SOMOS REVOLUCIÓN

Nuestros ricos son tan pobres que solo quieren enriquecerse. Más allá de eso, nada les importa. Ellos, los hijos de los millonarios, deberían utilizar sus conocimientos en pro del pueblo que les sostiene su existencia lustrosa.

Por:

Daniel Mendoza Leal

La Nueva Prensa

 

Daniel Mendoza Leal

 

A este viejo cincuenton le dio por participar en una reunión de jóvenes inquietos, muy cultos y brillantes, todos muy bien parados en la política colombiana y claramente contaminados por ese sentimiento naif, tan necesario (y escaso hoy en día), de amor al país.

El amor a la patria, apropiándome aquí de la parte bonita del concepto. Patria como representación de una historia conjunta y un porvenir, en el que, a lo lejos, nosotros enteros, como un todo multicromático, desde el alma y la razón, vemos brillar el compromiso de lucha por transformar la sociedad en una entidad más humana y justa.

Ese es el grupo de jóvenes en el que aceptaron a este viejo vintage que se atrevió a hablarles de revolución como concepto primordial de la lucha progresista.

En el grupo (antes de que el presidente Petro, hablara también de ello), ponderé los términos revolución y revolucionario, como los pilares fundamentales de la interacción progresista con la sociedad.

No podemos hablar de progresismo sin revolución. Negar el término es negar nuestra esencia y eso es atentar en contra de la naturaleza del movimiento mismo, traté de explicarles a todos desde la comodidad impersonal que generan esos espacios virtuales de gente en realidad desconocida, que cree conocerse mucho.

Me sorprendió el rechazo inmediato de la gran mayoría de jóvenes del grupo, cuando propuse la revolución como sentido programático del movimiento en gestación.

Algunos dijeron que “la revolución” no era fácil de “bandear”, que era una palabra bien “difícil de vender”, nos acerca a la guerrilla y al comunismo, dijeron otros entre líneas. Tristemente, entendí que, en el fondo, la revolución era mal vista … por los mismos jóvenes revolucionarios.

Este hecho no ha dejado de preocuparme.

Desde aquel día, hace una semana, la indigestión emocional de ver el norte ideológico tan refundido en la generación llamada a asumir las riendas del país, me llevó a escribir estas letras.

Todo cambia tan rápido. En el 2020, hace 5 años, todo era tan diferente. La Presidencia era un puesto codiciado por los mafiosos que no habían dejado de ocuparlo desde hacía ya medio siglo. Las directrices de los gobiernos precedentes al del presidente Gustavo Petro, hasta hace 3 años, habían estado siempre dirigidas a patrocinar la desigualdad gestora del poder opresivo de una élite cruel, deslinderada, sociópata, genocida, narca y paraca.

La promoción de la injusticia social, basada al fin de cuentas, en la ficción de un pánico económico por falta de inversión extranjera que, aplicando teorías empolvadas y mandadas a recoger, traduce que entre más miserables y avaros sean los ricos colombianos, como aquellos pertenecientes al Club Nogal (de donde me echaron por indio), y entre más leyes existan, que los sigan haciendo sentir virreyes y señores feudales, dueños de sus siervos y esclavos, mejor le va ir al país porque no dejará de llegar la anhelada jauría de billonarios ladrones y bribones, desde el mundo entero, a saquear nuestras riquezas naturales, como no han dejado de hacerlo jamás.

Es decir, aquí en Colombia debemos renunciar a nuestras raíces e identidad historica, para así aplaudirle a Donald Trump esa versión despiadada y voraz que tiene de la sociedad y del planeta. Una versión insostenible y destructora de la vida y de las más bellas emociones que componen el alma humana.

De paso les cuento algo. La señora del Nogal, la abogada esa arribista y estúpida, antes de subirse al ascensor, se expresó del pueblo colombiano de forma muy natural, como se expresan a diario la inmensa mayoría de señoras y señores, jóvenes y niños de la micro diminuta clase alta que observa al país entero desde el palco lujoso de sus riquezas.

En Bogotá, en el Club el Nogal, en el Country Club y los Lagartos, en el Campestre de Medellín y el San Fernando de Cali y en todos los clubes sociales colombianos, se inculca como principio esencial, la creencia de superioridad moral e intelectual de esa clase alta repleta de delincuentes y criminales sobre un pueblo dulce, honesto y trabajador, hostigado, oprimido y sometido a la fuerza y con extrema violencia, durante toda su existencia.

