Por:
Gustavo Álvarez Gardeazábal

Ayer a mediodía por medio de un audio que circuló en la redes de mi pueblo, quien se dijo vocero de la resistencia en Tuluá advirtió, en un tono demasiado vengativo, que como en la madrugada anterior las fuerzas policiales habían levantado las barricadas que obstruían hacia el sur en el puente de las mariposas y en la colina hacia el norte, en el ingreso de la terminal de transportes, los de la resistencia iban a dejar de actuar con el espíritu pacífico y dialogante que mantuvieron durante 20 días y que Tuluá sabría cuántos eran y de qué ellos resultaban ser capaces de hacer.
Mi pueblo se fue llenando entonces del temor parroquial que invade corazones y anula voluntades. Comerciantes previsivos alcanzaron a forrar sus vidrios en madera como si fuese a llegar un huracán. Varios de los numerosos almacenes de motos, más astutos, se las llevaron para algún depósito. Otros las dejaron exhibidas para que la turba se las llevara horas más tarde. El alcalde se enteró. Cerró el edificio municipal y avisó a la Policía. Algún influyente hizo lo propio con el coronel Urquijo, comandante de la Policía Valle. No se tomó ninguna medida. O como se dice ahora: no hubo intervención en toda la tarde de los apoyos del Esmad, que están hace 20 días acantonados en Tuluá, pagando de su propio bolsillo la alimentación.
Cuando comenzó la gazapera el influyente volvió a decirle al comandante Urquijo que no eran vándalos sino vengadores. Tal vez no entendió. Y aunque la turba no tenía sino las piedras que llevaron en una carretilla y los palos con los que arrancaron los forros de madera de las vitrinas por tres horas, la fuerza policial no apareció y la resistencia se hizo al poder en las calles céntricas de la ciudad.
El ejército, que tiene un batallón -el Palacé- a 20 minutos, no se apareció, pese al ritmo que tomaban los acontecimientos. Al filo de las 7 de la noche, el Palacio de Justicia, construido en la década del 20 como Gimnasio del Pacífico con la plata del canal de Panamá y reconstruido como epicentro de la Justicia regional en mi primera administración como alcalde en 1988, ardió en llamas. Sólo ahí empezaron a llegar las fuerzas del orden que tiene el inepto gobierno nacional.
Ha sido una noche de terror donde tantos tulueños sólo veíamos entre sueños y pesadillas el palacio ardiendo. Los ineptos siguen comandando al país desde Bogotá preguntándose por qué actúan así los que llaman vándalos, cuando lo que deberían era preguntarse qué es lo que no han hecho como gobernantes para que esto pase y las puertas de la venganza resulten superiores a las de la esperanza.
Muchas gracias.
El Porce, mayo 26 de 2021
