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GERMAN ARCINIEGAS: DE LA MESA REDONDA A LA TABERNA DE LA HISTORIA

ELEGIA DE VARONES ILUSTRES EN LAPROVINCIA DE LA VILLAVICIOSA DE LOS PASTOS (XXII)

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Por:

Jorge Luis Piedrahíta Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahíta Pazmiño

 

Apenas fueron tres las avanzadas in situ de Germán Arciniegas en nuestra provincia. Por eso en carta que me puso con motivo del lanzamiento del cuaderno “Ipiales mi pueblo”, confesó que habían sido poquísimas. Según lo sigo, la primera, en julio de 1938 en la comitiva presidencial de Eduardo Santos cuando visitaron a José Rafael Sañudo, y otra, en enero de 1946 cuando era Ministro de Educación y con el presidente Lleras Camargo estuvieron saludando a la Virgen de Las Lajas. Y estuvo también en Túquerres, médula de la revuelta de los comuneros del sur de lo cual dejó recensión en su icónica revista “Correo de los Andes”, bajo el rótulo de “Los Clavijos de Pasto” (Vol. 2 número 2, marzo de 1980, portada y p. 73). Váyase a saber por qué “de Pasto” y no “de los pastos”, como es lo enderezado; así también cómo fue posible que la Academia Colombiana de la Lengua se haya fundado en la calle “Túquerres”, de Bogotá. ¿Sería que el prestigio de la papa tuquerreña que para esas épocas arribaba a la capital, daba también para achaques literarios?

 

Germán Arciniegas (Bogotá: 1900-1999)

 

Cuando yo cursaba el pregrado en el Externado y con motivo del cincuentenario de su opus magnum, “El estudiante de la mesa redonda”, lo visité en su casa-biblioteca de la 92, para invitarlo a festejar en nuestra Universidad. A nombre de los externadistas y en presencia del Rector Hinestrosa y del Vicerrector Restrepo Piedrahita, lo recibí con esta exégesis:

“Tiene para nosotros una significativa y emocionante repercusión espiritual el hospedar hoy en nuestro techo externadista a quien, como el maestro Germán Arciniegas, es cifra elevadísima de la cultura y de la inteligencia de “Nuestra América” -como él mismo fervientemente denomina a su Continente-, al tiempo que es la más pulida y esclarecida de las glorias vivientes de nuestra Colombia.

Al comprobar su presencia en nuestra Universidad, Maestro, sentimos que no ha sido en vano el itinerario que tanto usted como el Externado han recorrido.

Usted porque ha consagrado su meritoria biografía al servicio de Colombia: de sus hombres, de sus raíces y de sus letras. Nuestra Universidad porque ha sido la morada incandescente en donde la juventud anhelante ha querido venir a recibir el fuego de los dioses (radicales) y entrambas instituciones, Maestro Usted y el Externado, han coincidido en abrazar la devoción por la juventud para nutrirla, para templarla, para introducirla por los caminos de la ilustración. Y usted la empezó con el mismo comienzo del siglo. En palabras de quien era poeta diríamos que “temprano madrugó la madrugada” en Usted para asistir a ese magisterio de toda su vida formando y amando a la juventud. Aquí precisamente, en este Claustro, reinaugurando la cátedra que no podía ser sino la de Sociología que introdujeron los precursores Camacho Roldán, Mendoza Pérez y Santiago Pérez.

Y luego con el milagro de sus manuscritos mágicos e iluminantes, exuberantes de gracia e ironía. Como que no es otra cosa que el aniversario de oro de su espléndida primera enciclopedia, que es el estudiante de la mesa redonda, el que nos ha permitido esta oportunidad fugaz pero feliz de tenerlo entre nosotros para decirle cuánto lo admiramos y lo queremos, Maestro Germán.

