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DOS FRASES QUE PUEDEN MEJORAR TU VIDA… Y LUEGO EL MUNDO

La parte más perturbadora es que estas dos frases no dependen del gobierno. Dependen de ti. Dependen de mí. Y es más fácil culpar al sistema que revisar la conducta propia. Más fácil exigir justicia que practicarla. Más fácil pedir respeto que darlo.

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Por:

Alonso Villacís

 

Alonso Villacís

 

Vivimos convencidos de que al mundo le faltan leyes, líderes o ideologías. Y tal vez la verdad (más incómoda o perturbadora y más simple), es otra: las reglas que necesitábamos ya las sabíamos, solo que dejamos de vivirlas.

Son dos frases. No requieren estudios, ni cargos, ni poder para entenderlas. No dependen del gobierno. No necesitan interpretación jurídica. Cualquier niño puede comprenderlas. Cualquier adulto debería poder vivirlas.

Una: “La vida del otro es sagrada.” Así lo consagra el artículo 11 de la Constitución Política de Colombia.

Y la otra, mucho más antigua que cualquier Constitución, repetida en casi todas las culturas del planeta: “No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti.”

Hace años, Jaime Garzón recordaba que los indígenas wayuu tradujeron ese principio de una manera aún más poderosa: “Nadie podrá llevar por encima de su corazón a nadie, ni hacerle mal en su persona, aunque piense y diga diferente. Si nos aprendemos este artículo, salvamos este país.”

No era un chiste. No era una metáfora poética. Era una verdad tan simple que resulta perturbadora.

Porque cuando olvidas que la vida del otro es sagrada, empiezas a ver personas como cifras, obstáculos, estorbos o instrumentos. Y cuando olvidas que no debes hacer a otros lo que no quieres para ti, empiezas a justificar la trampa pequeña, la ventaja indebida, el abuso “porque toca”, el silencio “porque no es conmigo”.

En ese momento ocurre algo silencioso, pero profundo: la ética deja de ser un límite personal y pasa a convertirse en un problema legal. Entonces pedimos más leyes, más controles, más vigilancia. Porque perdimos los límites internos.

Y ahí empieza a deteriorarse algo que después llamamos crisis institucional.

Los gobiernos no se dañan primero en los palacios. Se dañan en la cultura que los rodea. Cuando una sociedad empieza a repetir frases como “si no roba es un tonto” o “con lo que vale una campaña, ¿cómo no va a recuperar?”, ya no estamos frente a un problema político. Estamos frente a un problema moral colectivo.

La corrupción más peligrosa no es la que se esconde. Es la que se justifica. Porque cuando se justifica, deja de escandalizar. Y cuando deja de escandalizar, se vuelve normal. Y cuando se vuelve normal, ninguna ley es suficiente.

La institucionalidad no se rompe por falta de normas. Se rompe cuando la gente deja de creer que vale la pena hacer lo correcto, aunque nadie esté mirando. Se rompe cuando el ciudadano cree que cumplir es desventaja, cuando el funcionario cree que el cargo es premio, cuando el político cree que gobernar es recuperar inversión, cuando el joven aprende que la honestidad es ingenuidad.

Y entonces aparece la desconfianza. No porque falten reglas, sino porque faltan personas dispuestas a vivir las primeras.

Esto no habla de ideologías. No habla de fronteras. No habla de partidos. Habla de algo mucho más anterior: cómo tratamos al otro cuando tenemos la oportunidad de aprovecharlo. Ahí se define el futuro de cualquier sociedad.

La parte más perturbadora es que estas dos frases no dependen del gobierno. Dependen de ti. Dependen de mí. Y es más fácil culpar al sistema que revisar la conducta propia. Más fácil exigir justicia que practicarla. Más fácil pedir respeto que darlo.

Pero si una persona empieza a vivir estas dos frases, su vida cambia. Se vuelve más liviana, más coherente, más tranquila. Su entorno empieza a responder distinto. Su trabajo rinde más. Sus relaciones se ordenan. Y cuando muchas personas hacen lo mismo, una comunidad cambia. Cuando comunidades enteras lo hacen, cambia un país. Y cuando culturas distintas recuperan estas dos ideas, empieza a cambiar el mundo.

Tal vez el mundo no está fallando por falta de inteligencia. Tal vez está fallando por olvido.

Olvido de dos frases que, si volvieran a ser normales, harían que todo lo demás empezara a ordenarse solo.

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