A MI PADRE

Desde tiempos inmemorables los seres humanos nos reunimos para celebrar un acontecimiento, una alegría, una conmemoración, una vida que llega o que se cierra.

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Por:

Elsy Melo Maya

 

Elsy Melo Maya

 

Desde tiempos inmemorables los seres humanos nos reunimos para celebrar un acontecimiento, una alegría, una conmemoración, una vida que llega o que se cierra. Hoy nos convoca esta última, pero no una vida cualquiera sino una excepcional, la de un ser humano especial, de un grande, de un gigante, la de un hombre que no conocía los límites cuando de imponerse retos y trabajar por ellos se trataba; la vida de Don Alberto Melo Saavedra, la de mi padre, esa vida que fue toda una acción de gracias.

No fue necesaria la academia, los títulos ni los cartones que acreditaran sus conocimientos, solo le bastó el deseo de querer ser alguien, una persona honesta y trabajadora como ninguna; para mi padre no fueron impedimento las difíciles condiciones del inicio de su vida; esas falencias las convirtió en verdaderas oportunidades que le permitieron forjarse una vida llena de esfuerzo y grandes satisfacciones; triunfaron sus deseos, sus ganas de salir adelante, su inteligencia y su particular manera de ver la vida, esa que fue y será sin frontera alguna, esa que nos dejaste como uno de los más grandes legados, esa que llevamos todos tus hijos como un tatuaje en nuestros corazones.

 

Alberto Melo Saavedra, q.e.p.d.

 

Fuiste mi padre hermoso, como una inmensa y fuerte roca, porque aunque en ocasiones las turbulentas aguas te cubrían y golpeaban, siempre lograste emerger de la blanca espuma triunfante e invicto y con mayor experiencia y conocimiento, tanta que fue capaz de formar, enseñar e impulsar a toda una  gran familia que hoy como siempre, se siente orgullosa de sus raíces.

Tú fuiste de una estirpe altiva y beligerante, que solo te permitió inclinarte para alabar a Dios. Te trazaste un camino de honradez, dignidad y respeto. Tu larga y prolífera vida, nos marcó con la semilla del amor, la comprensión, el ejemplo, los buenos y oportunos consejos; gracias te damos por las miradas del alma que nos entregaste, por las palabras y el apoyo que siempre nos brindaste; gracias por tu voz siempre cálida, por tu extraordinaria y envidiable lucidez, que nos permitió contar hasta el fin de tus días, con el consuelo y el sosiego que necesitábamos.  

Gracias por las bendiciones que con tus manos nos diste en la tierra y ahora lo harás desde el cielo. Gracias por todos esos años de felicidad y esperanza, por tus brazos siempre abiertos, por tus pasos firmes hasta el final, por esa mirada retadora y noble a la vez; gracias por vivir para los demás y enseñarnos la importancia de hacer siempre lo mejor posible. Gracias por la unión familiar que nunca dejaste de construir y que será nuestra fortaleza para continuar después de tu partida. Mil y mil gracias, mi padre adorado, mi orgullo eterno.

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