AGUALONGO: LA RAZON Y LA SINRAZON

ELEGIA DE VARONES ILUSTRES EN LA PROVINCIA DE LA VILLAVICIOSA DE LOS PASTOS (8)

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Por:

Jorge Luis Piedrahíta Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahíta Pazmiño

 

I

 

Coincidiendo con lo que aquí hemos venido alegando, se ha tenido la iniciativa para celebrar el bicentenario de la batalla de Bomboná y se sustenta y endereza a exaltar la victoria bolivariana. Dice así el proyecto de ley, avalado por la Academia Nariñense:

“La Batalla de Bombona, se desarrolló la tarde del 7 de abril de 1822, bajo la comandancia de Simón Bolívar, quien dirigía al ejército Republicano y que luego se enfrentó durante más de seis horas a las fuerzas realistas, comandadas por el coronel Basilio García, acantonadas sobre las inmediaciones del Galeras.  

Pasadas varias horas de combate, ambos ejércitos habían perdido a muchos de sus hombres, pero la pérdida más grande las tuvo las filas patriotas con 174 muertos y 357 heridos, mientras que los comandados por Basilio García, solo tuvo 20 bajas y 60 heridos. Aun así, los realistas se habían retirado a la media noche ante el rumor que fuerzas patriotas se habían encaminado hacia la toma de Pasto. Situación que conllevó al triunfo de los comandados por Simón Bolívar, pues el dictamen de la guerra, afirmaba que, el que queda en el campo de batalla obtiene la victoria y su adversario debe rendirse y someterse.  

De esta manera se logró una victoria de suma importancia y el dominio del pueblo pastuso lo que significó la apertura del camino hacia la negociación de paz en el territorio sur, a través del proceso de las Capitulaciones. Fue así, como se logró la integración de Pasto, las provincias de los Pastos y Costa del Pacífico sur, a la República de Colombia, desde Tulcán hasta Popayán y costas de Barbacoas. La Batalla de Bomboná, tiene un valor estratégico, porque evitó que el Cr. Basilio García y sus tropas se desplazaran a Quito para auxiliar, lo que quizás hubiera cambiado el resultado de la decisiva Batalla de Pichincha que logró también la Independencia de nuestro vecino Ecuador”.

 

 

Esta batalla, es considerada como una de la más sangrienta de la Independencia, por las grandes e irreparables pérdidas que ocasionó a los contendientes, especialmente en las filas patriotas

 

 

La parábola épica de Agustín Agualongo se sitúa en el paralelo conceptual que hemos intentado a propósito de la recalcitrante resistencia indígena a la revolución burguesa de independencia.

La siempre sugerente leyenda dirá que “longo” es una variante quechua de “niño indio” y que el apellido del pastuso se confecciona a partir de los servicios que prestaba, particularmente ante la solicitud de “agua”, que le pedía don Blas de la Villota, su patrón. Este le habría mandado por: “agua-longo”

No es despistado consultar un DRAQ o Diccionario de la Real Academia Quechua, porque esa lengua tuvo liturgias que pertenecieron a un reino socialista y milenario y que vino con el Tahuantinsuyo con sus predicadores y mitimaes. Se prohibió su uso por la invasora potencia ibérica después del alzamiento de Túpac Amaru por lo que los doctrineros, desde 1579, se volcaron al castellano como idioma monopolístico del imperio borbónico absolutista.

En lo que tiene que ver con nuestro personaje, tiene preceptuado el idioma quechua que sólo existen 3 vocales: a, i, u; de modo que, desconociéndose la e y la o, la pronunciación viene a ser: aguag luncu, que conforme con la traducción castellana es tejedor, la primera; y niño, la segunda: será entonces, “hijo de tejedor”.

Pero fue Monseñor Justino Mejía y Mejía –el factótum del Santuario de Las Lajas-, el que localizó finalmente la partida de bautismo y comprobó que nació en Pasto, en Hullaguanga, el 25 de agosto de 1780, como Juan Agustín Agualongo Sisneros.

El “mono” Lemos, en su abultada biografía de Obando, igualmente presume que Agualongo era de limpio origen italiano y “quizá perteneció a los tercios que actuaron en el norte de Italia”. Poseía, altas dotes artísticas cuyas probanzas subsisten en el Convento de las Conceptas.

Según ficha militar elaborada en 7 de marzo de 1811, cuando voluntariamente se presentó con el contingente reclutado por los realistas, amenazados por los patriotas de Quito y Santafé, Agualongo era de bajísima estatura, un metro con cuarenta centímetros; pelos y cejas negras, ojos pardos, nariz regular, poca barba y una mancha como carate debajo de los ojos; era cari abultado, tenía color preto y bastante abultado el labio superior.

 

 

Retrato ficticio de Agustín Agualongo, óleo sobre lienzo, por un pintor anónimo

 

 

Por lo que las postales del caudillo no han de ser de joven apuesto ni tampoco a lo Jairo Soto que lo personificó en la serie televisiva, de hace 40 años, y que mereció el reproche de sus gregarios en cabeza de Díaz del Castillo, que inclusive rescató sus restos desde el Templo de San Francisco de Popayán y en peregrinación solemne lo depositó en el de San Juan Bautista de Pasto.

Su bautismo de fuego fue en la tarabita de Funes en contra de los también realistas de Quito, en septiembre de 1811, cuando habiendo sido derrotados los pastusos su ciudad fue saqueada y agredida. Agualongo ya aparece incorporado a las milicias monárquicas a órdenes de don Basilio García, el sempiterno comandante que periclitará once años más tarde en el campo de Bomboná.

En mayo de 1812, siendo cabo, combatió al lado de los indomables patianos que recuperaron Pasto y terminaron fusilando a los revolucionarios patriotas Joaquín Caicedo y Cuero y al norteamericano Alejandro Macaulay, médico de profesión y pretendiente de la hija del gobernador realista Toribio Montes, el del botín del templo Cristo Rey.

En 1814, con su grado de sargento primero participa en la toma de Popayán y coadyuva al escarnio del Precursor Antonio Nariño. Por agosto de 1815 aparece en Quito cuando condujo presos a los presbíteros José Casimiro de la Barrera y Fernando Zambrano, acusados de haber acompañado al Precursor y a la causa independentista.

En 1816, ya de sub teniente en el batallón de Pasto, marchó a órdenes de Sámano, a la reconquista de Popayán en poder de los republicanos que fueron vencidos en la Cuchilla del Tambo, el 29 de junio. Prácticamente fue el batallón Pasto el que aniquiló al enemigo, “cabiéndole el triste honor de terminar con la última resistencia armada de la república”.

Entre los que acompañaron a Sámano a Santafé, como su guardia de confianza, iba el Teniente Agustín Agualongo.

Después de la batalla de Boyacá, los recientes mandones se trastocan en insurgentes y se dispersan para burlar la pesquisa de los libertadores. Cuando Bolívar llega a Santafé ya no encuentra ni rastro del virrey ni de los oidores ni de los engolados encomenderos. Por eso, los coroneles Plaza y París siguieron al alcance de Sebastián de la Calzada, mientras el general Anzoátegui daba alcance al Virrey Sámano por el camino de Honda.

