UNA PORTADA PARA LA HOGUERA

Nada más peligroso para una democracia inestable y débil como la nuestra, que el contar con el servilismo de una prensa ajena al sentir ciudadano, pero dispuesta a sostener en el poder a los nuevos amos de la nación.

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Por:

Gustavo Montenegro Cardona

 

Gustavo Montenegro Cardona

 

El viernes 21 de mayo, entrada la noche, comenzó a circular por las redes sociales un video del presidente Iván Duque, en el que, con un inglés marcado, fluido y entonado de cierta molestia, responsabiliza a su contendiente en época electoral como el sujeto provocador de la crisis social que se ha evidenciado durante los 26 días de Paro Nacional. Sin nombrarlo, pone a Gustavo Petro en la condición de enemigo de su gobierno y en causante del caos. Planteamiento que se constituye en una peligrosa condena.

La respuesta de las audiencias no se hizo esperar. El sábado en la mañana se confirmó lo que se suponía: el video resultó ser una producción realizada desde el corazón del palacio presidencial y difundida con criterio viral.

No hay entrevistador, pero sí guion; no hay “escenario” –la entrevista se genera en un lugar sin mayor iluminación, con un fondo neutro en todo sentido, desprovisto de protagonismo mediático-; sin interlocutor, sin mediador, Duque lanza un mensaje que no todos comprenden, pero que puede llegar a oídos internacionales, como parece ser la intención del emisor que en la “soledad de su laberinto” acude a las viejas tácticas de la comunicación hecha para la guerra, como lo establece el tercer principio de la Propaganda Nazi de Goebbels, la conocida transposición que contempla que bien sea para la manipulación o para la defensa del Estado, hay que echarle siempre la culpa, de todo, al contrario. “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”.

De acuerdo con el escritor Juan Mosquera Restrepo“la auto-entrevista en inglés desnuda tanto, desde el temor y desprecio a la contradicción, hasta el libreto de una mentira que intenta cubrir lo inocultable. El descontento de la calle no tiene dueño, pero sí una larga lista histórica de responsables”.

Al video sin traducción ni traductor, le llegó, como compañera de viaje, la más incendiaria de las portadas a las que se ha podido atrever a publicar la Revista Semana. Una primera plana en la que hace eco del mensaje presidencial desde una nota editorial, ejercicio que blinda al medio bajo el pretexto de la libertad de opinión, para exhibir al “enemigo público” y responsabilizar, también, a Gustavo Petro, como el protagonista e incitador de la movilización social que sigue sin encontrar un rumbo definido de negociación.

Imposible dejar pasar este capítulo que se traza sobre el escenario de la comunicación pública, otro de los campos de batalla donde se cocina el conflicto colombiano.

En tiempos de virtualidad, de redes sociales, de democratización de la información, tanto para producirla como para circularla; en los años más álgidos del debate digital sin rostros, en tiempos de memes, noticias falsas y exceso de datos, el periodismo carga con la inmensa responsabilidad de contribuir al fortalecimiento de la democracia desde la labor misional de conducir el debate bajo las premisas universales de la diversidad de fuentes, de la investigación profunda, de la distancia emocional (cuanto más se pueda) y de permitir una elaboración de la verdad a partir de la exhibición clara, neutral y completa de los hechos.

Lo que hoy hace Semana, medio de comunicación que durante años fue el referente de esos propósitos periodísticos y comunicativos, va en contravía de todos los principios fundantes del derecho a la información que se debería cumplir, como nunca, en los territorios de la democracia.

Bien trinó al respecto Antonio Morales Rivera: “sigan creyendo, avestruces perversas, que la culpa de la protesta la tiene Petro y no la miseria del 50% de la población, el desempleo de 3/4 partes, la salud como indolente negocio, los peores índices en la pandemia, hambre infantil, masacres, guerra a la paz y un etc. de 200 años”.

Han sido muchos los enemigos que históricamente el estado colombiano ha querido imponer a la hora de lavarse las manos frente al cumplimiento de sus responsabilidades constitucionales: fueron enemigos los indios, los negros, los jóvenes alborotadores, los estudiantes, el comunismo, el modelo venezolano, los diferentes, todo aquel que ostente la osadía de derribar su poder.

Politizar de tal manera la manifestación ciudadana es seguir creyendo que la gente necesita de caudillismos que le indiquen lo que debe decir o hacer. Seguir tratando a la ciudadanía como una masa inconsciente que está a la merced de lo que señale este o aquel no es más que una actitud de soberbia enceguecida que en lugar de contribuir a la reconciliación, a la gestación del diálogo nacional o a la concertación mediada, termina por avivar el fuego, por aumentar el calor de la hoguera, encender los ánimos y enardecer las emociones que siguen hirviendo en las calles, mientras la comunicación oficial y sus medios aliados distraen el debate, inventan enemigos y se hacen los de la vista gorda ante las demandas sociales que, como debemos insistir, no son tema resultante de una cuarentena, o de los días de paro, sino de una historia cargada de deudas que deben ser pagadas.

El efecto negación de canales como RCN y Caracol, la banalización de los hechos, la condena que las y los periodistas reciben porque no logran conectarse con el sentir de la movilización social y la manera en que las rabias y las posturas extremas terminan confrontándose en los nuevos suelos de la comunicación, están abonando el terreno de lo que también se auguraba con la transformación del poder mediático, que sea la ciudadanía la responsable de elaborar su propio relato y de poner en circulación sus voces, sonidos, imágenes y percepciones en los tiempos más álgidos y reales del “En vivo”.

De esa manera, lo que la infraestructura mediática industrial no ha logrado narrar, pasa por las manos valientes del periodismo local como ha sucedido con el cubrimiento sin temor realizado por el Canal 2 de Cali. El trabajo de José Alberto Tejada comienza a tener más legitimidad y respaldo ciudadano que cualquier otro medio presente en la región. Situación que también debe ser mirada con ojo agudo, pues la Fundación para la Libertad de Prensa reportó que se han presentado más de 80 denuncias documentadas en contra de periodistas durante las jornadas de movilizaciones sociales. Según el portal de Radiónica “esto incluye agresiones, robos, eliminaciones de material, obstrucciones, detenciones ilegales, acciones arbitrarias en redes sociales, daños a infraestructura, casos de negación al acceso a la información, amenazas, hostigamientos, estigmatización y exclusión”. El Estado ha sido el principal agresor con participación en más del 60% de los casos, según la FLIP.

Próximos a completar un mes de paro, que se agudiza por la actitud cada vez más intransigente de un gobierno que desprecia a sus interlocutores, y de una movilización que parece no rendirse, que también empieza a develar fragilidades, inconsistencias, ausencia de liderazgos y un nebuloso norte de negociación, los medios de comunicación, el periodismo, la opinión mediática, debe reorientar sus velas para que en lugar de ser meros replicadores de las órdenes de patrones escondidos, se constituyan, en instrumentos dispuestos para la verdad, para la concertación, para el acercamiento entre los enfrentados. Menos estigmatizaciones, mayor polifonía testimonial. El momento actual del país requiere menos configuración de enemigos públicos, más visibilización de héroes y heroínas que son reflejo de quienes marchan por causas justas y proyección de las autoridades que contribuyen a defender el orden y la convivencia sin las cargas del odio y la violencia.

 

Nada más peligroso para una democracia inestable y débil como la nuestra, que el contar con el servilismo de una prensa ajena al sentir ciudadano, pero dispuesta a sostener en el poder a los nuevos amos de la nación.

 

Las marchas anuncian que el pueblo está herido,
los medios repiten lo que su patrón ha dicho”.
Lucio Feuillet.

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