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CARLOS RESTREPO PIEDRAHITA (1916-2017): CIEN AÑOS DE UNIVERSIDAD

ELEGIA DE VARONES ILUSTRES EN LA PROVINCIA DE LA VILLAVICIOSA DE LOS PASTOS (XXI)

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Por:

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

En plena adolescencia Carlos Restrepo Piedrahita (CRP) se apareció en Ipiales en apurada pesquisa de su padre, quien le había cursado noticias apremiantes para que viniera a su encuentro. Ese es quizás el momento más doloroso de su vida. No podía evocarlo sin que el espíritu se le conmoviera. Fue torturante y triste el viaje hasta El Diviso, a donde llegaba el tren de Tumaco y donde su padre los aguardaba con seis mulas, para trepar y cruzar el volcán nevado del Cumbal y llegar a Ipiales. “Es un recuerdo trágico, porque a mamá no le alcanzaba el dinero para pagar las mulas y tuvimos que hacer el viaje a pie, que duró cuatro días, con los pies ensangrentados dentro de las alpargatas, durmiendo a la intemperie en los nidos de los perros sin nada qué comer. Éramos cuatro hermanos, dos mujeres y el mayor era yo”. 

 

Dr. Carlos Restrepo Piedrahita con la condecoración de la Orden de la Democracia Simón Bolívar, dada por la Cámara de Representantes de la República de Colombia, 1996. Colección Archivo Histórico, Universidad Externado de Colombia

 

El mayor de seis hermanos, tuvo su infancia en el campo, donde su padre, un obrero de mina, con trabajo, logró tener dos haciendas, ganado, una casa propia y cuatro más de dos pisos. Pero la crisis económica de los años 30 llegó hasta la provincia Quimbaya y Carlos, de 12 años, sufrió la miseria. Huyéndole, su padre también desapareció. Repentinamente llegó una carta desde Ipiales donde el papá pedía que fueran a buscarlo.

– “¿Qué hacía en Ipiales su papá?”

– “Era peluquero, de tres centavos corte de pelo y de cinco centavos, pelo y barba. Aguantábamos hambre. La miseria que pasamos fue una cosa atroz, terrible. A veces no había con qué almorzar porque no llegaban clientes”.

– “¿Qué recuerdos le quedan de esa época?”

– “Me sucedieron cosas importantes, como por ejemplo mi formación religiosa, de rosario diario, con la enseñanza laica en un colegio mixto. El haber ganado mención de honor en un concurso de poesía sobre Quito, con motivo del IV Centenario de su fundación, durante la primera presidencia de Velasco Ibarra. Recibí de premio los cinco volúmenes de la “Historia del Ecuador” del arzobispo González Suárez y cien sucres que me regaló el embajador de Colombia. Yo vivía con cuarenta sucres mensuales y estaba indocumentado”.

“Imagínese la celebración con aguardiente. En Quito me vuelvo parrandero y ateo. Terminé el bachillerato en 1935 y regresé a Ipiales en donde mi padre trabajaba como gendarme de aduanas –trasladada a Ipiales desde Carlosama en 1881-, un cargo que desempeñé reemplazándolo en las vacaciones del 33 y el 34. A medianoche perseguíamos y emboscábamos a los contrabandistas”. De aquella permanencia surgieron sus amigos ipialeños y nariñenses: Los Vela Angulo, Manuel María Montenegro, Carlos Córdoba Ordóñez, Raúl Ortega Coral, Alfredo Montenegro, René Córdoba, Ismael Coral, Luis Piedrahita, Sixto y Nelson Enríquez De los Ríos, … a quienes recordaba con afecto y a quienes sirvió cuanto pudo siempre en homenaje y recuerdo de ellos y de los antiguos externadistas nariñenses: José Antonio Llorente, Aurelio Arturo, Galo Burbano, Francisco Ortiz Cabrera, Guillermo Dávila, Rodrigo Bastidas Urresty, Gilberto Guerrero Gómez, Carlos Cabezas Villacrés, Darío Pantoja, los Velas Orbegozo, Jairo Piedrahita, Jorge León Vera, Alfredo Montenegro Figueroa, Servio Tulio Caicedo”.

Carlos jamás aprendió a cortar un solo pelo. Estaba empeñado en terminar sus estudios y algo del talento de su padre que a veces escribía versos y se refugiaba en su pequeña biblioteca de 40 libros, empezaba a colarse en su caletre. La escuela de Ipiales solo tenía hasta cuarto año de bachillerato.

“Yo debía escoger si irme a Pasto a un colegio de la comunidad de los jesuitas o a Quito, donde mi padre sabía que había un colegio muy bueno. Preferí Ecuador”, pequeño cielo lo llamaba. Y se matriculó, a finales del 32, en el ya famoso Colegio Mejía, el mismo que había regentado –a comienzos de siglo- el sabio ateo y tuquerreño Rosendo Mora, convocado por Eloy Alfaro.

El Instituto Nacional Mejía, en Quito, fue el colegio elegido para culminar su bachillerato y el lugar que identifica, con una evidente emoción, como el origen de su amor por la literatura y de su pensamiento liberal, asaz revolucionario para su época. El nombre del instituto vino a ser su inspiración, premonición y provocación. Vino a ser su nuncio y su mellizo en la biografía comparada y asombrosa de entrambos. José Mejía Lequerica, el titular del nombre, no sólo fue el primer botánico, investigador de la flora ecuatoriana y verdadero naturalista, sino que tuvo protagónica e insospechada figuración en las Cortes de Cádiz. Vino a ostentar allá, por casualidad, la representación de la Nueva Granada.

Su jugosa novela la enhebra Germán Arciniegas. Había nacido en Quito, de un abogado de la Real Audiencia -José Mejía del Valle- y una distinguida señora, doña Joaquina Lequerica… que no era precisamente su mujer. El niño fue abriéndose paso en las escuelas por su genio deslumbrante y travieso. A los veintiún años ganaba por concurso la cátedra de latín. Dos años después, algo más sustancioso: la mano de quien fue su esposa, doña Manuela Santa Cruz y Espejo. La fortuna de esta mujer no contaba en dinero sino en algo mejor: hermana del precursor de la independencia ecuatoriana -el famoso Eugenio Espejo- conservaba toda su biblioteca. A los 25 años, Mejía Lequerica disputaba por oposición la cátedra de filosofía en el Colegio Seminario de San Luis. El puesto clave. Su antecesor había iniciado a la juventud en Copérnico, Kepler, Galileo. Con Manuel Antonio Rodríguez, en efecto, había comenzado en Quito a girar la tierra alrededor del sol. Siguiendo estas huellas, Mejía Lequerica aplicó el método de Descartes. Lo que había hecho años antes, en España, don Pablo de Olavide. Los frailes dominicanos se pronunciaron contra estas herejías, e impidieron al atrevido catedrático cursar teología, alegando que había contraído matrimonio. Sin voto de castidad nada de teología… Fue removido de la cátedra. Cinco años más tarde se le negó el derecho a recibirse como abogado. Se desenterró una antigua ordenanza según la cual los hijos ilegítimos quedaban excluidos. Lo que sigue en la vida del quiteño queda explicado por estos antecedentes. Quito era para él un infierno. Había que tentar fortuna en España. Cuando llegó a Madrid, España se derrumbaba. Unido al pueblo, luchó en el levantamiento de mayo. Con la derrota, hubo de huir. Gastó cuarenta y cinco días de Madrid a Cádiz, a pie, disfrazado de carbonero. Eso sí, llegó a punto: se preparaba la reunión de las Cortes.

