde 195 se convirtió en icónica del Colegio Nacional Sucre. En su primera salida la dirigió Carlos Luna Zambrano, que acaba de fallecer a los cien años; “La voz de Ipiales” (1955) de Eduardo Narváez; “Antorcha”, (1955-67), de don Enrique Pantoja Muñoz.

En diciembre de 1951, en edición censurada, con la dirección de Ernesto Vela Angulo, Alberto Quijano Guerrero y Antonio José Cerón editaban la revista “Amerindia”; ‘El Pregón” (1955) de Jesús López Calle y Julián Narváez; “La palabra” (1957) de Florentino Bustos; “Lucha”, 1956, de Miguel A. Domínguez; “Juventud”, 1956, de Cornelio Hernández y José Vicente Lucero; “Cartel” (1957) de Alfonso Alexander; “Alfabeto” (1959) de Roberto Mora Benavides; “Juventud” (1960) de Antonio Chamorro; “Voz Juvenil” (1963) de Heraldo Romero y Marco Antonio Pazmiño Lucero, del Colegio Champagnat; “Baluarte” (1966-73) de Miguel Jaramillo Patiño; “Juventud en Marcha” (1970), dirigido por Jaime  Coral Bustos; “El Escolar”, (1971-72) funda y dirige el profesor historiador Bernardo Andrade Tapia: “Senderos”, radio periódico del colegio Champagnat, dirigido por Jorge Luis Piedrahita, (1976).

 

Homenaje mínimo a Miguel Garzón Arteaga 

 

En la que vino a ser nuestra presentación en sociedad, “Senderos” organizó una mesa redonda para conmemorar el 20 de julio de 1976, a la cual concurrieron los màs destacados intelectuales de la localidad. Blanquita Morillo puso una corresponsalía a “El País” de Cali destacando el certamen y subrayando el hecho de que lo había convocado una cuadrilla de adolescentes. A partir de allí surgió una tal camaradería entre los panelistas que muy pronto dieron por fundar un periódico del cual estaba ayuno aquel mundillo cultural. Así  nació el quincenario “Nueva América, del pueblo con autonomía”, que lo fundamos con Blanquita Morillo, Miguel Garzón Arteaga, Edgar Calderón Hernández, Jaime Coral Bustos, Ramiro Egas, Julio César Chamorro, Hugo Garzón, Jaime Huertas Coral. Lo dirigió Miguel Garzón, yo lo gerencié y lo imprimíamos en la tipografía del maestro Francisco Quintero, recientemente fallecido. Fue pues mi bautismo de fuego en el periodismo ipialeño. Me gradué de bachiller y viajé a la capital al pregrado en El Externado. Pero no abandoné mi debilidad por las letras y con el auspicio generoso del mismo Miguel Garzón, de mi cuñado Edgar Calderón, de Luis Alberto Ruíz, que mantenían encendido el fuego de los dioses, en las vacaciones de aquel lustro universitario arrimaba mis recensiones y mercaderías.

Por estos días la Casa de la Cultura de Ipiales vino festejando su primer cincuentenario y ha enaltecido su notoriedad con la iniciativa de sacramentar con el nombre del principal fundador, Miguel Garzón Arteaga, aquella hazaña. Y es que Miguel Garzón no sólo fue el gonfaloniero del quehacer cultural en la comarca sino también de las gestas sociales y comunitarias. Ni se diga su apostolado en el periodismo, a sabiendas de que escribir para las gacetillas es escribir para el olvido; luego de “Faro Sindical” y de “Nueva América”, alumbró “Aportes”, y en 1983 se fue a tonificar al recién fundado “Diario del Sur” y allí fue la luz en la poterna y el guardián de la heredad, por más de cuatro lustros. Tanto en las páginas editoriales del diario como en el suplemento cultural “RETO” desató el aforo a todas las vertientes intelectuales. Allí también tuvimos  abrigo los ipialeños por parte de nuestro hermano mayor. Que se extendió a la revista Equinoccio que codirigía Miguel Garzón, con aquel otro comprometido gestor cultural que es Julián Bastidas Urresty. Fue pues, Miguel, “un buzo de todos los mares y un nauta de todos los cielos”, merece todas las gratitudes, si se tiene en cuenta su mecenazgo incansable para todas las mociones culturales de sus paisanos. Recuérdense y exáltense sus afanes y logros en la Casa de la Cultura ipialeña, pero también su apasionada consagración al periodismo. Figuradamente diríamos que nació y maduró entre chibaletes y galeras, enrollado en cuartillas, con olor a tinta fresca y con frenesí patriótico. Su mística, su inteligencia, su músculo, al servicio de la inteligencia y del patriotismo. Por nosotros no más diremos que en “Nueva América”, en “Aportes”, en sus radioperiódicos de Ipiales y de Pasto; en “Diario del Sur”, en “Reto”, en “Enfoque” y en “Equinoccio”, patrocinó generosa y puntualmente nuestros desaliñados manuscritos.

