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RUBÉN DARÍO Y EL MODERNISMO

IDEAS CIRCULANTES

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Por:

Graciela Sánchez Narváez

 

Graciela Sánchez Narváez

 

“Amar, amar, amar, amar,
siempre, con todo el ser,
con la tierra y con el cielo,
con lo claro del sol y
con lo oscuro del lodo;
amar con toda ciencia
y con todo anhelo.”
(Amo, amas) – Rubén Darío

 

 

Como respuesta a la inquietud de algún lector, sobre el hecho de tratar a “nuestros” escritores y literatos latinoamericanos, abordo en este artículo la obra del poeta Rubén Darío, cuyo nombre original es Félix Rubén García Sarmiento, pero antes, es necesario esclarecer brevemente su ubicación en la historia de nuestros pueblos y en los movimientos literarios de la época.

Sabemos según la historia que, desde finales del siglo XV hasta el siglo XVIII, en nuestro medio latinoamericano no existían naciones, sino divisiones territoriales administrativas, determinadas e impuestas por la potencia colonizadora hispánica. Se trataba de los virreinatos de Nueva España y del Perú y, más tarde, los de Nueva Granada y del Río de La Plata y las capitanías generales.

Después de la revolución norteamericana contra el dominio de Europa, aunque ellos también formaron su propio imperio, los territorios suramericanos fueron desprendiéndose de las tutelas colonizadoras extranjeras para crear las naciones modernas. Para este proceso de emancipación, muchas luchas tuvieron que realizarse en nuestros pueblos, como la sublevación de los comuneros colombianos contra España, muchos otros hechos que llevaron a las guerras de independencia, hasta culminar con la construcción de los estados latinoamericanos actuales.

Para el estudio de la literatura en el siglo XIX, a partir de 1890, que corresponde a la era de los nacionalismos, es importante notar que la cultura hispanoamericana se internacionaliza a pesar de la diversidad de orientaciones políticas y casi todos los escritores tienen el sentimiento común de pertenecer a una América Latina, cuyo destino histórico, es uno e indivisible.

A pesar de lo anterior, todos los procesos iniciales de producción literaria, fueron una sucesión de empresas individuales, por eso, la literatura de estos tiempos consta especialmente de memorias y relatos de exploraciones y aventuras con cartas de informes relacionados con estos emprendimientos.

El modernismo es el primer movimiento literario latinoamericano. Empezó en Nicaragua, como una ambigua revelación creativa, que inició con una poesía cuyas características más importantes fueron un refinamiento casi narcisista y una profunda renovación estética del lenguaje.

Algunos críticos consideran que el modernismo inició con la poesía “Ismaelillo”, de José Martí (1882) junto a la obra del colombiano José Asunción Silva y dicen que desaparece al terminar la Primera Guerra Mundial, aunque marcó a España y Latinoamérica. Pero, sin lugar a dudas, el gran maestro de este movimiento es Rubén Darío (1867 -1916). Es entonces, el primer autor latinoamericano que alcanzó renombre mundial.

Como ya se ha mencionado, Félix Rubén García Sarmiento fue su verdadero nombre. Se educó con los jesuitas, trabajó en la Biblioteca Nacional y fue el más importante puntal para el Diario La Nación, viajó a Europa como delegado de su país para el aniversario del descubrimiento de América. Este viaje lo puso en contacto con Unamuno, con Castelar, con los hermanos Machado y con Juan Ramón Jiménez. Más tarde estuvo en Mallorca, España, como ministro plenipotenciario.

Inicia el modernismo con “Azul”, obra poética de refinada estética, mezcla cuentos con poemas, entre ellos, Primaveral, Estival, continúa con Prosas profanas, obras con las que señala la eclosión modernista. Todas sorprenden por la plenitud, por la castellanización de las formas métricas francesas, por la finura de su aliento y de su integración, por la musicalidad lírica de sus versos y por todo un mundo de matices y sugerencias de las que es buena prueba la “Sonatina”.

 

La princesa está triste…
¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa
Que ha perdido la risa que ha perdido el dolor”
 

Es todo un símbolo de la actitud pasiva otoñal de la poesía, opinan críticos como Valbuena. A fines del siglo, sirve de imagen modernista de la representación de toda una actitud ante la vida, ante el arte. La obra de Rubén Darío culmina en cantos de vida y esperanza (1905).

Aquí los motivos españolistas tradicionales son sustituidos por Rubén Darío, por los de la raza americanista que, por obra y gracia del poeta, se hacen poesía, cultura, historia y hasta política. Algunos versos nos ilustran sobre su consistencia.

 

Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda.
Saludan con voces de bronce las trompas de guerra.
 

Es difícil situar la obra de Rubén Darío en nuestro tiempo. Son tantas las influencias extranjeras en la obra de Rubén Darío, y se encuentran tan fundidas y tan entremezcladas con su propia obra, que sus resultados son diferentes, a veces superiores. Es muy difícil decir que el mérito de Rubén Darío sea haber transformado la Literatura Española mediante la importación de las literaturas extranjeras. Ordinariamente se lo mira como un discípulo de Verlaine y de los simbolistas franceses, de los que sin duda alguna aprendió mucho, pues efectivamente su parecido con Verlaine es muy grande, no solo literariamente sino con su ideología ética y moral.

La poesía, tanto de España como del extranjero, es captada por Rubén Darío y convertida en una nueva floración lírica de habla española, caracterizada por su fervor, por su exigencia barroca, por el juego métrico.

El verso y la palabra encuentran en Rubén Darío una repentina juventud musical. Solo este hecho bastaría para considerarlo como un auténtico genio poético. En la verdadera extensión de este concepto, fue un genio que se confirma no sólo por la calidad genuina de su obra sino por su infatigable fecundidad, no sólo es la esteticidad de sus formas poéticas, también porque la emoción humana fluye por el complicado tejido de sus versos.

Al fin y al cabo, el asombro ante la belleza es la más fuerte de las emociones humanas en el enjambre lírico de Rubén Darío, quien nace en 1896 y muere en 1916, después de haber presenciado que Los alemanes bombardeaban Paris, donde el poeta residió por largas temporadas. Conmovedoras impresiones, como las que expresa en su Canto Errante:

 

El cantor va a pie por los prados,
entre las siembras y ganados.
Y entra en su Londres en el tren,
y en asno a su Jerusalén.
Con estafetas y con malas,
va el cantor por la humanidad.
En canto vuela, con sus alas:
Armonía y Eternidad.
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