Mejía Lequerica entró en las Cortes por milagro. Del otro lado del Atlántico no llegaban a tiempo las delegaciones escogidas y se las reemplazó por americanos que incidentalmente se encontraban en Cádiz. Mejía Lequerica entró como suplente del principal de la Nueva Granada. En el infeliz carbonero llegado de Madrid, se descubrió al profesor rebelde y perseguido de la Universidad de Quito. El hombre se convierte, de entrada, en el caudillo de los americanos. En el ídolo del pueblo. “La representación para América no correspondía a la igualdad básica que debería ser el fundamento de unas cortes democráticas. Si la Península tenía 75 diputados ¿por qué todo América sólo 30?” Se comenzaba dando un paso en falso cuando por primera vez se hablaba de igualdad. Mejía Lequerica anuncia la independencia de América si los peninsulares se obstinan en mantener esta desproporción. Ya en la América del Norte había ocurrido algo… Cuando la gran asamblea estaba para clausurarse, Mejía Lequerica murió inesperadamente. Don Joaquín Olmedo, otro ecuatoriano, le rindió el último tributo. En las mismas Cortes de Cádiz los treinta americanos pesaron más de lo que suele imaginarse, y no dejó de ser elocuente que entre esos americanos los hubiera hasta de sangre muy indígena, como el inca Yupanqui, quien “en medio de sus históricos opresores hizo escuchar las quejas y anhelos de sus hermanos indios”. De 37 presidentes que tuvieron las Cortes, 27 fueron españoles y 10 americanos.

Continúa CRP: “Vino una festividad, el cuarto centenario de la fundación de la ciudad, y en nuestro colegio abrieron un concurso: un poema a Quito. Participé, y el día de la premiación, hubo un acto con presencia del presidente del Ecuador”, recién llegado de Cali donde se había entrevistado con López Pumarejo. Todo listo para anunciar al ganador. Carlos escuchó: “y está también presente el excelentísimo Embajador de la República de Colombia”.

El inmigrante enmudeció, pues no tenía documentos para permanecer en Ecuador. El miedo se hizo mayor, cuando anunciaron que él era el ganador. “Pensé que el Embajador podría ser un agente de policía, que me iba a preguntar por el pasaporte y los papeles de identificación”.

Vinieron los aplausos y una enciclopedia de historia del Ecuador en cinco volúmenes como premio. El Embajador, lejos de tomarlo preso, le ofreció su ayuda. Restrepo le dijo que le gustaría tener trabajo, pero era muy difícil. “El embajador sacó una libretita y empezó a escribir y me dijo ‘toma Restrepo’… era un cheque con 200 sucres, eso eran como 200 millones para mí. Ese fue uno de mis mejores momentos en Ecuador”. El embajador también era letrado, autor de unas memorias, “El parlamento en pijama”, lamentablemente adscrito a la derecha liberal que impugnó muchas divisas de la Revolución en Marcha: Pedro Juan Navarro.

Al terminar el bachillerato, con un desempeño superior en matemáticas, Carlos quiso ser ingeniero de ferrocarriles. Aunque no descarta que su experiencia de llegar a Ipiales a pie haya influenciado su decisión, cree que su anhelo venía desde antes, cuando vivía en Manizales. Con el cartón de bachiller, Restrepo regresó al Quindío a buscar trabajo. Una tía le consiguió puesto de maestro en una escuela de Calarcá. El nuevo profesor -¡Manes de Mejía Lequerica y de don Simón Rodríguez!- explicó a sus alumnos el origen del hombre, basado en la teoría de la evolución y sin que en su discurso aparecieran ni Adán, ni Eva, ni la Creación. Escandalizados, los demás profesores lo acusaron ante el rector y lo tildaron de comunista. Carlos fue expulsado y se fue a la calle.

En 1941, Restrepo intentó de nuevo en Bogotá y se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional. Allí conoció y fue alumno del joven catedrático –apenas mayor 3 años- López Michelsen. En segundo año, se cambió a la Universidad Externado de Colombia, su casa por 75 años.

 

Dr. Carlos Restrepo Piedrahita en compañía del Presidente Alfonso López Michelsen, Fundación Santander, 1994. Biblioteca de Estudios Constitucionales. Archivo fotográfico

 

Maestro de escuela en el Quindío, que menciona orgulloso junto a las dignidades de embajador en Alemania e Italia y ante la ONU, el gobierno de Estados Unidos, o en Viena, Austria, Consejero de Estado, senador. El desenfado para contar que fue gerente de un desconocido periódico en El Ecuador es idéntico al utilizado para relacionar los más de treinta libros publicados que acreditan su trayectoria de profesor, investigador e historiador en el ámbito latinoamericano. Es doctor del Externado desde el 47, donde ha estado tres años de Rector, Director del Departamento de Derecho Público, Maestro perpetuo, sobraría contar que su cartón de bachiller se lo dieron en Quito, en 1935, a donde regresó exiliado durante la dictadura Ospina-Gómez-Rojas. También fue perseguido y calumniado por lo del 9 de abril cuando constituyen Junta Revolucionaria para vindicar a Gaitán.

Miembro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, de la Academia Colombiana de Historia, de la Comisión Andina de Juristas, de la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya. Por insistencia suya más de una veintena de juristas ecuatorianos son miembros de la Academia Colombiana de jurisprudencia.

Increíblemente no fuimos sus discípulos en el pregrado toda vez que nuestra camarilla tuvo la no menor fortuna de lucrarse como catedrático al nunca suficientemente lamentado Manuel Gaona Cruz. Restrepo Piedrahita era titular en el segundo paralelo. Desde luego sabíamos de su metastásica presencia. Ese mismo año de 79 viajó a Roma y presentó credenciales ante Sandro Pertini. Yo lo había conocido unos dos años atrás en el Coliseo Cubierto cuando proclamó la candidatura de Turbay Ayala. Me correspondió, igualmente, ser su Monitor, y tuve el honor de asistirlo en las investigaciones que inició sobre las Constituciones de la Primera República Liberal. Concurrí a las Bibliotecas y Archivos del Congreso de la República, del Archivo Nacional, de la Presidencia de la República a exhumar actas, informes, documentos y memorias de aquel periodo tan apreciado por el Maestro; producto de aquel aluvión fueron sus abultados y preciosos tomos que entregó en 1985 sobre las “Constituciones (“Olvidadas”) de la Primera República Liberal”, (1853-1857), cuya introducción sustanció en “Manizales, vereda “Guacaica”, finca Charrascal y dedicó a  FANNY, “a cuyo amor inefable y excelso espíritu debo la revelación del secreto de la felicidad y el cálido estímulo cotidiano para mi trabajo”.

Así confiesa su faena paleográfica: “Pacientes, reiteradas y esperanzadas búsquedas en numerosos archivos, bibliotecas públicas y privadas, colecciones de periódicos, no fueron favorables para el éxito. Acaso investigadores más afortunados logren excavarlas de donde acaso llegarán a descubrirse más textos que excedan el número de las sesenta y una ya identificadas” (p.11) O sea que CRP recuperó tres más, si se tienen en cuenta las localizadas por José María Samper y Gustavo Arboleda.