Un poeta chileno que -como usted- subió a las alturas inmarcesibles de la belleza literaria nos obsequió con su espiritual encanto unos trazos magníficos que bien vienen en abono del homenaje que hoy queremos rendirle:

 

“Creo que ningún hombre puede tener como el escritor la tiene, por una sola vez durante la vida, esta embriagadora sensación del primer objeto creado con sus manos, con la desorientación aún palpitante de sus sueños. Es un momento que ya nunca volverá. Vendrán muchas ediciones más cuidadas y bellas. Llegarán sus palabras trasvasadas a la copa de otros idiomas como vino que cante y perfume en otros sitios de la tierra. Pero ese minuto en que sale fresco de tinta y tierno de papel el primer libro, ese minuto arrobador y embriagador con sonido de alas que revolotean y de primera flor que se abre en la altura conquistada, ese minuto está presente una sola vez en la vida del escritor y del poeta”. (Neruda)    

 

Se pierde, Maestro, lo sabemos, su mirada en lontananza y con el vértigo que producen siempre las distancias -ya inalcanzables- recordará usted, animosa pero tiernamente el episodio de su vida que le abrió por siempre -y con cuántos títulos- la entrada a la inmortalidad en las letras y en la historia de nuestra Colombia.

Y pensamos que no es gratuito que el primer esfuerzo de su inteligencia ecuménica lo ofreciera íntegramente a revivir los episodios estelares que ha protagonizado, que ha exaltado y que ha padecido la juventud en todos los tiempos. Desde el siglo XII, que evoca la teología, la metafísica, o simplemente “las cosas del diablo” como burla burlando usted mismo nos los dice, hasta las mismísimas jornadas que usted abanderó, las luchas estudiantiles en este trozo del Continente que recuerdan la presencia beligerante y bulliciosa de usted.

En uno de sus sobresaltos ariscos y encantadores nos trae Usted a Renán para que nos diga que “la juventud es el descubrimiento de un horizonte inmenso que es la vida” . Y usted mismo nos arrebata con esa espléndida frase de que “solo la juventud tiene revelaciones”, para que nos inquietemos y vayamos al pueblo y a la ciencia.

 

 

El estudiante de la mesa redonda

 

Y allí mismo descubre usted su espíritu vehemente y nos exhorta a comprender y a calibrar nuestro destino:

“Hacer obra de juventud y de estudiantes. Dejar que esa entraña, la Universidad, viva en todos los instantes de la República. No cometer el viejo pecado de cerrar las aulas a los muchachos que entraron en contacto con la vida y hacer del estudio una fuente de renovación continua. Con el sentido de las viejas corporaciones, en la escuela estarán los aprendices, que, al terminar el primer ciclo, cuando ahora se les separa de la actividad universitaria con un título, pasen a ser compañeros para que, de su contacto con la juventud, con la vida de afuera, con el estudio y con la renovación de los conceptos, vaya surgiendo el maestro como una mano que ayuda a desbrozar los paisajes.

“Es la juventud sin prejuicios, es la juventud en su diafanidad efectiva la que puede recoger el sentido de la patria, que está en el fondo del pueblo. Esa juventud que, un día, escribiendo las páginas de la historia natural de América se halló con la revelación de los campesinos que reclamaban su libertad. Los viejos que no reconocen esta capacidad juvenil, ellos, que viendo reír a los muchachos les consideran indolentes y frívolos, olvidan que los muchachos en medio de esa indolencia y frivolidad han determinado los movimientos más hondos de la historia. El estudiante tiene una biografía de cinco siglos. No asalta posiciones, sino que valora las que le pertenecen por conquista milenaria”.

El estudiante soldado, el estudiante juglar, el estudiante seminarista, el estudiante revolucionario, el estudiante romántico: es decir, la marcha dolorosa y heroica de la juventud, esa “conspiradora tradicional de todos los tiempos”, que “lleva la revolución en el alma” y que es inveterada impugnadora del “orden establecido, el conformismo, la pasividad”.

