VICENTE PÉREZ SILVA, CORAZÓN DE ORO

Una de sus principales virtudes, y en esto no me desmienten quienes tenemos la fortuna de conocerlo, es la de ser un amigo íntegro, en él cabe la sentencia de que “una amigo fiel es un tesoro”

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Por:

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

 

Quienes tenemos la fortuna de conocer personalmente a Vicente Pérez Silva, sabemos que el título de este artículo no es una exageración, cabe en él lo que Martí dice de Cervantes: “aquel temprano amigo del hombre que vivió en tiempos aciagos para la libertad y el decoro, y con la dulce tristeza del genio prefirió la vida entre los humildes al adelanto cortesano y es a la vez deleite de las letras y uno de los caracteres más bellos de la historia”, además porque hace poco tuvo serios quebrantos de salud, ese corazón amador le jugó una mala pasada, pero su vitalidad se sobrepuso a todo y hoy está latiendo como el corazón de un picaflor, de un colibrí, de un quinde.

 

J. Mauricio Chaves-Bustos, con Vicente Pérez Silva

 

De su vida y de su obra se ha dicho ya, pero nunca sobrarán palabras para elogiar al hombre puesto en su condición más humana, humana demasiada humana al decir del filósofo de la sospecha, helo ahí, con una sencillez que asombra, habiendo ocupado altísimas dignidades, jamás sale de sus labios un elogio para sí mismo, nunca saca a relucir los triunfos que su intelecto le ha dado o los reconocimientos bien merecidos que ha recibido, sencillez que no tozudez, porque consciente de las capacidades que posee, las pone siempre al servicio de la cultura, de sus coterráneos y de sus amigos.

Nacido en La Cruz del Mayo, la ciudad maestra, sale a flote su raigambre, aun sin proponérselo y el título de Maestro, así con mayúscula, le cabe a él como a ningún otro, porque son más de 70 años dedicados a la investigación, no en vano hoy, a sus 92 eneros, tiene en su haber decenas de libros y cientos de artículos publicados en múltiples lugares del mundo. Además, porque su vocación de maestro se enlaza con su carisma, nunca un no ante la solicitud de una información o uno de sus documentos, ya que en su oficio de rescatador de documentos perdidos tiene un acervo que le ha permitido ser el decano de los investigadores nariñenses.

Graduado como abogado en la Universidad del Cauca, desde temprana edad fue sopesado en la balanza de los grandes, como Aurelio Arturo, quien con seguridad vislumbró en él el talante del togado digno y valeroso, por eso fue llevado a juzgados y ministerios, a gobernaciones e institutos, en donde se destacó por la pulcritud en su actuar, profesional íntegro que puso al servicio de los trabajadores colombianos su inteligencia, por eso se especializó en el derecho laboral, lugar donde las injusticias han de precisar de un Quijote para desfacer agravios y enderezar entuertos. Fui testigo, ya en sus años dorados, de cómo debía soportar el andamiaje de una administración de justicia que se ampara no en la magnanimidad de sí misma, sino en la mamadera de gallo de oficiales y secretarios de juzgados que tienen las más grandes ínfulas de poder. Ahí lo acompañaba, en los juzgados del edificio Nemqueteba de Bogotá, sacando la vitalidad de un joven y subiendo hasta 15 pisos a pie, mientras los imberbes abogados recién egresados se daban de codazos para poder alcanzar el vetusto ascensor. Esa es la vitalidad de nuestro querido maestro.

Elegido miembro de la Academia Colombiana de Historia, valió más su gallardía que el veto que le impuso un reaccionario presidente y renunció a tal dignidad. Miembro de la Academia Nariñense de Historia, entre muchas otras más, y en 2017 elegido miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua. No son sino reconocimientos a su trabajo intelectual, a su dedicación a la historia, sobre todo a la vernácula y a aquellos pasajes que no han sido atendidos por otros investigadores, una mezcla de Heródoto y Plinio El Viejo, por eso las curiosidades son su afán, las mira de reojo primero, les sigue la huella y, cuando están en sus manos, las olfatea y las saca a la luz pública para oxigenarlas y darles vida nuevamente.

