LOS ZAPATOS AL REVÉS (NOUVELLE)
Escribí estas historias con mucho cariño, y espero que las disfrutes tanto como yo al escribirlas. ¡Gracias por ser parte de este viaje literario y de amistad! Ah!; y por supuesto, felices fiestas (navidad, inocentes, año nuevo y reyes magos). Saludos!
Para estas fiestas, con mucho entusiasmo, escribí una nouvelle que me gustaría compartir con ustedes. Son 9 capítulos: 3 de contexto, 3 de aventuras y 3 de desenlace. Mi idea es que disfruten de la lectura durante estas vacaciones. Si se animan, me encantaría recibir sus comentarios. Como parte de un grupo de apoyo de amigos muy cercanos, sus opiniones me serán muy valiosas. El plan es recibir comentarios sobre esta primera entrega hasta el 3 de enero, y luego enviaré los otros 3 capítulos con plazo similar, hasta completar la historia el 7 de enero. Las siguientes entregas las enviaré solo a quienes lo deseen, sin presionar a nadie. La nouvelle está en formato digital y tiene referencias musicales de Willie Colón. Les sugiero leerlas relajados en su portátil o PC, con audífonos, para disfrutar las canciones vinculadas en los enlaces que irán encontrando. Si algún disco es largo, delen al menos un par de minutos. Les adjunto los primeros 3 capítulos. Con especial aprecio: Ricardo Obando Reyes.

LOS ZAPATOS AL REVÉS
Nouvelle
“Ya van a empezar las fiestas, las fiestas de Navidad,
Y el jibarito cantando, a todos nos va a alegrar…
Lo lay le lo le, Lo lay lelo la
Y aunque Usted no quiera, le vengo a cantar…” (1)

PRIMER EPISODIO: EL INICIO
1.1 La ciudad, el barrio y el parque
Viernes, 14 de diciembre de 1984, 7:00 PM. Santiago de Cali vibra al ritmo de la salsa mientras las luces navideñas transforman sus calles en un caleidoscopio de colores. En el corazón del Barrio San Fernando, doce amigos inseparables, conocidos como Los Doce del Patíburro por su humor irrefrenable y espíritu festivo, tejen planes para las novenas y la ansiada feria de fin de año.
Cali en los ochenta es una criatura que muda de piel, atrapada entre la nostalgia de su pasado colonial y el vértigo de un futuro que avanza implacable. Las casonas del centro histórico, testigos centenarios de épocas más pausadas, ceden terreno ante edificios que brotan como hongos tras la lluvia. El flamante Terminal de Transportes vigila una ciudad que se estira hacia el sur como un acordeón desplegado, mientras los Buses Verde Bretaña, Blanco y Negro y Rojo Crema trazan arterias de movimiento perpetuo. Unicentro, vanguardia de la modernidad, revoluciona las costumbres de una sociedad que antes vivía asomada a sus balcones.
Las calles respiran un aire de transformación y tensión latente. Los carteles de “Se Vende” florecen en las fachadas antiguas como hojas de otoño, mientras negocios con nombres en inglés colonizan cada esquina. El dinero fluye con sospechosa facilidad; algunos murmuran sobre “los nuevos ricos”, otros cultivan un prudente silencio. En las universidades, los estudiantes debaten sobre revoluciones inspiradas por Nicaragua y El Salvador, mientras en las calles la gente se debate entre el precio del mercado y el desenlace de las telenovelas.
La música lo posee todo. Desde los picós callejeros hasta las emisoras que libran su batalla por el dial, la salsa es reina suprema. Radio El Sol y Todelar compiten por la audiencia, pero la verdadera guerra sonora se libra en bares y grilles donde el género es ley, banda sonora de un pueblo que se forja al ritmo de timbales, congas y metales.
En Juanchito, más allá del río Cauca, las discotecas palpitan sin descanso del viernes al amanecer del lunes. Agapito’s, Séptimo Cielo y Changó son templos donde los bailadores ofician su ritual nocturno. Grupo Niche y La Misma Gente forjan su propio sonido, mientras los clásicos de la Fania All Stars resuenan eternos. En esta ciudad, La Sonora, Machito, Arsenio, Benny Moré y Larry Harlow tienen residencia permanente.
Los salsómanos son una especie única en este ecosistema musical. Se reúnen en santuarios dispersos: algunos clandestinos en el centro, otros en barrios populares, muchos en el recién inaugurado Parque de la Caña. En rincones menos visibles, el intercambio de vinilos se realiza con devoción sacra; un LP original de Willie Colón vale más que una semana de trabajo, pero nadie protesta. Los radioaficionados nocturnos mantienen viva la memoria musical: historias de producciones míticas, noches legendarias en bailaderos y conciertos memorables en el Teatro Jorge Isaac.
Por las calles, vendedores con tocadiscos a batería pregonan éxitos mientras ofrecen café humeante, aromáticas curativas, cholados que refrescan la tarde, manjar por simple gusto y chontaduro para el amor. En peluquerías y tiendas, la salsa es telón de fondo perpetuo. Los niños aprenden a bailar casi al tiempo que a caminar, y las academias florecen en cada barrio como templos de una nueva religión tropical.
El Barrio San Fernando late con vida propia. El Parque Panamericano es su corazón: un oasis verde donde palmas y almendros cobijan estudiantes soñadores, pensionados que juegan al ajedrez de la vida y parejas que escriben su propia historia. “La sala comunal sin techo”, le llaman, porque aquí todo acontece: desde tertulias filosóficas hasta serenatas improvisadas.
Las casas que abrazan el parque son un mosaico de épocas. Algunas conservan sus fachadas de los cincuenta, con ventanas redondas como ojos de buey y rejas de hierro forjado que cuentan historias mudas. Otras presumen antenas parabólicas y garajes donde reposan Renaults 4, Fiats 147 y Chevettes. Los antejardines son campos de batalla entre las materas de las abuelas y las canchas improvisadas que los niños trazan con más entusiasmo que geometría.
En la esquina estratégica, la tienda de Don James es parlamento del barrio. Entre gaseosas Colombiana, detergentes, cuchillas de afeitar y papitas fritas artesanales, los chismes fluyen y los mercados se fían hasta el próximo pago. El televisor Philips, en blanco y negro, protegido por un vidrio que promete dar color, sintoniza perpetuamente el Canal A y congrega multitudes cuando juega la Selección o durante el ansiado final de Gallito Ramírez.
Las noches de diciembre tienen su propia magia en San Fernando. Las novenas reúnen vecinos mientras villancicos y salsa compiten por el aire. Las luces transforman jardines en constelaciones multicolores, y el aroma de natilla y buñuelos navega como una invitación perpetua a la celebración.
1.2 El parche
El trío que lidera a Los Doce del Patíburro es todo un espectáculo. A la cabeza está Mariana, la artista del grupo, cuya presencia impone una autoridad natural que nadie cuestiona. En la facultad de Bellas Artes, transforma la música en pintura con la intensidad de Frida Kahlo, cada trazo un eco de melodías invisibles. Su don para conectar con los demás mantiene unido al grupo, aunque su empatía la hace vulnerable, guardando en silencio heridas profundas como aquel romance truncado con Ramón, o la relación turbulenta con su madre que aún agita su memoria.
Jairo, segundo al mando y recién llegado, se mueve entre el kung-fu y los ritmos urbanos con la misma fluidez que devora películas de misterio en cines de doble función. En la soledad de sus noches, navega entre páginas de Andrés Caicedo, Gabo y Allan Poe, construyendo en su mente una Cali tan real como soñada. Con una visión fresca y energía contagiosa, encarna la juventud que se abre paso sin perder ese toque introspectivo que lo distingue.
Nico completa el triunvirato, equilibrista entre su fervor católico y una fascinación por lo esotérico. Kabalista autodidacta, mezcla la elocuencia de un erudito con el estilo de Cantinflas, mientras su obsesión por los mundos de ciencia ficción y ovnis mantiene al grupo en perpetua expectativa frente a lo extraordinario.
Con apenas veinte años y unos meses de diferencia entre ellos, el trío no pierde oportunidad para llamar “fósiles cavernícolas” a sus nueve compañeros mayores. Capitanean la nave con una mezcla única de responsabilidad y picardía: Mariana infunde su pasión por el folclore local y la salsa que inunda la ciudad, Jairo aporta su fascinación por la metamorfosis urbana de Cali, y Nico, con sus teorías que desafían la lógica, mantiene viva la llama del misterio que define la eterna juventud.
Los demás miembros son piezas vitales en este rompecabezas humano. James, el radar infalible de la tienda, tiene un don para localizar lo imposible. Roberto “El Cucarrón”, ruidoso vecino de Nariño, eleva el ánimo con historias interminables de su tierra. Laura López, “LauLo”, estilista profesional, transforma cabezas y espíritus con igual maestría. Los hermanos Luis Fernando y Miguel Ángel Solarte, “Fofó” y “Miliki”, junto a su prima adorada Gabriela “La Mami”, tejen los hilos invisibles que fortalecen al grupo.
Ramón Puntilla y Chepe Sabrosuras, los inseparables “Nicheños”, son la fusión perfecta entre Buenaventura y Cali. Estos estudiantes de ingeniería comparten cuarto con Gerson, un personaje que desafía las leyes de la física con su estilo: camisetas de seda vibrante, pantalonetas floridas y chancletas eternas. Cada viernes, puntual como un Citizen Quartz, Gerson irrumpe en sus sesiones de estudio, destapa aguardiente con una mano mientras filosofa sobre el cálculo diferencial de Yu Takeuchi, convirtiendo cada noche de estudio en una lección sobre la relatividad del tiempo y el espacio.
Son una docena que a veces suma trece, otras catorce, y en ocasiones ni ellos mismos logran contarse. Pero los números son lo de menos cuando la amistad marca el compás y el corazón dicta el ritmo. En las calles de San Fernando, entre acordes de salsa y risas compartidas, están escribiendo su propia leyenda, una que la ciudad recordará cuando ellos mismos la hayan olvidado.
1.3 Ramón, el tímido: 6 años antes, 6 años después…
El lampiño Ramón Puntilla guarda en su alma un secreto que lo transporta velozmente a su adolescencia: fue novio efímero de Mariana, historia que su amigo Chepe jamás supo ni sabrá. Ahora, cada noche busca refugio en bares anónimos, donde el licor y los recuerdos fluyen con igual amargura.
En cualquier cantina, cualquier noche, Ramón se queda inmóvil frente a la barra mientras las palabras de una canción le golpean el pecho como un trueno. “Qué problema, caballero, en el que me encuentro yo”, se lamenta, y la ironía le raspa el alma. El desconsuelo se le mete bajo la piel, le araña los pensamientos. “Tengo un amor lindo, con el que quiero casarme, pero Mariana está con Chepe”, y ese Chepe es su amigo, su pana. Su corazón se arruga como papel quemado mientras se pregunta: “¿Por qué es novia de mi amigo?”, como si fuera el mayor crimen no cometido. “¿Por qué no puedo tener un amorcito que me quiera bien, que me diga ‘papi’, y que me comprenda?” “Dios mío, ayúdame”, implora en silencio, mirando su reflejo ya borroso en el vaso vacío, “Qué lío, chico, chico, chico mientras su voz se pierde entre el humo del bar… Y luego repite: “Qué lío, chico, chico“(2)
En aquella época, hace seis años, siendo apenas un adolescente, vio por primera vez a Mariana y su mundo se inundó de emociones e ilusiones incontenibles. Nunca había conocido a una mujer tan fascinante. Los rumores sobre su origen, que llegaban a él a través de sus amigos, eran imprecisos y cambiantes: un día le decían que era panameña, al siguiente, dominicana, y luego puertorriqueña. Sin embargo, la barrera infranqueable de su cobardía le impedía acercarse y preguntarle directamente; esa debilidad era como una pesada cadena de acero, imposible de romper.
Cuando finalmente descubrió que Mariana era una caleña de pura cepa, Ramón, a sus quince años y ya desbordado, había tejido en su mente una red compleja de fantasías… y era autor de una sinfonía inédita inspirada en tierras exóticas que creía conocer solo con verlas en los mapas de la enciclopedia escolar. Durante una semana se sintió panameño; luego, al enterarse de que Mariana era dominicana, corrió a la biblioteca a husmear atlas y libros, para convertirse en caribeño, y así sucesivamente, hasta que la realidad lo obligó a un brusco aterrizaje en La Sultana del Valle. Al aceptar que tanto él como Mariana eran de Cali, experimentó jubiloso el mayor descubrimiento de su vida: ambos procedían de la capital del cielo, y él había encontrado a su ángel, a quien debía adorar sin medida ni razón. Por largo tiempo, se acostumbró a observarla desde lejos, relamiendo con embeleso su corazón inundado de amor callado, desgarrador, ardiente, no correspondido.
Ramón, torpe e inexperto, soñaba con caminar al lado de Mariana rumbo al colegio, o, mejor aún, bailar a su lado. Porque él, por naturaleza, era un rumbero empedernido, un bailador entusiasta desde su niñez. Con sus primos mayores había aprendido a tirar paso en las discotecas de Juanchito, donde entraba de contrabando, desenvolviéndose con soltura, como un adulto. Si su deseo se hubiera cumplido, brillaría junto a ella, rodeándola con sus brazos, girando y girando, sin importar su lugar de origen. Él se adaptaría. No importaba si Mariana era de Panamá, República Dominicana, Puerto Rico o Colombia. Para él, ella había venido del cielo. Por eso, con el corazón desbocado, le cantaría al oído: “Panameña, panameña, vamo’ a bailá’ ae, ea”. Y si hacía falta, corregiría, diciéndole: “Oiga, usted dominicana, venga pa’ acá”; o, quizás, rectificaría de nuevo: “Oye, borinqueña, cómo te quiero, oye borinqueña, sin ti yo me muero”. Finalmente, si fuera necesario, terminaría por decirle que era una flor como las caleñas, vestida de mil colores. Qué más da: lo importante, en todo caso, sería estar junto a su niña adorada, hacerle saber con cada fibra de su ser que ella era su razón de vivir, su amada, su obsesión, su prenda viva.
Pero todo quedó en fantasía, en ilusión desbordada. Cada intento de acercarse se estrellaba contra un muro invisible: ansiedad, boca seca, respiración entrecortada. Sus pies, ágiles en la pista, se volvían plomo ante su presencia. Su voz, que podía entonar cada canción soñada, se perdía en un murmullo inaudible.