Siguen después dieciséis capítulos en los cuales va desgranándose su inventiva. El primero, los frailes, es el estudiante preocupado por las cuestiones espirituales, el estudiante retórico, filósofo y tergiversador. En el capítulo II, el frívolo, diletante, apasionado y mujeriego, gitano, aventurero, “ladrón, pedigüeño y mentiroso como los vagos que dejó la liquidación de la Edad Media (…) Las ciencias le inquietan, el mar tienta sus deseos de aventura; pero a nada de eso mira si no es de contrabando. Contra sus arrestos está montada la máquina de la inquisición. La ciencia está en las medidas de la ambición humana, tomadas en aventuras de capa y espada, inquietud científica hace, de los estudiantes, vagabundos”. Aquí Colón y Vespucci, epígonos de la aventura y el delirio renacentista.

En otro capítulo se recapitulan las luchas, infortunios y vicisitudes de los conquistadores, y tras ellos, el estudiante cuyo designio es asistirlos en las embestidas racionalistas.

Los seminaristas, los Inquisidores, de sus crueles actos y de sus personalidades retorcidas y opuestas a toda conversión. Supera luego las tinieblas y la novela se ilumina cuando convoca a los sabios, encabezados por Caldas y Humboldt y toda la generación naturalista preindependentista, los obreros, verdaderos maestros de obra que diseñaron el aparato circulatorio de los nuevos repartos geográficos, los que se dedicaron a escudriñar los rincones de la tierra para elaborar el mapa de su corteza.

El estudiante romántico es la exaltación del discurso liberal de la cual pena prendado y su debilidad persistente por entregarse a sus rabiosos torbellinos. Contiene todo el drama y la tragedia en la vida de la América Española; pero también describe los primeros atisbos de rebeldía, la campanada novicia que significó el terremoto intelectual de Córdoba, en contra de los valores oxidados de la universidad con dependencias coloniales.

En las últimas secciones se pregunta si contraerá el estudiante el compromiso revolucionario como ocurrió a principios del siglo XIX. Y el final es el éxodo. Es cuando el estudiante abandona los claustros y se ha de enfrentar a la vida, a partir de las enseñanzas recogidas en la universidad.

Qué gran símil y qué gran advocación para nosotros que estamos ad portas del mundo, pero equipados aventajadamente por las lecciones suyas Maestro, y por las de nuestro Externado escanciado.

Nadie tiene en las venas un americanismo tan entrañable, tan genuino y vivo como usted. Nadie se conmueve tan puntualmente con los ecos de la historia de nuestro país como usted, tan sentidamente, tan generosamente. Con una pasión personal que pudiera decirse, se confunde con sus muros mismos. Por ello, maestro, lo queríamos tener aquí. Para -por un momento- celebrar, porque la historia de América tiene nombre propio: el suyo, Maestro. (Universidad Externado de Colombia 4 de noviembre de 1982”).

Diez años exactos después, para la entrega de mi opúsculo “Ipiales Mi Pueblo”, tuve las agallas de invitarlo a la Villaviciosa de los pastos y entonces fue cuando me puso su carta:

 

“Bogotá, 2 de diciembre de 1992     

JORGE LUIS PIEDRAHITA PAZMIÑO     

Contraloría Municipal de Ipiales.

Ipiales Nariño     

Mi querido Jorge Luis Piedrahita:     

De regreso de Italia, encontré su carta, sus recortes y la generosa invitación para viajar a Pasto y acompañarlo en el lanzamiento de su libro sobre Ipiales que espero con mucha curiosidad. Ha sido usted extraordinariamente generoso en todas sus notas y comentarios. De mis experiencias en Nariño, que han sido poquísimas, guardo recuerdos lo más gratos. Claro que, a estas horas de la vida, ya no viajo con la desenvoltura con que lo hacía anteriormente. Pero nada más tentador que ese rincón de Colombia en donde el hombre y la tierra forman un poema y hacen una historia. Con la esperanza de verlo algún día y en todo caso de leerlo muy pronto, quedo para siempre su amigo muy cordial,

GERMÁN ARCINIEGAS”.

