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EL CORAZÓN DE QUIEN GOBIERNA OBEDECIENDO

El pueblo colombiano ha ido comprendiendo, poco a poco y a través del gobierno del presidente Petro, que la política en este país ha transitado por el camino equivocado.

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Por:

LUCERO MARTÍNEZ KASAB*

 

Lucero Martínez Kasab

 

En 1994, en Chiapas, México, un revolucionario vestido de militar, con el rostro cubierto por un pasamontaña, entró a caballo en una iglesia. Era el subcomandante Marcos, líder del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). En la bandera que portaba, llevaba la imagen de la Virgen de Guadalupe, la Morenita, como la llaman los mexicanos. Al llegar, desmontó, se quitó la gorra en señal de respeto y caminó en silencio hacia el altar de la Virgen. Permaneció unos minutos rindiéndole homenaje y luego salió a pie, bajo la atenta mirada de los feligreses.

La Virgen de Guadalupe, patrona del pueblo mexicano, ha sido un símbolo de lucha y resistencia. El EZLN toma su nombre de Emiliano Zapata, el líder revolucionario que, en 1909, encabezó la lucha por la repartición de tierras para indígenas y campesinos. De él proviene la célebre consigna: La tierra para quien la trabaja… con sus manos.

El Ejército Zapatista de Liberación Nacional, de raigambre indígena y campesina, nos ha legado la filosofía política más liberadora de los últimos cinco mil años, según el sabio Enrique Dussel. La llamaron El mandar obedeciendo: Fue nuestro camino siempre que la voluntad de los más se hiciera común en el corazón de hombres y mujeres de mando. Era esa voluntad mayoritaria el camino en el que debía andar el paso del que mandaba. Si se apartaba su andar de lo que era razón de la gente, el corazón que mandaba debía cambiar, por otro que obedeciera. Así nació nuestra fuerza en la montaña, el que manda obedece si es verdadero, el que obedece manda por el corazón común de los hombres y mujeres verdaderos. Otra palabra vino de lejos para que este gobierno se nombrara, y esa palabra nombró “democracia” este camino nuestro que andaba desde antes que caminaran las palabras…

La democracia, definida etimológicamente como el poder del pueblo, ni siquiera con todo el peso de su historia griega se acerca a la perfección del pensamiento zapatista. Este último plantea la relación ideal entre el gobierno y el pueblo: mandar obedeciendo, en contraposición a la democracia del mandar mandando, basada en la autoridad impositiva que trajeron los colonizadores europeos. Desde entonces, esa democracia no ha sido más que un bello envoltorio para disfrazar la falsedad del dominio oligárquico global durante siglos. Ha sido un sistema de imposición sobre obedientes sumisos, tal como lo ha hecho la oligarquía colombiana desde la fundación de la República.

En contraste, mandar obedeciendo significa gobernar teniendo en cuenta las necesidades del pueblo y los mecanismos de participación que este ha aprobado en sus asambleas. Es acatar la voluntad popular y, con base en ella, ejecutar los planes de gobierno. Este principio impide la absolutización de la representatividad y frena la ambición de quienes llegan al Congreso, las gobernaciones, las alcaldías y demás instituciones del Estado. Evita que ellos y ellas se crean el origen del poder; el poder pertenece al pueblo.

Que un grupo revolucionario como el EZLN asuma como emblema a la Virgen de Guadalupe y que, en lugar de recurrir a las palabras manoseadas de la democracia europea —representatividad, votaciones, mayoría, leyes y demás—, invoque al corazón de quien gobierna exhortándolo a la verdad, a la obediencia y a la voluntad de los más, es vivir la política de manera profundamente espiritual. Porque se requiere del despojo de los apetitos egoístas y materiales, como lo hicieron la Virgen de Guadalupe, San Francisco de Asís y Fray Betto, para dar cabida en el corazón a las penurias de un pueblo que lucha, sencillamente, por vivir.

El pueblo colombiano ha ido comprendiendo, poco a poco y a través del gobierno del presidente Petro, que la política en este país ha transitado por el camino equivocado. Las leyes que convirtieron en negocio el derecho a la salud, al trabajo digno y a la pensión han salido de gobernantes sin corazón. Como dice el EZLN, han condenado a la gente a un tiempo que se repite sobre sí mismo, sin salida, sin puerta alguna, sin mañana. El corazón bueno de un gobernante hace que los pueblos crezcan hacia dentro, se hagan grandes, y no haya fuerza que los rompa ni los desvíe de su camino.

La verdadera espiritualidad no es el rosario en las manos ni la cruz en la frente un Miércoles de Ceniza. Es sentir la desesperación de un pueblo que muere y, entonces, repartirles leche y miel. Es convocarlo con valentía a una consulta popular para que sepa que aún vive, que tiene fuerzas para devolverle el sentido a las palabras justicia, libertad y democracia…, para que entienda que sus manos no solo cultivan la tierra, sino que también recuperan, marcando sobre un papel, su futuro bueno y, acaban, por fin, con la pena de sus muertos.

 

luceromartinezkasab@gmail.com

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