Ahora, seis años después, esos recuerdos lo persiguen como sombras persistentes. Mientras observa a Mariana, cada día más hermosa y más lejana, Ramón comprende que hay amores que ni el tiempo ni el licor pueden curar. Su historia con ella se esfumaba en el aire de forma irremediable, pero jamás terminaba: era eterna; una melodía sin final, un merengue apambichao para cumbanchar (3) .
1.4 Joselito & Fiona, bailarines: ¿Socios vitalicios?
A simple vista, el grupo parece estar compuesto por doce participantes, pero en realidad son trece, gracias a un miembro honorario que ha conquistado el cariño de todos: José Alexander, o “Joselito”, el hermanito de Mariana. A sus 12 años, Joselito tiene una particularidad: padece el Síndrome de Guillain-Barré, una condición neurológica que afecta su coordinación. Sin embargo, eso no le impide ser una pieza clave en las aventuras del grupo, inyectando su energía y entusiasmo.
Aunque la enfermedad entorpece su dicción y movimientos, Joselito ha desarrollado una conexión única con la música. La salsa fluye a través de él como un idioma natural, el único que domina sin trabas. Sus ojos cobran un brillo especial cuando las melodías inundan el aire, y su cuerpo, usualmente limitado por la condición, encuentra momentos de libertad en el ritmo. “Mi gente dice que estoy enfermo, pero la música me hace volar”, sostiene con una sonrisa que desafía cualquier diagnóstico.
¿Docena de doce o de trece? Las matemáticas nunca fueron el fuerte del grupo, menos cuando se trata de cuentas tan alegres. Y siempre hay quien añade confusión recordando que “su docena es de catorce”, porque no pueden excluir a Fony, la perrita que todos adoran. Adoptada primero por Joselito y luego por toda la pandilla, Fony nunca se pierde una aventura, por pequeña que sea. Con su cadera rítmica y cola danzarina, esta Boston Terrier —rebautizada como Fiona por Mariana— es la cómplice perfecta en cada locura.
La historia de cómo Fony llegó al grupo es tan peculiar como ella misma. Apareció una mañana lluviosa de marzo, empapada hasta los huesos, cojeando con pasos vacilantes y con el rabo cortado a raíz, su diminuto “muñón”. Era una cachorra de ojos saltones y expresión perpetuamente asombrada, como si acabara de escapar de un criadero de lujo. Su pelaje blanco y negro estaba tan sucio que parecía teñido de gris, y temblaba con la fragilidad de una hoja arrastrada por el viento.
Joselito la encontró —o ella lo encontró a él— mientras esperaba en su silla de ruedas bajo un árbol del parque a que pasara uno de sus episodios de debilidad. Un golpecito húmedo en su pierna lo sorprendió, y allí estaba ella, con sus enormes orejas erguidas, mirándolo como si pudiera leerle el alma. Sin pensarlo, el niño la izó como un trofeo; parecía que hubiese esperado toda su vida para ese momento.
“Es una princesa caída en desgracia”, comentó Mariana cuando la vio. El nombre “Feona” se instauró de inmediato, pero Mariana, con su imponente autoridad, llamó a todos al orden y proclamó, sin vacilar, que la perrita llevaría el nombre completo de Fiona Varela Cobo, una combinación que le otorgaba formalmente una familia, y por supuesto, un toque de distinción. Sin embargo, para todos, siguió siendo Fony, un apodo que surgió espontáneamente cuando intentaba ladrar con su voz ronca o gemir de forma sostenida, con una garganta tan gutural que parecía imitar a Louis Armstrong, tanto en el timbre de su voz como en el vibrato de su trompeta.
Lo verdaderamente extraordinario es la conexión que comparten con la música. Cuando suena salsa, especialmente Willie Colón, Fiona inicia una danza que es puro espectáculo: su muñón gira como una hélice, sus patas marcan el tiempo con precisión asombrosa, y su cuerpo entero se transforma en alegría pura. En esos momentos mágicos, Joselito encuentra fuerzas que no sabía que tenía, y juntos crean una sincronía perfecta que parece desafiar las leyes de la naturaleza. Era como si la música la poseyera, transformándola de una simple mascota a una bailarina consumada de cuatro patas, aunque, a veces, de dos (o de ninguna, cuando derrapaba en sus correteos).
Doña Esperanza Josefina, madre de Joselito, ha notado el cambio que producen la música y la perrita en su hijo: cuando ellas actúan, el temblor que lo atormenta cede, sus manos encuentran firmeza, y su cuerpo, que a menudo parece atrapado en una tormenta, encuentra la calma. Es como si las notas danzaran en sincronía con sus nervios, sanando lo que la medicina no puede. La inclusión de Joselito y su mascota no fue inmediata. Al principio, algunos dudaban si la salud del niño o el porte achaparrado de la perrita les permitirían seguir el ritmo del grupo. Todo cambió una tarde, hace seis meses, durante una de las primeras reuniones en el Parque Panamericano. Una melodía se coló desde la tienda de Don James, y Joselito comenzó a tararearla con una dulzura inesperada. El milagro apareció nuevamente: ya no hubo duda ni discusión. Los bailarines Joselito y su “niña” fueron aceptados como miembros vitalicios del equipo.
1.5 El parche en el parque
El Parque Panamericano se ha convertido en el cuartel general del grupo, con Joselito incluido, quien nunca falta a las reuniones a pesar de su enfermedad. Cada tarde, bajo el árbol más frondoso, el niño y al menos ocho de sus amigos forman un círculo perfecto, llenando el lugar con un bullicio de juegos y conversaciones que abarcan todo el universo. Hablan de todo: desde los últimos chismes del barrio y la universidad, hasta los amores que van y vienen. Se ríen con las historias de sus padres, debaten acaloradamente sobre fútbol y construyen castillos en el aire con viajes que, por ahora, solo existen en sus sueños.
El cine, la televisión y los videojuegos —como el Atari y el Pacman— siempre están presentes en sus charlas, pero es la música, los torneos de trompos y yoyós, y las fiestas caseras lo que realmente enciende su pasión. “Vive tu vida contento, así vivirás muy bien“, canturrean mientras planean la próxima aventura. (4)
La política es el único tema que Los Doce del Patíburro evitan como peste tropical. ¿Y quién podría culparlos? El país es un carrusel desbocado donde dictadores, aristócratas y narcos se turnan a empujones. La derecha juega al escondite con la democracia, la izquierda teoriza mientras su revolución prometida sigue en pausa, y los intelectuales naufragan entre el anonimato, la segregación y el martirio.
En medio de este caos, mientras Cali, Colombia y sus jóvenes se pierden en el remolino, la docena de amigos, con la sabiduría que solo la salsa puede inspirar, guarda la política en el mismo baúl donde yacen los zapatos gastados y las promesas vacías. Después de todo, un buen mix de son cubano y guaguancó tiene más poder vital que cualquier cóctel de “Estatutos de Seguridad”, “Casas Sin Cuota Inicial”, “Universidades a Distancia” o la variopinta y fastidiosa verborrea de los políticos-poetas de turno (los “Popós”, como ellos los llaman).
Las tertulias en el parque son puro fuego; tan animadas y participativas que, sin darse cuenta, siempre los sorprende la medianoche en pleno debate. Este ritual se ha vuelto sagrado: ni la lluvia, ni las tareas, ni siquiera una gripe pueden ser excusas para faltar. “La vida es un carnaval”, repiten como mantra mientras la puntualidad y el buen rollo están siempre garantizados.
Todo transcurría con calma y diversión hasta que algo inesperado alteró el curso de sus vidas, obligándolos a entender la diferencia entre pertenecer a un equipo decidido y ser solo un conjunto disperso, sin rumbo. Con la experiencia que les sucedió, comprenden que no es lo mismo tener un sueño que vivir en una fantasía; no es lo mismo construir que simplemente apilar piedras; o vivir la vida que dejar que la vida te viva. Hay mucha diferencia entre “matar el tiempo” que “tiempo para matar”… Y eso se logra siendo valiente y decidido. Bruto. ¡No sea bruto! Como diría Roberto: “Todo este cuento trata de eso”. “No pierdas tiempo pidiendo permiso que ahora es cuando es”. (5)
1.6 ¡Qué Nota!…
Ese viernes decembrino, como un regalo caído del cielo, aparece en la reunión un armatoste que uno de ellos (nadie recuerda quién) desempolva de algún rincón: una vieja grabadora. Es fin de semana, así que el ambiente se pone a tope y el parche se reacomoda para la acción. En un santiamén, sintonizan todas las emisoras de música bailable que pueden captar, a pesar de que el trasto rechina como un grillo con laringitis y su volumen es más débil que un susurro en misa.
Es entonces cuando ocurre algo extraordinario. El aire se vuelve denso, casi palpable, y una brisa inexplicable agita las hojas de los almendros, aunque las ventanas están cerradas. Joselito, quien normalmente se mantiene al margen debido a su dolor muscular constante, se acerca a la grabadora con una mirada de fascinación. A pesar de sus manos temblorosas y débiles, comienza con determinación a ajustar la sintonía y como por arte de magia, el sonido se aclara. Las notas de la salsa surgen diáfanas y vibrantes, trayendo mensajes de alegría y festejo: “Aires de Navidad,” “Esta Navidad,” “Popurrí Navideño,” y “Vive tu vida contento”. Esos discos, perfectamente apropiados para la época y para quienes los escuchan, suenan en la radio de forma explosiva, consecutiva y exquisita, como un verdadero “Asalto Navideño“, llenando de alegría los corazones de todos. Un Asalto Navideño por los altavoces y en el lugar el milagro se despliega. (6)
—¡Es un fenómeno! —exclama Gerson, el fisicoculturista del grupo, al escuchar al aparato prehistórico reproduciendo música de alta fidelidad.
Y bailando remata:
—¡El enano tiene manos de oro para la música! —revuelve con sus dedos los rizos de la cabeza ensortijada de Joselito.
Desde la casa de Tarcisio Varela, Hortensia observa la escena con ojos húmedos, apretando el trapo de cocina contra su pecho, como si quisiera contener algo más que sus propias emociones.
Todos observan al niño con incredulidad. Quien normalmente es torpe en sus movimientos, no solo ha mejorado el sonido del viejo aparato, sino que ahora se mueve al compás de la música con gracia y coordinación meritorias; el dolor ha desaparecido por completo. Sus ojos brillan intensamente, como si la salsa hubiera despertado algo profundo que llevaba dormido dentro de él.
—Cuando la música suena, los problemas se van, —dice Joselito, mientras su cuerpo responde al ritmo con una libertad que parece imposible.
Es la segunda vez que, junto al grupo, ocurre esa transformación; han pasado seis meses desde la primera, y en ambas ocasiones, la música, la reunión y el jolgorio compartido fueron los factores comunes. ¡Es urgente encontrar una explicación!
1.7 La comparsa
Para culminar la jornada, Ramón se reúne aparte con Roberto, Gerson y James, a quienes les susurra su intención de invitarlos a “unas polas”. Acto seguido, le propone a James que le abra crédito en la tienda para un petaco, el cual promete pagar el próximo viernes. Para animar el ambiente, les recuerda que la Navidad está a la vuelta de la esquina; les entrega a cada uno un par de baquetas y tarros vacíos de galletas La Rosa para que los usen como tambores improvisados, los decora con serpentinas en sus cuellos, bombas a medio inflar en sus caderas y les reparte pitos, pulseras y collares.
—Esta es una murga de verdad —les dice, mientras los observa con orgullo festivo—. Les aseguro, como hijo de Dios, que en este diciembre vamos a gozar sin pena y con mucho jolgorio —y comienza a entonar con retumbante entusiasmo la letra que todos conocen de memoria:
—Vamos a bailar la murga, la murga de Panamá; los muchachos se alborotan cuando la ven caminar. ¡Ey!, chacuchucuchai, chacuchucucha, cha, cha; esta es la murga de Panamá. —Exclama y alza hacia el aire una botella inexistente, la acerca a su boca, brinda con gala, emula que la consume y ríe desternillado.
Los cuatro amigotes festejan rebosantes de alegría. Gozosos, dolorosos y salsosos se abrazan mientras bailan, saltan, marchan y cantan, tocan sus latosos instrumentos y se dirigen raudos a la tienda para disfrutar sin reparo el agrio sabor de las pocholas fiadas. El tendero anota meticulosamente en su cuaderno: fecha, hora, nombres, apellidos, saldo anterior en cero, cantidad inicial – treinta unidades, y al margen izquierdo las firmas en versión recortada de deudores y codeudor; es decir, con chulitos.
James, sin que nadie se lo pida, sintoniza en su potente Kenwood TS-820S el programa que todos los caleños conocen, “La Salsa en su punto” de Radio El Sol, dando vida al ambiente perfecto para elevar el ánimo navideño que ya llegó. Y allí están ellos, convertidos en la comparsa más alegre que el barrio haya visto, celebrando la vida como solo la salsa puede enseñar; con La Murga. (7)
1.8 ¡La Nota!
Al día siguiente, impulsados por el asombroso “milagro de Joselito”, el grupo decide profundizar en su búsqueda musical. En la casa de Jairo, se sumergen en un baúl lleno de vinilos, el tesoro más preciado de Paco, su padre.
Con Paco ejerciendo de “disc jockey consejero”, comienzan a elegir las canciones para grabarlas en casetes, confiando en que una de ellas logre provocar en Joselito el mismo trance musical de las dos veces anteriores. Si consiguen repetir el prodigio, todos se dedicarán a corear la letra y a tararear la melodía, desatando la esperada reacción con gran alborozo. El verdadero reto, sin embargo, es poner a prueba una hipótesis lanzada casi sin pensar: “¿podría la repetición de la salsa que desató el fenómeno mejorar la salud de Joselito? O, si la suerte les sonreía, ¿podrían curarlo por completo?”
Mientras rebuscan entre los discos, Joselito, decidido a no quedarse atrás, tropieza y cae, esparciendo los elepés por el suelo. Mariana, siempre atenta a los pequeños detalles, fue la primera en notar que algo en la reacción de su hermano no era normal. No era solo la caída; había una extraña mirada en sus ojos al contemplar la nota, algo incomprensible que la electrizó. Al ayudarlo a levantarse, un escalofrío la recorrió: los zapatos de Joselito estaban al revés.
