Por:
Gustavo Álvarez Gardeazábal
De niño nos hicieron aprender muchas, yo diría que muchísimas, cosas de memoria. Una de esas obligaciones era recitar el poema REÍR LLORANDO de Juan de Dios Peza, donde un hombre profundamente deprimido acude al médico buscando cura para su melancolía. El doctor le aconseja como remedio ir a ver a Garrick, el comediante más extraordinario de la época, a lo que el paciente responde con la famosa revelación final: “así no me curo: ¡Yo soy Garrick! Cambiadme la receta“.
En las mismas condiciones del actor inglés hemos quedado los colombianos con las explicaciones pretenciosas del Servicio Geológico sobre la seguidilla de temblores que estamos sintiendo y sufriendo los vecinos de la latitud 4 y la longitud 76 en Chocó, Valle y Risaralda.
Con el cuento de que el terremoto lo produjo la subducción de dos placas y que la berraca tembladera, que ya se nos vuelve pánico, es culpa de un enjambre sísmico, no quedamos satisfechos y creemos que no nos están diciendo la verdad actual y están dorando la píldora acomodando teorías viejas, pero sobre todo inventadas para explicar lo que no se puede anticipar y mucho menos repetir en igualdad de condiciones.
Lo que estamos viviendo por estos días ha vuelto temeraria la reconstrucción de las viviendas afectadas o destruidas por el terremoto y asusta a los obreros. Ya nadie duerme con tranquilidad en un piso alto o en una casa vieja. Las sirenas de alarma que han colocado, y parece que en algunos edificios chillan automáticamente, envuelven la atmósfera en un terror indescifrable. Y ni qué decir del alboroto que en viviendas rurales como la mía forman los animales, a veces adelantándose, como la alarma del celular, otras entonando un concierto de aullidos y graznidos o mugidos cuando sienten el remezón.
Dígannos que no saben nada de verdad. Que lo que dicen es una teoría y que ni la IA la corrobora. No estamos para mentiras piadosas.
Septiembre 16 del 2026
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