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DON ANTONIO NARIÑO, EN EL BICENTENARIO DE SU MUERTE (3)

Con esta entrega terminamos el homenaje a Don Antonio Nariño en el bicentenario de su fallecimiento.

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Por:

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

“Pueblo grande, eres Nariño,

cumbre excelsa del valor,

timbre das al nombre ilustre

del héroe precursor.”

Florentino Bustos E.

 

Con esta entrega terminamos el homenaje a Don Antonio Nariño en el bicentenario de su fallecimiento. El objeto que nos mueve en este punto es pensar el nombre del propio departamento, homenaje que le hace la nación colombiana en 1904, precisamente en el escenario de sus luchas, de sus desvelos y de su condición puramente humana. En 1911 se inauguró en Pasto, capital del departamento, el monumento al prócer colombiano, así mismo en 1913 se inauguró en Tumaco el monumento y el parque que lleva su nombre. Este apartado, no como una diatriba, sino más bien como una reflexión acerca de los símbolos que empotran las sociedades, siempre cambiantes, máxime frente a una generación carente de los estudios de historia, fácilmente manipulables o difícilmente convencibles, una reflexión que queda abierta para la discusión.

 

General Antonio Nariño

 

Replantear los símbolos

 

… Si el deliberar rectamente es propio de los prudentes, la buena deliberación será una rectitud conforme a lo conveniente, con relación a un fin, cuya prudencia es verdadero juicio.

Aristóteles, Ética Nicomáquea.

 

En 1911 se inauguró en Pasto la estatua del General Nariño, acto que fue presidido por las autoridades de entonces, el Gobernador Gustavo Guerrero, unas de las palabras fueron del sacerdote católico Benjamín Belalcázar, quien a propósito fue el primer rector de la Universidad de Nariño, en reemplazo del Dr. Rafael Sañudo, quien denegó tal designación por parte del gobernador Bucheli; en su discurso se presenta una tesis muy clara: la defensa de las ideas republicanas luego de más de 100 años del inicio de los sucesos de las guerras de Independencia, justificando, eso sí, la posición de algunos pastusos respecto de su realismo irrestricto, cuya cabeza cimera es Agustín Agualongo.

Es una historia que es harto discutida, debatida, contra debatida, condenada y exaltada. Para muchos la posición del solo nombre del departamento evoca un discurso de posición de las nuevas élites pastusas frente al concierto de la nación que buscaba consolidarse hace 110 años; para otros, es una posición de aceptación, en clara alusión a la expiación de un pueblo que necesita seguir pagando los errores de sus antepasados, sobra recordar que el Dr. Rafael Sañudo fue el expositor de esta tesis en sus principales obras; para otros, un acto de traición a los ideales que habían defendido los pastusos antes, durante y después de la causa independentista.

La propuesta fue que el departamento se llamara De la Inmaculada Concepción, en atención al clero católico que dominaba por entonces la región, idea que, menos mal, no fue atendida. Desconozco si hubo propuestas para que se llamara Agualongo, tal vez hubiese sido muy arriesgado en una época en donde la figura del criollo pastuso aún despertaba toda clase de resquemores.

Cuando se contextualiza el discurso del sacerdote Belalcázar, aún más, el de salir a la defensa del nombre de Nariño para el departamento, sobre todo porque, a su juicio, representa la concordia y la caridad aún más que el sentimiento de odio irrestricto a una causa, como fue la de la independencia, además, por el afecto que Nariño guardó por estas tierras, pese a que de Pasto salió a Quito y de ahí a España en condición de presidiario. Respecto a esto, debo anotar lo siguiente: una de las grandes fallas de los historiadores nariñenses, en especial de los de Pasto, es desconocer la historiografía que se mueve alrededor de los conglomerados humanos; no sólo Pasto hizo historia, todo lo que compone el actual departamento de Nariño, entonces dependiente en lo civil de Quito y de lo Eclesial a Popayán, estuvo marcado por sus posiciones respecto de la independencia, inclusive no sobra recordar que las revoluciones comuneras del Sur se gestaron en diferentes territorios: Tumaco, Guaitarilla, Túquerres, Ipiales, y que, con excepción de San Juan de Pasto y de Pupiales, una gran parte del territorio era afecta a la causa patriota.