A mediados de enero de 1820, Calzada y Basilio García, que estuvieron listos a guillotinar a los santafereños, ya se encontraban en Pasto al frente de un ejército de mil hombres, encabezados por el Obispo Salvador Jiménez de Enciso y el coronel Ramón Zambrano. Su misión era adversar a la ciudad de Popayán lo que lograron con el apoyo de los insufribles patianos que permanecieron durante cuatro interminables meses hasta la derrota de Pitayó, que sufrió Calzada y que obligó su acuartelamiento en Pasto.

Sabedor el Presidente de la Real Audiencia de Quito, Melchor Aymerich, de las desgracias de Calzada, se trasladó a Pasto y designó a “don” Basilio García como Comandante. Y se dirigió urgentemente a Guayaquil, puerto en el que el 9 de octubre había estallado una nueva revuelta. Se llevó consigo al teniente Agustín Agualongo, a quien conocía desde las épocas de Antonio Nariño. Así que el 2 de noviembre partieron, el 5 estaban en Ibarra, el 9 entraron a Quito, el Presidente dispuso una división bien armada y pertrechada para salir a Ambato con el fin de detener el paso de los soldados victoriosos de la revolución de Guayaquil, quienes ya habían ocupado la ciudad al mando de los coroneles Luis Urdaneta y León Febres Cordero.

Costeños y peruanos vs. chapetones se dieron cita el 22 de noviembre en la planicie arenosa de Huachi. Estos al mando de Aymerich y los patriotas, de los Generales Sucre y Mire. La poderosa caballería realista cargó contra la infantería nacionalista, el General Sucre se salvó en su caballo herido y él mismo contusionado, escapó por el camino de Guaranda y fue perseguido hasta el pie del Chimborazo. Hicieron prisioneros a los Generales Manuel Antonio López y Mires, a 26 Jefes y Oficiales y 600 de tropa, y quedaron muertos los capitanes Jorge Lozano, hijo del Marqués de San Jorge, Nicolás Gamba y Manuel Buendía.

Las fuerzas realistas no quisieron caer sobre Guayaquil, sino que cayeron sobre Cuenca para despejar el camino hacia el Perú y comunicarse con sus correligionarios que combatían contra el General San Martín. Prosiguieron hasta la costa y el coronel González sigue ese camino hacia principios de agosto de 1821 con el fin de enfrentar a Sucre. Agustín Agualongo era el Jefe Militar de la plaza de Cuenca.

El 20 de enero de 1822, junto con el Coronel Carlos Tolrá, Agualongo abandona Cuenca con el objetivo de venir al norte a defender a Quito ante la próxima arremetida en las laderas del Pichincha. Les tocó defender la retaguardia desde Iñaquito, desde donde supieron el resultado de la batalla y emprendieron de inmediato el retorno a Pasto.

Así que Agualongo salió de Pasto el 2 de noviembre de 1820 y regresó el 29 de mayo de 1822, por lo que no actuó en las jornadas de Genoy ni Bomboná ni en la de Pichincha si se tiene en cuenta que estaba expectante, en el norte de Iñaquito a una orden de Carlos Tolrá, para entrar en combate, pero el coronel nunca la dio. El que sí estuvo en Bomboná fue Estanislao Merchancano que también aceptó la Capitulación de Berruecos.

Lydia Muñoz, historiadora pastusa, recuerda que después de Genoy (2 de febrero, 1821) el coronel Manuel Antonio López reacciona ante los “600 pastusos de ruana y sombrero que, sin piedad, empezaron a asesinar a todos nuestros heridos, lo mismo que a los prisioneros”. Esto, sólo para notificar que las crueldades fueron mutuas en el teatro y anfiteatro de la independencia.

Ya de Teniente Coronel, cuatro meses después del armisticio de Berruecos, firmado el 6 de junio, Agualongo declara su jurada rebeldía a la independencia, que en Pasto había mostrado las más sanguinarias e inicuas represalias. Recuérdese las sombrías navidades de ese año y entiéndase entonces cómo el ejército supérstite de Fernando VII se nutría de entristecidos y enlutados pastusos. Pero esa será precisamente la hora del capitán pastuso que se rebelará a partir de esa capitulación en toda la descomunal e insólita intensidad de su extraña e incomprendida tragedia.

Acto seguido a las capitulaciones de Berruecos, después de la batalla de Bomboná, desde su cuartel en Túquerres, a comienzos de noviembre, el teniente coronel Benito Boves, sobrino del terrorífico José Tomás, envía una improvisada patrulla campesina, recogida en los resguardos indígenas de Genoy y Catambuco a saquear a Ipiales y Tulcán por su no disimulado patriotismo y en cabeza de Agustín Agualongo y Eusebio Mejía (alias “calzones”).

La retaliación fue sumamente cruel porque en las dos poblaciones se quemaron varias casas y se mataron civiles incluyendo mujeres y niños, siendo apresada Antonia Josefina Obando Murillo, la ninfa que había homenajeado a Bolívar cinco meses antes. A empellones fue empujada hacia los pueblos cercanos para demostrar los alcances de la insurrección rural que había motivado Boves y sus secuaces cual duendes vengadores. En ese mismo noviembre negro la ninfa ipialeña fue fusilada en el interior de la capilla de La Escala. No huelga precisar que para esa misma época Ipiales fue devastada, incendiada, hasta sus archivos fueron arrasados como si hubiérase querido desaparecerla de la memoria popular. Renato Remigio Boves seguramente les había prometido a los salteadores que aún podían derrotar y ahorcar a los terratenientes para confiscarles lo que habían despojado a las comunidades indígenas y por añadidura, la liberación de los esclavos afros.

Boves, soldado de Aymerich, llegado con Murgueón, y salido de Venezuela, que no tiene título ni partes militares, y poco le importan, cae en Pichincha, de allá se fuga. Viene a heredar la mortuoria de Sámano y de don Basilio García, creando su propio gobierno y su propia doctrina de Dios y Rey. Se echa a la lucha, pasa el Guáitara y se le abalanza al coronel Antonio Obando y pronto domina desde Tulcán hasta el Juanambú. Pero para la navidad nefanda es el gran ausente, el máximo traidor y prófugo por Mocoa y el Amazonas se evapora de la tragedia que él mismo provocó.

“El pueblo de Pasto no se había rendido y estaba furioso contra don Basilio que en la noche del 9 se libró providencialmente de ser asesinado por un miliciano, y también en contra del Obispo y del Cabildo por haber capitulado –dice Sergio Elías Ortiz– ¿Por qué el pueblo de Pasto no aceptaba los hechos cumplidos, una vez que la propia España en la persona de sus más altos representantes, el presidente de Quito, Aymerich, y el Comandante de la División del Sur, García, los habían aceptado y se retiraban de la lucha? ¿El mismo Obispo, que era la autoridad espiritual más atendible, tan español y tan monárquico como ellos, no había acatado la voluntad de Dios en estos sucesos y había arreglado su conducta a la nueva institución republicana? ¿Es que ese pueblo era más realista que el rey, como se ha dicho? Creemos que la mente de la clase inferior estaba llena de prejuicios contra los que ella llamaba insurgentes, traidores, perjuros, etc., sembrados en trece años de prédicas, de actos de resistencia, de continuo batallar, desde el año nueve, y se trataba de gente sencilla, trabajadora, montañesa, donde las ideas se arraigan fieramente y no era posible hacerla cambiar de rumbo de un momento para otro, sintiéndose, por otra parte, triunfadora, como creía haberlo sido en Bomboná. Las autoridades y la clase dirigente que estaban en capacidad de comprender lo que significaba estar colocados entre dos fuegos, entendió inmediatamente que capitular en la forma que capitulaban, era lo que más convenía. El pueblo nada tenía que perder que lo atara a la vida y hasta ésta la había ofrecido por su Dios y por su Rey. Por eso no se rendía; quien se rindió fue don Basilio”.

