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DON ANTONIO NARIÑO, EN EL BICENTENARIO DE SU MUERTE (1)

El 13 de diciembre de 1823, fallecía en la ciudad de Villa de Leyva, el gran padre de la patria colombiana, don Antonio Nariño.

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Por:

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

Al constante varón integro y justo

ni el furor de la plebe depravada

ni la cara indignada

del tirano feroz impuso susto

Horacio, libro III, od 3. en Antonio Nariño, en Los Toros de Fucha, No. 9, 1823.

 

El 13 de diciembre de 1823, fallecía en la ciudad de Villa de Leyva, el gran padre de la patria colombiana, don Antonio Nariño. Había ido a dicha ciudad por designación médica, ya que tantas penurias, tantos años en prisión, tantas desavenencias con sus propios compatriotas habían mermado su salud. No solamente fue el primer traductor de los Derechos del Hombre y del Ciudadano al idioma español, sino que además fue el primero, por lo menos en la Nueva Granada, en apostarle a la separación definitiva de este territorio frente a la corona española. Perseguido, injuriado y calumniado, fue enviado a la cárcel por varios años; de España escapó para buscar apoyo para la Independencia de su patria, regresó y debió enfrentar las anomalías de una casta que buscaba el poder pero no la verdadera libertad; se dirigió al Sur y en Pasto fue derrotado, luego de haber sido traicionado por los suyos; de ahí nuevamente fue enviado preso a Europa, ya libre, regresó a su Patria, en donde el Ejército Libertador había logrado grandes conquistas y la libertad de Colombia era ya una realidad; fue nombrado Vicepresidente por el propio Libertador, luego elegido Senador, en donde fue acusado por algunos politicastros, siendo absuelto de las falsas acusaciones que buscaban medrar su honra antes que nada, de tal manera que se retira y fallece a la edad de 58 años.

 

Antonio Amador José de Nariño y Álvarez del Casal (Santa Fe de Bogotá, 9 de abril de 1765-Villa de Leyva, 13 de diciembre de 1823) …

 

Con ocasión del bicentenario de su muerte, traemos a colación algunos episodios de su vida que marcan el derrotero de la nación, particularmente el del Sur, así como algunas apreciaciones sobre replantear los símbolos frente a una sociedad carente de ellos o en constante simulación frente a una virtualidad que se impone a la propia realidad. Aquí la primera entrega.

 

Antonio Nariño

 

Qué difícil resulta escribir sobre un personaje histórico ligado al proceso de la Independencia en este siglo XXI, toda vez que los héroes se desmoronan como el aire y los símbolos son cuestionados y replanteados permanentemente, sobre todo por los jóvenes a quienes el sistema educativo relegó las clases de historia a segundo plano, ante lo cual no se sabe si alegrarse o entristecerse, ya que muchos crecimos convencidos de que la historia oficial era lo cierto, y con el paso del tiempo, con profundo sentido crítico y después de profundas y concienzudas lecturas, hemos comprendido que la historia tiene tantas aristas como personas que la escriben, y que de igual manera durante más de un siglo nos acostumbramos a una historia centralista que desconoció de facto las historias regionales, las de la periferia, a más de una academia empotrada en manuscritos y textos, muchas veces mal interpretados, perfilando que sin documentos lo que se diga es falso, dejando también por fuera las historias locales transmitidas oralmente, con una riqueza fundamental, ya que ahí habitan los mitos y los imaginarios se vuelven realidad escuchando a los ancianos.

Es por ello que hablar ahora de Antonio Nariño suena raro, ya que de hecho resulta complicado atraer la atención de los jóvenes, de quienes han crecido, pese a todo lo malo que fue, carentes de la historia nacional y regional, de tal manera que emprendemos este corto ensayo buscando en primer lugar despejar algunas dudas sobre lo que ciertos historiadores alimentan desde el odio y el frenesí, sin mediarlo con la pulsión y la razón, tan necesaria en los momentos actuales de nuestro país, y han hecho creer que todo lo que tenga que ver con la Independencia o es una monstruosidad o fue una falacia en aras del bienestar de unos pocos, hasta el punto de traer a colación en plena actualidad las mismas acusaciones que los españoles hicieron contra este personaje, intentando además mostrar en una falsa tesis que fueron las mujeres de Pasto quienes lo vencieron, no con el ánimo de exaltar el coraje de estas mujeres, sino de mostrar una cobardía; de igual manera haremos unas referencias a las acusaciones que algunos historiadores persisten en hacer respecto al tema del ocultamiento de la traducción de los derechos del hombre y del ciudadano hecho por el santafereño y otras acusaciones más, acudiendo para ello no solamente a las fuentes primarias, como son los propios textos de los  protagonistas, sino también acudiendo a la interpretación de los momentos históricos entendidos como sucesos de un proceso y no como hechos dados dentro de una historia empotrada e inalterable; para finalmente abordar el tema del replanteamiento de los símbolos, especialmente en el marco de una ciudad en donde algunos de sus protagonistas fueron realistas, en un sentimiento que se aviva con los historiadores del odio y los afanes de protagonismo.

