ALGUNOS ATISBOS SOBRE LA MODERNIDAD EN COLOMBIA

Cuándo y cómo llega el ideario moderno a Colombia

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Por:

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

J. Mauricio Chaves Bustos

 

 

ALGUNOS ATISBOS SOBRE LA MODERNIDAD EN COLOMBIA

 

Segunda parte

 

Cuándo y cómo llega el ideario moderno a Colombia

 

 

Hemos dicho que la filosofía tiene serias incidencias prácticas en la vida y desarrollo de los pueblos y de los hombres. Si España no fue moderna, ¿cómo llegan las ideas de la modernidad a Colombia? Definitivamente, podemos decir que es con las ideas de la Ilustración que llegan las ideas modernas a nuestro territorio. Desde fines del siglo XVIII, se mueven las ideas acerca de la infinidad de visiones que se tiene del mundo cambiante y como estas distintas formas de ver el mundo pueden a su vez cambiarlo, en una dinámica de flujos y reflujos. Es así como se posibilita la perspectiva educacional y de transformación querida, pero nunca lograda, del Virrey ilustrado Caballero y Góngora, el desarrollo de la Expedición Botánica dirigida por Mutis, -amigo de Lineo y a quien Humboldt dedica sus mejores páginas-, el Sabio Caldas, José Félix Restrepo, se mueven bajo estas nuevas tendencias, pero totalmente alejados de las pretensiones de la Corona. En ellos, se presentaba una permanente tensión entre la conciencia religiosa y la ciencia moderna, sin embargo, lograron delinear un pensamiento ecléctico que salvaba su religión y su ciencia [1].

Sin embargo, la Ilustración no trasciende en la Nueva Granada como trascendió en Europa, inclusive en otros lugares de América, debido a que su acceso fue limitado y selectivo, dado a unos hombres privilegiados, como Nariño o Camilo Torres, que de todas formas no pudieron generar un pensamiento propio respecto de esta, sino más bien lograron la persecución y el total exterminio de sus ideas en un territorio teológico clerical, obtuso y atrasado, más afianzado en la fe que en la ciencia.

Durante la época de la independencia, y después de ella, la preocupación nacional es la organización del Estado, motivo por el cual hay un rezago fundamental frente a los avances técnicos y científicos que se movían en el mundo moderno, dando lugar a un desarrollo inusitado de preocupación por la filosofía política antes que nada. Así, las ideologías se manejaban bajo el concepto del político o partido de turno en el poder, generando una tradición nacional de oportunismo político y de acomodamiento de comportamiento dependiendo de los intereses particulares o de secta.

Lo más importante de este ideario, es que en Colombia no existió un pensamiento original, se quiso acomodar el pensamiento universal a otra realidad tempo-espacial diferente del lugar en la que surgieron, creando políticamente también una serie de repuestas totalmente desfasadas de nuestra concreción, sin respuesta real a nuestros propios requerimientos. De ahí deviene la escisión entre teoría y práctica, tan comunes en nuestras costumbres políticas y académicas.

No es raro entonces encontrar en nuestros referentes políticos de este periodo, alusiones al constitucionalismo francés, sobre todo en la implantación de la división tripartida del poder; o la advocación a la necesidad de un modelo federativo, a la mejor usanza y tradición norteamericanas, y así la imposición del modelo liberal del Estado que se impuso desde el siglo XIX, como pretensión puramente idealista, alejada de nuestras realidades; de ahí la herencia legalista y constitucionalista que sirve de carta de presentación en las sociedades democráticas actuales, obstruyendo las movilidades y las relaciones sociales prácticas, frente a ideales puramente supuestos.

En la Colombia de la posindependencia, el ideario depende más del gobernante de turno que de un proyecto político propuesto; así, el benthamismo [2] fue el proyecto político de Santander, a quienes se opondrían Mariano Ospina Rodríguez y José Eusebio Caro, creadores del primer proyecto del partido Conservador, al que consideraban nocivo contra la moral cristiana. La teoría benthaniana fue acogida por los liberales, preconizando una legislación basada en principios de economía, simplicidad y eficiencia [3]; sin embargo, nunca el benthamismo tuvo un arraigo real en nuestra realidad política, no pasó de ser un ideario que fomentó más polémicas que soluciones concretas a las necesidades de la entonces incipiente nación colombiana.