 

Seguimos

 

Boletín “Cámara de Comercio ” (1977), sustanciado por Luis Eduardo Bernal Ramírez; “Faro Sindical” (1974) de Carlos Rosero Sánchez y Miguel Garzón Arteaga; “La Ciencia y la Medicina”, de Fabio J. Chaves Bustos, semanario por Radio Ipiales (1975).

“Nueva América”(1977) de Miguel Garzón, Jorge Luis Piedrahita Pazmiño, Blanca Morillo de Calderón, Julio César Chamorro, Edgar  Calderón, Jaime Coral Bustos; Jaime Huertas Coral.

Aportes” (1981) de Miguel Garzón; “El Veedor” (1980) de Luis Alberto Ruiz Montenegro; Revista “Obando”, de Ricardo Romero y José Aulo Polo; “El Timbre”, fundado por el hermano marista Julio E. Quintero, dirigido y promovido por Carlos Franco y Álvaro Flórez, periódico del Colegio Champagnat que se prolongó por más de 20 años; “Vida Diocesana”, dirigido por el historiador y presbítero Luis Alberto Coral Bravo; “Vertiente” (1984) de Guillermo Narváez Ramírez.

“Expresión Liberal” de Julio César Chamorro; “La Gaceta”, de Edgar Calderón Hernández, quien también había mantenido por más de 20 años el radio periódico “Aquí empieza Colombia”; “Las palabras” (1989) de Jaime Coral Bustos; “Ojo  Mágico” (1993) que dirige Jaime Guillermo Huertas Coral; “La Esquina, 2000”, Blanca Vivas, Mercedes Escobar y Alfredo Apráez; “Observatorio Fronterizo” (2001), dirección de Andrés Goyes Guerrero; “Frontera Abierta”, 2004, de Aaron Parodi Quiroga.

“Testimonio de Nariño”, Ruptura, de Uriel René Guevara Revelo (que nació el 21 de octubre de 1991); “Nueva Frontera” (radioperiódico por tres años) de Jorge Luis Piedrahita, “Pan de Maíz”, de Mario Pantoja y Juan Manuel Rivadeneira.

En Bogotá

  

Ernesto Burbano, periodista socarrón, descubierto por Monseñor Justino en un amarillento hebdomanario capitalino de comienzos de siglo XX; igualmente Luis Gonzaga o Pacifico Coral. José Elías del Hierro, en 1927 funda “El Derecho, cuyo continuador fue Rogerio Bolaños, igualmente senador.

Faltarían los nombres de Félix Rubio, Bernardo Andrade Tapia, Benjamín y Azael Burbano, Rómulo Córdoba Chávez, que completan la nómina de ipialeños que han servido al periodismo regional.

Vicente Cortés Almeida, es un ícono del periodismo nacional. Ni se diga de Julio César Goyes Narváez, vocero del Imago Mundo y de José Guerrero, antropólogo doblado de historiador.