 

Villa de Leiva

 

¿Realmente vencieron las mujeres pastusas a Nariño?

 

Algunos historiadores pastusos recogen la tesis miope de que todo acto que cometieron los pastusos fueron virtuosos y en seguimiento del decoro de unas élites añejas, las mismas a las que no les importó someter a la población a una guerra de exterminio por la tozudez de defender sus derechos y, por sobre todo, sus propiedades y prebendas, en contraposición a enmarcar como “acto terrorista” toda acción patriota en aras de romper con la Corona Española y forjar una patria independiente, lo cual nos muestra desde ya la perspectiva con que se revisan los hechos históricos.

En 1813, gracias a las insistencias de Nariño, el Consejo Electoral de Cundinamarca reconoce a dicho Estado como libre e independiente “que queda separado de la corona y gobierno de España y de toda autoridad que no emane inmediatamente del pueblo o de sus representantes” (López, 1928, p. 63), donde se demuestra que ya entonces existía un sentimiento de rompimiento total con la metrópoli, aun en contra de las contradicciones permanentes que hacen algunos escritores de la ciudad de Pasto a través de sus múltiples libros. Ahí mismo se menciona que como Estado libre e independiente tiene derecho a hacer la guerra o a concluir la paz, de tal manera que se declara la guerra a la Corona Española, entonces ya en cabeza de Fernando VII. Lo anterior para entender un poco el contexto de lo que pasaba en España y en Santafé, cabeza visible de lo que entonces se conocía como el virreinato de la Nueva Granada, que comprendía los actuales Colombia, Venezuela, Ecuador, Panamá y Guyana, de tal manera que lo que pasaba en Popayán o Quito, era competencia administrativa de dicho ente gubernamental.

López (1929) manifiesta que, inspirado en la obra de Espinosa (1876), las mujeres se despojaban de sus vestidos femeninos y arrancaban los de sus esposos muertos, empuñaron armas y a gritos de ¡Viva la religión! ¡Viva el Rey! lucharon con heroísmo, de las cuales pocas alcanzaron a escapar. Aquí hay una exageración de López Álvarez, ya que si bien el Abanderado reconoce la situación de esta manera: “Entre los prisioneros de esta jornada cayeron varias mujeres vestidas de hombre, que peleaban al lado de los soldados, y entre los muertos se hallaron también algunas. No hay duda que las voluntarias realistas les ganaban en entusiasmo a las voluntarias patriotas, aunque éstas también solían exponerse a muchos peligros” (p. 48), de donde se colige que efectivamente las mujeres de ambos bandos participaban en las contiendas, anotando además que el propio Nariño, como lo reconoce Espinosa (1876): “En pos del ejército iba una bandada de mujeres del pueblo, a las cuales se ha dado siempre el nombre de voluntarias (y es muy buen nombre porque éstas no se reclutan como los soldados) cargando morrales, sombreros, cantimploras y otras cosas. El general Nariño no creyó conveniente, antes sí embarazoso, aquel ejército auxiliar, y prohibió que continuase su marcha, para lo cual dió orden terminante a los paseros de que no les permitiesen el paso y las dejasen del lado de acá del rio” (p. 36), y más adelante anota que pese a dicha orden muchas mujeres siguieron acompañando al ejército patriota. El que sí menciona el hecho de que las mujeres les quitaban los pantalones a los que huían es José Hilario López (1857) “Las mujeres arrastraban a los soldados que huían, y aún les quitaban los pantalones y se los ponían ellas, manifestándoles que eran indignos de llevarlos” (p. 32), de donde se podría desprender que los soldados realistas eran unos cobardes, lo que sería un juicio no detenido ni razonado.

Algunos historiadores dan una justificación muy traída de los cabellos para evidenciar la presencia de las mujeres en Palacé y Calibío, y no es otra que decir que los habitantes de Pasto vivían en una especie de edén bíblico, en paz y armonía, de donde manaba leche y miel. Cuando los análisis históricos contemporáneos, detenidos también en la vida cotidiana y fundados en los textos jurídicos muestran una paz chicha entre las élites y la gran masa indígena, así como con los pequeños propietarios o pobres que también existían en el territorio. Para justificar después, casi que sacramentalmente, los asesinatos cometidos por las élites pastusas contra José Joaquín Caicedo y Cuero, Alejandro Macaulay, y muchos otros más, a los que vilmente acusa ir tras el famoso tesoro que el realista Tascón robó a la ciudad de Pasto, como si la causa en el proceso de la Independencia en el sur tuviese esa única intensión.