Alberto Montezuma Hurtado que fue un pundonoroso historiador, y confesó su culto bolivariano pero no despreció la gesta pastusa, decía que “quizás no les convenía la independencia a muchas de las principales familias pastusas, a las encopetadas, dueñas de tierras extensas y fértiles, que en sus gavetas guardaban joyas, títulos de propiedad y pergaminos. Debieron alarmarse ante las posibilidades de transformación social contenidas en las nuevas ideas. Vivían en santa paz con Dios y la Iglesia, con sus tenencias, sus patacones y sus peonadas sumisas. En cuanto a los cargos públicos eran exclusivos para la gente notable y señaladamente, de 1780 para arriba ningún funcionario importante vino de la península para usurpar a los apellidos de la Villota, Zarama, Burbano, Astorquiza, Soberón, Santacruz, Polo, Zambrano y otros, sus posiciones, sus goces, sus preeminencias oligárquicas. No existen estudios a fondo sobre estos particulares, pero no hay ligereza en colegir que lo mismo que en otras ciudades del Nuevo Reino, gentes hubo en Pasto con sólidos intereses que defender, inmensas praderas registradas en sus nombres y muchos signos de dominio y de riqueza, en fin, de los que nadie se desprende sin fiera lucha ni pierde sin profundo desconsuelo”.

En las andanzas iniciales de la Independencia, solo don Joaquín de Cayzedo y Cuero pudo entenderse durante algún tiempo con los pastusos en materia tan delicada como la organización de juntas de gobierno, pero se vio atropellado por el doctor y coronel Alejandro Macaulay, arrogante y fanfarrón, y todas sus ideas políticas terminaron ante un pelotón de fusilamiento.

Debe anotarse, además, que desde los verdaderos comienzos se usó con los pastusos de un lenguaje injurioso, fatuo, irracional, desafiante, absolutamente impropio para el entendimiento con hombres serios, de convicciones arraigadas y moralidad insospechable. “No hay remedio –le decía al Ayuntamiento de 1812 el Gobierno de Popayán presidido por don Felipe Antonio Mazuera: Un pueblo estúpido, perjuro e ingrato… debe ser como el pueblo judío, entregado al saqueo y a las llamas. Tiemble la ingrata Pasto… tiemblen esos hombres de escoria y oprobio”. Y también el joven médico Macaulay se tomaba la libertad de decir: “… tiemble ese pueblo bárbaro, infractor de los derechos de Dios y del hombre: no habrá piedad, no quedará hombre vivo desde el Guáitara hasta el Juanambú, el fuego consumirá sus edificios, las futuras generaciones admirarán en sus ruinas y escombros un castigo proporcional a sus delitos” .

A todo lo cual contestaban con serena entereza los pastusos: “No crea Usted que es pueblo bárbaro con quien trata; valiente sí, constante en las obligaciones que tiene con Dios, con el rey y sus justos derechos; mira con horror el perjurio, siente la desolación y el estrago que ha causado el olvido de la fidelidad a Dios y al rey y está resuelto a esperar ser reducido a cenizas antes que faltar a sus deberes”     

Al general Nariño le dijeron en 1814: “Usía es quien nos viene a hacer la agresión más injusta. Nosotros hemos vivido satisfechos y contentos con nuestras leyes, gobiernos, usos y costumbres. De fuera nos han venido las perturbaciones y la tribulación”. El 8 de abril de 1814 le enviaron un nuevo oficio: “Como acaso será esta la última vez que este Cabildo tenga la bondad de hablar con Usía, ha creído de su deber asegurarle con la ingenuidad que constituye su carácter, que firme en sus propósitos y cada día más adherido al sistema de gobierno en que vivieron y murieron sus padres, está decididamente resuelto a sacrificarse antes que abandonar este precioso depósito”.

Aparte de los efectos de un impolítico tratamiento, hay, pues, en los orígenes de la resistencia pastusa al establecimiento de la República, una convicción elemental, una fe prístina en la bondad del gobierno de la corona, contra el cual solo vio san Juan de Pasto súbitas insurrecciones, críticas y rechazos, de cuya fermentación estuvo ausente, aislada como siempre de todo cuanto significara evolución en las ideas políticas y tendencia a un nuevo florecimiento y plenitud de la personalidad humana. Más aún, de acuerdo con su criterio tradicional, ¿no temieron que la revuelta iría contra la religión católica de la que fueron los pastusos seguidores fidelísimos a todo lo largo de su historia y por lo cual hubieran sido capaces de encender guerras santas, olvidándose totalmente de la felicidad, lo mismo que del dolor y de la muerte? El clero de la época lo predicaba así, encabezado por el célebre obispo de Popayán, don Salvador Jiménez y sus ad-lateres, de manera que no podía serle fácil a la ciudad solitaria desoír la voz tronante de sus temidos pastores. Por otra parte, si es verdad que las lecturas abren muchas veces los ojos del espíritu, ¿qué leían los pastusos letrados en los albores del siglo de la Independencia? De viejos inventarios particulares se deduce que las lecturas de la época estaban limitadas a Santo Tomás de Aquino, Sor María de Agreda, Feijoo, Fray Luis de Granada, el Año Cristiano, Massillon, Kempis, La Bourdalue, San Ignacio de Loyola, San Francisco de Borja, Mariana de Jesús, las Siete Partidas, la Conquista de Méjico y con cierta timidez Guzmán de Alfarache y don Quijote de la Mancha. A lo que se agregaba un material abundante compuesto por oraciones fúnebres y pastorales de varios jerarcas eclesiásticos. ¡Nada de Voltaire –Dios los libre!  – ni de Rousseau, ni siquiera una mala copia de la traducción de los Derechos del Hombre.

Tampoco esas fuentes instructivas estaban al alcance del pastuso común, eran propiedad de los sacerdotes y de algunos seglares venidos de España con escudo y otras campanillas, los cuales eran lo que ya podían llamarse clase dirigente u oligarquía. Los de zona media y, sobre todo, los de zona baja, no leían absolutamente nada, y ¿cómo hubieran podido serlo si en el siglo XVIII no pasaban de dos mil los pastusos que sabían leer y escribir? Por otro lado, desde la expulsión de los jesuitas, Pasto se quedó sin colegio y sin escuela; poco antes de 1800 entró a funcionar el Real Seminario donde se enseñaba latín y teología moral, y en la escuela adjunta las primeras letras y el catecismo. ¡Suficiente equipo para que entraran en la vida los niños de la ciudad!   

No resulta laborioso comprender que, en tales circunstancias, todo cuanto se hallara fuera de los moldes ordinarios de la existencia habría de urgir la malicia o el reconocimiento de los pastusos, ponerlos en guardia y lanzarlos finalmente a vigorosas acciones de defensa de lo que ellos consideraban como la práctica irrecusable de la rectitud y de la justicia. Y nada iguala su tenacidad, nada puede copiar su valor ni menos imitar su estoicismo. Hay sujetos configurados para la paz de los escribanías públicas, pero que puestos a prueba de guerrear manejan el mosquetón con inexorable puntería o sacan relámpagos ensangrentados del filo de las espadas como los capitanes Juan María de la Villota, Ramón Zambrano y José Soberón; otros que brillan por igual en las faenas del gobierno y en las zozobras de la guerra, como don Tomás Santacruz, don Blas de la Villota y aún don Estanislao Merchancano.  

