CONTRICIÓN

En este obligado encierro, que va más allá de los doce meses, cada que pasan los tediosos días, me he dedicado, sin proponérmelo, a recabar en mi existencia.

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Por:

Jairo Bravo Vélez

 

Jairo Bravo Vélez

 

En este obligado encierro, que va más allá de los doce meses, cada que pasan los tediosos días, me he dedicado, sin proponérmelo, a recabar en mi existencia. Ya era hora, sin ser tarde aún. En cualquier momento de la vida debemos mirar hacia nosotros, hacia uno mismo, hacer retrospección, sin mentiras, sin trampas, sin reservas, sin límites; tiene que ser un análisis meridiano, ante un único y natural juez que por ello no nos va a otorgar ninguna rebaja, nada de beneficios, sólo nos prodigará tranquilidad, paz, sosiego: nuestra conciencia. Debo ante ella ser honesto, ser íntegro.

Salta a mi memoria, en primerísimo lugar, el dolor, el sufrimiento, el hambre, la enfermedad, el abandono, el desamor, la soledad, la desigualdad. Siempre supe que anidaban en el vecino, en el amigo, en el contertulio, en el labriego; en la calle, en el barrio, en la noche, en el día. Supe siempre que laceraban al campesino, al citadino, al emigrante. Cuando camino con desdén, cuando descanso, cuando me divierto, cuando gozo. Al trabajar, al amar. Siempre las tuve allí, cerca de mí.

Cuando conduzco y al detenerme en el semáforo me asoma la rabia súbitamente al ver a jóvenes volcarse hacia los carros para obtener una moneda que muy pocos les brindan, o menesterosos que extienden su mano lánguida buscando mitigar el hambre. Siempre el dolor ajeno estaba ahí. Y mi indiferencia también estaba siempre ahí. Siempre el desdén e indiferencia ante el dolor ajeno.

Mas, sin embargo, nada me afectaba, solo pensaba en mi vida, en lo mío. Nada había más que eso, mi yo. Cuando había un tropiezo, renegaba, ofendía, echaba la culpa a otros, pisoteaba a los demás para arreglar lo mío. Me acordaba de Dios para pedirle, nunca para agradecerle. Y cuando se calmaba la tempestad, cuando el problema ya no estaba, era triunfador, el mejor, caiga quien caiga. El pobre Antonio no tiene trabajo, qué me importa; que sus hijos tienen hambre, allá él. Al vecino lo mataron, dejó tres niños huérfanos, en el desamparo, ¡pobrecitos! A la hija menor de José la violaron, que manden a la cárcel al sátiro. El desdén, la indiferencia, siempre estaban ahí. Reinaban. Que se robaron el dinero para alimentar a los niños, por eso les tiran el almuerzo en las manos, menos mal mis hijos están en colegio privado; que las calles están llenas de huecos, no podemos casi transitar, qué mal alcalde. Que absolvieron al expresidente de todos sus delitos, es que la justicia es para los pobres. Que un magistrado vendió un auto por quinientos millones de pesos, qué carro tan caro. Que el cartel de la toga, nuestra justicia está podrida. Siempre la indiferencia. Que los funcionarios se roban nuestro dinero, son unos corruptos.

Tenía que estar en este encierro Para conocer y aceptar mi indolencia. Me duele reconocer mi insolidaridad, mi soberbia, mi ego, mi desdén por los problemas de los otros. Mi total deshumanización. Mi absoluta falta de misericordia. Entonces qué hacer, me pregunté, y al instante recordé a Confucio cuando dijo “aquel que procura el bienestar ajeno, ya tiene asegurado el propio”.

Logré liberarme de la catarsis del individualismo que siempre me ha cobijado y concluí diciéndome que en este momento histórico es inaceptable la indiferencia y peor aún la indolencia. Por eso empezaré con mi familia, con mis vecinos, con mis amigos, con todos aquellos que puedan escucharme, para decirles cuán equivocados hemos estado. Fallamos al elegir a nuestros gobernantes y legisladores; no votemos por corruptos e ineptos; pero nos equivocamos más al permitirles que sigan explotando a nuestro pueblo, que sigan robándose nuestro patrimonio, que continúen ejerciendo actos de corrupción por todas partes y pecamos, con pecado mortal, al volver a elegirlos. Tenemos la obligación moral de transformar este País.

La pedagogía me ha funcionado porque he logrado receptividad; noto que todos guardamos nuestros resquemores y que nos negamos a aceptar nuestra pasividad, nuestra indiferencia, nuestra falta de solidaridad. Pero en ese intercambio de conceptos sobre la problemática de nuestra patria noto la rabia y el descontento reprimidos, respaldados por la incapacidad de lograr soluciones. Estoy seguro, sé que vamos a estallar, sé que va a llegar el momento de decir: ¡No más!

La copa se rebozó cuando este gobierno incapaz y arbitrario quiso perpetuarse por un tiempo más, emulando a su ideólogo fascista, y cuando intentó hacer ley una reforma tributaria totalmente perjudicial para las clases populares y beneficiosa para la burguesía industrial y latifundista. Cuando quiere negociar con la salud. Entonces en todo el país muchos como yo hicieron lo mismo y llenaron las calles y los parques; cerraron las vías, protestaron por doquier y lo seguiremos haciéndolo, no importa que en respuesta vengan las balas asesinas y las CONFISCACIONES anunciadas estúpidamente por el fiscal de bolsillo.

Demostrado está que las calles son el mejor parlamentario.

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