Pero sin duda alguna el tema de sus pasiones y de sus desvelos es el Quijote de La Mancha, ahí sí es verdad que nuestro ilustre amigo hace gala de uno de los refranes de Sancho: “júntate a los buenos y serás uno de ellos”. Los ojos le brillan cuando ve un Quijote por aquí o por allá, a tal punto que su biblioteca cervantina es una de las más completas de Hispanoamérica, ahí se pasean las ediciones de Bruselas, cuando no el Quijote que era de su padre y donde aprendió no solamente a leer sino a amar, el Buscapié y los Capítulos de Montalvo, el soneto a Dulcinea, las ilustraciones de Doré y de Dalí; los Quijotes y Sanchos en madera, mármol, porcelana y demás materiales nobles; los grandes Quijotes en varios tomos y los pequeñitos que se toman con los dedos. Y de su creación, cómo no, el celebérrimo libro Don Quijote en la Poesía Colombiana, Quijotes y Quijotadas, Colombia un ensueño de Cervantes, y los cientos, miles de artículos que darían para volver locas al ama y a la sobrina, festín del cura y el barbero, quienes con seguridad salvarían todos esos maravillosos textos de la hoguera.

Invitado a múltiples escenarios, hemos compartido con él en Socorro, Bogotá, Popayán, La Unión, Pasto, Ipiales, Quito y Ambato, y he sido testigo fiel de cómo en el atril va ganando altura a medida que conquista a los espectadores, ahí su voz sutil, entre línea y línea, se va volviendo abrazo, ya que sabe cómo llegar al público, por ello jóvenes y viejos se sienten atrapados, como en un acto iniciático, para volverlos amigos de los libros, como dice él mismo: “Todo sea por mi impertinente devoción hacia el libro, considerado por quién bien lo sabía y mejor lo sentía, como el remedio de todos los males y el más sano alimento del espíritu”. En los libros está la vitalidad del maestro Vicente, sin duda alguna.

Una de sus principales virtudes, y en esto no me desmienten quienes tenemos la fortuna de conocerlo, es la de ser un amigo íntegro, en él cabe la sentencia de que “una amigo fiel es un tesoro”, su generosidad sin límites, su sinceridad sin sobresaltos, su capacidad de decir las cosas con el tacto más fino, he ahí a Vicente amigo, vertido en el marasmo de la vida como un verdadero oasis, donde se puede abrevar sabiendo que el agua es fresca y que ningún peligro asecha.

Vicente amigo, sin duda alguna, porque un amigo es la familia escogida, como bien decía mi adorado hermano Fabio (qepd), quien tuvo la fortuna de presentarme a su profesor, por allá hace algunos años, cuando adelantaba sus brillantes estudios de derecho en la Universidad Nueva Granada, aún resuenan en mis oídos su frase: “Maurito, tengo un profesor que es un sabio, una eminencia, es Nariñense, tiene que conocerlo”, ¡oh!, nada más ni nada menos que Vicente Pérez Silva, a quien desde luego conocía a través de sus escritos, y de quien me precio ser su amigo y su hermano en la santa hermandad de nuestro buen amo y señor, don Quijote de La Mancha. Y para rematar, este soneto a la amistad que Cervantes pone en boca del enamorado Cardenio, una alusión a la necesidad de la amistad sincera, esa que nos brinda generosamente nuestro amigo Vicente:

 

Santa amistad, que con ligeras alas,
tu apariencia quedándose en el suelo,
entre benditas almas en el cielo
subiste alegre a las impíreas salas:
desde allá, cuando quieres, nos señalas
la justa paz cubierta con un velo,
por quien a veces se trasluce el celo
de buenas obras que a la fin son malas.
Deja el cielo, ¡oh amistad!, o no permitas
que el engaño se vista tu librea,
con que destruye a la intención sincera;
que si tus apariencias no le quitas,
presto ha de verse el mundo en la pelea
de la discorde confusión primera.

 

 

 

  1. Mauricio Chaves-Bustos

Bogotá, en el Bosque Popular, a los 23 días de octubre de 2021.

1 comentario
  1. Mireya Cisneros Estupiñán dice

    También tuve la suerte de conocer al doctor Vicente Pérez Silva hace más de 20 años y me alegra que siga así de saludable y fuerte. Bien, paisano Mauricio, por hacer esta nota en su honor

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