Definitivamente el adagio de que con los años los rebeldes se vuelven reaccionarios toma visos de realidad en las columnas que escribe últimamente Héctor Abad Faciolince, particularmente en su sanguinaria columna “La cuadratura del círculo” (El Espectador, domingo 23 de marzo), en donde arremete sin tregua y sin aliento contra todo lo que hace y deja de hacer el presidente Gustavo Petro, primero le parece pomposo el eslogan de que el país sea una potencia mundial de la vida, quizá aparece en él el síndrome de Estocolmo y añora, pareciera por su ácido lenguaje, los tiempos de la seguridad democrática o la terrible noche de los temibles carteles de la droga, cuando lo que imperaba era el miedo y la muerte, el olvido que seremos.
Luego anota fríamente que el sistema de salud antes de Petro funcionaba relativamente bien, palabras sueltas de quien con seguridad no entiende o no comprende que miles de colombianos venimos padeciendo la dictadura de las EPS mucho antes de la llegada del actual gobierno, de una u otra manera los premios que ha recibido el notable escritor columnista le han permitido acceder a la salud de los privilegiados, es decir la prepagada, de ahí la venda que cubre sus ojos frente a una triste realidad de un servicio de salud precario desde hace lustros.
Luego trae sus malos pensamientos, cuando afirma enfáticamente que La paz total lo que ha hecho es servirle en bandeja de plata los territorios a los grupos al margen de la ley, desconoce el crítico Héctor Abad que por primera vez en la historia de este país hay una propuesta que va más allá de la mera intervención militar para comprender que los más afectados con la guerra, que él pareciera querer, son los humildes campesinos de la Colombia recóndita.
Al presidente lo trata de “loco”, “lunático”, y hasta soterradamente de “alcohólico”, y retomando las palabras de sus más férreos detractores, insinúa que al creerse “un mesías, un salvador”, lo que hace Petro es volverse un chamán que puede cambiarlo todo mágicamente, cuando somos conscientes de que también en muchas décadas, por primera vez un gobierno está del lado de las necesidades del pueblo, de ese pueblo que abrazó también Gaitán, pero es el pueblo que Abad también descalifica, en medio de su espantoso delirio de persecución, anota que quienes apoyamos la consulta popular somos un grupo de enardecidos bárbaros que destruimos todo lo que se cruce en nuestro camino, ¡vaya interpretación de uno de los derechos fundamentales con que nos cubre la Constitución!, quizá pueda decir Héctor Abad como el cura protagonista de su novela, que antes de Petro: Salvo mi corazón, todo estaba bien.
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La cuadratura del círculo. Petro pretende ser la cura de los desastres que él mismo crea.
Por Héctor Abad Faciolince
(Columna tomada de El Espectador)
Petro pretende ser la cura de los desastres que él mismo crea. Primero declara que quienes no piensan como él son nazis, inhumanos, asesinos vendidos al dinero; con un lenguaje violento planta la semilla de la discordia total, acusa a sus críticos de estar a favor de la muerte, y en seguida se declara víctima y asegura que él, paladín de la vida y la concordia entre todos los colombianos, corre peligro de muerte en ese territorio utópico bautizado por él con el pomposo nombre de “potencia mundial de la vida”.
Lleva más de dos años despedazando, hundiendo a propósito un sistema de salud que no era perfecto, pero que funcionaba relativamente bien.
En lugar de mejorarlo, en vez de suplir sus carencias, lo ha venido desmontando y empeorando hasta llevarlo a la quiebra. La atención en salud en Colombia está sumida en una crisis sin precedentes en los últimos treinta años.
Cuando la situación se vuelve insoportable para la gente (no hay medicamentos, no hay citas, los tratamientos más urgentes se postergan sine die), cuando lo que era al menos regular toca fondo debido a la incompetencia técnica y a la ceguera ideológica de su gobierno, dice que él —el dañino— tiene la receta para arreglar lo que él mismo ha destruido. La cuadratura del círculo.
Lo mismo pasa en muchos otros campos: el que iba a rescatar la educación pública, tiene en la quiebra a las universidades públicas y en el abandono los sistemas de atención a la infancia y a la juventud. El que iba a hacer la paz total, le ha entregado el gobierno de las zonas más vulnerables a la delincuencia total, al Clan del Golfo, y a los narcos totales. El que iba a resolver de una vez y para siempre los problemas del Catatumbo, hace que cada vez más zonas de Colombia parezcan un Catatumbo (el Chocó, el Cauca, el sur del Valle, el sur de Bolívar, el nororiente de Antioquia).
Se desespera y, lunático, cambia cada tres lunas de ministros. Los ministros de Hacienda no le sirven por no ser alquimistas; ninguno ha sabido convertir en oro la carreta y el plomo. Incapaz de mirarse a sí mismo, les echa la culpa de lo que no funciona a quienes se acaban de posesionar. Publica 44 trinos en una sola madrugada, se declara abstemio, pero parece borracho desde el amanecer. Se alía con la parte más abominable y corrupta de la política regional (Benedetti en la Costa, Quintero, Flórez y Lupe en Antioquia), y mientras critica a los vendidos al dinero, abraza a quienes no han hecho otra cosa que ver el Estado como una fuente de dinero para sí mismos. Un matrimonio imposible: lo limpio con lo corrupto.
En vista de que las cuentas no le dan, de que los hechos lo desmienten y las matemáticas no le cuadran, y viendo que la realidad no se acomoda a su fantasía, el presidente se aferra a la magia, al delirio, a la verborrea y a la botella (de café).
Defiende explícitamente la locura; absuelve a los abusadores de mujeres y como un arzobispo les da la bendición de una segunda oportunidad que sea su ocasión de santificarse y redimirse a su lado. Al lado de su ejemplo, el sobrio, el bueno, el pacífico, el abstemio, el ecuánime, el magnífico. Mediante el procedimiento ridículo de gritar insultos y consignas vacías, cree que la realidad va a cambiar por obra y gracia del conjuro mágico de sus palabras redactadas en la más alucinada y la más cursi seudo-poesía.
Su último engendro es la consulta popular, pero ni siquiera en las urnas, sino en las calles, de modo que el apoyo a sus políticas erráticas no se cuente en personas ni en número de votos sino en gritos, en pancartas, en desorden y en ruido. Y uno se pregunta: ya que el hombre es tan humano y tan justo, así como acaba de declarar día cívico cuando cita a sus manifestaciones electorales, ¿hará lo mismo con la oposición? ¿Va a declarar también día cívico cuando sus opositores convoquen a sus propias manifestaciones? Sería lo más lógico, pero es imposible pedirle lógica a quien vive sumido en sus propios delirios.
La respuesta a Héctor Abad por parte del presidente Petro en X