Su producción bibliográfica es avasalladora: “Las facultades extraordinarias, pequeña historia de una transfiguración”, vigoroso alegato en contra de la delicuescencia de las instituciones; “25 años de evolución político constitucional”; “ Tres ideas Constitucionales”; “Constituciones de la Primera República liberal” (Cuatro tomos); “Esquicio para una perspectiva histórica del Congreso de Colombia”; “El Congreso de la Villa del Rosario de Cúcuta”; “Imagen del Presidencialismo Latinoamericano”, “Constituciones y Constitucionalistas”, “Las primeras constituciones de la Nueva Granada y Venezuela”, prólogo a las Actas del Congreso de Cúcuta, prólogo al tratado de Tulio Enrique Tascón. Muy amigo del constitucionalista Alfonso López Michelsen, por las conocidas afinidades del derecho público, era su invitado a tantas ceremonias que organizaba en Casa. CRP fue su alumno y su profesor, según dijo el mismo López en el prólogo que le escribió a los “25 años de evolución histórico-constitucional” y en otras solemnes ceremonias como los coloquios de derecho constitucional que López aprovechaba para echar a andar muchas especulaciones científicas y políticas, había sido su discípulo en la Universidad Nacional, en donde se inició una amistad y admiración mutua de toda su vida. Lo que le sucedió a Caro con Suárez a quien aquél se abstuvo de calificar porque “no se puede examinar a un alumno que sabe más que su profesor”.

El ex presidente lo comparó con el legendario romanista -nacido danés- y premio Nobel Teodoro Monsem por la vastedad y pericia de las faenas paleográficas que ha emprendido.

En su enjundiosa columna de “El Tiempo”, de finales de 2003, con la que se cierra, precisamente, el segundo tomo de su “Pensamiento Contemporáneo” que le publicó el Externado, López refirió que “la proverbial discreción de Carlos Restrepo Piedrahita, que yo llamaría modestia, le ha permitido guardar silencio sobre un hallazgo jurídico importante. Se trata, nada menos, que de los apuntes del primer curso de Derecho Constitucional que, a comienzos del siglo XIX, se dictó en Colombia.

Se daba por cierto que sólo a raíz de la Constitución de Cúcuta, es decir de 1832 (1821, jlp.), se había iniciado el estudio del Derecho Público Republicano en nuestro suelo y, ahora, nos encontramos con que el más ilustre constitucionalista de nuestro tiempo, Vicerrector del Externado de Colombia, ha descubierto enteramente, por casualidad, el texto de unas Nociones de Derecho Constitucional acerca de las cuales sólo existían vagas alusiones entre los historiadores, con el inexplicable reconocimiento de que se trataba de un texto inédito, que siguió sirviendo de guía hasta bien entrado el propio siglo XIX, en la cátedra y en la pluma de Don Sergio Arboleda, pariente muy próximo del Señor Mosquera.

López aprovecha el milagro paleográfico para echar su cuarto a espadas en el conocimiento también vasto y erudito que tiene él mismo de la historia constitucional colombiana: “El autor, casi desconocido, pero consanguíneo con lo más granado de las dinastías payanesas, era Don José Rafael Mosquera (1793-1843). Obviamente, formaba parte del clan Mosquera y del clan Arboleda, como quien dice, que estaba en la línea de sucesión de quienes, en su momento, fueron dueños de la Nueva Granada y de los Estados Unidos de Colombia, amén de mandar sobre la Iglesia colombiana, en cabeza del Arzobispo Mosquera. Si a lo anterior se agrega que pasaba por ser el hombre más rico de Colombia y a quien, desde los bancos de la escuela, le pusieron por tal razón el mote “Burro de Oro”, es aún más extraño que hubiera caído su obra en el anonimato.

– “¿De qué manera fue a parar a manos de Carlos Restrepo Piedrahita?

– “En su carácter de investigador de oficio por casi medio siglo, el profesor, que estaba al tanto, por alusiones de autores colombianos y aún extranjeros, de la existencia del Curso de Derecho del Señor Mosquera, se propuso indagar en las universidades más antiguas de la República, empezando por Popayán, y en archivos de ciudades como Tunja, Cartagena y Bucaramanga, sin dar con el paradero de las llamadas Nociones de Derecho Constitucional. Sabía, sí, pormenores de la vida de Don José Rafael, quien pasó gran parte de su existencia fuera de Colombia, primero en el Ecuador y luego en Europa”.

Curiosamente se le atribuía al Señor Mosquera la autoría de la Constitución de 1843, precursora de la de 1886, y la más reaccionaria en los anales de nuestra patria. Pero, ¿en dónde estaban las tales Nociones de Derecho Constitucional y de qué fecha databan? Era algo de lo cual nadie daba razón.

Sin embargo, un buen día, Doña Alma Byington Vda. de Arboleda, con quien el Doctor Carlos Restrepo Piedrahita había trabado una estrecha amistad en los jardines del Externado de Colombia, que ambos planeaban y cuidaban con gran esmero, le pidió consejo acerca de los manuscritos que había heredado de su marido, Rafael Arboleda, bisnieto de Don Julio, quien, por estar casado con Doña Sofía Mosquera, había heredado el archivo de Don José Rafael. Ella se proponía venderle a la Luis Ángel Arango la mayor parte de ese archivo y entre todas esas piezas se encontraba un manuscrito en letra de la época, cuando aún no existían máquinas de escribir, que contenía, en su parte descifrable, párrafos alusivos al Derecho Público, en el vocabulario propio de un constitucionalista. Fue así como, con la ayuda de sus auxiliares, Doña Mónica Ibagón y doña María Catalina Mercado, se fue despejando la incógnita y apareció en su plenitud la obra con que se había iniciado en la cátedra universitaria Don José Rafael Mosquera, y no en 1843 como se creía originalmente.

 

Dr. Carlos Restrepo Piedrahita con algunos de sus monitores de la Facultad de Derecho: Mónica Ibagón, Ana Carolina Mercado, Paula Robledo, entre otros. Biblioteca de Estudios Constitucionales. Archivo fotográfico.

 

“Profundizando en su hallazgo, no sólo descubrió el Curso de Derecho Constitucional sino que también, de casualidad, dio con el único retrato del autor: una pintura de origen europeo, que va a servir para la carátula del libro en el cual se divulguen las llamadas Nociones de Derecho Constitucional, y que en la actualidad adorna la biblioteca del Externado que lleva el nombre del Doctor Carlos Restrepo Piedrahita.

“Lo paradójico en la trayectoria política del Señor Mosquera fue el haber sido amigo y partidario de Santander, y en tal calidad haber asistido a la Convención de Ocaña; haber importado, por así decirlo, el Derecho Constitucional a la Colombia poscolonial, para acabar, lustros más tarde, como coautor de la Constitución de 1843, que parece inspirada en el más reaccionario pensamiento español. De compañero de Azuero y de Vargas Tejada, pasó a formar parte del grupo de los llamados Ministeriales, que encabezaba el contrahombre y antiguo ministro de Santander, Don José Ignacio de Márquez.

“El tránsito súbito de un partido a otro no fue excepcional en el seno de la familia Mosquera. El General Tomás Cipriano de Mosquera acabó siendo liberal y anticlerical, cuando, en sus orígenes, era en todo sentido un hombre de derecha y como tal llegó a la Primera Magistratura de la Nación. En este caso es a la inversa.

Pero lo que tiene de particular es el que, por los propios avatares de la política, tuvo que vivir en Francia y en Inglaterra por dos largos períodos en momentos en que se abría camino la ideología liberal, propia de la literatura del siglo XVIII, que aparece frecuentemente citada en sus obras: Montesquieu, Rousseau, Diderot, y las distintas versiones del constitucionalismo inglés, de las que se apoderaron filósofos franceses como Voltaire, popularizando las teorías de Locke.

