DECÁLOGO DEL BUEN OPERADOR POLÍTICO
Por:
Laura Bonilla
Fundación Pares

La política colombiana no se entiende sin los operadores. A veces son funcionarios electos, a veces no. Si están en el escalafón más alto del sistema serán senadores o ministros; los más avezados no necesitan figurar. Su rol no es conquistar a la opinión pública, sino garantizar que la maquinaria nunca se detenga. Y la maquinaria, al final, es el arte de traducir plata, contratos, favores y puestos en votos.
Han estado en todos los gobiernos, sobreviviendo a crisis y cambios de lealtades. Armando Benedetti es el más famoso en este gobierno, pero cada uno tuvo los suyos. La ñoñomanía, la musapolítica y todas sus variantes no son más que etiquetas para lo mismo de siempre. Mientras los políticos van y vienen, ellos permanecen. Son, parafraseando una expresión anglosajona, los hacedores de reyes. Y saben exactamente cuánto valen.
1. Un buen operador sabe su lugar. Nunca pretenderá ser o verse más que el líder (o lideresa) en cuestión.
2. La lealtad no se improvisa, se negocia.
3. El partido es un pretexto, no una identidad.
4. Gobernar con los amigos no es nepotismo, es eficiencia.
5. Caer bien es una inversión estratégica.
6. No hay operador pobre.
7. Todo se vende, todo se compra.
8. Los votos no se improvisan, se construyen.
9. Si caes, caes solo.
10. Los reyes gobiernan, pero los operadores los hacen.
La historia la escriben los vencedores, pero la diseñan los operadores. Los presidentes cambian, los ministros van y vienen, pero el operador sigue ahí, moviendo los hilos. Mientras los políticos de opinión gastan todos sus recursos en engancharse en peleas, redes y escándalos mediáticos, el operador sabe que su estructura está intacta. Y cuando llegue la hora de la verdad, siempre sabrán a quién llamar.

