DEL CAMBIO A LA REVOLUCIÓN
En tal razón, constituye un grave delito impedirle al presidente que propicie el cambio y lo ponga en práctica.
Por:
Guillermo Linero Montes

Desde su campaña a la presidencia y durante un poco más de la mitad de su ejercicio de mandatario, el eslogan o la bandera del presidente Gustavo Petro, había sido la palabra cambio; pero, ahora último ha empezado a hablar de la palabra revolución, en respuesta a la desvergonzada oposición que se ha dispuesto a tumbar a ojos cerrados todo sus proyectos de reformas, y en respuesta a la guerra sucia de los medios de comunicación y de sus pervertidos periodistas.
Lo cierto es que, en esa estrategia de tumbarle al presidente “a ojos cerrados todos sus proyectos de reformas”, le han dejado un condicionado camino, invocar al pueblo, y si en verdad nos movemos en una democracia, resulta bastante lógico que así sea, pues el pueblo y la rama ejecutiva son el motor de cualquier cambio político: y no el régimen, conformado por unos pocos adinerados sin escrúpulos, ni tampoco las ramas del poder, integradas en buena parte por los tramposos del congreso y por los carteles de la toga.
Finalmente, valga decir, que si bien las revoluciones, por la historia que se tiene de ellas, están relacionadas con lo cruento, la propuesta por el presidente Petro consiste en una manera de actuar tan pacífica como cargada de nuevas energías. Sus recientes alusiones a la palabra revolución implican algo muy diferente al cambio, aunque muy parecido a la imposición de la voluntad del pueblo, que es la parte más importante en la constitución de un estado.