“Sospecho que fueron sus estancias en el Ecuador y su frecuentación de la monárquica ciudad de Pasto lo que, en aquellas épocas, provocó ese giro de 180 grados en un hombre culto que se mantenía al tanto de la evolución del pensamiento europeo. También, es de tener en cuenta que, para 1843, ya aparecían los primeros brotes de lo que vino a ser la revolución de 1848, en el Viejo Continente y, por reacción, la respuesta tradicionalista ante la amenaza de subvertir el orden existente”.

En uno de esos jubileos académicos, antes de la Constitución del 91, sobre la temática del control constitucional, yo participé y aventuré la competencia y obligatoriedad que tenía la Corte Suprema de conocer de demandas contra tratados públicos, manes del artículo 214 que preveía que la Corte era contralora de la supremacía de “todas las leyes” y que ésta rechazaba por una pretendida e inveterada inhibición. El profesor Restrepo Piedrahita no sólo me respaldó en mi reivindicación, sino que me reconoció como su Monitor y “cuasi pariente” de Ipiales.

En el II Coloquio Iberoamericano de Derecho Constitucional convocado por iniciativa de la Universidad y reunido en el Hotel Sochagota que se integró con verdaderas eminencias del constitucionalismo contemporáneo -entre ellas el profesor emérito James A. Clifford Grant de la Universidad de los Ángeles y el abundante y polifacético Mauro Cappeletti de la Universidad de Florencia, amén de los distinguidos profesores de la América Hispana, entre ellos los Maestros Restrepo Piedrahita y Sáchica Aponte-, se concluyó, lúcida y magistralmente:

“La justicia constitucional no presupone convertirla en un poder superior a los otros poderes del Estado, que menoscabe el principio de la separación de los poderes. Al contrario, por la naturaleza específica de su función y por los mecanismos de actuación de que dispone, la justicia constitucional, es el instrumento más apto para la garantía y la protección de los derechos humanos y será también el mejor instrumento de control y de tutela para el funcionamiento democrático del resto de los poderes del Estado…

… La ampliación de competencias de la justicia constitucional no tiene por qué implicar la politización de la justicia, porque el carácter político de un acto no excluye el conocimiento jurídico del mismo, de igual modo que el resultado político de dicho conocimiento no tiene por qué despojarle su carácter jurídico”.

Siendo Embajador ante El Quirinal fue invitado a participar en el Simposio Internacional de Derecho Comparado “25 anni di giustizia costituzionale”, conmemorativo del primer cuarto de siglo que había cumplido la Corte Constitucional Italiana.

Compartiendo ponencias con Leonetto Amadeo, Antonio La Pérgola y Volterra -por Italia-; Oehlinger y Steinberger -por Austria y Alemania Occidental-; Georges Vedel -por Francia-  pudo extraer los siguientes renglones contentivos -en apretadísimo compendio, desde luego- del sistema vigente en Europa:

“Francia: muy a su modo histórico y dentro de su tradicional fidelidad al dogma de la soberanía del Parlamento, después de muchos decenios de controversias, en 1958, se atrevió a la instauración de un Conseil Constitutionnel. A él se refirió de nuevo esta vez, Luís Favoreu, que ya lo había hecho antes en un pequeño libro.

“Ciertamente los cuatro organismos jurisdiccionales de control de la legitimidad constitucional -el austriaco, el italiano, el alemán, el español- exhiben modalidades diferenciales de estructuras y competencias. Pero la similitud del espíritu que les ha dado vida y los anima en su actividad facilita la creación de un “espacio” jurisprudencial y doctrinario de fecundo provecho recíproco”.

Cuando CRP visitó a Gabriel Turbay en París en 1946, ocho meses después de su derrota y que allá murió de tristeza como Miguel Primo de Rivera, fue portador de la postrera carta a sus copartidarios: “cualquiera que sea el candidato que el liberalismo escoja para 1950, yo reclamaré el puesto de honor para contribuir a esa victoria. Al partido tenemos que enderezarlo hacia la izquierda. Gaitán tenía ciertas banderas que yo apetecía íntimamente. En ocasiones, durante la campaña, intenté tener lazos de entendimiento hacia las izquierdas liberales, pero mis “protectores” se apresuraban a poner los gritos en el cielo y a velar por la sanidad de las ideas, a cuidar de que no fuera a perder el estribo, porque entonces se iban a disgustar los liberales ricos”.

En 1948, a los 32 años integró la Junta revolucionaria que pretendía asumir la vacante presidencial y la ausencia de la legitimidad en los jefes que sucedieron al caudillo sacrificado. Con Arriaga Andrade, Gerardo Molina, Jorge Gaitán Durán, Jorge Zalamea y Diego Montaña Cuéllar se toman las tribunas de “Ultimas Noticias”, y difunden las consignas perentorias de aglutinarse pacíficamente el pueblo liberal para asumir el Gobierno y formar una nueva República. En “Documentos de la Embajada”, provechosa investigación de David Fernando Varela, se dice que “súbitamente los terribles eventos del 9 de abril trastornaron el curso del debate político. La Embajada los siguió minuto a minuto y concluyó que la radio fue la principal causa de la violencia que siguió al magnicidio … Las ideologías no tardaron en arribar para sazonar las pasiones elementales. Los estudiantes de la Universidad Nacional, que se apoderaron de la Radio Nacional, se dedicaron a propalar consignas revolucionarias y orientar a las turbas para que se procuraran toda clase de armas y explosivos para atacar edificios públicos. Radio Cristal, dirigida por gaitanistas, entregó sus micrófonos a los oradores más radicales. Carlos H. Pareja, consejero legal de la CTC y del Instituto Colombo Soviético convocó a una “huelga general revolucionaria” e incitó al populacho a matar conservadores. Gerardo Molina, entonces Rector de la Nacional, se limitó a proclamar el respaldo del alma meter a los estudiantes con “fervor revolucionario”. Aunque decisivo, el papel y los motivos de los tribunos liberales no fue claro para la Embajada; sobre todo el de Jorge Zalamea Borda y Carlos Restrepo Piedrahita, antiguos diplomáticos cuyos antecedentes no los ubicaban dentro de las corrientes más radicales del gaitanismo”.

“En un vano esfuerzo por restaurar algo de disciplina, Arriaga Andrade, Molina y Zalamea constituyeron un “Comité Ejecutivo de la Junta Revolucionaria Liberal”, presidido por Molina y con Restrepo Piedrahita como secretario; por Radio Nacional el Comité trató de convocar a los líderes sindicales para que actuaran como “policía cívica popular” y previnieran los saqueos”. Así mismo, El Liberal, publicó los decretos de la Junta Revolucionaria, sin exceptuar el llamado a un paro general.

Ante la melancólica e impune entrega de Echandía, Lleras Restrepo, Alfonso Araujo, Luis Cano, Forero Benavides entre otros, que inexplicablemente olvidan el magnicidio y renuncian a Gaitán, los intrépidos integrantes de la Junta deben evadirse para no ser chivos expiatorios de un suceso que bien pudo ser un crimen de Estado.

 

Dr. Carlos Restrepo Piedrahita y Darío Echandía, s.f. Colección Archivo Histórico, Universidad Externado de Colombia

 

En el semanario Sábado, Año VI, No 297, abril 9 de 1949, pp. 3 a 14. CRP publicó su testimonio de lo que pasó el 9 de abril. En la Elegía sobre Gaitán glosamos plenamente esta narrativa.