Y un día surge el caudillo con todos los atributos necesarios para la justificación del título: ser el primero en las privaciones y en las batallas, estar dotado de las más altas calidades para el mando y servir ideales que la muchedumbre no se demore en comprender y en amar. Agualongo conoce en detalles los riscos de las cordilleras, los refugios cómplices de la montaña y el secreto de las cuencas fluviales y no le arredra atacar Barbacoas o medirse con los batallones veteranos del Libertador en los llanos de Ibarra o darles una zurra a palos al general Juan José Flores en el antiguo camino a Catambuco. Es tan móvil que da la sensación de gozar de ubicuidad, es tozudo, audaz, incansable, tiene algunas letras que mejoran su condición indígena, es infatigable y está cerradamente persuadido de que defiende una causa soberana, la de Dios y del Rey, esto es, una causa religiosa en primer término, íntimamente ligada a las razones del alma. Es posible también que lo guíe otra convicción tal vez un poco desperfilada pero real y pegada a su suelo nativo, el sentimiento difuso pero cierto de que los hombres de su tierra son todos así, leales a su pasado y a su ejemplo, duros al mismo tiempo como las líneas montañosas que se dibujan en el horizonte, y libres de escoger las rutas de su corazón y el estilo de su vida. Cuando se analizan las dimensiones de su resistencia, no se puede aceptar y sostener el concepto simplista de que ni Pasto ni Agualongo querían la libertad del dominio de España; precisamente, en fuerza de su probidad y de su hombría, lucharon por todo cuanto les pareció sano y honesto, por todo lo que tuvo ante sus ojos y ante sus aspiraciones contornos de virtud, y a su manera, aunque fueran otros el sentido del tiempo, el origen de las agitaciones y el rumbo de la esperanza, ellos también, Pasto y Agualongo, lucharon encarnizadamente por su propia idea de libertad”.

El prolífico historiador Rodrigo Llano Isaza rescata el “Discurso político en que se manifiesta la necesidad e importancia de la extensión de los estancos del tabaco y aguardiente y la abolición de los tributos de los indios con los arbitrios que por ahora pueden adoptarse para llenar el vacío que ahora sentirán los fondos públicos en estos ramos”, de don Miguel de Pombo, de septiembre de 1810, en el cual también se ocupó de una profunda reforma agraria.

“La excelente exposición –dice Llano- tocó uno de los problemas más traumáticos del desarrollo nacional y fijó las pautas de lo que podría ser una auténtica revolución social. Mencionó las causas y consecuencias del latifundio, aportó ejemplos de otros países y señaló las razones por las cuales los indígenas lucharon tan ardorosamente contra los patriotas y militaron tan fervientemente del lado de la Corona. Enumeró casos humanos tan respetables y destacados como el del coronel Agustín Agualongo en el sur, que los llevará a actuar en contra de quienes ofrecieron liberarlos de las cadenas políticas que los ataban a la metrópoli, cuando en realidad ansiaban apropiarse de las tierras de los resguardos indígenas para dejarlos en la miseria, entregados en los brazos del latifundio”. 

Enviado el Coronel Flores a mantener la paz terrorífica que impusieron los decretos de Sucre, bien pronto supo de la astucia fulminante de Agualongo. Cerca de Pasto, a la vuelta de Matituy, le desbarató el ejército al futuro gobernante del Ecuador. Con indios armados con garrotes, machetes y lanzas, ganó 150 muertos, tomó en rehenes 300 y puso en fuga a los temibles Flores, Obando, Luque y Jiménez.

Dueño de su ciudad le puso gobierno, así que “el blanco” Estanislao Merchancano fue designado Gobernador y él mismo se proclamó Comandante General, en nombre del Rey de España.

Y como si fuera poco, Agualongo se decidió por capturar Quito y para ello se encaminó a Ibarra a apoderarse de aquella preciosa joya en su botín realista. El general Bartolomé Salom de siniestros recuerdos quiso detenerlo en El Puntal, fue desbaratado.

La futura capital del Imbabura fue sometida al régimen de pillaje y pandilla, por varios días, por ese ejército de indígenas hambrientos más de manjares terrenales que de conveniencias imperiales.

Y esa demora los perdió. Avisado Bolívar por Salom de la frágil situación republicana, regresó de Guayaquil inmediatamente y se puso al frente del ejército. El 18 de julio de 1823 enfrentó murgas callejeras en Ibarra que ni siquiera sospechaban de su presencia. El propio Agualongo no pudo reponerse de la inminencia y fiereza del ataque. Ochocientos pastusos quedaron cadáveres camino al Chota. Sólo cincuenta con Agualongo, pudieron atravesar el Guáitara por Rumichaca.

 

Batalla de Ibarra: Tropas independentistas luchando contra los realistas de Agualongo. En el cuadro del siglo XIX puede apreciarse a Bolívar dirigiendo a su ejército.

 

En las confesiones que le hizo a su edecán Perú de Lacroix, un lustro más tarde, en inmediaciones de Bucaramanga, evoca el Libertador: “Mi primer proyecto no fue atacar de frente al enemigo en la fuerte posición que ocupaba, pero habiéndome puesto a almorzar con las pocas y malas provisiones que tenía entonces y con la última botella de vino que quedaba en mi bodega y que mi mayordomo puso en la mesa sin mi orden, mudé de resolución. El vino era bueno y virtuoso, varias copitas que tomé me alegraron y entusiasmaron de tal modo, que al momento concebí el proyecto de batir y desalojar al enemigo: lo que antes me había parecido imposible y muy peligroso, se me presentaba ahora fácil y sin peligro. Empecé el combate, dirigí yo mismo los movimientos y se ganó la acción. Antes de almorzar, estaba de muy mal humor, la divina botella de madera me alegró y me hizo ganar una victoria, pero confieso que es la primera vez que tal cosa me ha sucedido”.     

De regreso a Pasto el indomable cicerone sitio nuevamente la atormentada ciudad. El propio Vicepresidente Santander el 6 de noviembre de 1823 le escribió una carta conciliadora que no fue respondida. Así que vinieron Salom y José Mires que con Flores arrinconaron al solitario coronel realista. Volvió a las montañas, pero ésta vez para buscar Taminango, el Patía y el camino de Barbacoas, a cientos de kilómetros y de calamidades amén de enfrentar al teniente coronel Tomás Cipriano de Mosquera, Gobernador de la provincia de Buenaventura cuya capital lo era el puerto de Iscuandé. “Un fogoso oficial de veinticinco años a quien la designación le venía muy bien, pues en esa región y con la ayuda de cuadrillas de esclavos africanos, su familia explotaba las minas de oro. Mosquera contaba con el apoyo de una pequeña tropa porque su principal misión era preparar un envío de cincuenta mil pesos en tejos de oro, para financiar las actividades del ejército colombiano en el Perú”, dice el historiador-periodista Mauricio Vargas.

Esta batalla se dio el 31 de mayo y el 1º de junio de 1824 y no en 1826 como lo destaca una pintura del Museo Nacional, a instancias del sospechoso historiador Pedro María Ibáñez.