La revolución comunera contra los Clavijos, que se extendió como pólvora por tierra de Pastos, la Revolución de Vicente de la Cruz en Tumaco, la presencia del heraldo Francisco Sarasti en Ipiales, el Acta de Independencia de estos pueblos en Septiembre de 1810, así como su apoyo irrestricto a los quiteños, no hace sino ratificar la diferencia de posiciones frente a la asumida por San Juan de Pasto. Imposible que los dirigentes del resto de las provincias no conocieran estas diferencias y estas actitudes. Imposible que los quiteños no hayan informado a los caleños, santafereños y antioqueños sobre el apoyo que recibían de los Pastos. Esto debe estar documentado y hay que rastrearlo.

Por ello, frente al nombre del departamento, solo resta agregar dos cosas: 1. Que el nombre pudo obedecer al sentimiento que se respiraba en la provincia antes que en el propio Pasto, y que fue una manera de atraer la atención de estos para poder generar un reconocimiento como región, cosa que, 110 años después, deja mucho que desear. 2. Los héroes de hoy ya no soy los de ayer. Bolívar, Santander, Nariño, Sucre, etcétera, poco o nada les dicen a las nuevas generaciones, inclusive a las no tan nuevas, como a la mía. Y esto se debe a que hemos salido del molde clásico de una historia acuñada en la academia, ya nadie cree en ella, pues obedece más a un sustrato de poder-élite, por eso se muestra añeja así sea actual, del que realmente estamos agotados. Hemos tenido acceso a nuevos documentos, hemos aprendido a valorar y revalorar la palabra, la tradición, el mito que ha pasado de generación en generación y que, los académicos, no valoraban y dejaban pasar por alto. El problema es que se busca con ello generar nuevos héroes y desconocer todo lo pasado, en una especie de borrón y cuenta nueva que la dialéctica histórica no nos permite hacer. Por eso se propone entonces que se eleve a Agualongo y se destrone a Nariño, como si con ello se recompusiera la historia.

En este punto se hace importante resaltar una curiosidad, hablando solo del monumento como un pedestal que gloría a unos y deja por fuera a otros: en Pasto, sólo hasta hace algunos años se elevó un monumento a Bolívar, en Ipiales hasta hace poco se levantó un busto en el histórico puente de Rumichaca, hay también un Santander y una Pola, en detrimento de la propia memoria de su Josefina Obando, que se busca exaltar en Ipiales al igual que a Agualongo en Pasto. En vista de lo anterior, ese alejamiento hacia el monumento, hacia el símbolo que ha dejado de serlo para poblarse de odios y de ideologías que no ahondan en el misterio del sentimiento humano sobre las representaciones simbólicas, por eso los monumentos a nuestros Nariños, nuestros Bolívares, nuestras Polas, nuestros Santanderes, nuestros Agualongos, huelen y seguirán oliendo a orines.

Pero, ¿cuál es el discurso que hay entre quienes desmontan las estatuas de los pedestales y cuál el de quienes quieren conservarlos en sus sitios?

Desde luego que no hay una única respuesta, pero lo que nos debe unir es la palabra, por eso creo necesario en este punto hacer una breve reflexión sobre el discurso como posibilitante humano. Sin lugar a dudas, uno de los mayores preceptos que nos condicionan como fundantes de un proyecto humano, es el don de la palabra; podemos decir que ello diferencia a los entes racionales de los animales, ya que como reconocía el filósofo Cassirer: “entre cosas y animales hay una relación directa, en tanto que entre los individuos y las cosas media el símbolo” (en Cruz, 1986), y que aquí nosotros interpretamos como la palabra. Ya los griegos, fundadores del pensamiento racional en occidente, reconocían en ella un poder que sobrepasaba lo puramente interno para enmarcarse en lo social y en lo político, es decir que se reconoce una íntima relación entre la psique del individuo y su condición de ente grupal, en donde existe una correlatividad básica entre el querer y el actuar, entre el acto y la potencia, al decir del mismo Aristóteles. Somos individuos en la medida que pensamos, con la potencialidad de que nuestras ideas crucen los límites puramente internos del propio ego, para fundarse como precepto de una necesidad que se quiere suplir, y para lo cual nos es necesaria la comunidad.

