MEDIO SIGLO

Entenderán entonces mis lectores y oyentes la razón por la que hoy, medio siglo después, estoy tan  emocionado.

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Por:

Gustavo Álvarez Gardeazábal

 

Gustavo Álvarez Gardeazábal

 

Hoy hace exactamente 50 años, el 27 de agosto de 1971, un jurado que presidía el nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias le otorgó a mi novela “Cóndores no entierran todos los días” el Premio Manacor.

Gracias a mi amiga Pilar Narvión, que entonces era subdirectora del periódico “Pueblo” de Madrid, Don Joseph Vergés de Editorial Destino de Barcelona, la acogió inmediata y entusiasmadamente para publicarla. Desde esa primera edición, que estuvo en librerías colombianas unos meses después, el libro ganó la admiración de mis generosos lectores y el interés de centenares de críticos literarios de manera continua y creciente, hasta que entre todos lo convirtieron en ícono de la literatura nacional y latinoamericana.

Quizás porque pude hallar a esa edad (tenía 25 cuando lo escribí) una convincente manera de contar usando el coro de voces tulueñas como narradores múltiples. O de pronto porque conseguí entrecruzar la ficción con los hechos vividos. Por alguna razón, que muchos han ido buscando y proclamando, mi novela escrita desde el punto de vista de la provincia, tecleada con ímpetu en mi Olivetti desde los fríos cubículos de la Universidad de Nariño en Pasto, ha sido capaz de resistir el juicio implacable del mejor juez de la literatura: el paso de los años.

Hace medio siglo que mi novela comenzó a abrirse campo y desde entonces se está continuamente editando, leyendo, estudiando, comentando. En estos 50 años mi vida ha recorrido sinuosos caminos, tantos quizás como el país ha construido para evolucionar y cambiar de criterio, pero, lamentablemente, lo que denuncié con valentía entonces ha seguido repitiéndose. Los “pájaros” de la Violencia han continuado surgiendo, cambiando de ropaje, de nombre y de armamento, y hasta de métodos, pero fieles a esa maldita sed de envidia y venganza que ha nutrido todas nuestras guerras y conflictos.

Muy probablemente porque fui capaz de contar en su momento y para siempre aquél doloroso período de la vida colombiana, visto desde Tuluá, una población que sufrió en carne viva aquellos años, y al hacerlo pude retratar las verdaderas motivaciones que ni los historiadores ni otros novelistas han plasmado, este libro me superó en un todo, empequeñeció el resto de mi obra literaria y logró que  haya olvidado hasta los duros pantanos por donde mis bastantes enemigos me obligaron a caminar para atajarme.

Entenderán entonces mis lectores y oyentes la razón por la que hoy, medio siglo después, estoy tan  emocionado.

 

Muchas gracias

El Porce, agosto 27 de 2021

 

 

Carátula de la edición conmemorativa de los 50 años de Cóndores no entierran todos los días

 

Contracarátula

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