“A pesar de que los realistas lo doblaban en número, el joven coronel se movió con valor y astucia y derrotó a Agualongo”, se lee en “El mariscal que vivió de prisa”.

Lo único claro fue que Agualongo se escapó de nuevo diezmado a sus montañas y al coronel Mosquera le rompieron ambas quijadas, que repuso meses más tarde en Nueva York. Desde luego él cobró caro la osadía: 140 realistas muertos, 183 prisioneros. “Nuestra pérdida fue de 13 muertos y 18 heridos, incluso yo”, dice el futuro General de mil soles. A los problemas en el habla que le dejó la herida que le destrozó media quijada, les debería el apodo “mascachochas” que lo acompañaría hasta su muerte cincuenta y cuatro años y media docena de guerras civiles después.

Vargas Linares, Alberto Montezuma y Rodrigo Llano puntualizan que la herida la recibió de un soldado, de apellido Martínez, de su propio ejército que a última hora lo traicionó.

Durante 20 días, deambuló Agualongo por la ruta del retorno que fue su ruta de la muerte. Llegó al Páramo del Castigo, suelo estéril y desolado. Allí lo esperaba José Marìa Obando, su antiguo compañero de armas realistas, que, a principios del 22, se entrevistó en Cali con el Libertador y se alistó en los ejércitos patriotas.

“¿Es ese hombre tan bajito y feo el que nos ha mantenido en el terror?”, preguntó un notable de la ciudad al verlo.

“Si, contestó Agualongo tras fijar sus ojos negros en el hombre que indagaba. Pero dentro de este cuerpo tan pequeño se alberga el corazón de un gigante”.

Era el 13 de junio de 1824, cuando Agualongo fue conducido a Popayán a enfrentar el implacable consejo de guerra verbal. Obando hizo esfuerzos por indultarlo y homologarlo al Generalato de la República, pero Agualongo no quiso, porque hubiera significado para él desdibujar mediante una canonjía todo lo que fue la razón y la sinrazón de su lucha.

La trágica experiencia de Agualongo quedó grabada en la memoria de las más destacadas y épicas gestas de la Independencia.

A la misma hora que la República lo inmolaba, el 13 de julio, del Palacio de Aranjuez salía un correo trayéndole el Generalato de Brigada de los Ejércitos del Rey.

 

Agustín Agualongo, fue «ídolo de un pueblo aguerrido y exaltado, es hoy símbolo de esperanza de un pueblo defraudado».

 

 

“Tal, en resumen, la vida y tragedia de este esforzado varón, espejo de lealtad y valor, verdadero tipo de nuestra raza– dice Sergio Elías Ortiz-. Sus contemporáneos lo consideraron como un símbolo de fidelidad y una bandera de defensa. Con él, aunque desposeídos de armas y solo provistos de garrotes, iban seguros a la victoria. La posteridad empieza a hacerle justicia. Escritores como Montalvo, Miramón, Sañudo, ven en él a un gran capitán que pudo estar equivocado en su concepción de los acontecimientos que envolvieron su vida, pero que dentro de su propia ideología fue grande física y moralmente. El más grande de los caudillos que produjo la reacción monárquica en América cuando se convulsionó en demanda de libertad democrática” .

Salom fue dejado como gobernador militar de Pasto, jefatura desde la cual perpetró todos los crímenes: Bolívar le dio instrucciones para que continuara la pacificación y especialmente el reclutamiento de todos los pastusos en capacidad de tomar las armas, para que se los remitiese a Quito. Aprovechando esta circunstancia, el general, insidiosamente convocó al vecindario a jurar la constitución; los pastusos concurrieron; prestaban el juramento uno por otro, y en el mismo orden que iban entrando en el interior de la casa en donde se les iba amarrando por tropa prevenida al efecto eran remitidos a los cuarteles para ser llevados al ejército del sur. En esta redada cayeron más de mil hombres entre indígenas y personas de la ciudad, según José Rafael Sañudo, quienes fueron remitidos a Guayaquil.

Después de la muerte del jefe, continuaron algunos de sus seguidores tratando de levantar el entusiasmo, pero todo fue inútil y uno a uno fueron cayendo: Merchancano y el español Domingo Martínez en Pasto; Juan José Polo en Quito, Calzón en Gualmatán, Canchala en Siquitán, Eusebio Revelo y Mesías Calderón en Cumbal. Sólo en la ciudad de Túquerres se sostenía hasta 1826 José Benavides cuando cayó con doce oficiales y treinta y un soldados, víctimas de una estratagema perpetrada por José Marìa Obando. De común acuerdo con el teniente Juan de la Cruz Paredes quien se había pasado a las filas republicanas por aquellos días, decidieron que éste se presentara en Túquerres “alzando el estandarte de la rebelión” e invitando a sus antiguos compañeros realistas a una reunión, salieron de su escondite los rebeldes y cuando estuvieron congregados Paredes los entregó a Obando, gobernador de Pasto.

La muerte del abogado Estanislao Merchancano fue perpetrada y confesada por el propio Juan José Flores, quien le preparó la estratagema traidora después de haberlo seducido por meses en amistad e intimidad, con un engañoso indulto, para luego asesinarlo un voltígero de apellido Vela, después de cenar en la mesa de Flores.

Mientras tanto, Salom proseguía ejecutando acciones propias de un criminal. Tomó prisioneros a 14 ciudadanos distinguidos de la ciudad bajo el pretexto de que habían participado en la rebelión y ordenó al teniente coronel Cruz Paredes que los matara donde pudiera e hiciera desaparecer sus huellas; así lo hizo Paredes con el pretexto de llevarlos para Quito. Al llegar al Guáitara, donde el río forma abismo, hizo atar espalda con espalda, por parejas, a los catorce patricios con otros presos señalados como sospechosos y él mismo, porque sus soldados se resistían a hacerlo, los empujó al abismo. Por último, desterró a las mujeres y eclesiásticos godos al Piura (Perú).

Conducta típicamente criminal que abonó el justo y eterno resentimiento que sienten los pastusos y colombianos en general ante episodios innecesariamente cruelísimos y políticamente insostenibles.

 

El magnánimo historiador Sergio Elías Ortiz dice que: “A los pocos días del apresamiento de los mil pastusos en la plaza, se cogieron también a más de doscientos indígenas de las aldeas de los alrededores, muchos de ellos padres de familia y de los cuales solo regresó uno a su ciudad nativa, el indio Manuel Tutistar, el cual refería que fueron agregados a la división del brillante general José Marìa Córdoba en la Batalla de Ayacucho, que los trataba muy bien y como ellos habían podido hacerse allá algunos instrumentos musicales, les ordenó en el momento de entrar en combate a la inmortal voz de mando “paso de vencedores”, que tocaran la “guaneña” el himno de guerra de Pasto, que le gustaba porque ponía fuego en el alma y ardor en los corazones para cargar sobre el enemigo”.     

 

No se crea que Francisco de Paula Santander fue gallardo con Pasto. Escúchesele en carta al Libertador: “Patía y Pasto son pueblos terribles. Saben hacer la guerra de partidas admirablemente. Voy a instruir que los principales cabecillas, ricos, nobles o plebeyos, sean ahorcados en Pasto”. ¡Y no se desdeñe la carta en la cual habla de hombres tan perversos a los que les envía a Córdoba como demonio sin instrucciones!     