El pensamiento positivista científico, también tuvo su expresión, aunque insipiente, en nuestros hombres modernos. La expedición botánica, la comisión corográfica, la implantación de estudios de física e ingenierías, fue el abrebocas de una pretensión cultural moderna en una nación que vivenciaba los preceptos dogmáticos cristianos. Así, se inician los estudios sobre las obras de Comte, Saint-Simón, Spencer, se pregonaba por una educación científica para el desarrollo de una sociedad progresista.

En las artes plásticas y en las letras, se impone un modelo tradicional, clásico, se fomenta el estudio de las letras, la gramática, pero se abstienen de fomentar cambios y de difundir las experiencias culturales de otros países -Silva, por ello es una excepción en el escenario literario nacional-.

Las ciudades colombianas de entonces eran provincianas, lo que favoreció el género literario costumbrista, desarrollado en una novela incipiente, en un teatro pasado de moda denominado cuadros de costumbres, siempre atentos a conservar el decoro y la fina urbanidad de la que se ufanaban los decimonónicos. Se desarrolla así el romanticismo hugoniano y becqueriano, con una poesía cargada de exagerados lirismos, y la prosa se desenvolvía en largos periodos declamatorios, al uso de los maestros españoles del siglo.

 

Falencias modernas en Colombia

 

Social y políticamente, Colombia consolidará su figura ambivalente con la llegada al poder del partido conservador en 1880, luego de un supuesto periodo de vivencia política liberal. De ello es muestra fehaciente la Constitución del 86 y la firma del Concordato, en clara sumisión del Estado colombiano a los preceptos del Vaticano, acuerdo de poder sobre varios aspectos claves de la vida espiritual, cultural y política que vivenciará la Colombia de entonces.

Colombia inaugura el siglo con la guerra de los Mil Días, y con la pérdida de Panamá. El golpe para la clase dirigente era muy fuerte, pero a pesar de comprender que la separación era el resultado de lo corrupto del sistema y de la debilidad en que había quedado el país luego de tantos años de lucha política, no hizo nada para remediar tal situación. Ese mismo año, Rafael Reyes era elegido presidente en una elección descaradamente fraudulenta; su gobierno es paternalista y proteccionista, caracterizado por una creciente intervención del Estado en asuntos económicos. Así, subsiste y persiste por otros cuantos lustros un conservadurismo católico, reaccionario a todo cambio y a la llegada de nuevas formas de conocimiento y de reformas sociales, a pesar de las revueltas políticas suscitadas en la década del 20, lo que llevaría finalmente al fin de su hegemonía; en el 28, el país se conmocionó con la llamada masacre de las bananeras, ocurrida en Ciénaga, y que literalmente marcó al país en la lucha de las reivindicaciones laborales y las luchas estudiantiles que reprime Abadía Méndez, y en donde caen víctimas del fusil estudiantes universitarios; hay en el pensamiento de algunos intelectuales la expresión de un ideario social nuevo, fruto quizá de las enseñanzas de incipiente liberalismo que se expresaba ya en algunas universidades, como el Externado de Colombia, abanderada social liberal que formó, junto con la Universidad Libre, a los primeros socialistas colombianos; Colombia perpetúa así una serie de sucesos que aún no han parado: la política de terrorismo, armada y refinada con la contribución de las nuevas ideologías totalitarias ha tenido las más diversas expresiones, desde el asesinato preventivo hasta el genocidio y la acción punitiva sobre regiones campesinas y aldeas [4], como bien lo anota nuestro verdadero radiólogo, Antonio García.

Los conservadores basaban sus premisas en una filosofía apegada a la tradición española en defensa de los modelos clásicos, en clara referencia al catolicismo y al aristotelismo doctrinario, Seguían la línea trazada por Bello y Miguel Antonio Caro, donde se exalta un humanismo gramatical y dogmático.