—Joselito, cariño, tienes los zapatos cambiados —le dice con dulzura.
El niño mira sus pies con confusión, y sonríe de forma inocente, como si no entendiera el problema.
En ese instante, mientras unos corrigen el desorden en los pies del niño y otros recogen los discos caídos, ocurre el verdadero giro en la aventura. En el fondo del cajón, asoma un sobre arrugado, de tonos pardo-amarillentos, que por sus orlas y ribetes parece salido de un libro de magia medieval. El envoltorio nacarado contiene una nota en papel pergamino que es una bomba: está escrita con pluma estilográfica, tinta Parker azul y caligrafía elegante, y habla de un tesoro milenario traído desde tierras desconocidas, capaz de otorgar riqueza, placer, energía y alegría a raudales. El mensaje reza así:
In Ventura Bona, aurum dormitat,
et thesaurus recluditur.
Nisi shaan’ra animae melodiam mystica susurrat.
Don Paco, con su latín oxidado, aprendido a golpes de oído cuando fue niño sacristán, no tarda en traducir el mensaje: “Ventura Bona” significa que la fortuna sonríe; “aurum dormitat” o “el oro duerme”, sugiere un tesoro oculto, esperando ser descubierto; “et thesaurus recluditur” quiere decir que el tesoro se despertará, se iluminará o se revelará de su largo sueño, pero con una condición rotunda: “solo si el canto místico del alma susurra la melodía”, sentencia la última línea. Aunque, en realidad, también podría interpretarse como que el afortunado que halle el tesoro dormilón “debería interpretar suavemente una melodía misteriosa”. Traducción petaca, pero efectiva.
Así pues, palabras más, palabras menos, y según Pacus Cali Pater Latinus, la nota es un mensaje claro para sus descubridores: hay un tesoro oculto que deben esforzarse por encontrar.
Pero eso no es todo. Junto a la nota, aparece un croquis, que sin mucho misterio es bautizado como “El Mapa”. Este plano los guía desde el parque hasta un lugar enigmático en el corazón de la ciudad. Lo realmente sorprendente son las advertencias: la búsqueda debe ser en grupo, resolviendo pistas y acertijos, y solo tienen 24 horas para aceptar el desafío. Pero lo más inquietante llega en la última indicación: si los valientes asumen el reto y luego desisten o fracasan, quedarán condenados a una existencia gris, solitaria y tediosa, con la amenaza de males crónicos como sombrío añadido.
El tiempo apremia: solo tienen dos semanas, justo hasta el último día del año. Y, como si fuera la cereza del pastel, en el reverso de la nota hay unos números borrosos y torcidos, escritos con tinta china, que parecen un código secreto con las coordenadas del tesoro. La nota les eriza la piel y revuelca las tripas, entre el miedo y la emoción. El grupo se divide al instante: por un lado, los escépticos, liderados por Ramón, que creen que todo es una broma peligrosa. “¿Y si esto es una trampa? No podemos arriesgarnos, especialmente con Joselito tan enfermo,” advierte Ramón, su voz tensa de preocupación. Por otro lado, los más valientes, encabezados por Nico, defienden el reto con una pasión desbordante, convencidos de su autenticidad.
1.9 Cosa nuestra
Ramón vivió un fugaz romance adolescente con Mariana, una historia que se desvaneció entre la timidez y un mar de preguntas sin respuestas. Justo cuando parecía que iban a aclarar el misterio entre ellos, irrumpió Chepe, su vecino y compañero de semestre. Y ahí, todo terminó. Ramón, el caballerete pendejo e indeciso, tragó saliva, se hizo un lío mental y, sin pensarlo mucho, se apartó.
Aun así, fiel a su naturaleza de buen amigo y con esa curiosidad científica que lo consume, se unió al grupo con toda sinceridad, como quien desmonta un radio, convencido de que cada aventura es una oportunidad para aplicar sus conocimientos.
Pero ahora, con la nota prodigiosa en la mano, como ángel protector entra en acción. Su espíritu heroico tambalea y, con gesto serio, sugiere que mejor dejen de lado esas promesas vagas escritas en ella. “Y Joselito, fuera de esto; porque esto -enfatiza- es cosa nuestra”, advierte, cerrando el tema como quien resuelve una ecuación que no admite raciocinio ni discusión.
En medio de la controversia, algo inesperado capta la atención de todos: Joselito, normalmente distante de las conversaciones complejas, está profundamente absorto en la nota del tesoro. Sus ojos recorren el papel una y otra vez, como si intentaran descifrar un secreto que los demás no pueden ver. Mientras tanto, sus manos, que suelen ser hipersensibles, se mueven con una calma considerable al acariciar la carátula de un viejo y deteriorado disco.
El LP, curiosamente titulado “Cosa Nuestra”, destaca en su portada a un joven músico latino, vestido con un traje negro, evocando la imagen de un gánster de los años 60. Junto a él, en el muelle, un cadáver descalzo, envuelto en una estera y amarrado con sogas, yace atado a una roca, a la espera de ser arrojado al East River. El artista, fumando un tabaco cubano, sostiene con una mano su sombrero Fedora y con la otra un estuche alargado que parece contener una metralleta, una bazuca, numerosos fajos de billetes, o quizás, en el mejor de los casos, un trombón…
1.10 Pacto Mostequiero
Nico, desestimando la extraña fascinación de Joselito con el disco, y centrando su atención solamente en la creciente incertidumbre del grupo, decide tomar la iniciativa. La tensión entre sus amigos, que no logran entender nada, es palpable. Por eso, recurriendo a su pasión por los enigmas y su espíritu de detective aficionado, interviene:
—Muchachos —proclama, con una sonrisa marcando su rostro—, sea verdad o ficción, ¡esta aventura será inolvidable! Y miren a Joselito, acuérdense de lo que le pasó en el pasado; parece que él entiende algo que nosotros no podemos. ¿No creen que al menos deberíamos intentarlo? ¡Caramba: miren cómo se reanima y se mejora! Pero independiente de ese efecto inexplicable, propongo que la mitad del tesoro se destine para curar a Joselito. ¡Por Joselito y su salud, pongamos confianza en nosotros mismos y también en la aventura! ¡Es tiempo de reaccionar!
Para reforzar su discurso, y desplegando su vena literaria, digna del mismísimo Alejandro Dumas, Nico crea una escena propia de Los Tres Mosqueteros. Con voz teatral, casi declamatoria, les pide que unan sus manos y exclama:
—¡Todos para uno y uno para todos!
La respuesta del grupo es inmediata y atronadora. En coro unánime, repiten el juramento de lealtad, su eco resonando en la noche:
—¡Todos para uno y uno para todos! —ruge el grupo al unísono.
Para sorpresa de muchos, la voz de Joselito se une, dispar, confusa, pero emocionada y fuerte como nunca antes la habían escuchado:
—¡Too’s pa’ u’o, y u’o pa’ too’s! —tartamudea con alegría.
Aquel ritual y esas palabras a media lengua tienen un efecto inmediato. Ramón, con los ojos aguados, cede exhausto. Sin darse cuenta, hasta los más escépticos son atrapados por una vehemencia que los envuelve con la misma fuerza que una noche de salsa en La Sultana del Valle. La energía es tan intensa que parece haber sido extraída de las estrellas.
Mariana, la líder mayor, alza a Fiona; la exhibe al aire y exclama el sortilegio: “Todos somos compadres; Joselito y Fiona son nuestros ahijados”; vuelve y repite: “Todos somos compadres”. Posteriormente, lleva el cuerpo del animalito por cada uno de los rostros de la docena de Mostequieros, para que procedan a respirarla, profundamente, aspirar sus aromas y sellar amor eterno con un beso. Fiona, dócil acepta el ritual. Se relaja. El grupo se siente emparejado de una forma inquebrantable, como si los lazos que los unen estuvieran forjados en acero. Joselito entiende que Los Doce del Patíburro son su verdadera familia. Lo percibe en cada latido de su corazón y lo advierte reflejado en cada abrazo que recibe.
Al final de la noche, todos juntos, tararean: “la-la-la-la-la…lolelo lay lelolay”, la canción que desde entonces se convierte en su himno: “Mi Gente”:
¡Ustedes!…
Los llamé:
¡Vengan conmigo!
No me preguntaron dónde
Orgulloso estoy de ustedes
Mi gente siempre responde… (8)
1.11 Mi sueño: amor mudo.
Posterior a estos sucesos, y cuando todos se han dispersado, Ramón deambula por las calles del barrio, arrastrando el alma por tierra fangosa. Su amor de juventud, y de siempre, mantiene un romance con Chepe, su mejor amigo, lo cual le corroe el tuétano hasta los huesos; es algo que simplemente no puede soportar. Cada noche, después de que Los Doce del Patíburro se disuelven, busca refugio en algún rincón oscuro, todas las veces en el bar de la esquina, donde el alcohol fluye libremente, al igual que sus pensamientos sobre Mariana.
Entre tragos y humo, la imagen de ella aparece como un espejismo: sus ojos lindos, azules e hipnotizadores brillan más que el letrero de neón en la fachada que anuncia “¡Abierto hasta el amanecer!”. Así está él.
“Si tan solo pudiera decírselo”, piensa Ramón, mientras el aguardiente espesa su mente y afina su dolor. Sueña con un mundo en el cual Mariana lo vea más allá de su timidez, donde sus manos suavicen amorosamente el enredado de sus cabellos, firmes y apasionadas al compás de un bolero (ni siquiera le gusta esa música, pero ya es su favorita, siempre que la evoque a ella). En su imaginación, Mariana es la cura de su melancolía. Mariana, su mona, la luz que lo guiará fuera de la oscuridad y condena que lo envuelve cada noche.
A veces, entre la bruma de su bohemia, cree verla entre la gente. Su figura, una foto desenfocada en su mente, lo hipnotiza. Quiere gritar su nombre, rogarle que lo salve de sí mismo, de ese amor que lo devora lentamente. Pero las palabras se ahogan en su garganta, reemplazadas por el licor amargo que lo consume.
Cada mañana, Ramón despierta con la boca seca y el corazón escurrido, vagabundo, sediento por una transfusión de sangre de vida de su amada. Se promete que ese día será diferente, que reunirá el valor para hablarle. Pero el ciclo se repite noche tras noche. Anhela que algún día, de alguna manera, Mariana lo exorcice con el agua bendita de su mirada; llegue a salvarlo con una sonrisa, y disipe así su melancolía. Que Mariana, le borre todas sus penas, termine su condena y lo rescate de la postración en la que su alma se ahoga:
Yo quiero ser pacificado por el aguardiente de tu amor profundo,
“Y ven a curar a tu negro que llegó borracho de la bohemia” (9)
Fin del primer episodio
SEGUNDO EPISODIO: EL LÍO DE MARIANA
“Esta era la casa que yo te decía
Esta era la casa que yo te decía
Donde se paseaba la Virgen María
El güiro y el cuatro y la sinfonía
“Nos dan sus acordes en la serranía“ (10)
2.1 El abuelo: Relojero & Detective
El lunes 17 de diciembre, al amanecer, Mariana, siempre con un as bajo la manga, decide jugar su carta maestra: se dirige con determinación a consultar a su abuelo Tarcisio Varela, un relojero cuyas canas son tan abundantes como las historias y experiencias que ha acumulado a lo largo de su vida. Lleva consigo a Joselito, montado en sus hombros, y en sus brazos aupa a Fony, su traviesa Boston Terrier. Los tres avanzan con rapidez, impulsados por la esperanza de que el viejo sabio pueda arrojar alguna luz sobre la enigmática nota amarilla y la misteriosa conexión del niño con la música.
Mariana y su séquito llegan a la casa de su abuelo Tarcisio. Lo encuentran junto a Hortensia, su empleada doméstica, arremangados en la tarea de preparar el pesebre, siempre colosal y plagado de minuciosos detalles. La casa, una reliquia con la pintura descascarada y las enredaderas trepando por sus paredes, ostenta amplias ventanas de madera y un portón de hierro forjado que chirría al abrirse. El pasillo, adornado con baldosas y azulejos, se impregna del aroma del café recién colado. En el patio, un árbol de mango ofrece a nadie su benévola sombra, mientras Don Parlante, un loro vulgar, suelta sin recato sus ocurrencias subidas de tono. Cerca del jardín, entre las dalias y las petunias, Rey Guerrero, un gallo de pelea, picotea maíz entre dalias y petunias y afila su espuela con la dignidad de un monarca caído. De fondo, la música navideña del cuatro de Yomo Toro llena el aire con calidez festiva.
El viejo Tarcisio, envuelto en su estela de Old Spice, saluda con besos cariñosos a la comitiva. Con una lupa enorme, que parece recién sacada de la maleta de Sherlock Holmes, examina las letras y los números de la nota. De repente, su rostro se ilumina con comprensión: esos dígitos son coordenadas que señalan una tienda de antigüedades, que él conoce hace ya muchos años, en el corazón de la ciudad, un sitio apodado ‘La Cueva’.
Según el abuelo, ‘La Cueva’ no es una tienda cualquiera. Se oculta en un sótano en la intersección de la calle 15 con carrera 4a, más esquiva que los secretos de un espía. Este socavón se ha convertido en punto de encuentro para una fauna pintoresca: coleccionistas cuya excentricidad roza lo sublime, artistas bohemios y poetas que hablan en verso hasta para pedir café. Un zoológico, nada lógico. Y para rematar, el dueño también se llama Tarcisio, como él. “¡Qué coincidencia!”, piensa Mariana. “Con razón el abuelo recuerda ese lugar como si fuera el patio de su casa”.
Mientras Tarcisio explica los detalles de La Cueva, Joselito permanece sorprendentemente sereno, acariciando a Fony. Sus ojos están fijos en un viejo tocadiscos. Lento pero decidido, se acerca al aparato, coloca el disco y baja la aguja con destreza. Fony gira su cabeza desde la coronilla de su amo hasta el plato del tocadiscos y se acurruca en su regazo, atenta a la canción que comienza.