“Por aquellos años había conocido a Benjamín Carrión, el abrumador humanista, quien era embajador ecuatoriano ante el gobierno de Bogotá y unos pocos años atrás con Germán Arciniegas y Sanín Cano habían fundado la “Revista de Indias”. El diplomático lojano le brindó inmediato y suficiente asilo al imprevisto conspirador en aquellos años procelosos que van de 1948-58 (que en Colombia fueron de insufrible dictadura). De esa época quedó ese primoroso opúsculo de literatura jurídica “Tres variaciones alrededor de Derecho”, que editó la Casa de la Cultura Ecuatoriana, en 1956.

Regresó a Colombia y se vinculó con las grandes figuras de la política liberal. Fue cónsul en Moscú, Concejal en Bogotá y fue elegido Senador por las listas que respaldaron la candidatura presidencial de Lleras Restrepo.

Miembro de la Comisión Primera fue escogido ponente -en la primera vuelta- de la Reforma Constitucional bipartidista de 1967-68. En aquel denso y científico documento el experto profesor de Derecho Público dicta cátedra sobre el moderno constitucionalismo y además sobre lo que él mismo llamó el Estado Constitucional para el Desarrollo. Guillermo Angulo Gómez, como Presidente del Senado dijo que el mejor debate que haya tenido lugar en el seno de la Comisión Primera fue el que sostuvieron Darío Echandía, Presidente de la Comisión y CRP, Ponente de la Reforma Constitucional de 1968. Estaba también el MRL con López Michelsen.

Era concepto de CRP sobre el Frente Nacional tan combatido por el MRL: “Expresados en términos de teoría constitucional el Frente Nacional implicó la suspensión de dos principios vertebrales de un régimen representativo, el de mayorías y minorías y su correlato, el de gobierno-oposición. No obstante su atipicidad, el sistema fue ideado con propósitos terapéuticos: reducir en la mayor escala posible la elevada tensión interpartidaria que la pugna competencia por el poder ha generado tradicionalmente. El medicamento produjo los buenos efectos esperados. En su hora fue objeto de positiva evaluación por el renombrado politólogo Karl Loewenstein (“Tres Decenios de Proyectos Constitucionales”, Uniexcol, 1987).

Suya también fue la ardua iniciativa de crear una Corte Constitucional para que sea la máxima referencia iuspublicista del Estado, que alcanzó a aprobarse en la primera vuelta en 1967 y fue dejada expósita por el segundo ponente Raúl Vásquez Vélez. La criatura fue feliz y finalmente acogida por los constituyentes de 1991. Fue el inspirador de varias de las instituciones constitucionales que luego se hicieron realidad en Colombia gracias a sus aportes, como la creación de la Corte Constitucional (insistencia suya desde 1960), la modificación del régimen de control y de justicia constitucional, la defensoría del pueblo y la limitación de las facultades extraordinarias. Queda de él su propuesta por diseñar y restablecer un nuevo federalismo y el desarrollo de las autonomías territoriales y locales en Colombia. Aunque muchos lo señalan como el padre de la Constitución del 91, él nunca quiso reclamar su paternidad. Le censuró severamente, eso sí, aquel atropello del juzgamiento “verdad sabida y buena fe guardada”, como facultad de las contralorías (art. 268 C.P.).

Fue designado en 1967, Embajador ante el gobierno de Bonn en remplazo de Mario Aramburo quien fue injustamente acusado de propiciar el voto por el candidato de la Anapo, Jaramillo Giraldo, en la sede diplomática. Por eso sería que como Procurador disciplinó a Lleras cuando hostigaba al general Rojas.

Vuelto al país, CRP sirvió una magistratura en el Consejo de Estado. De aquella gestión se recuerda su salvamento de voto para la declaratoria de emergencia económica que decretó el gobierno del Presidente López Michelsen. Tres consejeros, Alfonso Arango Henao, Miguel Lleras Pizarro y CRP, emitieron sendos salvamentos de voto que recogen las dudas de una conciencia jurídica republicana ante una aventurada emergencia económica alega Alfredo Vásquez Carrizosa y enfatiza: “En profundo análisis jurídico el doctor CRP destacó la naturaleza excepcional del Estado de Emergencia que debe ser utilizado para hechos “sobrevinientes”, es decir no corrientes, no habituales, no correspondientes al curso regular o tradicional de las cosas o acontecimientos y que su aparición o presencia sea repentina, subitánea”.

Con indudable severidad, el consejero CRP comienza su salvamento de voto refiriendo la forma insistente como el Ministro de Justicia Santofimio Botero, “requirió al Consejo de Estado para que emitiera el dictamen en término inmediato, lo cual me obligó a expresarles a él y sus colegas de ministerio acompañantes que no puede ser tal el estilo de relaciones entre el gobierno y el Consejo de Estado”.

 

-II- 

 

 

Dr. Carlos Restrepo Piedrahita en el Instituto de Estudios Constitucionales. Archivo Fotográfico

 

A lo largo de su travesía doctrinaria queda como enseña su beligerante, persuasiva y enérgica apología del gran movimiento constitucional del gobierno propio en las provincias. Alegaba lúcidamente que los regímenes colonialistas propician –no la descentralización- sino la dispersión para mantener subyugados a los países.

No hay duda –dijo- de que la Primera República Liberal entraña una verdadera revolución regional que comienza a ser revalorada por los historiadores modernos, lo mismo que en muchos otros aspectos, pues de ella no nos han llegado sino los ecos de sus excesos a través de la historiografía tradicional muchas veces a cargo de los propios historiadores liberales.

El calumniado federalismo que, en otras partes ha rendido sus frutos, acá no fue una mala cosa. Permitió domeñar los ímpetus de los caudillos militares; propició el desarrollo de regiones como Antioquia que, durante ese período y gracias a que pudo manejar sus propios recursos, experimentó su despegue económico y pasó de provincia pobre y atrasada a convertirse en una región pujante. Como lo muestra la nueva historiografía, en el seno del federalismo creció el comercio internacional y se desarrollaron las exportaciones de oro y de productos agrícolas como el tabaco, la quina y el añil. A diferencia de lo que no logró el centralismo agobiante de la Constitución de 1886 con Panamá, salvó la unidad nacional, permitiendo las particularidades regionales. Y en contra de lo que se pretende falsamente, en un siglo violento y marcado por las guerras civiles en Colombia y en el continente, impidió la confrontación en el orden nacional, pues como gráficamente lo dijo en sus memorias Quijano Wallis, el federalismo descentralizó las guerras, reduciendo su magnitud al teatro regional.

El contenido filosófico liberal de la Constitución de 1863 tiene hoy un sello de evidente modernidad visto a la luz de la nueva agenda internacional y en el lenguaje de lo que ahora denominamos derechos humanos, mantiene profunda vigencia su respeto por el pluralismo y por los derechos de los ciudadanos. Ahora que la comunidad internacional se horroriza ante el cadalso, la disposición que suprimía la pena de muerte se constituye en un hecho avanzado. Frente a la sociedad que vivió las prácticas del holocausto, de las dos guerras mundiales y de las guerras coloniales, no puede dejar de sorprender por su modernidad el que, ya en 1863, una constitución consagrase el respeto al derecho de gentes, equivalente a los artículos 93 y 94 de la Constituciòn actual. Otro tanto dígase de las libertades de expresión, de pensamiento, de culto y de imprenta que en aquella Constituciòn de Rionegro hallaron su primado y que estuvieron a punto de hollarse en el gobierno Duque.

