Banner cabezote

DON QUIJOTE Y BORGES ERAN PATOJOS

Las veredas, calzadas y casonas de Asunción de Popayán se construyeron empedradas y sus habitantes deambulaban descalzos porosos a las fatídicas niguas, lo que les valió el gentilicio de “patos” y de contera, “patojos”, por su caminar de patos cojos.

1 439

Por:

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

La más que hidalga y letrada villa había sido fundada en 1537 por Sebastián de Belalcázar, cuando el rudo conquistador venía desde el Cabildo de Quito sembrando de sangre y cruces el camino de Otavalos, Pastos y Quillasingas en rastreo abrumador de El Dorado. No faltaron escribidores que adjudicaron jugosas leyendas a su patronato laico y eclesiástico.

Al comenzar el siglo XVII, arrimó a la habitación menesterosa de Miguel de Cervantes, un antiguo cuartelero que había sido su compinche en la refriega de Lepanto tres décadas atrás. Venía de la  Audiencia de Quito, demacrado e hinchado sus pies de niguas. La penuria les era común con el complutense si se sabe que al morir el payanés, Cervantes vistió sus ropas infectadas y terminó contagiado con las garrapatas e impedido gravemente al caminar.

Las veredas, calzadas y casonas de Asunción de Popayán se construyeron empedradas y sus habitantes deambulaban descalzos porosos a las fatídicas niguas, lo que les valió el gentilicio de “patos” y de contera, “patojos”, por su caminar de patos cojos.

Como contraprestación, los pacientes dizque se tornan inspirados, afectivos y avispados. Víctima de tan austral y tonificante toxina que le inyectó su amigo, en 1605, Cervantes pudo zambullirse con El Quijote y venirse con su primo Alonso Quijano a la Gobernación de Cauca, a deshacer entuertos y morir en el convento de los dominicos. En la Torre del Reloj fue enterrado y los púlpitos de su poesía se auditan para el resto de los tiempos. Germán Arciniegas documentó que Don Quijote conoció a Jiménez de Quesada, sus vicisitudes, su codicia y sus enfermedades-, y por eso lo pintó en “El Caballero del Dorado” como se lo sugirió Stefan Zweig.

Es fama que para la Pascua de resurrección también resucitan los viejos e inefables fantasmas no sólo del ingenioso hidalgo sino también el de Wilde, antiguo confidente del poeta Valencia, que se conocieron en el café Kalisaya de París en 1900, allí donde le obsequió la Balada de la cárcel de Reading, la que virtió al castellano en 1932 con las traiciones de todos los traductores. Y también el fantasma de Charles Thomas Wooldrigge, el soldado de 30 años que fue ahorcado en aquella cárcel por haber matado a su esposa.

Al amparo de la espesa neblina que rodea el Puente del Humilladero (240 metros de largo x 6 de ancho), se provoca sombrío pero lúcido interviú entre don Quijote, Wilde, Charles Thomas, el eterno Nobel Borges, el poeta de Anarkos y su hijo el único valedero de toda la estirpe, el comunista Álvaro Pío.

Infaltables en tan codiciable pandemónium, fray Serafín Barbetti, constructor y custodio del puente y el filoipialeño Tomàs Hidalgo Calvache, muerto de 23 puñaladas al amanecer del siglo XX, cuando quería aflorar sus estudios históricos sobre los Pastos.

El Dorado, que con suicida porfía acosaron los conquistadores desde las brumosas edades del fundador Belalcázar se disimuló en las bóvedas subterráneas de Popayán y dizque su talismán es la fe. Y ese es el dogma y la magia de su ocultamiento y su esplendor.

Jorge Luis Borges -el Nobel que siempre fue- le apostó a esa fe. Y en su único cuento de amor “Ulrica”, incluido en El libro de arena (1975), cuyo protagonista es el profesor PAYANES Javier Otálora (con ramificaciones ecuatorianas) le increpa: “¿qué es ser colombiano? No lo sé. Es un acto de fe”.

 

Publicidad Nación
1 comentario
  1. Francisco Rosero Castillo dice

    Muy ilustrativo, en estos tiempos donde la fe se vuelca a las atiborradas calles de Popayán convertida en mercado

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.