Las notas de un bolero llamado “No me llores más” llenan el cuarto: “No quiero que nadie llore si yo me muero mañana. Señores no traigan flores; para mí no quiero nada” 10. Los ojos de Joselito se iluminan con una radiación que trasciende las palabras. Comienza a moverse al ritmo de la música; sus pies trazan patrones en el suelo que se asemejan a los garabatos de la nota del tesoro. . “Elé-alé-alé-la-la, que no me lloren na’. Vi-ri-vi-rivo vi-ri-vi-ri-vo mamá, que no me diga na’ ” La colita de Fony acompaña la melodía. (11)
Tarcisio, sorprendido, observa a Joselito, quien también lo mira extasiado. Ambos están boquiabiertos por el asombro mutuo: Tarcisio, cautivado por el canario cantor; y Joselito, maravillado por el sorprendente parecido del anciano con el abuelo de Heidi, el Viejo de los Alpes de la serie televisiva que tanto le gusta. Está fuera de sí: este no es un cascarrabias, sino un hombre apacible y bonachón.
Fiona, que dormitaba bajo la mesa, se levanta de golpe. Sus orejas se erigen como antenas parabólicas, y sus ojos se abren aún más. Comienza una danza distinta, casi ritual, trazando círculos perfectos alrededor de Joselito. Su pequeño rabo describe figuras en el aire que siguen un patrón especial. Se detiene, clava la mirada en puntos invisibles y ladra con cadencia precisa: tres, cuatro, cinco veces, respondiendo a algún mandato secreto.
“¡Es igual a una garota bailando zamba!”, exclama Hortensia, su voz impregnada de asombro y superstición.
Don Parlante, el loro patán, por primera vez en su vida permanece en completo silencio, sus ojos fijos, hipnotizados, en los movimientos de Fiona. Incluso Rey Guerrero, el gallo desterrado, deja de picotear su maíz y levanta la cabeza y la pata de su mejor espuela, cautivado por el inusual espectáculo.
Cuando la melodía termina, Fiona se sienta sobre sus patas traseras, mira fijamente a los ojos de su amo y deja escapar un aullido melódico. Luego estornuda varias veces, arquea el cuerpo con exageración, se enrosca en su rincón habitual y, en un parpadeo, vuelve a sumirse en su sueño profundo, como si nada de lo ocurrido tuviera la más mínima importancia.
—Mariana, querida nieta, —dice Tarcisio en voz baja—,creo que debemos involucrar de lleno a Joselito en la búsqueda del tesoro. Este niño tiene un don especial que puede ayudar mucho. La música parece hablar a través de él de una manera que nunca había visto.
El abuelo se disculpa, alegando una urgencia de su colon irritable. Hortensia atiende a los visitantes en la cocina mientras prepara una infusión de tila, pasiflora y hierba luisa, ante su negativa por tomar tinto. En tanto aviva el fogón con un soplador y leña seca, escucha atentamente los miedos emergentes de la joven, la mira con ternura y acaricia su cabello. Con la suavidad que la caracteriza, interviene de manera maternal:
—Pequeña, debes serenarte y tener confianza. Cuida del niño y, por supuesto, de Fony. Debes encomendarte a la virgen de Fátima. Pídele a ella que interceda por Joselito ante Dios creador.
Luego, sin menor nexo, con gesto serio concluye:
—Si no ingieres porquerías ni brebajes extraños, ni los médicos ni los malos espíritus tendrán por qué acercarse. —Hortensia se persigna con devoción—.
Mariana permanece absorta en la letra del bolero que retumba en su cabeza. Es la tercera vez que ocurre el fenómeno musical; pero esta vez ya hay un mensaje. Se pregunta qué pensarán los padres de Joselito cuando se enteren de esta aventura. ¿Lo apoyarán o intentarán protegerlo?
Se despide con abrazos y besos, incluso del loro malhablado, que responde con siete agravios y un remolino de plumas, veloces como ráfagas. La preocupación invade su mente mientras regresa al barrio, decidida a comunicar las noticias a los demás.
2.2 Hortensia, una flor
1971. La presencia de Hortensia en la casa de Tarcisio no fue casual. Llegó hace trece años como una jovencita tímida de quince, recomendada por las monjas del Sagrado Corazón. “Es huérfana, pero hábil y trabajadora; necesita un hogar tanto como ustedes necesitan ayuda”, dijeron las religiosas. En aquellos días, la casa rebosaba de vida: Maruja, la esposa de Tarcisio, luchaba contra una enfermedad misteriosa, y Josefina cursaba sus últimos años de colegio.
Hortensia se adaptó rápidamente a la rutina de la casa. Transformaba la cocina en un reino de aromas mientras tarareaba boleros de La Sonora Matancera. Pronto se convirtió no solo en una empleada eficiente, sino en confidente de Maruja. El relojero buscaba consuelo en conversaciones casuales con la joven empleada. Nadie sabía entonces que Tarcisio cargaba su propio dolor: había descubierto que Maruja, en un momento de debilidad, tuvo un breve romance con Bruno, un ayudante de un amigo de adolescencia que vendía discos en el centro de la ciudad. El descubrimiento lo devastó, pero su amor por Josefina lo mantuvo en silencio, tragando amargura como aceite de bacalao.
Las tardes se vuelven más largas, más íntimas. Hortensia, con la inocencia de sus quince años, no entiende al principio por qué su corazón salta cuando escucha los pasos de Tarcisio en el corredor. Él encuentra excusas para pasar tiempo en la cocina, explicándole el funcionamiento de los relojes entre tanto ella amasa pan, leyéndole noticias mientras plancha, o hablándole de una orquesta maravillosa llamada “Fania”.
Todo cambia una tarde de octubre, cuando el calor de Cali derrite hasta las piedras. Maruja había tenido una recaída y estaba en el hospital con Josefina. La casa, sumida en silencio espeso, parece un barco a la deriva. Hortensia encuentra a Tarcisio llorando sobre un reloj desarmado. “A veces”, dice él, limpiándose las lágrimas, “los engranajes de la vida se descomponen, y ni el mejor relojero puede arreglarlos”. Hortensia, vestida con una blusa de seda transparente, se acerca para consolarlo. El roce accidental de sus manos es como una chispa en un polvorín. El mundo y el universo se volvieron a crear y a recrear en tan solo unos segundos.
Lo que sigue es inevitable como el tick-tack de un reloj universal: un beso robado entre lágrimas, encuentros furtivos en el taller, promesas susurradas. La culpa los carcome, pero el deseo es más fuerte; total y concluyente. Durante esas semanas de amor prohibido, mientras Maruja lucha contra su enfermedad en el hospital, Hortensia y Tarcisio tejen su propia red de pasión y secretos, tan intrincada como los mecanismos que él repara. Hortensia se gradúa de mujer con todos los honores.
Ninguno imagina entonces que esos momentos robados tendrán consecuencias que cambiarán para siempre el destino de todos en aquella casa. El tiempo, ese juez implacable, pronto les enseñará que cada acción tiene su precio, y que algunos secretos, como las manecillas de un reloj, nunca dejan de moverse. La sentencia es certera: el fruto de su amor está en camino.
2.3 El bebé de nuestro hogar
1971. El destino mostró sus cartas en diciembre de ese año, irónicamente en la víspera de la Inmaculada Concepción. Hortensia esperó a Tarcisio en el taller, pálida como papel de calcar. Sus manos, siempre firmes al servir café, temblaban como hojas en vendaval. “Estoy embarazada”, confesó, y las palabras se derrumbaron como pesas de plomo. Tarcisio dejó caer el reloj que reparaba; el cristal se hizo añicos, igual que sus planes de mantener el secreto.
—¡Ay!, qué problema de amores tenemos los dos —respondió Tarcisio, mientras recogía los fragmentos del reloj roto, cada pieza un reflejo de su vida fragmentada.
—¡Ay!, qué problema de amores tenemos los tres —corrigió Hortensia con severidad.
La noticia no podía llegar en peor momento. Maruja, contra todo pronóstico, había empezado a mostrar signos de mejoría. Los médicos hablaban de un posible milagro. Pero el verdadero milagro, o quizás la ironía más cruel del destino, fue que Maruja, desde su cama de convaleciente, fue la primera en notar los cambios en Hortensia. “Será un varoncito”, vaticinó para sí misma, en silencio, sin sombra de duda.
Una mañana de enero, mientras Hortensia le llevaba el desayuno, Maruja la tomó de la mano. Sus ojos, hundidos por la enfermedad pero aún brillantes de inteligencia, la miraron con comprensión y tristeza. “Mi niña”, le dijo con voz suave, “no necesitas decirme nada. Lo sé todo”.
Hortensia se derrumbó, confesando entre sollozos su amor por Tarcisio y el pavor que sentía ante el futuro. Pero, en lugar de la ira que todos esperaban, Maruja respondió con una sabiduría desconcertante. “La vida”, dijo mientras acariciaba el cabello de Hortensia, “a veces ofrece segundas oportunidades disfrazadas de problemas. Y yo… yo también tengo un secreto que confesar”.
Esa tarde, en una conversación que cambiaría el destino de tres generaciones, Maruja reveló su breve romance con Bruno, y cómo la culpa la había estado consumiendo, tanto o más que la propia enfermedad. “El destino”, murmuró con una sonrisa débil, “tiene un sentido del humor bastante peculiar”.
La solución que propuso Maruja era tan audaz como desesperada: Josefina, su hija, adoptaría al bebé de Hortensia. “Será lo mejor”, explicó con firmeza. “El niño tendrá una familia completa, y los chismes del barrio morirán antes de nacer. Pero sobre todo, el honor y la historia de la familia permanecerán inmaculados”. Tarcisio y Hortensia, atrapados entre el amor y el deber, aceptaron con corazones rotos, pero a su vez desbordados de amor fluyendo a raudales; Eros, Afrodita y Cupido disparaban flechas en todas las direcciones: hacia Maruja, hacia Josefina, hacia ellos mismos… y, por supuesto, ¡hacia el bebé que venía en camino, que sería hijo de todos! Hortensia continuaría como empleada de la casa, cerca de su hijo pero sin poder reclamarlo. El dolor de esta decisión se reflejó en sus ojos, que desde entonces mirarían el tiempo pasar como quien observa una condena perpetua.
El plan se ejecutó con precisión quirúrgica. Josefina, casada hacía ya 9 años y ansiosa por ser madre nuevamente, aceptó la propuesta sin dudar, sin hacer preguntas ni pedir explicaciones. Durante los siguientes ocho meses, los embarazos de la casa compitieron entre sí. El real de Hortensia quedó oculto bajo fajas apretadas y faldas amplias, mientras que el ficticio de Josefina se evidenció con faldas holgadas que cubrían cojines adheridos a su vientre.
En todo ese tiempo Maruja, la abuela adoptiva, usando lo poco que le quedaba de fuerzas, tejió no solo escarpines, sino también una sólida red de protección alrededor de su insólita familia.
Joselito nació una madrugada de agosto, justo cuando los acordes de “Mambo No. 5” de Dámaso Pérez Prado llenaban las calles, provenientes de una fiesta vecina. “¡Ah, uh! ¡Sí, sí, sí, yo quiero mambo, mambo, uh!” …. “¡Aaaaaah!, Uh!”; el bebé lloró por primera vez, como si quisiera unirse a esa eterna melodía. Maruja sostuvo al niño en sus brazos por un instante, sus ojos brillando con lágrimas de alegría y de remordimiento. “Cuídalo”, le susurró a Josefina, con voz temblorosa. “Es un regalo del cielo… y de este hogar”.
Maruja, en su lecho de muerte, hace prometer a todos mantener el secreto. “Por el bien del niño”, insiste, aunque sus ojos revelan que es más por el bien de su propio orgullo. La mentira, así redefinida, se convierte en verdad oficial.
A mucha distancia del camastro de su abuela, y totalmente ignorante del fastuoso plan, Mariana, la niña de 7 años, observa en silencio el ritual de los adultos con el nuevo bebé. Hasta entonces, había sido la única hija de Josefina, y ahora, gracias al milagro que los mayores le habían explicado con tanto cuidado, tenía un hermanito.
Posterior al plan, los adultos tejen su red de protección tan hábilmente que incluso la perspicaz Mariana cree en la historia elaborada para ella: que Joselito, el niño que llora y patalea en los brazos de su abuela, es verdaderamente su hermano menor. Un niño que, según las reglas de cualquier lógica familiar, siendo hijo del abuelo, debería ser hermano de su madre, y, por tanto, su tío. Pero Mariana no lo sabe y es mejor así, porque con su desprevención e inocencia jamás entendería esa lógica, sus fundamentos o ese enredo de vínculos.
Desde aquel día, Mariana desarrolla un vínculo especial con Joselito que va más allá del amor fraternal común. Es como si una parte de ella, aún muy pequeña para entenderlo, percibiera que hay algo más profundo en su conexión, muy difícil de expresar y mucho más complicado de entender.
Quizá, con el tiempo, si la verdad se desvelara, algún día podría preguntar, con la candidez que la caracteriza: “¿Quién es ese que, siendo mi hermano, es también hermano de mi madre y, a su vez, hijo de mi abuelo?” Tal vez, con la ayuda de aquellos mayores que aún rondan este mundo, o de los que ya descansan entre las estrellas y el olvido, recibiría una respuesta que, aunque absurda en su esencia, sería indiscutiblemente certera: “¡Bingo! Nadie más que Joselito, el niño maravilla”; el bebé que, en ese mismo instante, ya dibujaba figuras invisibles en el aire con sus pies, dentro de los escarpines tejidos por la abuela, que no tenían ni derecho ni revés.
Dos semanas después del nacimiento, Maruja falleció. Se fue en silencio, como había vivido sus últimos meses, llevándose consigo la paz que tanto necesitaban Hortensia y Tarcisio. En su funeral, en la iglesia de La Ermita, mientras el cura recitaba las oraciones del réquiem, Bruno, consumido por la culpa, observaba desde el fondo, sus ojos fijos en el ataúd. Se lamentaba en soledad, inconsolable. El secreto que guardaba, pesado como una enorme piedra, se acumulaba en su conciencia, como si el aire mismo, por su densidad brutal, le impidiera respirar.
También Mariana sufrió la muerte de su abuela en silencio, y, bajando su cabeza oró con devoción por el alma de Maruja, su abuelita; tan bonita y de buen humor: sus cuentos, dichos y refranes siempre la hicieron reír y reír. La llevaría en su memoria, recordando su alegría:
¡Ay! Abuelita de mi vida, cómo te recuerdo a ti
Yo te quiero yo te adoro; es que tú eres mi único tesoro.