Y claro que José Marìa Barreiro, el comandante realista que se enfrentó a Bolívar en el Puente de Boyacá, hizo lo mismo en el villorrio de Belencito cerca de Sogamoso: ordenó que treinta y cuatro prisioneros de Gámeza, fueran atados espalda contra espalda de dos en dos, para luego alancearlos más certeramente. (O’Leary, de Alfonso Rumazo González, p. 716)

En las épocas de Miranda (Masur, p. 147) las tropas realistas, al mando del capitán Antoñanzas, avanzaban sin cesar, en una serie de pequeños combates, todos sin excepción, victoriosos. Los pueblos eran incendiados, degollados los soldados republicanos y asesinadas poblaciones civiles enteras. De esta forma se inició la terrible cadena de crímenes, cuyos sangrientos eslabones se prolongaron hasta el final de la guerra de independencia”.

Ya habíamos recordado también al profesor Pedro Carlos Verdugo quien advierte que: “Los excesos referidos del general Sucre y del Libertador en la ciudad de Pasto, se quedan en miniatura ante las atrocidades cometidas por los ejércitos realistas con la población ipialeña, entre 1812 y 1814: saqueos, incendios, fusilamiento y exterminio, especialmente de la comunidad indígena de los pastos”.

Con respecto a Agualongo dice Guillermo Segovia Mora: (p. 55)

“Es un homenaje digno de exaltar y cultivar los valores positivos que signaron a un paisano, pero no se debe olvidar nunca el anacronismo de su enseña. Fue un realista criollo, un pastuso herido por las afrentas a sus creencias y a su pueblo, pero así mismo el caudillo de una causa reaccionaria como los hubo a lo largo y ancho de las colonias españolas, a los que hoy exaltan ultra-conservadores nostálgicos españoles que denuestan de la Independencia y glorifican la monarquía con argumentos amañados e interpretaciones acomodaticias.     

“Pero la resistencia tuvo el límite de lo inevitable. Advertido de la irreversibilidad de la victoria patriota y de los nuevos tiempos por venir, el pueblo pastuso juntó su sangre al torrente de la naciente nacionalidad colombiana. Sin embargo, consolidada la independencia, la provincia no tuvo calma por el uso que de éstas huestes irreductibles hicieron los caudillos de las guerras civiles que prosiguieron, aprovechando el ánimo de vindicta y la tendencia guerrera larvada en indios y negros tras largos años de violencia, no pocos triunfos y un modo hosco y aislado de vida”.

 

II

 

Resulta explicable, (Indalecio, Conflictos, 1972, p.842) que, ante la eventualidad de una rebelión triunfante contra España, la indiferencia fuera la característica corriente entre indígenas y hombres del común. “Nada más natural entonces que el pueblo bajo adoptara frente a la Independencia una actitud hostil. Que a la bandera revolucionaria opusiera los estandartes reales. Lo contrario hubiera sido un contrasentido, pues era su designio luchar por la causa de España que era objetivamente luchar por su libertad (contra la opresión criolla), como combatir en las filas patrióticas significaba reforzar sus cadenas” . 

Agustín Agualongo, la encarnación más perfecta del valor de la lealtad de su propia gente, es la figura indígena que en Colombia simboliza el rechazo de ese “pueblo bajo” a la alternativa criolla.

El pueblo era indiferente, porque en estas guerras no se planteaban problemas de su raza, de su clase o de su condición sociopolítica, ni se combatía por los postulados de libertad e igualdad en cuyos nombres se declaraban. Desde finales de 1810 hasta finales de 1814, cuando Bolívar toma Santafé, enfrentamos la primera guerra civil conocida como la “Patria Boba” o Primera República. Y de 1815 al 19, la reconquista española. Pero no todo español fue realista ni todo americano patriota, ni los indios se definieron en conjunto por un bando ni los negros esclavos tomaron partido por una lucha que no era suya.

Santa Marta, Popayán, Pasto, entre otras, incluida la propia Santafé no siempre aceptaron nada distinto al Consejo de Regencia y más tarde a Fernando VII.

Ni tampoco todos los pueblos del Distrito de Pasto fueron realistas. La provincia de los pastos, con Ipiales a la cabeza, lucharon enérgicamente por los ideales independentistas. Tanto que el 7 de septiembre de 1810 formó Junta y promulgó Acta de Independencia absoluta de todas las autoridades, incluidos Fernando VII, la Junta de Regencia de Cádiz y obviamente Pepe I Bonaparte.

Imperativo por ello militar en la escuela de la “Historia Social” para dar a la insurgencia y a la contrainsurgencia una interpretación interdisciplinaria, geopolítica y teleológica. La nación indígena fue la protagonista. Que actuó como socia en la coalición con las élites criollas hasta 1822 y como gestora en su suicida enfrentamiento (1822-1825) contra la naciente, pero aplastante República.

En el prólogo para el libro “Las Guerras de Pasto”, de que es autor Edgar Bastidas Urresty, Margarita González dice: “La historia de la insurrección americana de comienzos del siglo XIX encuentra su punto de partida en los acontecimientos europeos que provocaron en España una crisis de la monarquía y el temor en las colonias de un probable predominio francés, fomentado por la invasión napoleónica a la península ibérica. Antes que abrigar proyectos de independencia absoluta en relación con la metrópoli y en medio de una confusión inicial, algunas capitales de las provincias coloniales procedieron a crear juntas locales de gobierno por medio de las cuales afirmaron su lealtad a Fernando VII”.

Así se constituyeron las juntas en México, Montevideo, Buenos Aires, Chuquisaca, La Paz, Quito y la Junta Extraordinaria de Santafé en septiembre de 1809.

En el Virreinato de la Nueva Granada, en la Real Audiencia de Quito, el 10 de agosto de 1809, previa cita la víspera en casa de doña Manuela Cañizares, la oligarquía quiteña dio un golpe de Estado a la Real Audiencia sospechosa de napoleónica, e instalaron una Junta Soberana pro-defensa de Fernando VII. Fueron sus instigadores los marqueses de Selva Alegre, el de Miraflores, el de Solanda y el de Villa Orellana, el Obispo de Quito José Cuero y Caicedo, Manuel Quiroga, Juan Larrea y Juan de Dios Morales, antioqueño, de Rionegro. La oligarquía reclamó el derecho de gobernarse a sí misma en lugar de diferirlo a la Junta Suprema de Sevilla. El 16 de agosto fue ratificada en un cabildo abierto. Quedó confirmada en su carácter de autónoma, libertaria, patriota, fiel a Fernando VII a la sazón preso en Francia, en Valencay, por Napoleón.

Los virreyes de la Nueva Granada y del Perú, tambaleantes en su lealtad a los Borbones o a Napoleón, de todos modos, reaccionaron patibulariamente. Desconocieron la Junta Soberana. Fernando de Abascal, virrey en Lima, envió tropas a Quito bajo el mando del coronel Manuel Arredondo. La Junta Soberana atacada, renunció al poder. Lo asumió Juan José Guerrero, conde de Selva Florida. Los primeros revolucionarios fueron puestos en prisión. El 2 de agosto de 1810, casi un año después, hubo un intento por libertarlos. Ocasionó una masacre de los detenidos.

Soldados limeños y santafereños, enviados por los respectivos virreyes, fusilaron a unos, atravesaron con bayoneta a otros. Allí pereció Juan de Dios Morales, de Rionegro, compañero de La Cañizares. La brutalidad de las tropas se extendió a los barrios de la ciudad.