La indiamenta. Esa expresión, de aquella mujer, en el pasillo de ese Club social, al que yo solía asistir diariamente, en el que hacía ejercicio cada mañana y calentaba mi existencia cada tarde en el baño turco, fue solo la vejiga infecciosa y repleta de pus que nos explotó a todos en la pantalla.

Esa es la oligarquía colombiana, inconsciente, insensata e inhumana, desprovista de cualquier compromiso social. A la élite y a sus cachorros, educados en prístinas universidades nacionales e internacionales, en Colombia poco o nada les interesa cumplir con su obligación de agarrarle la mano a la sociedad y hacer avanzar el país hacia un futuro feliz. Nuestros ricos son tan pobres que solo quieren enriquecerse. Más allá de eso, nada les importa. Ellos, los hijos de los millonarios, deberían utilizar sus conocimientos en pro del pueblo que les sostiene su existencia lustrosa. Con gratitud, humildad y entrega, deberían ser quienes abanderaran la revolución social … pero eso, aquí en Colombia, con la malparidez que implica recibir las enseñanzas que le dictan los padres psicópatas a los hijos de papi, siempre será un imposible.

Hoy en día, frente a mí, veo que el reloj anda más rápido. Las manecillas se mueven más rápido. No son los tiempos de cuando yo era un abogado penalista y litigante. Ni siquiera son los del periodista investigativo y estudioso de las organizaciones criminales colombianas, que empecé a ser desde hace más de una década. Veo como, lamentablemente, sin saber a quién pisa, muta la realidad social, con sus expectativas y revindicaciones. Muta hoy hasta la revolución misma, al punto de gestar revolucionarios a quienes no solo no los enorgullece el término, sino que se avergüenzan del mismo.

El día que se anule en el ser humano la necesidad de gestar revolución, será porque el mundo es un paraíso en el que no suceden las injusticias sociales, o porque ya no hay nada que hacer y la raza humana decidió someterse hasta la eternidad perpetua, a la tiranía implacable del mercantilismo social y el tráfico de la consciencia humana. Y nada de esto ha sucedido aún.

Entonces, cortico: Desde aquí y a un año de elecciones, invito muy especialmente a los jóvenes a continuar gestando revolución y a creer en ella. En lo que ya lograron. A tener fe en la revolución que logró poner al Presidente @petrogustavo en el poder. A alimentar desde la ciencia, las letras, las artes, las ideas, desde las redes y fuera de ellas, incluso desde el poder mismo y sus asientos en el gobierno, su espíritu revolucionario. Aliméntenlo, desde el estudio y el trabajo consagrado a las causas justas. Vívanlo desde el desprendimiento que significa hacer cosas desde el amor, sin pensar en el bolsillo. La revolución como acto de renuncia a las imposiciones del mercado. La revolución como única postura digna frente a un planeta que se ahoga ante la desproporción que implica el consumismo.

No podemos darle sepultura, nosotros mismos, al referente revolucionario. Por el contrario, el término, como estandarte, es bello, romántico, arrastra siglos de historia, plagados de acciones nobles y triunfos gloriosos. La revolución ha sido del arte, de la ciencia y del ser. La revolución es la única forma de construir los cambios necesarios para edificar nueatra propia historia. Si los progresistas dejamos de ser revolucionarios, nosotros mismos nos estaremos tapando con la cáscara y poniendo el huevo a calentar. Y si nos atibiamos, sépanlo, ya somos otros. No podemos convertirnos en una versión agraciada de los monstruos que chalaneaban el país.

Mi llamado jóvenes, es a seguir haciendo patria, a seguir haciendo revolución. Hay mucha gente, niños, mujeres, ancianos, familias enteras, etnias, comunidades enteras, un mundo en el que prima la desigualdad, un trozo inmenso de la sociedad colombiana, con sus sueños y expectativas, que esos jóvenes, de ese grupo al que pertenezco, representan como revolucionarios.

Ellos, ese pueblo hermoso que es mi Colombia, repleto de dulzura y valores, necesita precisamente de una revolución desde la paz, las ideas y el amor, sin balas, con muchas razones y eso sí, desde una posición inquebrantable y sin concesiones. El mundo necesita hoy en día como nunca de muchos más revolucionarios, dispuestos a encarar una posición bélica en contra del sistema fratricida que nos pretende doblegar.

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