Abuelita y abuelita, por mi madre, por mi madre,
Que tu eres la mujer más bonita
Abuelita tus refranes me hacían reír. (12)
Tarcisio y Hortensia decidieron seguir su camino, pero no como pareja. Habitan desde entonces en la casona, cada uno en su rincón, como dos amigos inseparables, evitando que cualquier vestigio del amor que los unió, renazca. Creen que, al mantener esa distancia, rinden homenaje no solo a Maruja y Joselito, sino también a algo más intangible y profundo: al misterio de un amor que se fue, pero no muere del todo.
Con ese pensamiento, cerraron el cofre de su amor con candado y arrojaron la llave al mar del olvido, confiando en que el agua del tiempo la engullirá para siempre. Sin embargo, como suele ocurrir en las historias no contadas, una sustancia etérea siguió flotando, reptando y rebotando, invisible, pero siempre presente, esperando su momento para hacer ebullición.
“Será así”, aceptó Hortensia, “Nadie sabrá el dolor que llevo por dentro”, siempre se lamenta, mientras limpia la casa, cargando en forma silenciosa su amor prohibido y su maternidad negada. Para evitar cuentos y habladurías, aceptó el marginamiento que las circunstancias y la sociedad le imponen para mantenerse con decencia. Sin embargo, en lo más profundo de su ser, ella sabe que ese no es el camino adecuado. No puede creer que el silencio, la abstención, el recato, sean el verdadero homenaje que Maruja y Joselito merecen. Piensa que, al contrario, fortalecer el amor entre ella y Tarcisio sería la ofrenda más pura, la más honesta. En su alma que busca explicaciones y culpables, encuentra a Tarcisio inerme y se instala una amarga sensación de traición, un dolor silencioso que arde en su pecho. Se siente como una sombra dentro de su propia vida, arrastrando la ira contenida. En forma reiterada en su mente gira una pregunta de reproche hacia aquél galán que le decía que ella era su amor y su locura. Adopta entonces una fachada fofa de aceptación, una calma en apariencia serena. Pero su espíritu se va drenando poco a poco. Deambula por la vida, triste y vacía. (13)
Hoy, mientras limpia la casa, Hortensia tararea “Periódico de ayer”, cargando en silencio su amor prohibido olvidado a la fuerza y su maternidad negada. El tiempo avanza inexorable. El niño crece llamando “Mamá” a Josefina y “Tía Tensia” a su verdadera madre. Solo el viejo reloj del taller parece entender la verdad, marcando las horas con una cadencia parsimoniosa y constante que suena a lamento contenido.
2.4 La cueva de Tarcisio
1984. Después de la visita al abuelo Tarcisio, Mariana avisa a todos en el parche. Al instante, ellos, junto con Joselito, con más curiosidad que un gato en una pescadería, se lanzan a ‘La Cueva’ ese mismo día, como si les hubieran prendido cohetes en los zapatos. Al cruzar el umbral, encuentran, vaya sorpresa, a una docena de abuelitos ataviados como una murga, que, al parecer, son clientes habituales del lugar, y se topan de narices con Tarcisio, el propietario de la caverna.
El tipo es toda una aparición: una suerte de Papá Noel, pero flaco y cumbambón; es decir, el viejito pascuero en versión despreocupada, con una barba blanca que compite en longitud con su melena plateada, y un aura de erudito lunático que emana de cada poro de su ser.
La tienda es un cosmos musical: vinilos y casetes orbitan en cada rincón, organizados con precisión, como piezas de un rompecabezas sonoro. Cada recoveco proclama su esencia “retro” a viva voz, desde las estanterías de duelas de madera desgastadas, hasta los afiches descoloridos en las paredes. Fragancias y ambientes singulares componen el amasijo: moho, incienso añejo y bálsamos de boticario, luz tenue, casi mortecina, pisos crujientes, puertas y tumbados medio desarmados; cabezas de clavos sobresalientes a cada yarda. Todo está destartalado, pero vive y respira música.
Tarcisio Maracas, con sus ojos chispeantes de misterio, y su ayudante Bruno, un mulato bembé de sonrisa amplia y alma festiva, escudriñan a los jóvenes amigos con poses enigmáticas, como si fueran los guardianes de los secretos del universo. Cuando los chicos les explican precipitadamente su misión, el viejo Tarcisio relame su cono mañanero de choco-maní-pasas y suelta la respuesta con la inmediatez de un rayo:
—¡El tesoro que buscáis es inmenso, y yace oculto en la letra y cadencia de una canción!, —asevera el tendero melómano. Su voz resuena como el preludio de una inminente odisea musical.
No es broma. Según el viejo sabio, para desenterrar el tesoro, la docena de amigos debe alcanzar “una conexión cósmica” con sus antepasados. “¿El método?”, pregunta retóricamente, haciendo una pausa dramática mientras los ojos de Bruno arden con un brillo travieso. “Descubrir esa melodía clave e interpretarla con su letra a coro vivaz, pero…” —su voz baja a un volumen imperceptible, casi conspiratorio— “esa interpretación debe hacerse con más sentimiento que un vallenato de despecho, en una romántica noche de luna llena…”
Bruno aplaude. Media docena de vejetes también lo hacen. Los rostros de los chicos componen una amalgama de impacto y perplejidad. ¿Una canción mágica? ¿Una conexión cósmica que trasciende el tiempo? La situación se torna más surrealista que un cuadro de Dalí, pero, a la vez, más cautivadora que el desenlace postergado de una telenovela mexicana. Lo improbable y lo emocionante les dispara la adrenalina, y la promesa de un misterio aún mayor los mantiene cautivados hasta límites extremos.
Tras dejar a los chicos boquiabiertos con su revelación, el viejo Tarcisio se transforma en el más astuto mercader de la ciudad. Con la labia de un político en plena campaña, les ofrece una colección de discos de Willie Colón y Héctor Lavoe, -precisamente doce-, asegurándoles que en una (o algunas) de esas melodías reside la clave para desentrañar el tesoro. El precio, sin embargo, es tan astronómico que casi les provoca un síncope colectivo. Al final, tienen que rascarse los bolsillos y pagar la cuenta de manera comunal y solidaria, dejando sus ya precarios saldos bancarios en números rojos.
Como broche de oro a su repertorio de sorpresas, Tarcisio Maracas extrae de debajo del mostrador, cual mago en su acto final, una pareja de bongós cubanos. Los tambores, decorados con los colores de la bandera puertorriqueña, parecen latir con energía propia, como si aguardaran ansiosos el toque de manos expertas. Con un gesto solemne, casi ceremonioso, Tarcisio deposita los bongós en manos de Jairo, mientras otra sonrisa pícara se extiende por su rostro.
—El tesoro espera; pero ahora viene lo bueno —anuncia, con un brillo travieso en su faz y la frotación animada de sus manos, que anticipan la próxima jugada de su plante—. Pero primero, la música debe encontrar su camino.
Bruno aplaude otra vez (el muy lambón). Acto seguido, Tarcisio imparte instrucciones, hablando en voz baja, con la precisión de un maestro: los chicos deben sumergirse en una maratón musical de más de seis docenas de canciones de los discos vendidos, escuchándolas una y otra vez, sin dar cabida al cansancio. Pero la tarea no termina ahí; tienen que fundirse con los bongós, arrancándoles ritmos con pasión, mientras afinan el oído con la agudeza de murciélagos nocturnos, captando cada matiz, cada compás, cada nota, y memorizando las letras como si en ello se les fuera la vida.
—Muchachos, afinad vuestros sentidos —sentencia Tarcisio, inclinándose hacia el grupo; su voz esta vez es ronca, pero está cargada de una gravedad que parece venir de ultratumba o de épocas remotas. Y, con aire profético, concluye:
—Las pistas del tesoro yacen ocultas en la médula de estas melodías. Cuando las descubran, los bongós cobrarán vida propia: resplandecerán como una constelación de estrellas danzantes y vibrarán con tal cadencia que hasta las ánimas del purgatorio se unirán al festín. Allí, mis jóvenes aprendices, reside la clave. ¡Esta es la clave! —Repite Tarcisio Maracas, al tiempo que con sus palmas emite el famoso compás de cuatro tiempos, propio de La Salsa, dividido en dos partes: una de tres golpes y otra de dos golpes, todos secos y armoniosos.
Bruno también palmotea La Clave Salsera y así lo hacen también todos los viejitos del lugar, es decir, la murga, cual si se tratase de un preámbulo a un concierto de Cortijo.
Para culminar su debut, el viejo y su ayudante realizan, ante el joven y venerable auditorio, sendas reverencias tan profundas y teatrales que, por un instante, parecen desafiar la ley de la ingravidez. Sus rostros, nuevamente iluminados por sonrisas, fusionan la misteriosa serenidad de la Mona Lisa con la traviesa picardía del gato de Cheshire. Bruno aplaude por última vez, mientras los muchachos desplatados se retiran del lugar. En síntesis, una docena de jóvenes se aleja, otra docena de viejitos se queda; los primeros, perplejos y angustiados, y los segundos, desternillados en carcajadas, desbordados de alegría, magnificados en una verdadera murga: chacuchucuchai, chacuchucucha, cha, cha: ja, ja, ja. Cómo son las cosas, veinticuatro almas y media y un común denominador que es su identidad: gozar a Cali con la rumba, el vacilón y la salsa de su eterna Navidad. (14)
2.5 Miradas, miradas. Sólo miradas
El grupo sale de La Cueva con un crisol de discos y sueños. Ramón, sin embargo, lleva una carga más pesada: sus ojos, que lo traicionan a cada instante, buscan a Mariana como una brújula rastrea el norte, su sino inevitable. No puede controlarse; desearía confesarle lo que siente, pero es totalmente imposible. Ella, al percibir el calor de su mirada insistente, se sonroja y responde con fugaces destellos y tímidas sonrisas que avivan aún más la llama de la esperanza en el pecho de Ramón y en todas sus ramificaciones nerviosas.
Chepe, ajeno al campo magnético y al cruce de miradas y a la tormenta interior de Ramón, lo abraza con la familiaridad de un viejo amigo, mientras Jairo toca los bongós con suavidad. Luego, besa apasionadamente a Mariana. Para Chepe, es una escena de cadencia y tranquilidad; para Ramón, que siente su sangre hirviendo, es una tortura. Cada retumbo de los tambores es un martillazo en su sien, un eco ensordecedor que lo encierra en un túnel sin salida.
“Si las palabras fueran notas musicales”, susurra Ramón para sí, “compondría una sinfonía sólo para ella”. Pero los fonemas, las sílabas y las palabras se le atascan en la garganta, como un montón de vidrio molido. El silencio se convierte en su confidente, un lienzo en blanco donde pinta sus más profundos anhelos. Cree, con una certeza casi dolorosa, que Mariana entiende la poesía oculta que hay tras sus miradas furtivas.
“Qué problema, caballero, en el que me encuentro yo”, piensa evocando su canción preferida, mientras su corazón se retuerce con cada gesto de afecto entre Chepe y Mariana.
Chepe, feliz e inconsciente de la tormenta interna de Ramón, despreocupado, silba una melodía alegre, como un pajarito que ignora la tempestad que se avecina. Ramón lo observa, dividido entre la lealtad a su mejor amigo, el amor que siente por Mariana y los celos que lo consumen; se encuentra desbaratado, desesperado, impotente; tan solo mirándola y mirándola; y al lado de ella Chepe, su control. Está convertido en un montón de fierros viejos; algo inútil. Su mente es un campo de batalla donde chocan la razón y un corazón agonizante que libra una batalla de celos achicharrantes y feroces. ¡Ay!, quisiera decirle tantas cosas, pero, tan solo puede mirarla… (15)
2.6 Baquiné
La salida de ‘La Cueva’ no solo es un momento novelesco para los tres Mostequieros, sino que el ambiente se carga de magia para todos. El atardecer tiñe el cielo de Cali con tonos anaranjados, mientras la luna se eleva majestuosamente sobre el Cerro de las Tres Cruces. Los Doce del Patíburro, trece en realidad, incluido Joselito, avanzan por la Carrera Quinta. Sus sombras se alargan, pegadas a sus pies, como vigías silenciosos de su nueva aventura.
Van camino al barrio, a tomar un Bus Verde Bretaña que los llevará de vuelta al parque. De repente, una melodía escapa de la rockola de un bar cercano y, casi sin querer, Jairo empieza a acariciar el bongó. En ese momento, la magia se manifiesta: destellos de luz brotan del cuero del instrumento, fusionándose con la melodía en una danza suave. Los jóvenes se miran, asombrados y cómplices: han recibido su primera pista musical. Joselito y Fony, desbordantes de entusiasmo, mueven sus colitas, llenos de alegría.
Ramón, el tecnológico del grupo, olvida momentáneamente a Mariana y pone a funcionar su talento. Con su mini grabadora de periodista de última generación, captura al instante la melodía que flota en el aire desde el bar. Graba toda la pieza. Esa noche, don Paco, El Salsómano Mayor, la reconoce de inmediato como un tema de un álbum que guarda desde hace años en su colección:: “El Baquiné de Angelitos Negros”1. Para su sorpresa, el título es “Camino al Barrio”, curiosamente lo que hacían los jóvenes cuando la melodía sonó.
Lo más desconsolador se oculta en la mente de Mariana. A pesar de las miradas inquisitivas de Ramón, no puede dejar de pensar en el bolero que Joselito puso en el equipo de su abuelo Tarcisio: “No me llores más”, una canción que, de forma explícita, habla sobre la muerte. También la inquieta el título del álbum: “El Baquiné de Angelitos Negros”. Los títulos de las pistas la perturban, especialmente “Angustia Maternal”, “In the Park”, “Camino al Barrio” y “Acuérdate”.
Cuando encuentra en el Diccionario Enciclopédico Espasa el significado de baquiné, su corazón se encoge: “Antigua tradición afrocaribeña, especialmente arraigada en Puerto Rico, que se practicaba para despedir a un niño pequeño fallecido. Esta ceremonia celebraba la muerte como un paso directo al cielo, libre de las penalidades de la vida. Con raíces en las prácticas africanas traídas al Caribe durante la esclavitud, ‘el baquiné’ mezclaba elementos religiosos y culturales, transformando el duelo en una celebración llena de cantos, rezos y juegos”.