“Lo curioso de estas masacres fue que ninguno de los nobles quiteños pereció en ellas, dice el académico Edgar Bastidas Urresty. Actuaron con valor y murieron como rebeldes los doctores Morales, Quiroga, el padre Riofrío y el capitán Salinas. Los nobles fueron perdonados, defendidos o se fugaron”. Por eso fue que Benjamín Carrión llamara al pronunciamiento del 10 de agosto “revolución de los marqueses”. Bastidas Urresty rubrica lo que desde el comienzo de este ensayo venimos alegando: “Hay que estar de acuerdo con el doctor Carrión pues las revoluciones jamás las hacen los nobles. Las hacen los de abajo, los miserables, los oprimidos. Estos nobles y estos ricos viven siempre contentos con la posesión de honores, el poder y las riquezas. No desean cambios, y si los aceptan, preservan sus privilegios y riquezas”.   

Finalmente se formó una nueva Junta que recibió al Comisario Regio Carlos Montúfar, hijo del Marqués de Selva Alegre. La nueva Junta Suprema restó poderes al Conde Ruíz de Castilla y aceptó a miembros que simpatizaban con los anhelos emancipadores. Fue así como el 11 de abril de 1811 se proclamó la independencia absoluta. En 1812 instalaron Congreso Constituyente. De allí emergió la primera constitución. La temprana sublevación de Quito fue seguida en América por otros movimientos de liberación a lo largo de los años 1810 y 1811.

Los Cabildos Abiertos de Pasto, 13 de septiembre y 16 de octubre de 1811 decidieron “capitular con honor” y se afiliaron a la corriente republicana.

En América, las juntas habían comenzado siendo anti-napoleónicas, guardadoras de la corona de los Borbones, pero a principios del año once ya asomaban sus instintos republicanos, aunque acataban todavía la autoridad del príncipe español intangible pero patético.

La académica Miryam Báez Osorio hizo el inventario de cerca de veinte juntas organizadas al interior del antiguo Virreinato, desde julio hasta diciembre de 1810 (Cali, Socorro, Santafé, Tunja, Neiva, Girón, Pamplona en julio; Popayán, Santa Marta, Cartagena, Mompox, Citará, en agosto; IPIALES, Timaná, Soatá, Antioquia, Pore, Nóvita, en septiembre y Mariquita el 3 de diciembre de 1810.

“Las razones de Pasto para adversar a Quito fueron por evitar mayor marginación y subordinación económica”

 

Sin ningún sobresalto, rígidamente estratificada, conservatizada y aún fanatizada, Pasto permaneció estacionaria sin signos de vida para la lucha a muerte que se libraba en el continente en contra del Imperio. A diferencia de sus vecinos Popayán o Quito, Pasto situada en los Andes septentrionales, adscrita a la zona de los páramos ecuatoriales, no cultivaba relaciones comerciales con el exterior y su economía resultaba feudal y autárquica. “Era un poblado de tercera categoría enclavado en un pliegue de los Andes inmenso, lejos de todo el mundo”, recuerda Sergio Elías Ortiz en las crónicas de su ciudad.

Las vías de comunicación con el mundo exterior de esta porción de América Hispana, se reducían a los primitivos caminos reales (de los incas y de los pastos), habilitados para vías por los conquistadores y colonos españoles y recompuestas de tarde en tarde, con el trabajo obligatorio de los indios, al terminar las rigurosas épocas de invierno que las dejaban totalmente destruidas.

Era una estación de paso en el circuito comercial que unía a Quito con Popayán, las minas del Chocó, Santa Fe y Cartagena. Únicamente abastecía de carne seca, papas y tejidos bastos de la provincia de los Pastos a las minas de Barbacoas, y de harina de trigo y algunas artesanías a Popayán.

Por eso, las transacciones comerciales se hacían a baja escala con Popayán y Quito e Ibarra que enviaba harina, lana y ganado en pie. La producción local abastecía las necesidades de los distintos sectores. Los indígenas se vestían con sus propios textiles de lana que confeccionaban en telares artesanales. Grupos de ellos se abastecían de productos elaborados en los obrajes de Quito y solamente las clases altas, se vestían con los géneros de Castilla. La economía, entonces, puede calificarse de autárquica, agravada, además, por las cósmicas vicisitudes andinas que “hacen de la nuestra la topografía más inaccesible del planeta”.   

José Marìa Samper, sociólogo, historiador del siglo antepasado, señalaba que: “las mercancías que iban a España del interior de la Provincia del Ecuador y a las provincias de Popayán, Pasto y Cauca, en el extremo meridional de Virreinato de la Nueva Granada hasta Honda, de Honda seguían por tierra a lomo de mula y espaldas de peones, atravesaban la cordillera oriental y occidental de los Andes granadinos, transitaban 500, 800, 1.000 o más kilómetros por caminos imposibles y llegaban hasta Quito, a los veinte meses o dos años de haber sido expedidas de España”.

Todo ello conspiró en contra de nuestra integración al mapa de la independencia y de la Patria y propició y estimuló el estancamiento ruinoso. Al amanecer del siglo de las luces, el 19, Pasto permaneció insólita pero laberínticamente aislada; para peor, sus herméticas clases altas presumieron que eran todo un desafío para sus presentes y cuantiosos privilegios las ideas insurgentes y republicanas. El aislamiento trajo como consecuencia nefasta la perpetuación del sistema feudalista tanto en las relaciones de producción como en el comportamiento social.

No existió en las clases dirigentes un grupo sublevado que disputase contra el régimen colonial, ante todo porque ellos mismos se sentían peninsulares, cobraban los tributos y lucraban sus pre-eminencias y privilegios. A pesar de los impuestos ellos los escamoteaban. Además, habían lucrado las encomiendas, mitas, concertajes y todas las concesiones que les hizo la Corona.

“La primera fase de las luchas independentistas revelaría los motivos que tenía la provincia de Pasto para no adherir a la causa patriota: por una parte, contaba con una sociedad fundada en fuertes lazos de servidumbre y, por otra, profesaba una estrecha alianza con la institución de la iglesia, el más alto símbolo de la monarquía, lo que le otorgaba a todos los grupos del conglomerado social un punto de identificación. Entre los pastusos se contaban los habitantes de la capital provincial y todos aquellos pobladores de su jurisdicción; del lado de los señores estaban los grandes hacendados, terratenientes y mineros y del lado de los siervos, los indios de resguardo y los campesinos. Los pobladores del Valle del Patía o “patianos” conformaron parte muy importante de la comunidad que se designa con el nombre de pastusos y llegaron a ser un componente particular de las guerrillas realistas que terminarían por propinar a Nariño y a su ejército el estruendoso descalabro de 1814 con el cual se cerraría el primer ciclo de la oposición de Pasto a la Independencia” .  

El profesor Pedro Carlos Verdugo señala también que para la época de la independencia, el actual departamento de Nariño era “zona de disputa permanente entre las élites y las Diócesis de Popayán y de Quito … debido a la presencia muy notoria de una élite aristocrática en el terreno político y de la Iglesia Católica en el ámbito socio-religioso; como también por su gran diversidad cultural (Pastos, Quillasingas, Telembíes, Awa-quaiquer, Embera, Yuríes) y presencia de un sincretismo sui generis hispano-afro-indigenista”.