Pero no era solamente el poder de las provincias el que relievaba sino también el poder municipal, que tiene una larga y fecunda historia enraizada en las instituciones desde la propia época colonial. Con razón afirmaba que “la idea fuerza del poder municipal fue lema doctrinario del radicalismo y como tal inspiradora del orden constitucional que iba a ser establecido. Y como poder municipal es equivalente a descentralización política, y ésta supone e impone una atmósfera institucional apropiada para la respiración de la libertad, la doctrina de la libertad política sería el otro elemento arquitectónico del nuevo modelo de Estado: el Estado de una República Liberal. De allí que los dos arcos torales de la reconstrucción estatal emprendida hubieran de ser:  libertades individuales y libertades municipales”.

“La descentralización que es doctrina liberal y democrática –dice en su investigación sobre “las constituciones olvidadas”-  no sólo no hace caso omiso de los hombres que forman y explican la existencia del Estado, sino que subordina la administración del espacio vital humano –su distribución o subdivisión- a las necesidades, índole, aspiraciones y diferenciaciones entre ellos. En la más moderna concepción de las libertades se destaca y afirma la del “derecho a la diferenciación”, es decir, a la diversidad, a ser distinto, a ser sí mismo y no otro o nadie, como tal a vivir dentro de la propia identidad inconfundible e inalienable.

Lázaro Mejía Arango en un apasionante ensayo que preparó para el seminario sobre la importancia de las disidencias en el liberalismo y que editó El Instituto de Pensamiento Liberal y Rodrigo Llano Isaza, es cálido y erudito en puntualizar la importancia del radicalismo en la segunda mitad decimonónica.

Fernando Hinestrosa igualmente devoto de los abuelos radicales dijo que “en Colombia, la obra del liberalismo  en el siglo XIX, de resultas del absolutismo cesaro-papista implantado a partir del 9 de septiembre de 1885, cuando conocido en Bogotá el resultado inexorable de la revolución de ese año, Núñez declaró difunta la Constituciòn Federal de 1863, fue cuidadosa y pertinazmente erradicada con saña inaudita y desde entonces y por espacio de cuarenta y cinco años se predicó en los púlpitos y las escuelas la naturaleza pecaminosa del liberalismo, con invocación altanera del Syllabus de Pio IX, de modo que a los liberales colombianos ni siquiera les fue permitido el derecho de profesar la religión propia, y que las administraciones radicales y sus realizaciones políticas, económicas y culturales solo se recordaron para desfigurarlas y execrarlas, como hasta hoy aparece en los textos oficiales de enseñanza”.

 

-III- 

 

CRP también investigó el origen del nombre de Colombia si se tiene en cuenta que Nueva Granada fue el nombre de identificación que la monarquía hispánica dio al conjunto de provincias cuyos territorios forman hoy el Estado colombiano, aproximadamente las mismas que en la época de la Independencia pertenecían al Nuevo Reino.

El “Acta de Independencia” acordada por el cabildo extraordinario de Santafé el 20 de julio de 1810 emplea la locución personificadora Nueva Granada para referirse al reino. Y el “Acta de Federación”, suscrita el 27 de noviembre de 1811, en su artículo 1. preceptuó: “El título de esta confederación será: Provincias Unidas de la Nueva Granada”. Como granadinos, pues, eran identificados los habitantes del territorio de la Nueva Granada.

La nación neogranadina habría de ser sujeto pasivo de sucesivos cambios ulteriores de su signo de identificación geográfica y política. La Ley Fundamental dictada en Angostura en 1819 proclamó la creación de “la República de Colombia”, uno de cuyos miembros -la Nueva Granada- hubo de ser denominado Cundinamarca y al también tradicional nombre de su capital Santafé de Bogotá le fue amputado en la mencionada ley su primer componente. Sería menester que hasta 1831 se encadenaran múltiples sucesos (liberación de Nueva Granada, de Venezuela, de Quito y del Perú; el fracaso de la Convención de Ocaña en 1828; la dictadura del Libertador-presidente; la conspiración del 25 de septiembre de 1828; la muerte de aquél en 1830; la subsiguiente dictadura de Urdaneta; la separación definitiva de Venezuela y Quito de la República de Colombia”) para que mediante la Ley Fundamental del Estado de la Nueva Granada (17 de noviembre de 1831), la Convención Constituyente prescribiera: “Las Provincias del centro de Colombia forman un Estado con el nombre de Nueva Granada: lo constituirá y organizará la presente Convención”.

La Constitución del año siguiente cumplió tal cometido. Con su nombre histórico restablecido, los granadinos volvieron a reconocerse así hasta 1861, cuando por efecto de la guerra emprendida por el general Tomás Cipriano de Mosquera contra el gobierno de la Confederación Granadina (así nombrada por la reciente Constitución de 1858), el nombre “Colombia” reapareció en la locución “Estados Unidos de Colombia”, bajo la inspiración de aquel general, antiguo subalterno y siempre fiel adicto al Libertador-presidente.

La siguiente Constitución conservadora de 1886 restableció la denominación “Colombia” y además en el artículo 1, en lugar de Estado Colombiano, contiene la expresión “nación colombiana”, trasplantada del mismo artículo de la de 1821. Por su parte la nueva Constitución de 1991, en su primer artículo, define: “Colombia es un Estado social de derecho…”.

 

-IV- 

 

Primeras Constituciones de Venezuela y Nueva Granada 

 

Que del constitucionalismo de las primera repúblicas –Venezuela y N.G-  puede decirse sin impropiedad que era un constitucionalismo ingenuo no implica demérito del espíritu que lo informaba porque no podía esperarse ni exigirles a pueblos que apenas hallábanse en la primera infancia republicana resultados de alta cultura institucional, como los ya alcanzados por las colonias norteamericanas a la hora de su independencia.

El aliento comunitario americanista, el ansia vehemente de proveer con inmediata urgencia y sostenido propósito el fomento de la instrucción pública de una población nativa no solamente empobrecida económicamente sino también en clamorosa indigencia cultural (aquel Estado nacía en las tinieblas  triseculares del analfabetismo), la supremacía de la Constitución, abolición de los tratos crueles y degradantes, la intención patriótica de conformar un sistema estatal de inequívoca filiación republicana, con excepción de la apresurada y desastrosa Constitución monárquica de Cundinamarca de 1811.

Y de allí su cálida y categórica apología de la generación de 1810 porque la historiografía política tradicional y a su arrimo buena parte de las instituciones políticas colombianas, han sido persistentes, con inocultable intención malevolente, en la denigración de muchos de los líderes que entre 1810 y 1816 se esforzaron -y sacrificaron- por darle forma estatal a la Nueva Granada. Con maligno y antipatriótico -anticolombiano-  sentimiento se complacen en la reiteración del calificativo de “patria boba” a aquel inaugural, arduo, anheloso, y a la postre trágico período de la emancipación. En el meollo de la falaz locución se agazapa una hipócrita frustración reaccionaria –en este caso genuinamente conservador en sentido folclórico parroquial, presuntamente santafereño-  que debe ser denunciada, aunque la denuncia no produzca efecto retroactivo. “Pobre patria que aún no ha cumplido la edad de una mañana”, diría el padre bohemio de un liberalismo burgués.