 

El Maestro se refería a unas antiguallas que yo había publicado en la prensa y que tenían que ver con el premio internacional “Hombre de las Américas” –entre otros muchos- que se le había concedido por ser el más fecundo, pragmático y ecuménico escritor de lengua hispana. Con tal motivo el célebre escritor hizo un espléndido discurso apologético de lo americano. Habló del Atlántico y del Pacífico y sobre el descubrimiento y dominación de este último -en 1513- hizo descansar el verdadero descubrimiento de las Américas.

También hizo el elogio del sentimiento popular que inspiró y logró hacer de América el continente de la democracia. «Creo que nuestro destino lo está señalando una historia de 500 años de esfuerzos comunes hacia fórmulas civiles de liberación, entendimiento y justicia. Para eso se hizo entre nosotros la primera sociedad de naciones del mundo entero».

Pero no sólo el continente de la democracia sino también de la esperanza, como decían los negros de Cuba con el nombre de Lincoln como enseña. Y Arciniegas habla de lo cubano como de algo propio toda vez que sus ancestros maternos provienen de allá. Su segundo apellido, Angueira, desciende del autor de “La Bayanesa”, himno nacional cubano.

Y el único continente con acta de nacimiento que no la tiene Europa, ni Asia, ni África.

Aborda también el maestro lo que para él es – como llaman los franceses- una idea fuerza: el Quinto Centenario del Descubrimiento. Y a sus 90 años se pedía para él – dentro de 3 años- ser el orador central en Radio City o en Central Park para exaltar la hazaña renacentista de Colón, pero no sólo para eso, sino también para hablar de la mucha constancia y de la mucha imaginación política que tuvimos los americanos para inventar un Gobierno sin monarcas y una Federación Republicana que superó los modelos tradicionales de Europa.

La fecha quingentésima del Descubrimiento es para Arciniegas la fiesta de «Nuestra América», como tan fervientemente él ha enseñado a exaltarle. Y también la fiesta de la liberación de los peregrinos. De los que siguieron emigrando en 5 siglos. La fiesta de nuestros padres fugitivos. La de Europa emancipada.

Con su penetrante prosa y su vigoroso idealismo, Arciniegas sigue siendo el americano vivo con el mayor y más entrañable patriotismo, y con el más acariciante y febril aliento espiritual para conmoverse con los ecos de la historia continental. Su discurso en The Américas Foundation así lo acredita. Muchos aplausos y más años para el risueño Maestro”. (Diario del Sur, marzo de 1989).

 

La cultura del cuy

 

Y en otra de sus glosas periodísticas que se divulgaban por todo el Continente el gourmet Arciniegas hace un apetecido elogio de lo que nosotros llamaríamos “la cultura del cuy”. No era esta la primera vez que el nonagenario – pero vivaz y auténtico – escritor oficiaba la jugosa apología de nuestro primer artículo de promoción turística y ahora de exportación.

Recuerdo que en «Correo de los Andes», primorosa revista que él también dirigía desde cuando su regreso de la Embajada de Roma, dedicó un sustancioso aperitivo de la degustación del cuy.

Ahora que estamos en vísperas (octubre 23) de celebrar un nuevo aniversario convencional de la fundación del Municipio de Obando es excitante encontrarnos con la crónica más sabrosa como los mismos cuyes, en las que el travieso Arciniegas rastrea como verdadero sociólogo, los antecedentes y particularidades de esta costumbre tan nuestra y tan enclavada en nuestro imaginario. “El cuy se reproduce como el conejo – dice – y es carne que podría ser el alimento del campesino americano. La gallina de las cuatro patas. La gallina de los huevos de oro. La que alimentó a aquellos pastos guerreros que fueron el dolor de cabeza de los libertadores porque amaban más a su tierra que todo lo demás. La tierra era para ellos la madre de los cuyes y de la papa”.

