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¿DE DÓNDE SURGE EL SUEÑO DE UNA TIERRA PROMETIDA?

¿Cuál límite puede encontrar la fantasía milenio tras milenio en un lugar sin límites como el desierto?

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Por:

Lucero Martínez Kasab*

 

Lucero Martínez Kasab

 

En nuestro diario acontecer nos encontramos con dichos, costumbres o frases de las que desconocemos sus orígenes, las usamos de manera rutinaria, sin embargo, hay unas que siempre nos llaman la atención; resistiéndose a ser olvidadas salen a nuestro paso, entre ellas, una, más allá del contexto bíblico, ¿de dónde surge el sueño de una tierra prometida?

Un día, descubrí de pronto la respuesta leyendo el libro erudito de Enrique Dussel El humanismo semita donde va narrando cómo era la concepción del ser humano de los semitas, personas que comparten una misma raíz lingüística allá en el Oriente Medio. Dussel nos habla de grupos nómadas que andaban en un ir y venir por el desierto sirio-árabe en la antigua Mesopotamia, cuna de la escritura, creadora de una infraestructura enorme y un arte sorprendente elaborado miles de siglos antes de Cristo, lo que hoy es Irak, Siria, Irán.

El desierto es el símbolo de la geografía inhóspita, carente del líquido que le dio inicio a la vida en la Tierra, el agua. En el día el sol reverbera en el horizonte, a medida que se avanza sobre las colinas de arena más se alejan de los viajeros los espejismos burlones. Por la noche la temperatura cae compadeciéndose de quienes se salvaron de morir bajo el sol, pero aterroriza con la sensación de animales rondando, con el silbido de los vientos, con las tormentas de polvo, con las figuras que emergen de la densa oscuridad delineadas por la luz de la luna y de las estrellas. Entrada la noche las tribus se reúnen como de costumbre en círculo alrededor del fuego y de la comida, dando inicio a una de las costumbres más hermosas de la especie humana, los relatos de tradición oral.

¿Cuál límite puede encontrar la fantasía milenio tras milenio en un lugar sin límites como el desierto? De esa imaginación tenían que surgir las alfombras voladoras; los genios saliendo de las lámparas; las puertas que al oír decir ábrete sésamo daban paso a montañas de oro y piedras preciosas; la leche y la miel brotando de entre las rocas; una zarza ardiendo sin consumirse; los jardines perfumados para siempre; los amores de mil noches que eran una y una que eran miles.

Por el desierto había hombres y mujeres que eran la historia errante, memorias viajeras repletas de sabiduría, pues nada quedaba escrito. Así, esos hombres y mujeres al ver el rostro de los otros, el cambio de las sombras en las dunas de arena, la muerte de un camello, el nacimiento de una flor, el volar de un pájaro solitario o el rocío de lluvia en la madrugada entendían los signos de la vida con una profunda conciencia anticipatoria, avisando a las tribus sobre los designios del destino; fueron llamados profetas porque hablaban de los acontecimientos antes que otro cualquiera. Entonces, las tribus de mercaderes y pastores sentados en sus legendarios tapetes, los esperaban para escucharlos en medio de los rituales de la noche, deseosos de saber sobre los misterios del amor, de las estrellas, del bien y del mal.

Los profetas contaban que más allá del desierto alguien con unos palitos dibujaba las palabras sobre la arcilla; que era posible conservar al rebaño de ovejas tocándolas de una en una; que había un rey que defendía al pobre, a la viuda, al huérfano y al extranjero. Hablaban de vegetaciones siempre vivas; después, de tierras con frutos en abundancia; después, de dos ríos largos que se perdían al levantar la vista…, los profetas ponderaban cada vez más sobre la belleza de esos territorios despertando la curiosidad de los nómadas, algunos de ellos confirmaban los relatos de los sabios viajeros, hasta que un día, nos imaginamos, alguien lleno de esperanza al escuchar esas historias fantásticas dijo iluminado por el fuego…, háblanos más de esa tierra prometida…, ahí, en ese instante la tierra prometida se inscribió para siempre en el imaginario mítico de una gran parte de la humanidad, simbolizando el deseo de cambiar las condiciones adversas que endurecen la vida; cuando los relatos se empezaron a escribir fueron los libros la fuente de la sabiduría, mientras los profetas pasaron al olvido.

Sin embargo, a medida que las tribus, los pueblos, las civilizaciones se fueron desarrollando los profetas cambiaron de nombre y se les complicó la vida, empezaron a llamarse líderes, presidentes, presidentas escuchando siempre el mismo deseo de la gente de un futuro mejor alrededor del agua y de los campos sembrados, nada ha cambiado a través de los siglos, hoy, quien proporcione eso al pueblo se ganará su corazón como está sucediendo con la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, de Brasil con Lula Da Silva y con Gustavo Petro en Colombia, quienes, al juntarse en el G20, le están hablando a América Latina de una unión para buscar una mejor vida, de la libertad del yugo de ciertos imperios que jamás han permitido el avance profundo de estos territorios para así, seguir explotándolos.

La esperanza en un mejor futuro surgió milenios antes de Cristo en la oscuridad plena del desierto extendiéndose por la Tierra, desde entonces, los seres humanos oprimidos por todas las oscuridades sueñan con salir de esos lugares inhóspitos…, que no sólo son físicos, también, son de la conciencia y, como la vida es un círculo entre lo individual y lo colectivo que va y regresa, todos debemos procurar ser, no desiertos para los otros, sino tierras prometidas.

 

luceromartinezkasab@gmail.com

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