Es así como la palabra funda el Estado de la polis griega, y de paso de todo Occidente, del cual somos sus herederos, y se ha de reconocer también que todos los modelos de gobierno, pasando desde el despotismo, llegando a la democracia, y en algunos casos hasta en la anarquía, deben preceptuarse desde la palabra en el discurso. En nuestro caso, democracia, Estado Social y de Derecho, deben correlacionarse activamente desde lo puramente ideal, la palabra en abstracto, para activarse y concretizarse en la vida práctica y real como un discurso que obedece a ciertos principios.

Es así entonces como llegamos a una nueva y necesaria relación: discurso y ética. Ha de entenderse a ésta última, no como lo puramente normativo para una vida en comunidad, o para una introspección puramente de conciencia, a lo que denominamos moral, ¡no!, es necesario ver la pulsión vitalista de la ética, tal y como lo reconoce Spinoza (1961), es decir una ética desde la alegría, que reconoce la necesariedad de la experiencia de lo que nos es bueno y de lo que nos es malo, y de aquello que nos potencia como humanos; es aquí entonces donde el discurso, la palabra concretizada, debe actuar como precepto de nuestro propio e individual proyecto de vida, para así proyectarlo en el plano social y actuar conforme a lo humano. No en vano, una sociedad en donde el discurso no tenga correlación entre ser y querer, pierde su norte, y su horizonte ha de tornarse sangriento y malévolo; es la fuerza, tomada aquí como una inercia en absurdo de poder y no como la calidad motriz del movimiento humano, contra el peso de lo humano, de lo discursivo; es lo irracional en contravía con la razón y la no-razón, concepto este último en donde caben pulsión, psique, mito, y que es desconocido por aquellos que obran puramente en lo instintivo material, creando como único proyecto una guerra absurda que nos aleja de nuestra propia humanidad.

Además, es menester reconocer una episteme histórica implícita en el discurso, tal y como lo busca Foucault (1994), y en donde se entiende que éste obedece a cada momento histórico, a cada sociedad, es el reconocimiento de una axiología que se funda para cada pueblo y en cada condición particular. Así, no es raro interpretar nuestra propia historia, la colombiana, la que obedece al sometimiento de tres siglos de edad media tardía heredada de España, y a dos siglos de luchas fratricidas que nos han traído a este estado de total descomposición social.  Esto, para entender que los actores de la guerra, si quieren una verdadera salida a la paz, les es menester reconstruirnos como nación bajo el precepto de un discurso que obedezca a nuestra propia razón de ser y hacia lo que queremos en el presente y en el futuro. En un país como el nuestro, es menester el reconocimiento de la complejidad de la palabra, la concreción de un discurso válido y la acción posibilitante del mismo por parte de quienes anteponen las armas o las vías de hecho a la palabra misma.

He querido hacer esta pequeña correlacionalidad entre la palabra y nuestro estado social actual, no para complejizar el pensamiento y abstraerme en lo puramente ideal, al contrario, creo que es la mejor manera de comprender la potencialidad que hay en el discurso, al que le es necesario también el reconocimiento de que nos hace compendios vivos de la humanidad. Y es que la palabra es conocimiento, es el medio por el cual nos transmitimos los saberes unos a otros, desde nuestros ancestros hasta nuestros descendientes, Nietzsche (2000) reconocía plenamente este valor y por eso sentenció que “preferiría que se dirija al ocaso la humanidad antes de que retroceda y se pierda el conocimiento” (p. 247).

Que esta reflexión nos sirva para profundizar en nuestra pasión por el conocimiento, pero por sobre todo que nos invite a profundizar en la fuerza de la palabra, para llegar al reconocimiento de que el discurso nos posibilita como humanos, en un mundo que, en la barbarie y en el desconocimiento de lo particular por lo global, cada vez parece deshumanizarse más.

 

Referencias

 

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