Partidarios de una mano autoritaria fuerte de control por el Estado en asuntos concernientes al individuo y a la sociedad, daban énfasis a la injerencia de la iglesia católica en asuntos públicos y privados, sobre todo con el control total de la educación; así mismo, tenían una fuerte injerencia en el control de la prensa y de los libros que se  editaban en el país, así como la inclusión del voto censatario basado en el grado de alfabetización y de riqueza basada en la propiedad.

Durante la hegemonía conservadora, se abolió el feudalismo, se fortaleció el ejecutivo, se restableció la pena de muerte, se creó un ejército permanente y una milicia nacional. Se reprimió a los liberales, exiliando a sus dirigentes, cerrando periódicos y creando mecanismos para una mínima representación de estos en el Congreso.

Los atisbos de modernidad durante este periodo se presentan, aunque incipientes pero capaces de transformar al país todo, mediante un proceso de urbanización e industrialización. El surgimiento de los barrios obreros y de las élites, la aparición y evolución de los servicios públicos, fueron algunos de los cambios que modificaron la manera como la gente percibía su entorno y que alteraron las perspectivas a partir de las cuales los hombres y mujeres asumían la vida, así como la constitución de identidades locales y nacionales.

El prototipo del bogotano se impone como el característico de una sociedad nueva, pero afianzada en sus tradiciones coloniales, se sigue perpetuando el linaje añejo de blasones y cargos heredados de antaño; el bogotano se sentía perteneciente a la más rancia clase hispánica. De ahí que el desarrollo del país se haya desarrollado desde los Andes, desde Bogotá como epicentro, no solamente de lo político y económico, sino también como modelo social a perpetuar y seguir. Sus características son bien particulares, y hasta en los libros que hacen toda una oda al sentir bogotano, se siente el olor pacato que los envuelve: El bogotano era por naturaleza sedentario. Apegado a las comodidades y descomplicadas rutinas de su vida diaria, procuraba evitar los desplazamientos, y hasta los finales de la pasada centuria sentía franco desagrado por los largos viajes, verdaderas odiseas saturadas de incomodidades y peligros, que mantenían al viajero en permanente situación de inseguridad [5].

En Colombia se propende por un hispanismo, como búsqueda concertada de una identidad nacional; así, éste se manifiesta mediante unas políticas y un criterio ideológico de cierre frente a lo novedoso, a lo liberal, así como un manifiesto a las formas de control social, rechazando todo vanguardismo. La moral por la que se propugna es la católica, de donde arrancaban también las formas y manifestaciones culturales y estéticas.

 

Retrato de Antonio Morales y familia, atribuido a José María Espinosa, 1810

 

 

Así las cosas, el resultado es la búsqueda de un prototipo de colombiano, anteponiendo a toda consideración el modelo del bogotano o cachaco sobre los del resto del país, el bogotano se impone como el paradigma del conjunto de la nación. Sus virtudes son exaltadas permanentemente, especialmente su dominio del lenguaje, su cultura, refinamiento y virtudes morales [6].

Bogotá presentaba entonces un ambiente de cerrado provincianismo. Es así como desde el siglo XVII al XIX, no se experimentan grandes cambios sociales de significación. Al finalizar el siglo XIX poca diferencia existía entre el Bogotá de esa época y el Santafé del siglo XVII: la misma distancia abrumadora de todo centro civilizado, propicia para el establecimiento de una rancia dictadura sobre las conciencias y obstáculo a la difusión de la cultura general; las mismas escalas sociales: arriba, una sociedad refinada, abajo, la gran masa ignara que se movía como una marca a la voz de los caudillos; el mismo ambiente de convento y de salón de baile, de cuartel y de academia, de insustancialidad y de aticismo; la misma censura en las ideas; la misma pobreza mental en la enseñanza [7], esta descripción nos muestra los rezagos frente a una sociedad supuestamente moderna, con una sociedad manifiestamente retrógrada y atrasada. El modernismo implica movilidad, agilidad, apertura a los nuevos conocimientos y a las nuevas propuestas. La Bogotá del El Carnero de Freyle, era la misma de De Sobremesa de Silva, las distanciaban los siglos, pero no las manifestaciones sociales.