Igualmente, han descollado Armando Del Puerto, Pedro Pedroza Flórez, Miguel Ángel Rojas Ortiz, sus hijos Rubén Darío; Óscar y Miguel Ángel; Luis Mejía Burgos, Fidencio Adolfo Eraso, Edgar Folleco Gómez, Álvaro Enríquez Miranda, Presbítero Manuel Dolores Chamorro, Jorge Enrique Paredes Hernández, Héctor Díaz Revelo, su primo Servio Tulio Díaz Chaves, Héctor Ojeda Santacruz, Cruz Ángel Rojas, Edison Villota, Claudio “Cachito” Torres (indudablemente el decano), Carlos Oviedo Tovar, Juan Delgado Celis, Eudoro Bernal, Leonel Chaves de la vereda de Cuatis -Gualmatán-, “vereda”, es un decir porque su vocería se escuchana en anchos ámbitos.

Y en todas las épocas se recuerdan los nombres de: Eduardo Rodríguez, Alfonso Meneses, Álvaro Chacón, Pedro León Vallejo, Luis Hortensio Erazo, los dos Guillermo Erazo padre e hijo, Efraín Landázuri, Javier Guerrero, Guillermo Delgado y sus hijos Lombardo y Baldomero; Roberto Ramírez, Mauricio Patiño, Alberto Acosta, Guillermo Narváez Ramírez, Armando Oviedo Zambrano, Mauricio Chaves Bustos, que es además jurista y ensayista y ahora trotamundos y embajador cultural en el Viejo Mundo.

“La Gruta”, fue el primer ensayo de radiodifusión que intentaron Carlos Olmedo y Blanquita Morillo de Calderón, en 1950. En esa misma década “Radio Tricolor” de aquellos esposos, más Félix María Morillo y el Pbro. Luis Alberto Coral Bravo. En 1964, nació Emisora Cultural “Bolívar”, que gerenciaron Carlos Narváez Chávez, Hortensio Erazo, Alfredo Miranda Maya, Claudio Torres Pérez y Álvaro Enríquez Miranda, Isabel Erazo de Obando y ahora Omar Bernal.

Unos años luego, en 1966, se fundó Radio Ipiales, del entusiasmo de Elíseo Concha Sarasti y Carlos Olmedo Calderón. Actualmente, es afiliada a la cadena Caracol y su gerente-director fue Carlos Alirio Chamorro, legendario hombre de radio y también expresidente de la Cámara de Comercio.

Otros han sido los cronistas nuestros que se han consagrado a rastrear el itinerario de nuestras edades y de nuestra formación como pueblo. Desde don Roberto Sarasti, autor de las “Me­morias Sobre el Sur de Colombia”, hasta los monseñores Justino Mejía y Luis Alberto Coral Bravo, Agustín Coral, una pléyade de paleógrafos han excavado la verdad y la leyenda y han contribuido a construir la pequeña crónica de nuestra historia grande.

Arquímedes De Angulo, Armando Oviedo Zambrano, Bernardo Andrade Tapia, Rosendo Cerón Mora, Alejo Moreno, Camilo Orbes Moreno, Enrique Pantoja Muñoz, Ernesto y Avelino Vela Angulo, Antonio Vela De los Ríos, el  propio Avelino Vela Coral, Jai­me Coral Bustos, Carlos Pérez Álvarez, Luis Córdoba, Julio Sánchez Córdoba, Elíseo Concha Sarasti, Milcíades Chávez, Julio César Chamorro, Edmundo Osejo, Guillermo Narváez Ramírez, Marceliano Márquez Rivera, José María Arteaga, Leonel Chaves Dávila, Eudoro Narváez Chaves, presbítero Manuel Dolores Chamorro, Alberto Vela Castrillón, Julio César Pasos, Vicente Cortés Moreno, Carlos Aníbal Córdoba, Julio César Benavides Chamorro, entre otros, han sido sucesores de Tucídides, el reportero de la guerra de Peloponeso, considerado el primer cronista de la historia antigua.

Digna de encomio cultural y académico ha sido la existencia meritoria y ya centenaria (1913) de la “Sociedad El Carácter”, de la probidad cívica de Carlos Aníbal Córdoba, Carlos Chaves Ortega, Gastón Cabezas, Alirio Montenegro, Constantino Morillo y que fundaron Manuel Rojas y Félix María Morillo, Gerardo Martínez Pérez. Hoy bajo la rectoría insuperable de Álvaro Pantoja Coral.

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