Para algunos historiadores la dichosa procesión de las mujeres pastusas no fue eso, sino la marcha de ellas como soldados para enfrentar al ejército de Nariño, contradiciendo los propios documentos que anexan, el primero del Presidente de la Real Audiencia de Quito, Toribio Montes, en donde retomando una misiva del Cabildo de Pasto, anota: “Por oficio de Usía de 13 del corriente, quedo enterado de la gloria inmortal a que se ha hecho acreedora esa ciudad por su valiente y fiel vecindario en que hasta las mujeres y niños han contribuido, poniendo por intercesora a Nuestra Señora de Las Mercedes, sacándola en procesión y poniéndola al frente de las balas del enemigo durante la acción” (Archivo Nariño, 2021); y, segundo, el de la esposa del Regidor decano y administrador de la real aduana, Manuela María de Vicuña, residente en Quito, quien anota: “Oí decir que en lo más riguroso del combate esas religiosas vecinas, sacaron en procesión a Nuestra Señora de La Merced y en medio del conflicto le tiraban del manto y clamaban: “Madre mía, no te hagas la sorda, ni te desentiendas de nuestras angustias” (Guerrero, 1912, p. 127). Deduciendo fácilmente que lo que hubo fue una procesión que confundió al propio Nariño creyendo que era un ejército, cuando llevaban en andas a la virgen de Las Mercedes, a Santiago Apóstol y a San Sebastián.

Se mencionan las soldaderas, o mujeres combatientes, pero caen nuevamente en el error de no ir a la fuente primaria, es decir las de José María Espinosa (1876), sino seguir a pie juntillas lo escrito por López (1929), ya que el primero menciona que las mujeres combatían en ambos ejércitos, sin mencionar que en Calibío había mujeres procedentes de Quito, Cuenca o Lima, en ningún lugar de libro, cuanto sí hombres. Para ello siguen a pie juntillas lo escrito por Sañudo (1929), quien cita a José Hilario López y a José María Espinoza, donde él mismo anota que lo que vieron los patriotas fue una procesión de la Virgen de Mercedes y de Santiago Apóstol, patrono de España. El coraje y la valentía de la mujer pastusa, nariñense y colombiana, no se pone en duda, al contrario los historiadores una y otra vez insisten en visibilizar su papel durante las guerras de Independencia.

Estos escritores parten de un supuesto socio jurídico, y es decir que Pasto acogió como suya la defensa de la nación española “más que de la monarquía como tal”, desconociendo los gritos de ¡Viva el Rey” que no solamente se escuchaban en las calles, campos de batallas y procesiones, como se ha visto, sino también contenida en los cientos de documentos emanados del cabildo de la ciudad, de tal manera que ese supuesto fáctico cae ya por su propio peso, sin adentrarnos en el desconocimiento que hizo el cabildo de Pasto ante los permanentes llamados para que organizara una Junta, en aras de desconocer al rey invasor y resguardar, de una u otra manera, al propio Fernando VII, llamado por algo “El Deseado”, cuyo primer acto de gobierno fue abolir la Constitución de Cádiz de 1812, en donde se reconoce precisamente la dichosa “nación española”, para volver a un estado monárquico absolutista, el mismo que defendían las élites pastusas.

También caen en el error de llamar a los realistas “pro españoles”, cuando desde 1814 lo español estaba representado nuevamente por el rey, cuya prisión y dimisión les causó tanto dolor, hasta el punto de invocarlo en todas sus luchas y proclamar su libertad con tedeums y ceremonias de toda índole, entre otras con corridas de toros. Además, la fe ciega en las autoridades monárquicas de Popayán y Quito, así como llamar permanentemente, y entre comillas, “Ejército Real” el conformado por pastusos, quiteños, limeños, entre otros, lo cual despeja de toda duda el abandono del realismo que quieren darle los autores a las luchas en contra de la Independencia americana.

Aducen que Nariño desertó de su ejército en la mañana del 11 de mayo, entrando en otra contradicción, ya que dicen antes que los pastusos tuvieron 50 bajas y los patriotas 250, demostrando con ello que no podía el prócer desertar de un ejército vencido, al contrario, tanto José Hilario López (1857) como José María Espinosa (1876), testigos presenciales de los hechos, así como el propio Leopoldo López Álvarez (1929), hablan de la bizarría con que Nariño logró salvar a su hijo y a otros militares pidiéndoles que regresaran, cuando ya se sabían vencidos, y que no pudieron los ruegos de éstos para que volviese con ellos. Además, de los testimonios se desprende la traición de parte de algunos oficiales para con Nariño, quienes ordenaron retirar el ejército antes que seguir avanzando hacia Pasto, y solo algunos soldados se atrevieron a buscar a su comandante, sin que tuviesen éxito. El propio Nariño, en carta dirigida a Toribio Montes desde la prisión de Pasto, escribe:

