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LOS NIÑOS PERDIDOS EN LA SELVA DEL CAPITALISMO

El conocimiento ancestral de los pueblos indígenas es clave para preservar los ecosistemas ante la crisis climática mundial que enfrentamos.

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Por:

Attila Lenti

Analista e investigador

 

Attila Lenti

 

La noticia del rescate de los cuatro niños que sobrevivieron durante 40 días en las selvas del Guaviare recorrió el mundo. Es usual que el cubrimiento internacional de los medios sobre Colombia sea alrededor de malas noticias, normalmente asociadas con narcotráfico y conflicto armado. Sin embargo, esta vez se le hizo seguimiento detallado al desarrollo de la búsqueda y el rescate incluso en países que casi no reportan sobre Colombia, como es el caso de mi país, Hungría (igualmente por fuera del radar de la opinión colombiana).

La noticia equivale a un milagro y produjo una catarsis emocionante. Pero más interesante aún que este milagro se asocia con un tema que nuestro mundo positivista, construido a partir de estándares del Occidente, se ha negado a reconocer: la efectividad práctica y el valor del conocimiento tradicional indígena, clave para la sobrevivencia tanto de los niños en la selva, como de la humanidad misma. Si bien en Colombia –que recientemente transitó el camino de ser un país rural para convertirse en un país urbano– la vida cotidiana se entrelaza con saberes originados en la vida campesina y de los pueblos étnicos, los pueblos indígenas y sus conocimientos a menudo han sido despreciados. La situación no es mejor en el exterior, donde el tema no va más allá de la exotización de la ayahuasca y unos rituales chamánicos en la selva para viajeros en busca de aventura e iluminación.

La mirada cambia para aquellos científicos e investigadores que se esfuerzan diariamente para entender la enorme complejidad de los ecosistemas tropicales y su relación con aquellos grupos humanos que por miles de años han podido vivir en armonía con ellos. Poblaciones que han usado de manera sostenible lo que nosotros llamamos “recursos naturales”, que son, en realidad, nuestro entorno natural, la base de nuestra existencia. Los esfuerzos de personas como Alexander von Humboldt, uno de los pioneros del pensamiento ecológico, o como Richard Evans Schultes, padre de la etnobotánica, han sido apenas los primeros pasos de un proceso que hoy llegó a ser fundamental para la sobrevivencia de la especie humana.

La Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) ha producido múltiples informes escalofriantes (que aparentemente pocos leen) sobre la pérdida y el pésimo estado de nuestra biodiversidad y de los servicios ecosistémicos que ofrece, sin los cuales no podemos vivir. Una de sus más importantes conclusiones es que el conocimiento ancestral de los pueblos indígenas es clave para preservar los ecosistemas ante la crisis climática mundial que enfrentamos.

Su singular diversidad biológica y cultural convierte a la cuenca del Amazonas en el bioma más importante del mundo, y su sistema hidrológico es indispensable para el control climático del planeta. Lastimosamente, hoy la Amazonía es una fuente de materia prima con todas las terribles consecuencias de la extracción. Según las predicciones de la ciencia, la deforestación de la Amazonía en estos años de cambio climático estará alcanzando el nivel del punto de no retorno: cuando la región de manera irreversible comienza a convertirse en sabana. Es la amenaza inminente del colapso del clima, de los ciclos globales del agua, de gran parte de la biodiversidad del planeta, con impactos para la humanidad que (no) se puede imaginar. Tenemos retos que hay que resolver de manera urgente.

Es un hecho que donde existe presencia indígena hay menos deforestación que en otras partes. O sea, se trata de los maestros de la conservación silvestre. En los paisajes bioculturales de la región, los grupos indígenas dominan los secretos de copiar los procesos de la naturaleza en sus prácticas agroecológicas milenarias (como la práctica agroforestal ancestral de la chagra), de la manutención de los servicios ecosistémicos en diversos entornos naturales, el manejo de los suelos complicadísimos de la selva, la atracción de los polinizadores y de los animales dispersores de semillas, el uso y manejo de los recursos hídricos, y la medicina tradicional basada en un profundo conocimiento botánico, entre otros.

Los niños que sobrevivieron en la selva no vienen de cualquier tradición: con un fragmento del conocimiento botánico indígena huitoto lograron lo imposible.

Sin embargo, muy pronto este territorio puede convertirse en una fuente de conocimientos para la sobrevivencia humana. La ciencia ya entendió que la diversidad biológica, el capital más grande de los países del Sur, y la diversidad cultural, son inseparables. Se debe profundizar el intercambio con los saberes indígenas cuanto antes. No basta con elegantes recomendaciones en informes de organismos internacionales, el trabajo práctico debe comenzar ya con proyectos articulados y sostenidos a largo plazo, con la escucha activa tanto de la comunidad científica como de los actores políticos.

Por supuesto, mientras tanto se debe proteger a los pueblos nativos y asegurar la continuidad intergeneracional de sus saberes ancestrales, garantizando asimismo su modo tradicional de vivir.

Claro, no se garantiza que los frutos de este intercambio de saberes vayan a ofrecer resultados viables en el marco del actual modelo económico capitalista. Existen cálculos sencillos que demuestran la imposibilidad de que la economía siga creciendo por el uso cada vez mayor de materia y energía que devora nuestros ecosistemas (no solo amazónicos, también europeos, canadienses, siberianos, etc.), haciendo que nuestro planeta se vuelva inhabitable. La inquietante observación del economista Giorgos Kallis es que, con una tasa de crecimiento del 3% anual a nivel mundial, tendríamos una economía 19 veces más grande en un siglo, lo cual es a todas luces un planteamiento absurdo. Hay que parar, pensar y realizar cambios.

Las culturas sostenibles han vivido por milenios sin crecimiento y sin problemas. Considerándose parte del bosque, siendo un solo cuerpo. Para aprender de ellos no es necesario retornar a la caza y la recolección. Pero sí, como un primer paso, podemos aprender algo simple: que siempre hemos sido parte de la naturaleza que tiene sus límites. Aquél que la respeta puede sobrevivir en ella. Sin eso, los niños perdidos en la selva somos nosotros.

Fuente: Fundación Pares

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