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NUESTRO TIEMPO CON MIGUEL ÁNGEL GARZÓN ARTEAGA Y OTRAS MEMORIAS

IDEAS CIRCULANTES

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Por:

Graciela Sánchez Narváez

 

Graciela Sánchez Narváez

 

 

Si en este momento me pidieran definir en pocas palabras a Miguel Ángel Garzón Arteaga, diría que fue un gran amigo, un caballero a carta cabal, un ser humano excepcional, un destacado periodista y un generoso impulsor cultural.

La historia lo menciona como un gestor cultural de Pasto e Ipiales, su lugar de nacimiento. En 1965 ingresó a la facultad de Sociología en la Universidad Nacional, donde cursó ocho semestres con docentes como Fals Borda, Camilo Torres, Ernesto Gughi. Por el cierre de la Universidad, después de cursar ocho semestres de su carrera, regresó a su ciudad natal en 1969, donde formó parte del “Movimiento Cívico” de Ipiales, dirigido por Heraldo Romero Sánchez. Fue fundador de la Casa de la Cultura de Ipiales que hoy lleva su nombre. Volvió a Bogotá cuando se reabrió la Universidad y fue jefe de redacción del semanario “Faro Sindical”, desarrollando desde entonces muchas otras actividades culturales.

Conocí a Miguelito, como todos le decíamos, en el año de 1983, cuando se desempeñaba como corresponsal del periódico Diario de Sur. Un año después, no puedo precisar la fecha exacta, fue designado como jefe de redacción y nombrado como director de la Revista “Reto” que nació como importante anexo cultural de este mismo periódico. Esta creación fue un espacio afortunado para un grupo de jóvenes que iniciábamos a escribir. Alrededor de este medio, que era único en el campo periodístico, podíamos publicar y socializar nuestros primeros intentos literarios.

El reconocimiento que hoy debemos hacer quienes seguimos escribiendo, es que Miguel Ángel Garzón Arteaga fue ese impulsor que animó a exponer los escritos que por muchos años habíamos guardado. En aquel momento no era tan fácil publicar, era muy difícil el acceso a los medios y muy costoso el papel, mucho más para quienes estudiábamos y trabajábamos para costearnos los estudios y para apoyar económicamente a nuestras familias. En ese momento fue demasiado importante para este grupo de jóvenes encontrar la voz de Miguelito, invitándonos a continuar escribiendo y publicando en Reto. Nos decía: “Esta revista es para ustedes, son los jóvenes quienes deben sostenerla con sus creaciones”.

Por este mismo tiempo, en 1985, fuimos convocados quienes estábamos interesados en la Literatura, para presentarnos a un examen que nos acreditaría para ingresar a la Maestría de Literatura, postgrado creado por la Universidad de Nariño en convenio con otras Universidades, para lo cual se contó con la presencia de destacados docentes del país. De esta manera, nos encontramos con Juan Manuel Gómez, de la Universidad Nacional, Eduardo Serrano de la Universidad del Cauca, Bruno Mazzoldi, entre muchos otros. Ingresamos veinte estudiantes, de los cuales, las tres cuartas partes, eran docentes de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Nariño. Sólo hubo dos promociones con este perfil.

 

 

A la vez y bajo la dirección de Clara Luz Zúñiga, directora de Postgrados de ese entonces, tuvimos la idea de conformar un Círculo de estudios y producción literaria, cosa que todos aceptamos. Fue luego la que se llamó “Fundación de los Amigos de la Literatura”.

Esta organización, que se mantuvo por trece años y de la cual, muy poco se ha contado en nuestro medio, fue un centro que congregó a escritores iniciantes y a amigos que continúan escribiendo. Fue una maravillosa coincidencia, teníamos todo lo que necesitábamos. Lo académico con el Postgrado, el laboratorio donde escribíamos, leíamos y producíamos, la Fundación Amigos de la Literatura y la revista “Reto”, que fue el lugar donde siempre encontramos las puertas abiertas para nuestras publicaciones.

Debo mencionar algunos nombres de amigos que iniciamos a publicar en la Revista Reto y pertenecíamos a dicha Fundación: Isola Salazar, Piedad Figueroa, Nubia Castillo, Clara Luz Zúñiga, Manuel Cortez, Manuel Enríquez Martínez, entre muchos otros que tal vez no recuerdo en el momento. En muchos eventos, hubo invitados de Pasto entre otros, Jorge Verdugo, Silvio Sánchez, Lydia Inés Muñoz, Arturo Bolaños, Jorge Idrobo, Alfredo Villarreal, Alberto Bolaños, Jairo Rodríguez, Augusto Rincón, Carlos Villarreal, Luis Montenegro; y de fuera de la ciudad, puedo mencionar a Giovani Quessep, Jaime García Mafla, Juan Manuel Roca y Cristo Figueroa, entre muchos otros.

