A MI PADRE ALBERTO QUIJANO GUERRERO
Escribo en nombre del Poeta del Silencio, quien ahora esculpe la Arcilla de las Estrellas y siente nostalgia por el Barro de la Tierra.
Por:
Alberto Quijano Vodniza

Ahora que mis manos ya no están solas y se deslizan en el papel acompañadas por la nostalgia de los atardeceres, quiero Padre mío, Poeta de los crepúsculos, dibujar contigo en la roca sacrosanta Inca, extraños símbolos que en el pasado nacieron en las montañas y hoy se confunden con el pergamino de tus escritos.
Los primeros luceros que vieron mis ojos fueron los ojos de mi Madre, luceros llenos de amor, que ahora descansan en los prados de las galaxias.
Unos sueños después, miré las gafas de mi Padre reflejando la silueta del Quijote, los paisajes de la Divina Comedia y las aventuras narradas por la pluma de Julio Verne. Siempre a mi lado estuvo vigilante la mano firme de Alberto Quijano Guerrero que corrigió miles de veces las operaciones aritméticas y la ortografía frágil infantil de mis pequeños escritos.
Escribo en nombre del Poeta del Silencio, quien ahora esculpe la Arcilla de las Estrellas y siente nostalgia por el Barro de la Tierra.
Escribo en memoria del Artesano de las Letras quien cantó a la soledad de las Madres abandonadas, al dolor de los hombres que tienen por casa tan sólo una caja de cartón, cobijas de papel y por techo un cielo estrellado, y que se inspiró en el paisaje Nariñense que desde lontananza se confunde con la silueta de un tablero de ajedrez.
En el Génesis está escrito que en el primer día Dios hizo la Luz y en el cuarto las Estrellas. Hubo luz en el primer día sin estar aún el sol y las estrellas, lo que dá a entender que en ese primer estado evolutivo brotó la verdadera Luz, la Energía Matriz del Universo que luego se transformó en vida, en estrellas y en planetas. Es la misma luz que brilla en el barro del planeta, en la arcilla de las estrellas y en el barro con el cual la Voluntad Primera hizo al hombre. Somos hijos del barro y de las estrellas: La arcilla nos hace llorar y reir, nos invita al amor y muchas veces nos somete a la prueba de fuego del sufrimiento. Nos ata fuertemente al hogar donde abrimos por primera vez los ojos. El Polvo Estelar que también constituye nuestras células, nos incita a viajar, a escribir y a soñar. Nos indica que hay otros mundos que debemos explorar. El polvo estelar gobierna nuestro corazón cuando soñamos y flotamos en extraños paisajes.
Muchas gracias a todas las personas que aún recuerdan el nombre del Poeta que aparentemente se silenció y que dejo de cantar al Rojo de la verdadera revolución, al azul calmado del mar y al traje verde con que se viste la mirada de nuestros campesinos.
Agradecimiento eterno de Alberto Quijano Guerrero, el modesto pastuso que sólo conoció el oro en los libros de historia y en los museos,y a quien nunca le hizo falta nada… O tal vez sí… Le faltó otros segundos más, para escribir sobre Agualongo, Gonzalo Rodríguez, Capucigra y la Batalla de Cariaco… Pero sobre para poder besar una vez más la mirada de sus nietas y nietos.
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Alberto Quijano Guerrero, literato e historiador nariñense, nacido en la ciudad de Pasto el 24 de noviembre de 1916. Autor de obras como: “Alfabetos de Cánticos”, “Leyenda de los Leones”, “Luz en la Arcilla”, “Rutas de Imágenes” y “El Pastuso Don Gonzalo Rodríguez, Precursor de Precursores”. Siempre será recordado por los habitantes del sur de Colombia por ser el autor de los himnos del Departamento de Nariño, de la ciudad de Pasto y de la Universidad de Nariño. Falleció el 23 de diciembre de 1995.
Su hijo Alberto José Quijano Vodniza nos ilustra el poema La Partida, escrito por su padre Alberto Quijano Guerrero, en el siguiente video…