Un escalofrío recorre la espalda de Mariana al leer esto. Ha encontrado una conexión que se vuelve dolorosamente clara en su mente: el baquiné puede ser una despedida inminente. Las lágrimas, lentas y pesadas sobre sus mejillas, junto con el dolor en su pecho, la empujan a pensar que “el tesoro” podría ser una metáfora de su partida tranquila. O, aún peor, recuerda la serenidad de Fony cuando sonó el bolero, como si el animalito no sintiera pena, sino más bien honra y amor eterno hacia su dueño.
Esa idea atroz va tomando forma y la atormenta. Sus lágrimas caen silenciosas mientras lucha por mantener el equilibrio en medio de un huracán que solo ella parece percibir. Debe guardar compostura, pero es incapaz de no lanzar miradas preocupadas hacia Joselito durante el resto de la noche. La posibilidad de que el tesoro que buscan sea la paz final para su joven hermano la persigue, convirtiendo su entusiasmo inicial en una maraña de amor, temor, incertidumbre y tristeza. ¡Ay, Dios! Afortunadamente, nadie ve ni cuestiona su llanto repentino.
Mariana respira, se suena la nariz, carraspea, estira sus músculos y observa a sus amigos, especialmente a Joselito. Ya con calma, lanza una mirada fugaz a Ramón, quien la observa con intensidad, como si contemplara no solo su ser, sino su existencia misma. Ella suspira, menea la cabeza, mira al horizonte y sonríe. En su mente, esas miradas furtivas siguen dando vueltas, mientras las composiciones del Baquiné resuenan como un gran concierto, una tras otra, de forma cada vez más intensa. Todo un documental. (16)
2.7 En todo caso, ¡llegó Navidad!
Como quiera que sea, y al margen de las preocupaciones íntimas de Mariana, Los Doce del Patíburro, cargados con la emoción de su descubrimiento musical y las enigmáticas instrucciones de Tarcisio Maracas resonando en sus mentes, se preparan para sumergirse de lleno en la búsqueda del tesoro. La aventura que comenzó con un tropiezo y unos zapatos al revés está a punto de llevarlos por un viaje a través del alma misma de la salsa.
“¡Esta será una Navidad diferente!”, exclama Jairo, mientras los acordes de “Aires de Navidad” flotan en el aire nocturno provenientes del equipo de Don Paco.
Roberto, el último de los noctámbulos, se aleja satisfecho con la vida; camina tarareando; avanza dando pequeños puntapiés a las piedritas de la calle, y, a lo lejos se escucha su voz alegre, entonando la dulce trova:
Esta Navidad
Vamos a gozar
Señores están invitados
A este rico rumbón
Le pondré cosita buena
¡Ay!, que rico el vacilón (17)
La noche caleña se ilumina suavemente con las luces navideñas, que titilan como estrellas terrenales. Los Doce del Patíburro, cargados de secretos y sueños, se dispersan lentamente, caminando perezosos bajo el vasto cielo. Nadie reparó en que las lámparas de la casa de Don Paco seguían encendidas, ni en que las mentes de sus viejos amigos, envueltas en conversaciones desordenadas, a veces ininteligibles, tejían estrategias entre copas y recuerdos.
Fin del segundo episodio
TERCER EPISODIO: ALISTAMIENTOS
Vive tu vida contento, así vivirás muy bien
Que si te apuras te mueres, si no te apuras también
Oye, yo vivo contento
Y sigo en el vacilón
Pues si me apuro me muero
Y si no, me muero también, tú ves. (18)
3.1 Estrategia repartida
Las palabras confusas y enigmáticas de Tarcisio Maracas aún resuenan en sus mentes cuando, al regresar de La Cueva, Mariana, Jairo y Nico se rezagan del grupo. Los tres líderes Mostequieros buscan un rincón apartado en el Parque Panamericano, eligiendo una banca solitaria bajo el árbol más pequeño. La urgencia por descifrar el significado del tesoro y el método para encontrarlo los consume.
Nico, asumiendo la solemnidad de un Zipa Chibcha, convoca la reunión con gestos ceremoniosos:
—Ujum, Ujum, Ajá —retoza—. Propongo que cada uno analice el misterio desde su perspectiva única. Como líderes, debemos iluminar el camino. Tenemos dos días para desarrollar nuestras teorías y presentarlas al equipo.
Mariana y Jairo asienten, pero sus expresiones se transforman en puro desconcierto cuando Nico revela su método de “conexión espiritual”:
—Les confiaré mi secreto infalible para alcanzar la iluminación —anuncia con el entusiasmo de quien posee la fórmula secreta de la Coca-Cola—. Es un ritual que uso para contactar con seres de dimensiones superiores. Hortensia me lo enseñó, directo de la sabiduría de sus ancestros.
De su mochila extrae un frasco de Mentol Chino. “Este es el portal a la sabiduría universal”, proclama con absoluta convicción. Mariana arquea una ceja mientras Jairo contiene una mueca de escepticismo. Sin inmutarse, Nico detalla su ritual con precisión científica: artemisa, salvia, belladona y jengibre, todo hervido en manteca de cerdo. La mezcla debe aplicarse en círculos en la sien y el cuero cabelludo hasta que arda. El toque maestro: una Coca-Cola hirviendo con aspirinas, para tomar en cucharadas… un vaso completo.
—¿Y si nos da diarrea? —pregunta Jairo, conteniendo apenas la risa.
—Es parte del proceso de purificación —responde Nico, imperturbable.
Los tres mostequieros, asumiendo el papel de líderes y sin más alternativa, acceden a realizar el ritual; sin embargo, lo ejecutarán a su manera, con su propia mística, tomando las instrucciones de Nico solo como una referencia. Así, cuando las sombras de la noche envuelven el barrio, se preparan para su encuentro con lo conocido y lo misterioso, un cruce entre lo tangible y lo enigmático.
Mariana convierte la cocina de su casa en un laboratorio improvisado mientras su madre duerme en el piso superior. Dispone los ingredientes con la precisión de una alquimista, el jengibre impregnando el aire con su aroma penetrante mientras corta las hierbas. La manteca chisporrotea en la sartén, mezclándose con la artemisa y la salvia hasta formar una pasta verdosa que la hace estornudar.
Mientras calienta la Coca-Cola, sus pensamientos vuelan hacia Joselito. Revive la forma en que el niño se transforma con la música, el brillo sobrenatural en sus ojos cuando suenan las melodías. Los aromas de las hierbas evocan rituales de santería y prácticas afrocaribeñas que ha visto en documentales. “¿Qué diablos hace la Coca-Cola en esta pócima?”, se pregunta mientras sigue las instrucciones al pie de la letra.
Con gran devoción aplica la pasta en sus sienes y bebe la Coca-Cola caliente a sorbos lentos. Su estómago arde, pero en su cabeza la situación es a otro precio: el mentol le provoca una sensación gélida que se expande por su cuero cabelludo. Se recuesta, inhalando el aroma de las hierbas que ahora impregna su cabello y eructa el reflujo que proviene de sus tripas.
Su mente flota entre el sueño y la vigilia. Las imágenes de Joselito cantando se reviven con tambores africanos, los bongós de “La Cueva” y cánticos lejanos. La revelación llega como un relámpago: la música es un puente entre mundos, un canal de sanación ancestral. El tesoro no está enterrado; es El Baquiné mismo, el ritual sagrado que transforma almas comunes en ángeles. ¿Y Joselito?… ¡Joselito es el elegido! ¡Él está en tránsito de convertirse en un santo querubín! Mariana está convencida; yace conmovida. Lágrimas caen por su rostro, cual cataratas incontenibles, mientras un dolor agudo en el estómago la obliga a interrumpir su epifanía y correr al baño.
Jairo transforma su dormitorio en un centro de operaciones clandestino. Con la destreza adquirida de preparar café para don Paco, instala su reverbero eléctrico junto a la cama. Siguiendo las advertencias paternas, sustituye la belladona por menta fresca del jardín, evitando así los riesgos de las hierbas venenosas.
La manteca burbujea al recibir las hierbas, sus vapores proyectando sombras danzantes en las paredes. El amante del Kung Fu aplica la pasta caliente en movimientos precisos, “dos pi erre”. El aroma mezclado con el mentol induce un vértigo controlado, mientras la Coca-Cola hirviendo deja un sabor metálico en su boca.
En la penumbra de su habitación, cierra los ojos a media asta; su mente repasa las letras de las canciones compradas a Tarcisio Maracas. Las sombras se transforman en callejones empedrados. Su mente recorre una Cali nocturna y misteriosa, donde el peligro acecha en cada esquina y en sus rincones oscuros. Evoca barrios sombríos, pesados, laberintos sinuosos y encharcados, callejones sin nombre: “Calle Luna”, “Calle Sol”. En esos lugares, uno lleva el cuchillo en el bolsillo y el cerebro afilado, porque una distracción puede ser fatal. “Cuidao”, susurran los viejos, en una advertencia que tintinea en cada paso. Allí, se camina recto; no se mira de reojo, ni se baja la guardia, porque todo se pierde en un parpadeo.
A pesar del peligro, Jairo intuye que en esos barrios hay algo más. Las mismas calles que devoran a los incautos esconden oportunidades y secretos. En ese mundo de guapos y fortunas, la suerte solo sonríe a quienes se atreven. Y él está dispuesto a arriesgarlo todo, a jugarse entero, porque en esos barrios bravos, la vida no perdona a los cobardes; en esta calle, en aquella, o en cualquiera. (19)
Correspondientemente, las canciones de Willie Colón se reconfiguran en la mente de Jairo, adquiriendo un nuevo sentido. Ya no son solo relatos de la calle; son pistas que solo él sabe descifrar. Los personajes dejan de ser sombras lejanas para convertirse en actores reales, figuras que operan en un mundo donde la astucia es ley. Farsantes, apostadores, mafiosos de bajo perfil, informantes: todos son reyes de su terreno. Jairo no los ve como simples historias; los interpreta como guías, fragmentos de un rompecabezas que lo acercan al tesoro oculto, a la fortuna escondida en los recovecos de esos barrios oscuros. Está dispuesto a perderse entre esas rutas tortuosas, a enfrentarse sin miedo a los personajes que las habitan, sean ladronzuelos o sabandijas de la oscuridad. En esa misión, él, como El Chapulín, tiene todo fríamente calculado; nada podrá detenerlo: ni rateros, ni cacos, ni malvados, ni alimañas (solas o en montonera), aunque sean parientes de magnates o sabuesos. No importan los riesgos. Juanitos y juanetes ¡ya verán! (20).
Nico, desde su hogar cerca de Siloé, encara el ritual con rigor científico. Sella ventanas y rendijas, transformando su cuarto en una “cámara de comunicación cósmica”. El incienso purifica el aire mientras el papel celofán azul sobre la lámpara crea una atmósfera etérea. Cristales de cuarzo en las esquinas prometen amplificar las señales del más allá.
Su preparación es meticulosa. Consulta un antiguo grimorio, mientras calienta la manteca. Añade las hierbas al perol, esparcidas con rigor, trazando el símbolo del infinito, convencido de que este patrón maximizará la comunicación. Su sombrero de papel aluminio, obra maestra de ingeniería casera, tiene puntas estratégicamente dobladas para optimizar el proceso de transmisión-recepción, tal como lo prescribe la Teoría de la Información -y disciplinas asociadas.
Reza un padrenuestro, coloca las manos sobre La Biblia, y luego recita mantras improvisados mientras se aplica la mezcla cabeza arriba, empezando desde las patillas. Su oído se agudiza al captar fragmentos de diálogos provenientes de un televisor vecino, que interpreta como mensajes del espacio exterior. Bebe su pócima de Coca-Cola y aspirinas, en un termo especialmente reservado por él para ocasiones místicas, contemplando fijamente una fotografía del Área 51 adherida a su pared.
Las horas siguientes transcurren como un episodio de La Dimensión Desconocida. Los sonidos cotidianos se transforman en mensajes cifrados del más allá: el ventilador emite clave morse, las luces de los autos son señales de naves espaciales, y su gato Micifuz, maullando a su alrededor hasta el cansancio, se eleva al rango de emisario intergaláctico.
En su trance herbolario, Nico “recibe señales nítidas pero inentendibles para los humanos”. Las melodías se transforman en telegramas cifrados de otros mundos. El tesoro, concluye, es un portal intergaláctico, marcado por señales solo entendidas por iniciados, como él. Las palabras de Tarcisio Maracas sobre la conexión intergeneracional cobran un nuevo significado: hablar con los ancestros es posible. Solo queda una duda en su mente: ¿por qué Willie Colón fue elegido como mediador cósmico? Jamás lo entenderá.
3.2 Noche del lunes: inician las audiciones
La noche del lunes 17 de diciembre vibra con la excitación de la reciente visita a La Cueva, pero también con el rostro abstraído de Mariana, que intenta ocultarlo bajo una cachucha singular; todos lo notan. Nico y Jairo también tienen ojeras, pero, como si se hubieran puesto de acuerdo, cada uno se presenta con gafas oscuras (¡y playeras!). Creen que así podrán escapar del escrutinio implacable y las murmuraciones de Gaby y LauLo.
La rutina del barrio se quiebra como un disco rayado. El Parque Panamericano y la casa de Jairo se transforman en templos musicales improvisados. Las audiciones prometidas a Tarcisio Maracas comienzan con entusiasmo febril. Los Doce del Patíburro, con la ansiedad bullendo en sus venas, se reúnen dispuestos a descifrar el enigma musical que les revelará el camino hacia el tesoro.
El equipo de sonido Philips de don Paco ruge sin descanso; los discos giran como planetas en órbita y las mejores canciones se seleccionan para grabar casetes con eficiencia casi industrial. Esta nave es un monstruo musical: estéreo con amplificador, deck de doble cassete y enormes bafles con luces incorporadas que transforman el salón en una discoteca improvisada, sus chorros de luz danzando al ritmo del ecualizador. Don Paco, en su sabiduría salsera, acondicionó el sonido con cajas de nogal y paño en las paredes, eliminando cualquier reverberación.