Bajo estos supuestos mi idea ha sido proponer a V. E. una suspensión de hostilidades por una y otra parte, Ínterin tratábamos más a fondo sobre el asunto principal; pero para esto es preciso a lo menos que mi persona no aparezca con el aspecto de un hombre a quien se forza hacer las cosas sino que esté de momento de que pueda tener fuerza mi firma y se cumpla con lo que estipulemos; mucho más cuando yo he preferido de quedarme y presentarme con este objeto, al de haberme retirado con el resto de mi ejército, comprometiéndolos en cierto modo estando acá, lo que no sucedería si me hubiese marchado” (Orbes, 1977, p. 82).

De donde se colige que prefirió quedarse para no exponer a los suyos, sin mencionar los restos de arrojo que tuvo durante toda la campaña, hasta el punto de que coinciden muchos en que su temeridad fue la culpable de que se perdiera la campaña del Sur, el mismo Sañudo (2021) anota:

Se comprende que los venezolanos, por ciego patriotismo, hagan de Bolívar, un héroe, sin mancha alguna; pero esto no es explicable en Colombia, donde aparece la egregia figura de Nariño, hombre superior a todos los de su tiempo, que, dado su atraso, no pudieron ni comprenderle; lleno de nobleza magnanimidad, de ideas justas y científicas en política, cómo habrá ocasión de conocer, valiente estratega, erudito, porque era lector incansable en su biblioteca de más de 6.000 volúmenes, patriota y no manchado ni por la lujuria ni por la crueldad. Duéleme, a mi pastuso, puesto en el éxito de la guerra de la independencia, que fuera vencido por mis compatriotas; pues es posible que a ser vencedor, se cumpliera que ella, sin dar ocasión al influjo nefasto de Bolívar, y se constituyera Colombia con más seriedad, sin ser perturbada por las ambiciones dictatoriales de aquél. Nariño debería ser el héroe nacional de Colombia , porque su historia no tiene manchas, y hasta su muerte fue la de un noble caballero, con la augusta majestad de un cristiano (p. 21).

 

General Antonio Nariño

 

De igual manera, en un interés de realzar las figuras realistas, como la de decir que el autoproclamado coronel Agustín Agualongo fue nombrado por Fernando VII General de los Ejércitos del Rey, sin que se haya encontrado hasta el momento tan importante documento que debería reposar en Madrid, donde el rey ya estaba a sus anchas, mencionan estos historiadores que Nariño se entregó a un “Sargento de Milicias” de apellido Pachicaná, cuando López (1857), Espinosa (1876), López Álvarez (1929), además de muchos otros historiadores que se han detenido en el episodio, mencionan que se entregó a un “soldado y a un indio”, este detalle, que puede parecer nimio, muestra un interés perpetuado por los historiadores de Pasto para “blanquear” a quienes participaron en la causa realista, quizá como un deseo no bien atinado de una especie de desquite frente a todas las afrentas que recibieron por parte del centralismo colombiano durante muchas décadas; creer que a quien enfrentaron fue a un General y no a un autoproclamado Coronel, creer que Agualongo no era ni indio ni mestizo, sino un personaje de origen italiano, o creer que a Nariño lo capturó un Sargento y no un soldado y un indio, muestran claramente este atropellado interés, lo cual va en detrimento de su propia estirpe. Para ello, baste mencionar uno de los documentos que los autores anexan, nada más ni nada menos que la Representación del Cabildo de Pasto dirigida al Rey Fernando VII, para informar sobre la derrota y prisión de Nariño, en donde se extrae: “Los indios mismos, estos hombres degradados, tan cobardes e incapaces de empresas grandes con el fusil en la mano, presentan con denuedo el pecho a las balas, y hacen prodigios de valor” (Cabildo de Pasto, 1814), lo que a las claras muestra un sentimiento de superioridad de los cabildantes sobre los indígenas del territorio.

Consideramos que es necesario mostrar los hechos acaecidos en nuestras comarcas, en nuestros conglomerados sociales, sobre todo frente a un mundo globalizado que impone y generaliza modelos y paradigmas, para así contrarrestar el peso de un oficialismo que ha hecho tanto pero tanto daño a la construcción de nuestras propias historias. Toda generalización termina por desconocer las singularidades, de ahí que en el aparte siguiente nos detengamos en la figura de Nariño desde las acusaciones que históricamente se le han endilgado, muchas de las cuales se traen a colación en pleno siglo XXI desconociendo o amañando el contexto en el cual se dieron.

 

 

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