Sólo que el vehemente profesor  no es igualmente ni benévolo ni justiciero con dos de los personajes más sobresalientes de la época, el Precursor y el Libertador: “La obstinación de los centralistas santafereños en el empeño de mantener la tradicional primacía política representada en el statu quo capitalino y de modo particular la irritada libido de poder del prominente pero pugnaz y demagogo Antonio Nariño fueron constante y nocivo obstáculo para que pudiera satisfacerse la voluntad federativa mayoritaria de las provincias”.

Enfatiza de Nariño que en Popayán se hizo federalista y sufrió desgraciada suerte –pero inferior a Miranda- ante la embestida realista de Pasto. Pero no reivindica la Declaración de Independencia total que decretó en 1813 el Precursor. No obstante, rescata y relieva la Constitución de Popayán, redactada y expedida a instancias de Nariño quien, despojándose de la presidencia de Cundinamarca, decide atender personalmente el desafío de las fuerzas realistas expedicionarias procedentes de Quito al comando del ex virrey Juan Sámano (sic) que había tornado de su patria para la operación de reconquista que habría de comenzar por el sur (en 1813 Sámano no era Virrey. Ni ex virrey. Lo fue para 1819 y murió en Panamá en 1820, alegando, renegando ser Virrey (jlp).

“Que el más caracterizado, beligerante y perturbador agente del centralismo santafereño se despidiera de su pertinaz dictadura y poco después convocara una constituyente federalista en la provincia payanesa es tan sorprendente como la tozudez con que durante más de tres años estuvo torpedeando los anhelos de la inmensa mayoría de los neogranadinos para unirse y organizarse como un estado de forma federativa”.

Y ofrece en el apéndice una copia de la Constitución de Popayán, de 1814, de 206 artículos. Un verdadero hallazgo de un paleógrafo que rescató este documento inverosímil y otras de la República Liberal -1853-1886- que ya hemos reseñado. Muy pronto (en ese mismo mes) Nariño caería en los ejidos de Pasto víctima de una emboscada tendida por Camilo Torres y sus secuaces que lograron su captura y deportación a España por parte de los realistas de Pasto y de Quito.

También rescata la primacía de la declaración de independencia del Cabildo de Cali del 3 de julio de 1810. Si bien el texto original no ha sido recuperado, su autenticidad la confirma la nota de recibo del 6 de agosto siguiente, enviado desde Santa Fe por el Vicepresidente Pey al Cabildo de la ciudad vallecaucana. De la misma cuerda de Emiliano Díaz del Castillo.

Le faltó a CRP reseñar el Congreso de mayo 17 de 1817, en Cariaco, cuando el general Santiago Mariño encabezó una asamblea que pretendía sellar la unidad, pero que era una trampa en contra de Bolívar. El Congresito, apenas reunió a una docena de insubordinados, Bolívar no asistió. Lo designaron en un triunvirato. Estaban en el complot Cortés de Madarriaga, Francisco Javier de Alcalá. Dos comandantes, Rafael Urdaneta y Sucre, protestaron y partieron hacia el Bajo Orinoco en búsqueda de Bolívar.

Así mismo, CRP celebraba la “oportuna, necesaria y categórica afirmación de soberanía nacional que Santander redactó en una Declaración del 18 de diciembre de 1818, documento producido en momentos cuando se estaban ya adelantando los preparativos de la campaña libertadora de Nueva Granada”.

Casanare fue pues, el heredero único y legítimo de las Provincias Unidas de la Nueva Granada que mediante acta de federación de 1811 se habían integrado –aún no constituido-  en forma prefederal.

Empero, la Academia Colombiana de Historia ha investigado que para los días de esta Asamblea y sucedánea Declaración de Pore, el general Santander despachaba desde Trinidad y La Laguna y no desde Pore. Tampoco se produjo la constitución de una junta de gobierno para regir en Casanare y responsabilizarse de mantener vigente la existencia de las Provincias Unidas de la Nueva Granada. Hoy en día en el Casanare no se duda de haberse realizado la Asamblea y a su declaración se le da el estatuto de ser una Constitución. La documentación en que se apoyan sus intérpretes es solo dicha declaración, una fuente de la cual se desconoce el original. Sólo consta en un libro del constitucionalista CRP con la indicación de habérsela suministrado el doctor José María de Mier. Desafortunadamente no aparecen los nombres de las personas que la suscribieron.

 

Homenaje póstumo de la Academia de Historia de Colombia a Carlos Restrepo Piedrahita, el rector del Externado, Juan Carlos Henao, trajo a colación el papel que cumplió la proclama de Pore, en la historia constitucional del país

 

En este contexto, se destaca el caso neogranadino, que ha dado pie para analizarlas en su conjunto como el “constitucionalismo revolucionario”, un total de 14 documentos de ese tipo, sin que ninguno tuviera el carácter de “nacional”, que sí tuvo por ejemplo la primera constitución de Venezuela de diciembre de 1811. Sin embargo, la historiografía tradicional entendió muy mal todas estas circunstancias del primer movimiento patriótico al reducir esa intrincada experiencia a “Patria Boba”, desconociendo así el peso de las provincias, las fisuras existentes en la sociedad colonial, las distintas experiencias de vasallaje al rey y la emergencia de nuevas identidades al hilo de la crisis.

Mientras tanto, en Venezuela, con las dos primeras repúblicas, 1811-1812 y 1813-1814, fue donde más se avanzó respecto de la ruptura radical con España, por la aprobación de la constitución nacional de 1811 y la definición de la opción republicana como alternativa política. Con todo, ambas serían derrotadas por circunstancias diversas, como el terremoto de 1812 que destruyó Caracas, la falta de unidad de mando, las vacilaciones para contener las provincias refractarias, el elitista liderazgo criollo caraqueño que despreciaba los sectores populares y especialmente a los pardos, lo que propició la devastadora y sangrienta reacción de los caudillos realistas que lograron el apoyo popular de pardos y canarios. “Al ideal federalista de 1810-1815, que peyorativamente denominaron los reaccionarios “patria boba”, sucedió el macroestado central de la patria utópica, la patria imposible, la Gran Colombia.

Cronológicamente, la de Venezuela, 21 de diciembre de 1811, fue la primera Constitución nacional en el continente americano de filiación ibérica.

La ideología liberal del iluminismo, el espíritu de las revoluciones norteamericana y francesa, la filosofía política de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 y específicamente, la seducción por el sistema federal estadounidense, fueron las fuentes de inspiración de los independentistas de Caracas y Santa Fe (p. 24).

Impugna a Rodríguez Plata y a Uribe Vargas, cuando gradúan de primer texto superior que se expidió en Colombia el Acta de la Constitución de Estado Libre e Independiente de El Socorro.

“Desde el punto de vista técnico y de contenido no lo es. Y no solo por los 14 sobrios enunciados sino también por el casi inexistente enunciado de las libertades, los derechos y sus garantías. No satisfacen las exigencias del artículo 16 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y de un estatuto constitucional. En enfoque desprevenido, objetivo del estudio tiene que reconocer: el manifiesto y decidido espíritu de fundar un orden institucional, inspirado en los recientes modelos norteamericano y europeo de estirpe liberal –como lo previno el Acta de Independencia y lo hicieron explícito el Acta de Confederación y las Constituciones de Antioquia –que postulaba el imperio de la ley, la separación de los poderes y los derechos del hombre y del ciudadano.

