Por:
Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

La Academia Colombiana de Historia viene conmemorando el cincuentenario del óbito del expresidente liberal, fundador de El Tiempo y una de las figuras icónicas de la intelectualidad colombiana. Empero, no deja de ser tentador auscultar en su pétite histoire, que la tuvo como pretendiente francés.
Nacido boyacense de Tunja nunca se reconoció, y, por el contrario, logró todos los protocolos para hacerse cachaco de Bogotá. Era sobrino nieto de la heroína Antonia, socorrana, fusilada, por ser guerrillera de Comororo, en vísperas de la batalla de Boyacá. Se dice que las escaramuzas de Comororo fueron más detonantes y rotundas que las de Boyacá.
Apenas graduado de abogado, Eduardo viajó a Europa a avalarse en derecho de gentes. En la Universidad de Paris, estudiando “Las Reglas del Método Sociológico”, de Durkheim, tuvo como compañero de aula a Nicolás Vladímir Ilich Uliánov, el futuro Lenin.
En aquellos años bohemios e indocumentados varias luminarias sudacas demoraban en Paris: los tres García Calderón, Rubén Darío, Parra Pérez, Vargas Vila, Zaldumbide, Blanco Fombona… Eduardo Santos era el secretario personal de Enrique Gómez Carrillo, crítico literario, escritor, periodista y diplomático guatemalteco nacionalizado argentino, quien le pagaba cincuenta francos de jornal. Quizá allí aprendió el mecenazgo que luego ejerció con Paul Rivet, Gabriela Mistral, Pablo Neruda y todos los refugiados españoles.
Regresado a Bogotá, con plata de su mamá Leopoldina le adquirió a su cuñado Alfonso Restrepo el periódico “El Tiempo”, conjurado a ser el origen de su fortuna personal y política. (Manuel Murillo Toro, cincuenta años atrás había patentado el nombre “El Tiempo”).
Tuvo Santos fama de orador y no de escritor. Téngase en cuenta que casi nunca fue director de El Tiempo, oficio que les encomendó a muchos de sus escuderos: García Peña (que lo desempeñó por 45 años), Barrera Parra, Hernando Téllez, Germán Arciniegas, los dos Lleras, el pastuso Montezuma Hurtado, el mismo Gerardo Molina…
Posicionado a la derecha del liberalismo fue más cercano a Olaya Herrera que a López Pumarejo, con quien se detestaban cordialmente. Santos fue el fusible ante la muerte prematura de Olaya Herrera. Cuando fue Presidente, se dijo que el gobierno se lo había hecho su ministro de Hacienda Carlos Lleras por el que Santos tuvo una extraña debilidad. Santos cerró las asambleas departamentales, como Ospina Pérez clausuró el Congreso de la República, sin que los epígonos de la derecha los hayan inculpado de golpe de estado ni de socavar las instituciones. Sería porque entrambos eran momias sacrosantas, propietarias de los factores reales de poder.
Pero Santos también sufrió el peso de la trasfiguración de las instituciones. Habiendo sido elegido como Designado desde 1947, le correspondía posesionarse cuando Laureano Gómez se retiró de la presidencia en 1951. Pero el monstruo se valió de todas las maniobras con su ministro de gobierno, el pupialeño Domingo Sarasty, para burlarle la posesión. Antológicos son los litigios a los que recurrió Sarasty en su trabazón con Santos.
Con los nariñenses y los ipialeños Santos fue impulsor y optimista. Montezuma Hurtado fue su gobernador en 1940; lo refugió en El Tiempo, en el cual fue redactor, traductor y editorialista. También fueron sus alfiles los hermanos Ortega de Ipiales. El médico Roberto, también fue Gobernador.
No se desdeñe a Sergio Elías Ortiz, descollante intelectual, traductor, novelista, historiador, educador -rector que fue del Colegio Sucre de Ipiales-, arqueólogo, etnólogo que con Paul Rivet -y con el patrocinio de Santos- fundaron el Instituto Antropológico. Rivet, concejal de Paris, fundador del Museo del Hombre, casado con quiteña.
Santos estuvo en Ipiales, en el parque 20 de julio y en el Santuario. Quedaron de su gestión, el edificio nacional de Telecom y el aeropuerto San Luis. Equivocadamente envió una escultura de Santander para una plazuela a construirse, en el entendido de que Ipiales era adicta al equívoco prócer.
Con Nieto Caballero y Germán Arciniegas visitaron a Sañudo en Pasto, de la que los intelectuales bogotanos dejaron sendos recuerdos bolivarianos. Santos admiró al refugiado de Ipiales, don Juan Montalvo, a quien homenajeó al descubrir su busto en la Biblioteca Nacional, en cuya disertación recordó que también había asistido a un homenaje gemelo en París con la colonia ambateña.