Otro evento de importancia para recordar, que organizó Miguel Garzón desde la Revista Reto, fue el Concurso Departamental de Poesía. Fui uno de los jurados, designados por él, con Lydia Inés Muñoz Cordero y Luis Montenegro. La respuesta fue enorme, leímos más de quinientos trabajos de todos los rincones de nuestro departamento. Los ganadores fueron: Primer puesto, Allan Gerardo Luna, Segundo puesto Alberto Bolaños y tercer puesto Arturo Bolaños. El impulso que Miguelito generaba con todos estos eventos fue definitivo en la dinamización de la literatura y la cultura regionales. Artistas, pintores, músicos y artesanos, aparecieron en las páginas de “Reto”. Fue esta iniciativa una palabra contra el olvido. Allí, en esas pequeñas reuniones, ese grupo de personas no solo hacíamos literatura, hablábamos de nuestras inquietudes sobre la cultura y los problemas de nuestro medio. Estas largas tertulias nos mantenían siempre inquietos, era una fiesta de la inteligencia, todos sabíamos que allí era agradable escanciar “el cocktail de la risa”, paladear el manjar exquisito de la palabra amistosa y degustar ese alimento del alma que es la poesía.

Permítanme expresar esta nostalgia a nombre personal. Para este tiempo, yo escribía una columna en el Diario del Sur una vez a la semana. La columna se llamaba “Ciudad Educadora”. La charla que sosteníamos en el grupo tenía el encanto de las cosas bellas y era lo que me servía para construir ese artículo semanal. Lo que resultaba de nuestras conversaciones eran cosas cortas o pasajeras, pero se quedaron pegadas en la mente de quienes las escuchábamos y las leíamos.

En la Maestría de Literatura, aprendimos a “escucharnos”, a leer a Cervantes, a Borges, a García Márquez, a Cortázar, a José Saramago, a Lezama Lima y Arguedas y a Derridá, entre muchos otros. Supimos lo que era comprimir sentidos en pocas palabras, nos centramos en la economía de las palabras y su semiótica, analizamos cómo escribe un autor, desmenuzamos el contenido estético de algunas obras, ahondamos en el arte que se advierte en la construcción de la frase para buscar lo que le da belleza y rigor a la palabra y, sobre todo, hicimos un paciente trabajo de orfebrería, buscando en las canteras del lenguaje la palabra justa para labrarla en una obra artística. Los autores leídos fueron las semillas para los temas filosóficos que se advierten en los artículos que expresaban las preocupaciones existenciales de este maravilloso tiempo.

 

 

El eco de los eucaliptos meciéndose en el bosque contiguo a mi casa, donde se hacían las reuniones, mis pequeños hijos anunciando como voceros a cada persona que llegaba, la amistad transparente, la angustia de los cuchilleros de Borges en los oscuros rincones de sus textos, la vaporosa presencia de la Maga evocada por Cortázar en los puentes de Paris, eran imágenes y contextos que enmarcaban la realidad con la ficción en estas tertulias. La amistad que se forjó con nuestro pensamiento es un momento importante que tuvo este tiempo en materia literaria. La lectura transformó el estilo coruscante que nacía entre destellos de luz, en una altiva corona que se comprometía con las palabras de esta juventud soñadora, que se encantaba mirando la luna desde una terraza abierta de mi casa.

Miguel Ángel Garzón Arteaga, tuvo mucho que ver, en este tiempo, con esa impronta literaria que quedó en nuestros escritos como testimonio de un hombre que caminó por la vida con sus sandalias de peregrino. Su filosofía del sentir no fue tan conocida como la de otros contemporáneos, pero sí supimos, quienes tuvimos el honor de conocerlo, que se trató de un mecenas generoso que propició todo en favor de la cultura. 

Tristemente la “Revista Cultural Reto”, desapareció en el año 2002, cuando Miguel renunció al Diario del Sur. Es de señalar que, con la publicación de “Reto”, Miguel impulsó no solo la literatura durante varios años, pues en ella quedaron, además, consignadas las obras de las figuras más importantes de la cultura regional: pintores, músicos, artesanos, poetas, novelistas, cuentistas y gestores culturales.

El día de su sepelio, nos congregó nuevamente Miguelito. El adiós que dimos hace unos días me remontó a este tiempo maravilloso. Los aplausos espontáneos al pasar su féretro no se hicieron esperar y la voz de Alberto Bolaños repitiendo mientras aplaudía: ¡Bien Miguelito! ¡Bien Miguelito! nos sacó las lágrimas del alma. Buen viaje amigo.

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