Sobre el proyecto de Constitución que Bolívar preparó para discutirlo en Angostura a partir del 15 de febrero de 1819,  con su reiterado y nunca disimulado antibolivarianismo, CRP dice: “El discurso que pronunció para sustentar su iniciativa es una de las vigas maestras de su pensamiento político y todavía los admiradores del Libertador lo invocan como ideal de la organización estatal y con nostalgia deploran que ese ideario de gobierno no hubiera logrado prevalecer como patrimonio perdurable de inspiración y acción política. “Quienes se opusieron al proyecto fueron sagaces en su presentimiento”, lapida CRP y particularmente sobre el poder moral lo califica de delirante.

CRP se detiene en el texto y contexto del Congreso Constituyente de Cúcuta, al cual también dedicó otro de sus auspiciosos ensayos. Dice que Bolívar no fue benévolo con el Congreso ni con los constituyentes particularmente los neogranadinos. La Constitución no le satisfizo, tampoco la de Angostura.

Sólo para abrir el apetito repárese en esta frase de Santander, el pretendido hombre de las leyes al cual siempre adhirió CRP: “Los congresos no son para estos tiempos urgentes”.

 

-V- 

 

Muy sugestivas e iconoclastas son las que CRP designa “dos apostillas marginales”: derecho constitucional barroco y el derecho a la felicidad, y que constituyen un muy perspicaz enjuiciamiento del arte del gobierno y de la ingeniería estatal (p. 233) que se apoderó de nuestras sociedades en el siglo XIX y que lo lleva a reconocerlo como un Estado barroco.

La cultura barroca –dice- fue institución y herencia que la península ibérica trasplantó a las remotas e incipientes sociedades del nuevo mundo, donde al foráneo producto de importación le habrían de ser agregadas influencias de tradición aborigen, generándose de tal modo una especie de barroco indiano, hoy barroco latinoamericano según la ideología del contemporáneo código cultural.

Y debido a la gentileza de Fernando Hinestrosa que le proporcionó un texto de Germain Bazin pudo compartir que “si monarquía e Iglesia española en mancomún se robustecieron para beneficio de sus respectivos designios de poder, la también común empresa de absolutismo político y evangelización absolutista en América, les sería recíprocamente a ambas aún más provechosa como lo fue. Y a la hora de las independencias iberoamericanas, la cultura barroca aclimatada en estas landas hallábase con plenitud de vigor, cuando ya en el resto de Europa había pasado a ser historia”.

Cultura barroca “tercermundista” diríamos hoy de aquella foránea mercancía despachada desde Cádiz para indigestible consumo de analfabetos.

En más de 70 años de estudiar el Derecho, Restrepo Piedrahita reunió más de 22.000 libros de diversos países e idiomas, que en 1988 donó a la Universidad Externado. Con estos volúmenes, la universidad creó el Instituto de Estudios Constitucionales Carlos Restrepo Piedrahita, donde habita cada pedazo de lo que él es: sus libros, sus menciones, sus medallas, su Cruz de Boyacá en el grado máximo que le colgó el Presidente Gaviria, sus fotos con toda la historia del poder en Colombia, su colección de más de 50 búhos, sus 1.150 discos de música clásica y los cientos de cartas, documentos y felicitaciones que durante décadas ha recibido de dignatarios, extranjeros y nacionales.

 

Dr. Carlos Restrepo Piedrahita, en compañía del Dr. Fernando Hinestrosa y la Ministra de Educación Cecilia Vélez durante la celebración de los 120 años Universidad Externado, 2006. Fotografía de Ada Barandica

 

Su oficina, amplia, solvente, estaba llena de símbolos, un afiche de Nietzsche, búhos, uno de ellos sirvió de amuleto editorial del Externado; su emblemática frase creada por él mismo: “Universidad Externado de Colombia, Cien años educando para la libertad”, libros por doquier en varios idiomas, la revista alemana Spiegel. Admiraba a los arios, fue diplomático allí en dos épocas, leyó y abrevó en Nietzsche, descubrió en uno de sus viajes la verdadera piedra de Zaratustra, en un lago de Suiza.

Conoció a Stalin, a Billy Brandt, Konrad Adenauer, a Sandro Pertini, a Harold Lasky, a quien entrevistó en Moscú; compartió vidas paralelas como profesores y estadistas con personajes tales como Georges Pompidou, Raymon Barre, Herriot, Guy Mollet, W. Wilson autor de 15 tomos de Derecho Público o de Winston Churchill, su Historia de los pueblos de habla inglesa. En la comunidad andina con Ramón J. Velásquez, Víctor Andrés Belaúnde, Velasco Ibarra y Rodrigo Borja, emblemáticos constitucionalistas. Como dijo Diego Valadés: “Carlos Restrepo fue un gran constitucionalista y uno de sus pilares”, pues recorrió toda América del sur, México y toda Europa; conoció y trabó serias relaciones académicas y docentes con Jorge Carpizo, Héctor Fix-Zamudio, Domingo García Belaunde, Jorge Madrazo, Humberto Nogueira Alcalá, Alfonso da Silva, Jorge Vanossi, Pedro de Vega, Giuseppe de Vergotinni, Roversi Mónaco y Allan Brewer Carias, entre muchos otros constitucionalistas de Europa y América. Con ellos organizó y participó en decenas de encuentros, coloquios, seminarios y congresos en los que brilló con sus ponencias, discursos y reflexiones como en el inolvidable coloquio sobre justicia constitucional de Sochagota en 1977.

“Oriundo de esta Universidad, donde hace 50 años recibió su grado profesional de jurisconsulto, con disciplina admirable se dedicó a escudriñar en distintas culturas, abrevadas en su propia fuente, relación e influencias mutuas de la política y el derecho, al igual que la manera como las vicisitudes  de esos movimientos han determinado el devenir de la especie, para en seguida dedicarse con pasión y patriotismo al descubrimiento, análisis y juicio de multitud de hechos, episodios, documentos políticos y jurídicos nacionales, desde la propia declaración de independencia hasta el presente, muchos sepultados, otros relegados, cuántos tomados a la ligera, cuando no tergiversados, provisto de una curiosidad intelectual inagotable, apenas parangonable en magnitud y rigor con honestidad…  Y a todos nos ha transmitido su aplicación académica y contagiado su fe en la juventud, su amor a la patria. El cree en el derecho, en la democracia, en la justicia, y profesa esa fe laica, liberal, cívica, optimista que distingue a nuestra Universidad” (Dijo Fernando Hinestrosa de CRP).

 

Dr. Carlos Restrepo Piedrahita en Homenaje al Dr. Fernando Hinestrosa por sus 30 años de rectorado, 1993. Biblioteca de Estudios Constitucionales. Archivo fotográfico

 

Expositor del presidencialismo latinoamericano y de lo que llamó la cultura del barroco o el híper presidencialismo. Presto a la defensa de la filosofía liberal, a la lucha contra los autoritarismos y a desnudar los fanatismos de todas las estofas que aún hallan asidero y auditorio. Vengan sólo estas tres máximas de su caudaloso ideario:

 

“El Derecho Público Constitucional es, ante todo, históricamente el derecho a la libertad política y la defensa de la libertad impone tomar posiciones estratégicas frente a las inexhaustas y siempre amenazantes legiones de despotismo”. “Es cierto que les enseñé a los tiranos cómo se conquista el poder, pero también les enseñé a los pueblos cómo deshacerse de ellos”. “La fuerza jamás oprime una idea durante mucho tiempo, pues una idea oprimida no tarda en ser generadora de fuerza”      

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