Entre la plazoleta, la sala, los patios y los corredores de la casa, los espacios y los ritmos fluyen mientras los amigos se distribuyen en grupos alternos. La mayoría se entrega a la factoría musical, pero otros aportan su toque especial: Jairo y Ramón se sumergen en la música, James mantiene las energías altas con snacks de su tienda (a precio de amigo), y Roberto aligera la tensión con sus chistes malos cada vez que el ambiente se espesa. Al final, cada rincón se convierte en escenario de conciertos inolvidables.
En medio de esta vorágine musical, Joselito es un torbellino de energía pura. Su padecimiento, que normalmente lo mantiene cautivo, parece haberse esfumado como por arte de magia. El niño se funde con las melodías, con Fony como su fiel compañera de baile. Sin embargo, sus padres, observando desde la distancia, no logran ocultar su preocupación.
—¿No crees que se está esforzando demasiado? —susurra la madre de Joselito a su esposo.
—Quizás, Josefina, pero míralo… Hace mucho que no lo veía tan feliz — responde él, su voz mezclando inquietud con esperanza.
Joselito baila por todos lados, moviéndose entre los grupos con una gracia que contradice su usual torpeza. Sus manos dirigen una orquesta invisible, mientras sus pies dibujan patrones misteriosos en el suelo. A pesar de la euforia general, Mariana no puede evitar notar las miradas furtivas de Ramón, ni contener su preocupación por Joselito, recordando la inquietante letra del bolero que había sonado en casa de su abuelo.
Jairo, convertido en DJ improvisado, navega por la discografía heredada de Maracas como un capitán en mares musicales, alternando entre orden metódico y caos creativo. Siempre regresa a los himnos de “Cosa Nuestra” y “El Juicio”, las joyas de la corona de Colón y Lavoe, que repite como mantras salseros. Su obra maestra es un casete -su propio mix-, titulado “Para Los Criticones, Llegó El Sonero”, un tesoro personal que cuida como reliquia sagrada. Cuando la grabación muestra heridas de guerra, Jairo se convierte en cirujano: con cuchilla de afeitar y Cinta Scott, realiza delicadas operaciones; así, cada vez que la grabadora del viejo equipo se atasca o traga un trozo de cinta, él juicioso repara los enredos, hace empalmes y salva así su archivo musical. El sonido sigue vivo, como un testimonio de su esfuerzo y pasión. Es un Mix. (21)
Con cada recital, las mentes de los oyentes se elevan mientras los ritmos se adhieren a las paredes como enredaderas sonoras, inundando la casa y el parque. Los vecinos y curiosos, hechizados por el llamado de la salsa, acuden en flujos inmarcesibles, convergiendo en el Parque Panamericano en júbilo inmortal. ¡Qué himno!
Ramón, en cada audición, gravita inevitablemente hacia el grupo más cercano a Mariana. La contempla en silencio, su corazón latiendo al ritmo de cada canción, mientras una mezcla de admiración y ansiedad lo paraliza. Al verla con su novio, una tormenta de emociones contradictorias crece en su interior, transformando su amor en un torbellino que amenaza con desbordarse.
3.3 Callejón sin salida
El romance entre Ramón y Mariana fue breve, intenso y memorable. Nació en los pasillos del colegio, donde las miradas furtivas y las sonrisas tímidas chisporroteaban como brasas saltando de un fogón, ansiosas por convertirse en hoguera. Todo comenzó cuando Ramón, mal informado, creyó que Mariana venía del Caribe, cuando en realidad era más valluna que el manjar blanco. En su afán por conocerla, el investigador se encontró fulminado por un amor tan inesperado como avasallador. Pero la metamorfosis de oruga a mariposa nunca encontró su momento, y antes de que pudieran siquiera improvisar el inicio de su amor adolescente, los chismes los envolvieron como una tormenta repentina.
Un día bonito y soleado de diciembre de 1978, Ramón caminaba entre la Plaza de Cayzedo y el Río Cali, disfrutando de la brisa fresca, cuando se cruzó con un grupo de compañeras del colegio de Mariana. Un enjambre de chicas a gogó que reían y conversaban sin cesar, como si el mundo no existiera fuera de su círculo. Las saludó con entusiasmo, pero su mirada se detuvo especialmente en una de ellas: Socorro. ¿Socorro?: Sí, ¡Socorro! Y allí todo se configuró como para pedir auxilio. ¡Socorro estaba de infarto! Una belleza deslumbrante comparable a la de Jessica Lange, con una fuerza magnética capaz de aturdir a cualquier King Kong que se atreviera a acercarse. A pesar de su hermosura, Socorro era un espécimen enigmático y fatal: su naturaleza mordaz, su lengua afilada y su presencia devastadora la convertían en una reina, admirada y temida por igual. En el colegio corría un verso irónico, casi un lamento popular: “Cuidado, ahí viene la Piraña, mujer de muchas mañas, la que todo lo daña.”
Con su lengua viperina, tejía historias que jamás ocurrieron pero que, como hilos invisibles, atrapaban a quien osara escucharla. Ramón, incauto en su camino, no fue la excepción. Inmediatamente después de aquel encuentro, los rumores empezaron a inundar el barrio, el colegio, y quizás hasta media Cali. Pero Socorro, a pesar de sus intentos, no lograría conquistar su corazón. Ramón era blindado, impenetrable: su alma y su mirada estaban firmemente ancladas en Mariana, y nada ni nadie podía apartarlo de ella.
Sin embargo, el daño ya estaba hecho. Con intrigas esparcidas como perdigones al viento, el mundo de Ramón empezó a arder en habladurías. Como pólvora seca, el universo entero pareció conspirar en su contra, y la chispa del chisme provocó un escándalo monumental. Fue comida de Piraña (22)
Los rumores infundados sobre su saludo a Socorro se propagaron más rápido que un estribillo pegajoso. Herida por las versiones corregidas y aumentadas, dignas de una telenovela, Mariana se alejó sin esperar explicaciones. Ramón no supo cómo reaccionar; lo venció la timidez y el silencio, y desde ese momento su vida se convirtió en un callejón sin salida: una prisión a cadena perpetua, donde él sigue convencido de que todos han condenado, sin culpa, sin juicio y sin compasión, a un hombre que aún no es tan hombre, pobre hombre… (¡Ay, Ombe!).
Fue en ese trance cuando apareció Chepe en la vida de Mariana. Estudiante brillante de electrónica, amigo cercano de Ramón y experto en conquistar corazones, Chepe llegó como una brisa fresca en medio de la tormenta emocional. Su relación comenzó casi sin querer, entre proyectos universitarios y encuentros casuales en la biblioteca. La hacía reír, la distraía de sus preocupaciones familiares, y por un tiempo eso pareció suficiente.
Años después, Mariana ya se cuestionaba si la comodidad de su relación con Chepe no era más que una forma de esconderse de sentimientos más profundos. Las miradas furtivas de Ramón durante las reuniones del grupo no ayudaban; cada vez que sus ojos se encontraban, algo antiguo y poderoso parecía despertar. La forma en que Ramón se preocupaba por Joselito, su dedicación al cuidado de su hermano menor, revelaba una madurez que Mariana no había podido ver en su adolescencia.
El aterrizaje de Chepe fue casi “sin querer queriendo”, como diría el Chavo del 8. Con su carisma y su habilidad para reparar desde radios hasta corazones rotos, este amigo del alma cautivó a Mariana sin necesidad de gestas épicas; solo con bromas de colegio, relatos exagerados del barrio y “su visión” del arte y la música. Mariana nunca supo (hasta ese entonces) lo cercanos que eran esos dos, y Chepe ni imaginaba lo profundamente involucrado que estaba Ramón con ella. ¿Y Ramón? ¡Pobre Ramón! Tampoco sospechó que entre ellos nacería un noviazgo tan rápido y directo, que lo dejó completamente atónito. Virgencita de Las Lajas, ¿cómo podía ser tan trágico este destino?
Ahora, Ramón observa desde la distancia a su amor perdido, su corazón latiendo a un ritmo triste, mientras su romance se convierte en un acertijo sin respuesta. Cada vez que ve a Mariana y Chepe juntos, siente como si alguien hubiera cambiado la emisora de su vida a una frecuencia llena de estática. No obstante, él se mantiene fiel a su espíritu soñador; sigue esperando que algún día Mariana no solo escuche las explicaciones de su breve episodio adolescente, sino que perciba el verdadero latido de su corazón: la adoración eterna que siempre le ha profesado. No puede evitar sentir que su vida ha sido exprimida por un malentendido; que el cielo se ha nublado y que está completamente asfixiado. “¿Qué pasó?”, se pregunta una y otra vez, mirando a Mariana desde lejos, incapaz de soportar que ahora sean “tan solo amigos”. (23)
3.4 Jairo expone, y Ramón sueña despierto
La noche avanza y, mientras el concierto continúa, el grupo, ajeno a la historia de Ramón, se deja llevar por la audición salsera. Con cada nueva canción, descubren que esos mismos sones han hecho bailar a sus mayores por muchos años. Tal vez ahí esté la clave, o tal vez no signifique nada. La gran incógnita persiste: ¿cómo los guiará esta música hacia el tesoro? Cada melodía parece una pista más. ¿Está el secreto en las letras, en los ritmos, en la multitud, en los eventos conexos, o en todo eso a la vez? Los Doce del Patíburro sienten que cada compás los acerca más al enigma.
Con esas reflexiones flotando en el aire y mientras “El Malo” suena una vez más, Jairo siente que algo hace clic en su mente. Las piezas del rompecabezas finalmente encajan. Reafirma sus teorías de la noche anterior; no puede estar equivocado. Las letras sobre gánsteres y la vida en la calle cobran un nuevo significado. Mira por la ventana hacia la Cali nocturna, una ciudad en plena transformación, y su mente traza mundos paralelos, aparentemente inverosímiles pero maravillosamente posibles.
Con una chispa de entusiasmo en los ojos, comienza su exposición:
—Chicos, ¿no creen que estas canciones nos están diciendo algo más que una simple letra? —dice Jairo, rompiendo el silencio—. Escuchen: “Calle Luna, Calle Sol”, “Juanito Alimaña”, “The Good, The Bad, The Ugly”, “El Malo”, “La Cosa Nuestra”, “Tiempo pa’ Matar”, “La Banda”… Todos estos temas hablan de la vida en la calle, la cultura urbana, los capos, los pillos, la gente al margen de la ley. Yo solo pregunto: ¿Y si el tesoro está allá afuera, en las calles y parques de Cali? ¿En la selva de cemento en la que se está convirtiendo esta ciudad?
Sus amigos lo miran con curiosidad y profundo escepticismo. James responde con un simple “¡Bah!”, sacudiendo la mano con desdén. Nico, siempre receptivo a teorías “originales”, muerde el anzuelo:
—¿Qué quieres decir exactamente, Jairo?
—Piénsenlo —prosigue Jairo, aclarándose la garganta—. Cali está cambiando. Hay rumores fuertes sobre combos y organizaciones que están haciendo negocios rápidos con los gringos. El emporio de los Ronderos Orejano, la expansión descomunal de sus empresas, industrias, constructoras, comercializadoras y las farmacias El Descuento. Y todo el revuelo que generan “los del eme”, “los elenos”, “los farianos” y los demás. Sobre todo “los demás”: están por todas partes, muy boletos y arrebatados, especialmente en la U. Así que pregunto: ¿Y si la música de Colón nos está dando pistas? Quizás el tesoro está escondido en el mundo subterráneo de la ciudad —y no tan oculto como creemos—, solo habría que escarbar un poco en los lugares adecuados.
Mariana, aún preocupada por Joselito, interviene con prudencia:
—Jairo, entiendo lo que dices, pero eso suena peligroso. No podemos ser tan imprudentes. Si realmente creemos que el tesoro está ahí afuera, ¿vale la pena arriesgarlo todo?
Jairo la mira con intensidad:
—A veces el mayor riesgo es no arriesgarse. ¿Sabes cuántas veces hemos oído hablar de ese famoso “tesoro”? Todos hablan de él, pero nadie osa a ir más allá. El verdadero secreto siempre está en los lugares donde nadie se atreve a mirar.
—Pero… ¿y si es demasiado arriesgado? —pregunta Pau, dubitativa.
LauLo inmediatamente rectifica:
—No es que seamos temerosos, ¡pero tampoco debemos ser temerarios!
Jairo toma aire y responde con determinación:
—Ni temerosos ni temerarios; lo que debemos es ser inteligentes y oportunos. Como dice Willie Colón: “esperando el momento preciso, y ahora es cuando es. No pierdas tiempo pidiendo permiso, dale y tú va’ ver. Es que no hay tiempo pa’ ser indeciso, dale, dale, dale, dale, dale, dale…”
Con renovado entusiasmo, continúa:
—Mariana, mami, es sencillo: no podemos seguir esperando, ni dudando. Tampoco hace falta que inventemos la rueda. Hoy en día hay gente que sabe cómo generar riqueza, de forma directa y sin rodeos. Si ubicamos a las personas adecuadas y les prometemos compartir el botín, nos van a enseñar todo lo que necesitamos saber. Como dice la canción que está sonando: “Eso se baila así… Que yo quiero que tú aprendas el bugalú a bailar; yo te lo voy a enseñar: ¡Ay mami, ay mami, ay mami, eh!… Eso se baila así”. —corea la melodía.
Todos entonces se unen:
“¡Gaby, Fofó, Miliki; Miliki, Fofó y Gaby! Arrecotín, arrecotán; Icui con icui; icuicui. ¡Ay mami, ay mami, ay mami mami mami, eeeeehhhh!…”
La letra parece brindarles el toque perfecto, y todos cantan al unísono, con un entusiasmo prominente:
“El bugalú rico está (eso se baila así)
Y yo lo quiero pa’ bailar (eso se baila así)
Ave María, cosa buena (eso se baila así)
El bugalú quiero gozar (eso se baila así) …”
Así se baila eso y eso se baila así; eso se baila así. Continúa todo el grupo saciado en euforia hasta que la canción se apaga. Eso se baila así. (24)
Luego de un animado aplauso, los ánimos se suavizan y el grupo se reorganiza, pero la calma es efímera. James y Gerson, encendidos por la idea de una aventura urbana, defienden con fervor la propuesta de Jairo, mientras Mariana, Roberto y Ramón se oponen. Nico, Chepe, Laura, Gaby y los demás mantienen una postura ambigua.