Lo anterior posibilita pensar en el clima de atraso con que se pretende vivenciar la supuesta modernidad, rodeada de gramáticos, filólogos y pensadores retrógrados, de ahí la permanencia de un romanticismo ya superado en otras letras. Es por ello por lo que los estetas bogotanos de entonces no aceptarán el progresismo propuesto por el positivismo, entonces tan en boga, y subsistirá en cambio la tradición academicista española.

La educación, cierra sus fronteras mediante la concesión de ésta a la Iglesia Católica. Se rechazan y persiguen a los profesores liberales, la clausura de la libertad de cátedra. La preocupación de los intelectuales de entonces se da promulgada por esa preocupación por el rescate de la herencia hispánica, la pureza del lenguaje y la significación de la pertenencia a la raza española.

Con la modernidad, el hombre burgués se va difuminando en el hombre moderno industrial y capitalista. El hombre moderno había superado el individualismo, su conservadurismo y la ortodoxia en su fe religiosa. Se era más un hombre urbano, colectivista, y era susceptible de ingresar a las doctrinas materialistas y agnósticas. Sin embargo, lo que supervive en nuestra sociedad impuesta -la bogotana, como prototipo-, es el canon del hombre burgués del modelo premoderno: riqueza concentrada en la propiedad, con una cultura multifacética en respuesta a un mundo metafísico ideal y no práctico, con unos modelos de hombres políticos en obediencia más a los presupuestos del gramático que del estadista.

 

El orden señorial burgués se manifiestas así: Centralización política y descentralización administrativa; concordato con la Santa Sede, que impone la enseñanza oficial; la separación de Panamá, con una humillante indemnización que, paradójicamente, determinará el impulso del desarrollo económico; acumulación de riquezas con la implantación del proteccionismo aduanero; crecimiento de la población industrial, con la consecuente aparición de una masa proletaria, con sus repercusiones en las luchas reivindicatorias, las mismas que llevaran al ocaso de la Hegemonía Conservadora; y finalmente, la formación de los primeros grupos socialistas.

 

Conclusiones

 

Es indudable que la modernidad o no llega al país, o llega y se transforma en un monstruoso aparataje ideológico y político que no obedece a las características propias de la modernidad.

Lo que se da en el país, y especialmente en y desde su capital, Bogotá, es un modelo central rígido, una cultura autoritaria fundada en el modelo hispánico, instaurado en un catolicismo retrógrado que detentó por muchos años el monopolio educativo, y por ende ideológico, de quienes conformaban la nación.

El prototipo del hombre colombiano que se quería para entonces, es el modelo del Bogotano, ejemplo y paradigma del hombre católico, clerical, moralista, refinado en unas costumbres añejas, con una cultura manifiesta en unos modelos perfeccionistas en el idioma, pacato, retrógrado y militante a ultranza en la defensa de un status quo heredado desde el coloniaje español.

 


Notas:

 

[1] Damián Pachón Soto. Esbozos Filosóficos I. (De Immanuel Kant a la crítica de la modernidad). Bogotá: Editorial Produmedios. Año 2006. p. 138.

[2] Doctrina utilitarista creada por el inglés Jeremías Bentham, forma de encontrar en el placer el fin de las aspiraciones y la bondad que se encuentra en lo que es útil y nos lo proporciona.

[3] Jaime Jaramillo Uribe. El pensamiento colombiano en el siglo XIX. Bogotá: Editorial Planeta, 1996. pp. 141 ss.

[4] Antonio García. Hacía dónde va Colombia. Bogotá: Tiempo Americano, Editores Limitada, 1981. p. 56

[5] Julio Barriga Alarcón. Del bogotano de ayer y de antier. Bogotá: Ediciones Tercer Mundo, 1983. p. 165.

[6] Miguel Ángel Urrego. Intelectuales, Estado y Nación en Colombia. Bogotá: Siglo del Hombre Editores, 2002. p. 74.

[7] Emilio Cuervo Márquez. Ensayos y conferencias. Bogotá: Editorial Cromos, 1937. p. 207.

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