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PETRO Y EL ESCEPTICISMO CIUDADANO

Con todo, el pueblo raso suele ignorar que en los modelos de los países denominados democráticos, lo normal es ver quebrantada la voluntad de los pueblos.

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Por:

Guillermo Linero Montes

 

Guillermo Linero

 

Cumplido el primer año del mandato del presidente Gustavo Petro, es claro que hoy la oposición a su gobierno va más allá de la estricta manifestación de la derecha; pues también abarca a miembros de su empatía y línea ideológica. Aparte de las presiones de quienes ejercen contra el presidente una oposición temeraria; es decir, los corruptos y los personajes de la extrema derecha que promueven el golpe blando -cuya arma más poderosa son los medios de comunicación y las falsas noticias-… aparte de esas presiones…, según las encuestadoras el presidente recibe además el descontento de muchos ciudadanos que le dieron su voto por natural simpatía, por pertenecer a la militancia de la Colombia Humana o porque encontraron en sus ideas de izquierda afinidades ideológicas.

Los primeros -los oponentes temerarios- durante este primer año de gobierno no han hecho otra cosa distinta a confeccionar fake news y dárselas a sus medios de comunicación para que estos las propaguen impunemente, suscitando alertas de un caos fabulado. Algunos periodistas, en respuesta servil, y al amparo de la miopía de la FLIP, corren a tapar los verdaderos hechos con argucias mediáticas y con la torpeza de quien está actuando con odio enceguecido.

En efecto, ocultan hechos que de hacerse públicos ensombrecerían la imagen de sus jefes empresarios y la de sus padrinos políticos, unos y otros plegados a las directrices de grupos económicos; pero también ocultan datos y cifras que de hacerse públicos iluminarían la imagen del presidente Petro. Basta ver los reportes de #ColombiaVaBien que dan cuenta con veracidad incuestionable de más de doscientos logros que fortalecen las posibilidades de la equidad y debilitan los abusos de quienes siempre han vivido de la inequidad.

Con el inocultable propósito de que suenen como noticias miserables, los medios de comunicación se han especializado en la construcción de titulares con frases que, desprendidas del contexto benévolo del cual hacen parte, significan todo lo contrario. Esto, desde luego, es tan ruin y evidente que hasta un exmagistrado de la Corte Constitucional, el doctor José Gregorio Hernández, alguien ajeno a las causas izquierdistas, ha dicho en su cuenta de Twitter que: “Según el artículo 20 de la Constitución, es un derecho fundamental ‘recibir información veraz e imparcial’. La politización de algunos medios -no todos- ha conducido a la desconfianza del público. Toda información se debe confirmar tres o cuatro veces”.

Los segundos -oponentes adeptos al gobierno y simpatizantes del presidente-, si bien no le han dado la espalda a Gustavo Petro, por cuenta de esas malversaciones, sí han reemplazado su optimismo -el fundado en las promisorias expectativas de cambio- por una actitud de acerado escepticismo. Un sentimiento propiciado por los efectos de esa “desconfianza del público” fabricada por la oposición, pero también estimulada por la lentitud gubernamental en el proceso del cambio.

Todas las promisiones que vieron realizables cuando Gustavo Petro era candidato, ahora que es presidente las han llevado al campo de la duda. La Paz Total, la reforma a la salud, la reforma laboral, la compra y entrega de tierras…, todo eso, hoy les parece utópico.

No obstante, dicho escepticismo es comprensible si consideramos que el sentido común nos indica que en las democracias las promesas de dar o de hacer, por las cuales se elige a los gobernantes, deben cumplirse sí o sí; aunque no se haya mediado estipulación –como al parecer no se medió durante la campaña de Gustavo Petro- ni se haya firmado pacto –aunque en este caso la existencia del Pacto Histórico evidencia que sí fue firmado-.

Con todo, el pueblo raso suele ignorar que en los modelos de los países denominados democráticos, lo normal es ver quebrantada la voluntad de los pueblos. Cuando la voluntad del pueblo es confiada a políticos que sólo piensan en sus intereses personales y no es confiada a políticos que piensan en los intereses públicos, entonces, en efecto resorte, es desobedecida esta voluntad.

De tal suerte, es natural que un pueblo exija a sus gobernantes respetar su voluntad -el denominado poder popular- y que les exija la puesta en marcha de las reformas para lo cual se les eligió. Y también es natural que hagan presión sobre el presidente, y no sobre los congresistas, porque a la mayor parte de los ciudadanos les resulta incomprensible que la rama legislativa pueda ser más fuerte que la ejecutiva.

Por fortuna, a Gustavo Petro todavía le quedan tres años de mandato, y en esa expectativa creo que el gobierno debe y puede encauzar su rumbo. Un rumbo que si bien a mi juicio sigue la dirección correcta, es necesario demostrar que se tiene suficiente músculo político para tomar las riendas de la política y sacar adelante las reformas prometidas; pero, sobre todo, el presidente debe visualizar de qué modo le hará contrapeso a la desinformación que, pese a ser la más fuerte estrategia del golpe blando, es muy fácil de contrarrestar si se dinamizan las estrategias de comunicación de la presidencia, no sólo actuando a la defensiva –como de corriente lo hace el presidente en su cuenta de Twitter, sino también actuando ofensivamente-.

Esto último no es una invitación a la creación de un “aparato ideológico de estado”, como los descritos por el filósofo marxista Louis Althusser, que actúan por medio de la violencia, sino a la creación de un aparato ideológico de talante progresista, que actúe por medio de la ideología.

 

Fuente:

https://www.pares.com.co/post/petro-y-el-escepticismo-ciudadano

 

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