Ramón interviene para intentar poner orden:
—Por favor, no perdamos de vista por qué empezamos todo esto —dice, señalando a Joselito con preocupación.
En realidad, a Ramón le importan poco las teorías que se discuten. Todo le parece una distracción del verdadero propósito. Se retira al cuarto contiguo, se echa en la cama de don Paco, acomoda la almohada y cierra los ojos, buscando escapar de la incertidumbre que lo rodea.
Los demás siguen con el debate, pero para calmar las aguas antes de la despedida, la diplomacia llega en forma de una eterna tontería:
—Tal vez tengamos que bailar hasta que el oro salga de nuestros zapatos, y solo así conseguiremos el botín —bromea Gerson, el fisicoculturista escamoso, mientras traza unos pasos con sus mocasines de charol que, más que un baile de salsa, parecen un intento torpe de apagar un incendio con los pies.
Las carcajadas no tardan en estallar, pero en medio del jolgorio, algo cambia. Joselito, de repente, deja de sonreír y se queda inmóvil. Su cuerpo se tensa como un resorte, sus ojos se abren desmesuradamente, y Fony, la perrita, empieza a gruñir bajo su aliento. Unos tambores, profundos y vibrantes, parecen surgir de la nada, como si la música viniera desde el fondo del universo. Y entonces, sin previo aviso, Joselito comienza a cantar.
No es una voz que reconozcan, es extraña, ajena, casi sobrenatural. Su tono es bajo pero seguro, y la melodía, aunque familiar, se les escapa a todos. La letra fluye en una mixtura de frases en castellano y algo más; un dialecto virgen e ininteligible: “Kyrileison”, “cofisa”, “saranga”, “maranga”, “iata, iata”, “Eh, abongon-chele abongo-chacha”, “colé”, “mai-mai”, “sabarabaraba”. Los bongós, como si fueran parte de un hechizo, echan humo, y Fony, completamente desbordada por la energía del momento, salta, ladra y da vueltas alrededor de Joselito como una “bola de fuego”.
Cuando la última nota muere en el aire, todo queda en silencio. Joselito asesa y parpadea, agotado, como si acabara de despertar de un trance profundo. Fony, ahora en calma, lame las palmas de sus manos, como si compartiera la sensación del niño. Nadie sabe qué acaba de suceder, pero todos sienten que algo profundo, inefable, ha cambiado en el ambiente.
Entretanto, en la recámara de don Paco, se desata una historia peculiar. Ramón, profundamente sumido en un sueño vívido, experimenta algo que bien podría ser otra pista en su búsqueda emocional —no la del tesoro, claro, pero no menos significativa.
En su mundo adormilado pero radiante, Mariana está a su lado, sus manos entrelazadas, moviéndose al compás de una melodía perfecta. Juntos, sin palabras, bailan una salsa suave, con pasos tan sincronizados que parecen ensayados durante años. La música no es real, pero su armonía sí.
En ese sueño, Ramón encuentra el valor que le falta en la vigilia. Las palabras fluyen de su boca como un canto, dulce, seguro, sin titubeos. Mariana le responde con una sonrisa que ilumina todo el cuarto. Y en este extraño universo de ensueño, la madre de Mariana, que en la vida real mira a Ramón con la simpatía de un moscardón en su sopa, los bendice con un entusiasmo desmedido.
Como toda buena canción, el sueño llega a su fin: el alboroto de sus amigos, desatado por el extraño hechizo de Joselito, lo despierta con un sobresalto. Ramón abre los ojos, y la cruel realidad se cuela en su mente como un veneno amargo. La almohada está empapada por lo que jura que son gotas de lluvia, jamás lágrimas de tristeza, ni la humillación de un llanto ahogado. Pero no. ¡No y no! No es agua ni lluvia; son lágrimas y babas, aunque él mismo lo niegue en su vano intento de maquillar la miseria que lo embarga. La almohada, testigo silencioso de su derrota, es su única compañía en el vacío dejado por la pesadilla, y la impotencia que ahora lo consume… “Ay!, llora como yo lloré; en el alma tengo un sufrimiento…”
… Si Tú me quieres dejar
Yo no quiero sufrir
Contigo me voy mi santa …
Aunque me cueste morir (25)
“Ay, Mariana”, suspira Ramón en la oscuridad, “si pudiera seguirte hasta el fin del mundo… lo haría sin dudarlo”. Se levanta tambaleante, pero decidido a investigar el origen del estruendo en la casa. Se dirige hacia el cuarto contiguo, sus pasos torpes, pero firmes, decidido a enfrentarse a la realidad, aunque sea la peor.
3.5 Jairo insiste
—¿Qué acaba de pasar? —pregunta Ramón, mirando con agobio a su excuñadito, que parece fuera de sí.
—Parecía una canción antigua, con rezos de vudú —murmura Mariana—, como si viniera de otra época, fusionando tiempos, saberes y ritmos.
—¡Válgame Dios! Creo que esas palabras son mágicas, y que estamos en el camino correcto —interviene Jairo, buscando captar la atención de todos.
Con renovado entusiasmo, exclama:
—¿Lo ven? —señala los tambores con el dedo—. ¡Esto es una señal! ¡Carajo! Tal como dijo Maracas: “El tesoro está en la letra y la música de esas canciones.” ¡Piénsenlo! No es casualidad que Tarcisio Maracas nos haya dado estos discos. Hay algo en esta música, en su historia, en sus autores, que nos va a dar la clave. ¡Y Joselito es parte de esa clave! Pero yo sigo diciendo: el tesoro está en la calle. Así que, antes de que caiga la medianoche, la hora de los vampiros, quiero dejarles un mensaje claro: mañana mismo, a romper el asfalto. Vamos a gastar suelas, a hablar con la gente que sabe. Solo los duros nos pueden ayudar, lo sé, José.
Un frenesí recorre al grupo como una corriente eléctrica. A veces reina el caos, pero en momentos como este, todo parece tener sentido. Están al borde de algo grande, lo sienten en la piel, pero saben que son demasiado inexpertos para enfrentarlo solos. La propuesta de Jairo de recurrir a expertos, aunque sea de los mundos subterráneos u oscuros, abre una nueva ruta llena de posibilidades emocionantes, pero también peligrosas.
Los mellizos Solarte, como si compartieran una sola mente, con gestos coordinados anuncian al unísono su adhesión a la hipótesis de Jairo. La Gaby los inspecciona de arriba abajo y frunce el ceño.
Con la adrenalina a flor de piel, Los Doce del Patíburro se preparan para continuar su búsqueda, sin saber que el camino que tienen por delante será mucho más desafiante de lo que jamás imaginaron. Las calles de Cali, con sus secretos y peligros, los esperan. El tesoro parece más cercano y más misterioso que nunca.
Todos se van a dormir. La música sigue sonando y sonando.
Fin del tercer episodio
Continuará…
Citas de pie de página:
1 Colón, W., & Lavoe, H. (1970). Aires de Navidad. En Asalto Navideño [Álbum]. Fania Records.
2 Colón, W. (1968). Qué lío. En The Hustler [Álbum]. Fania Records.
3 Colón, W. (1970). Panameña. En La Gran Fuga [Álbum]. Fania Records.
4 Colón, W. (1970). Vive tu vida contento. En: Asalto Navideño [Álbum]. Fania Records.
5 Colón, W. (1984). Tiempo p´a matar – Fragmento En: Tiempo p´a matar [Álbum]. Fania Records.
6 Colón, W., & Lavoe, H. (1970). Introducción – Fragmento. En: Asalto Navideño [Álbum]. Fania Records.
7 Colón, W. (1972). La Murga. En Asalto Navideño [Álbum]. Fania Records.
8 Lavoe, H. (1975). Mi Gente. En La Voz [Álbum]. Fania Records.
9 Colón, W. (1981). Mi Sueño. En Fantasmas [Álbum]. Fania Records.
10 Colón, W., & Lavoe, H. (1970). Popurri-Fragmento. En Asalto Navideño [Álbum]. Fania Records.
11 Colón, W. (1969). No me llores más-Fragmento. En Cosa Nuestra [Álbum]. Fania Records.
12 Colón, W. (1970). Abuelita-Fragmento. En La Gran Fuga [Álbum]. Fania Records.
13 Colón, W. (1982). Triste y vacía – Fragmento. En El Vigilante [Álbum]. Fania Records.
14 Colón, W. (1970). Traigo la salsa. En Asalto Navideño [Álbum]. Fania Records.
15 Colón, W. (1979). Sin poderte hablar. En Sólo [Álbum]. Fania Records.
16 Colón, W. (1970). El Baquiné – Primera Parte – Fragmento. Adaptación de: El Baquiné De Angelitos Negros [Álbum]. Fania Records & Taller Boricua/Puerto Rican Workshop. (28-02-2020).
17 Colón, W. (1970). Esta Navidad – Fragmento En: Asalto Navideño [Álbum]. Fania Records.
18 Colón, W. (1970). Vive tu vida contento. En: Asalto Navideño [Álbum]. Fania Records.
19 Colón, W. (1973). Calle Luna, Calle Sol. En: Lo Mato. [Álbum]. Fania Records.
20 Colón, W. (1982). Juanito Alimaña – Fragmento. En: Vigilante [Álbum]. Fania Records.
21 Mix de: Sonero Mayor, Cheche Colé & Pan y Agua. En: Colón, W. (1969). Cosa Nuestra [Álbum]. Fania Records. & Colón, W. (1972). El Juicio [Álbum]. Fania Records.
22 Colón, W. (1972). Piraña-Fragmento. En El Juicio [Álbum]. Fania Records.
23 Colón, W. (1984). Un Callejón sin salida-Fragmento. En Tiempo Pa’ Matar [Álbum]. Fania Records.
24 Colón, W. (1968). Eso se baila así. The Hustler [Álbum]. Fania Records.
25 Colón, W. (1972). Soñando Despierto. En El Juicio [Álbum]. Fania Records.
FUENTES UTILIZADAS EN EL PRIMER EPISODIO (Acorde con las citas de pie de página en orden de aparición)
(1) Colón, W., & Lavoe, H. (1970). Aires de Navidad. En Asalto Navideño [Álbum]. Fania Records. Consultado el 6 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/AeXBcH0k
(2) Colón, W. (1968). Qué lío. En The Hustler [Álbum]. Fania Records. Consultado el 6 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/seXBvRYp
(3) Colón, W. (1970). Panameña. En La Gran Fuga [Álbum]. Fania Records. Consultado el 6 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/XeXBbYkx
(4) Colón, W. (1984). Tiempo p´a matar. En: Tiempo p´a matar [Álbum]. Fania Records. Consultado el 6 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/PeXBQk50
(5) Colón, W., & Lavoe, H. (1970). Introducción. En: Asalto Navideño [Álbum]. Fania Consultado el 6 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/teXNLGJC
(6) Colón, W. (1972). La Murga. En Asalto Navideño [Álbum]. Fania Records. Consultado el 6 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/6eXNVjCw
(7) Lavoe, H. (1975). Mi Gente. En La Voz [Álbum]. Fania Records. Consultado el 6 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/ceXMeKfs
(8) Colón, W. (1981). Mi Sueño. En Fantasmas [Álbum]. Fania Records. Consultado el 6 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/EeXMO8Km
SEGUNDO EPISODIO
(1) Colón, W., & Lavoe, H. (1970). Popurri Navideño-Fragmento. En Asalto Navideño [Álbum]. Fania Records. Consultado el 8 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/aeCh5FYn
(2) Colón, W. (1969). No me llores más-Fragmento. En Cosa Nuestra [Álbum]. Fania Records. Consultado el 8 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/5eCh7noP
(3) Colón, W. (1982). Triste y vacía. En El Vigilante [Álbum]. Fania Records. Consultado el 13 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/aeVHvkJS
(4) Colón, W. (1970). Abuelita. En La Gran Fuga [Álbum]. Fania Records. Consultado el 8 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/meChcKC0
(5) Colón, W. (1970). Traigo la salsa. En Asalto Navideño [Álbum]. Fania Records. Consultado el 8 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/4eCh6L0p
(6) Colón, W. (1979). Sin poderte hablar. En Sólo [Álbum]. Fania Records. Consultado el 8 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/oeCjqI0H
(7) Colón, W. (1970). El Baquiné – Primera Parte. Adaptación de: El Baquiné De Angelitos Negros [Álbum]. Fania Records & Taller Boricua/Puerto Rican Workshop. (28 febrero 2020). El Baquiné De Angelitos Negros.
Consultado el 8 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/LeCjC30O
(8) Colón, W. (1970). Esta Navidad. En: Asalto Navideño [Álbum]. Fania Records. Consultado el 8 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/heCjf3VW
TERCER EPISODIO
(1) Colón, W. (1970). Vive tu vida contento. En: Asalto Navideño [Álbum]. Fania Records. Accedido el 10 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/KeC0UDFb
(2) Colón, W. (1973). Calle Luna, Calle Sol. En: Lo Mato. [Álbum]. Fania Records. Accedido el 10 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/JeC0ONzi
(3) Colón, W. (1982). Juanito Alimaña. En: Vigilante [Álbum]. Fania Records. Accedido el 10 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/LeC0Ss9c
(4) Colón, W. (1969, 1972) Mix de: Sonero Mayor, Cheche Colé & Pan y Agua. En: Colón, W. (1969). Cosa Nuestra [Álbum]. Fania Records. & Colón, W. (1972). El Juicio [Álbum]. Fania Records. Accedidos el 13 de diciembre
en: https://cutt.ly/jeV9ncSU, https://cutt.ly/zeV9nNn2 y https://cutt.ly/ReV9mosD
(5) Colón, W. (1972). Piraña En El Juicio [Álbum]. Fania Records. Accedido el 13 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/feV9bUBe
(6) Colón, W. (1984). Un Callejón sin salida En Tiempo Pa’ Matar [Álbum]. Fania Records. Accedido el 14 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/MeV9v8dT
(7) Colón, W. (1968). Eso se baila así. The Hustler [Álbum]. Fania Records. Accedido el 14 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/BeV9vbNe
(8) Colón, W. (1972). Soñando Despierto. En El Juicio [Álbum]. Fania Records. Accedido el 14 de diciembre de 2024 en: https://cutt.ly/jeV9x8y6
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