CUANDO TODO SUBE, PERO NO TODOS AVANZAN
El verdadero progreso no está en subir una cifra, sino en equilibrar el sistema para que todos puedan crecer sin ahogarse.
Por:
Alonso Villacís

Durante años nos enseñaron que ganar más es vivir mejor.
Y en esencia es cierto. Nadie discute la dignidad del trabajo ni el derecho a un salario justo.
Pero la economía tiene una verdad incómoda:
el ingreso no vale por lo que dice, sino por lo que compra.
Por eso una imagen tan simple como la del Chocorramo dice tanto.
Con el paso del tiempo, el salario nominal crece, pero el alcance real se reduce.
No porque el producto sea un lujo, sino porque el sistema entero se encarece.
El salario mínimo sube… pero el aire se acaba
Cuando el salario mínimo aumenta de forma acelerada, el impacto no se queda solo en quien lo devenga.
Ese aumento:
empuja hacia arriba toda la estructura de costos,
eleva cargas prestacionales,
incrementa impuestos indirectos,
reduce márgenes ya estrechos.
La empresa no recibe ese aumento.
Lo absorbe.
Y aquí aparece una realidad que pocos explican con honestidad:
El efecto silencioso sobre quienes ganan más de dos millones.
Muchas personas que hoy ganan más de dos millones de pesos sienten algo extraño:
su salario no sube, o sube muy poco.
No es castigo.
No es desprecio por su esfuerzo.
Es aritmética pura.
Cuando el salario mínimo se convierte en el gran receptor de todos los ajustes,
los recursos de la empresa -¡que no son infinitos!- se concentran en cumplir lo obligatorio.
El resultado es duro pero real:
el trabajador que ya había avanzado se estanca,
el reconocimiento al mérito se congela,
la escala salarial se aplana.
Todo el esfuerzo -“el del trabajador y el del empresario”-
termina absorbido por el salario vital.
No porque no se quiera pagar más,
sino porque ya no hay oxígeno.
Así es como empieza la asfixia
Las empresas no colapsan de un día para otro.
Primero dejan de invertir.
Luego congelan salarios intermedios.
Después reducen personal.
Al final, cierran.
Esto ya pasó en otros países.
No como teoría, sino como experiencia vivida.
En Venezuela, miles de negocios no desaparecieron por egoísmo,
sino porque se quedaron sin aire para sostenerlo todo.
Pensar que “aquí será diferente”
no cambia las reglas básicas de la economía.
La reflexión necesaria:
Cuidar el salario mínimo es un deber moral.
Pero cuidar la empresa es una responsabilidad colectiva.
Sin empresas sanas:
no hay empleo estable,
no hay movilidad social,
no hay futuro para quienes hoy empiezan ni para quienes ya avanzaron.
El verdadero progreso no está en subir una cifra,
sino en equilibrar el sistema para que todos puedan crecer sin ahogarse.
Porque cuando todo sube sin medida,
al final nadie sube de verdad.