“En el plano político hubo heterogeneidad. La provincia de Pasto fue una región conservadurista con unas élites compuestas por familias terratenientes de corte aristocrático, las que no se resignaban a perder sus prerrogativas sociales que habían obtenido desde la colonia hasta los comienzos de la República; élite que lideró, conjuntamente con la Iglesia Católica y un amplio sector indígena, orientado por Agustín Agualongo, la defensa de la causa realista y de la autonomía regional en el proceso de construcción del estado-nación”.   

Esto permitió la presencia de un partido realista hegemónico, elitista, clerical, burocrático, excluyente, que únicamente periclitó ante la huida de su protector y garante Basilio García después de la Batalla de Bomboná.

Por eso cuando los primeros anuncios subversivos golpean las puertas de Pasto estas gentes se asustan. La sola hipótesis de un desmejoramiento – menos, la desaparición – de su holgada ubicación burocrática y burguesa los desespera y amilana.

En Pasto no existe aquel divorcio -propio de otras regiones- entre el cabildo y las autoridades españolas ni tampoco con los que Javier Ocampo López llama “los estamentos inferiores” (indígenas, negros y mestizos) (Ocampo López, Javier. Manual de Historia de Colombia, t. II, p.46)

Por el contrario, entre unos y otros media una identificación de lealtades y aspiraciones. Son piñones del mismo engranaje oligárquico y monárquico. Ya hemos hablado de la estratégica alianza de élites con la población indígena y campesina.

Si así eran las cosas, “¿Qué razones obligaron entonces a Pasto a involucrarse en “la guerra económica regional?”, se interroga el analista Gutiérrez Ramos y él mismo hace una atinada y lúcida argumentación:

“Hay que reconocer que, en este ámbito particular, Pasto fue forzada a defenderse de la posibilidad de verse sometida totalmente a los intereses mercantiles quiteños, pues que la única posibilidad que la élite económica quiteña logró vislumbrar para superar la crisis secular que la agobiaba era buscar una salida expedita y sin ningún tipo de obstáculos jurisdiccionales o políticos como a los florecientes mercados mineros del Chocó y de Antioquia.  

De ahí la insistente reivindicación quiteña de su pretendida jurisdicción sobre Pasto y buena parte del ámbito de la gobernación de Popayán como último recurso para ubicar sus excedentes textiles desdeñados por el mercado limeño, ampliamente surtido por las telas europeas, baratas y de mejor calidad que llegaba por la ruta del Cabo de Hornos desde comienzos del siglo XVII.   

Abrir una ruta expedita al Atlántico y garantizar el abasto de las minas del occidente neogranadino era el principal aliciente de Quito para “anexarse” buena parte de la Gobernación de Popayán, incluidas como es obvio, las jurisdicciones de Pasto y Barbacoas.   

La élite pastusa, consciente de la mayor subordinación y marginación económica que la política expansionista quiteña implicaba, se resistió con todo su empeño a que ello sucediera, como lo demostraron tanto en sus argumentos, como en las actuaciones políticas y militares que desplegaron para enfrentar las invasiones quiteñas de 1809 y 1811″. (p. 159)

En 1811 se puso a órdenes del vengativo y cobarde gobernador Tacón, de 1812 a 1815 de Toribio Montes, Juan Sámano y Melchor Aymerich, siniestra tripleta que anunciaba a Pablo Morillo y luego a Sebastián de la Calzada y Basilio García. Todos éstos, chapetones sin entrañas, recibieron el acatamiento incondicional de los pastusos que mendigaron por ello alabanzas, títulos, condecoraciones y mil bagatelas mercenarias.

En los decisivos y pendulares años de 1819-22 el clero, bajo el palio de monseñor Jiménez Enciso, fue el vocero de sus arrestos monárquicos difundiendo mensajes simoníacos de pobreza, sufrimiento y humildad para los indígenas y peblecía mientras los cortesanos de casaca o de sotana se ameritaban ante el gobierno de los Borbones.

Desde agosto de 1809 cuando rechaza la propuesta de la Junta Soberana de Quito instalada el 10 de ese mes, el cabildo de Pasto notifica que se enfrentaría a todos los que se revelaran contra el Rey o contra el Consejo de Regencia. Ninguna promesa pudo dejar vacilante la lealtad de los pastusos al Rey. El día 16, levantaron acta para inscribir en el escalafón militar a todos los varones aptos que habrían de defender la legitimidad amenazada. Y bajo la orientación de don Tomás de Santacruz, criollo opulento, el Cabildo condenó enérgicamente la revolución, juró fidelidad y se aprestó a la lucha: “La soberanía jamás recae en los pueblos y mucho menos en sólo el de Quito. Estos son sentimientos de regicidio sacrílego y asombroso”, dijeron obnubilados.

 

El apoyo del clero, fanático y atávico, fue definitivo. El obispo Jiménez de Enciso Cobos y Padilla impuso con la severidad de lo infalible que el sismo republicano era enemigo de Dios. La prédica está sellada con los siete sellos y ningún mortal puede adversarla. Los sensatos no hacen diferencias entre el reinado del cielo y una monarquía terrenal. Para ellos, los dos extremos se unen y confunden en un sólo trono indivisible. Desde 1809 hasta octubre de 1811, todos sus pronunciamientos apuntan a militar encarnizadamente en la causa de España. En 1811 hubo una pausa favorable a la República, pero para abandonarla diez meses después.  

 

Dice Segovia: “Francisco Muñoz de Ayala, su hijo Juan de Dios, José de Soberón, Ramón Fernández, José Barrera, José Vivanco, José Miguel Arturo, Nicolás Burbano, Antonio Pérez y los presbíteros Aurelio Rosero y Francisco Javier Ordoñez, participaron en la proclamación del Acta de Independencia de Quito del 13 de octubre de 1811, a instancias de Jose Joaquín Caicedo y Cuero, y en la Junta Patriótica que por diez meses gobernó bajo las banderas republicanas hasta la derrota a manos de los realistas y la prisión del payanés, sus subalternos y su tropa”. (p. 59)

“La arremetida para recuperar la ciudad y liberar a los patriotas encabezada por el estadounidense Alejandro Macaulay logró que, mediante acuerdos, Caicedo y sus hombres salieran de prisión a cambio del retiro del ejército republicano, pero los desatinos y engaños del gringo –quien amenazó- “no quedará un hombre vivo del Guáitara al Juanambú”- provocaron a los indios y vecinos realistas que enfurecidos los derrotaron en agosto de 1812”.

Caicedo y Macaulay y sus lugartenientes fueron encarcelados y luego ejecutados junto con cinco de sus mandos y 16 soldados. Fracasó así uno de los tantos intentos por sumar a Pasto a la causa independentista.

Domitila Sarasty, Dominga Burbano, Luisa Góngora y Andrea Velasco, fueron fusiladas el 11 y 12 de diciembre de 1812 como responsables del plan de fuga de los derrotados jefes patriotas Caicedo y Macaulay, constituyéndose en las primeras víctimas femeninas de la causa republicana.

Ahí mismo se vino la reconquista realista. En 1814 se enfrentaron cruenta y ferozmente a Nariño. De 1815 a 1819 vivieron el olor de la reconquista y de 1822 a 1825 rivalizaron con la República.

Es a partir propiamente del desastre realista del Pichincha, después de trece trágicos años, que los pastusos declinan su monarquismo y se someten al torrente inatajable de la nueva República.

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