El entremés de Arciniegas evoca puntualmente el bocadillo de Javier Pulgar Vidal, el embajador aprista, que cual paleógrafo había burilado igualmente los secretos e intimidades de la “gastronomía” precolombina nacida en los surcos del Tahuantinsuyo y al norte de la frontera de Rumichaca. “Seamos honestos-dice-. Si en Europa comen madres de caracol, trufas, erizos y calamares, en Arizona culebras, cangrejos en todas partes, ¿por qué los pastos no han de comer curíes? El cuy es como un conejillo o una rata de monte. Todo depende de la escogencia que usted haga al sentarse a la mesa para comérselo: si rata o conejo. En Ipiales se encuentra la mejor casa del mundo para comer cuy. Mejor que en Quito. Los animales se guardan vivos en la cocina -como truchas en Suiza, como langostas en Niza-. Usted puede escoger el suyo: la cocinera, con un tino el más macho, de un garrotazo en la cabeza lo mata, le mete un rústico chuzo por el hueco trasero y lo saca por la boca. En este asador lo pone a dorar en las brasas con un arte exquisito. Cuando llega el momento, a la mesa. En el palacio de los cuyes de Ipiales, se come con los dedos, y al salir, está en los rincones del patio florido los lavamanos o aguamaniles para terminar la faena después que nos hemos chupado los dedos a manteles» (Diario del Sur, 2 de septiembre de 1989).

 

Montalvo, Sañudo   

 

Pero por ahí también yacen desperdigadas sus cuitas y sus amorosos requiebros por lo pasto y nariñense. No sólo acaballado por lo de Juan Montalvo o José Rafael Sañudo, sino que es palmaria su probanza deslumbrada y emocionada “por la prodigiosa belleza de la Virgen de Las Lajas”, y en El Tiempo, o en “Correo de los Andes”, y en sus corresponsalías que se divulgaban por todo el mundo, de tarde en tarde voceaba su comedida balada pro-pasto. Orillando el ocaso, en sus pletóricos 96 años –en su columna de El Tiempo, del 28 de marzo/96, rumiaba que “cuando Gregorio Castañeda Aragón llegó a Santa Marta, nos situamos con él en una mesita del Windsor con vista a la calle. Era tímido y conservó siempre el aire del hombre que llega de un mar que nos era a todos desconocido.

“Castañeda llegaba de Santa Marta, traía impregnadas sus ropas del yodo y la sal que corren por la brisa. Lo oíamos como se oyen los cuentos de Simbad. Y así como conocimos el mar desde el Windsor, las historias de las montañas de Santander, o los misteriosos relatos de Ipiales traídos al café con un lenguaje en tono menor que le daba el colorido de la frontera ecuatoriana.

Yo recuerdo el Windsor no con el estrépito de las alegres comadres inglesas sino con un melancólico regreso a la juventud. La Calle Real fue ensanchándose, perdió su nombre, se llamó la carrera Séptima, la tertulia se llevó al “Automático” y el café irrespirable desapareció.

Esa era una provincia totalmente nuestra. Se llegaba de Medellín, de Santa Marta, de Ipiales, directamente al Windsor.

Lo del Windsor no se repetirá jamás. Ni tiene nada que ver con los cafés de Paris o de Viena. Es el café de los hombres solos que no se quitan el sombrero y recitan sonetos, consumiendo tinto, mientras en la calle sube el partido liberal y, para no romper la costumbre bogotana, llueve a cántaros y se muere de frío”.  

Bien pudiera predicarse lo mismo de la bohemia, del liberalismo y de las múcuras torrenciales, pero de Ipiales, y del antiguo e íntimo “Capri”, de nuestra sexta, bodegón legendario de edades proscritas y mitigantes.

Del expatriado y archifamoso en la provincia de los pastos don Juan Montalvo dice Germán Arciniegas que, huyendo de los corchetes, le era menester, “buscar un lugar pequeñito, una aldea de aire limpio, gente llana, casas pobres, amigos generosos”. En “América Mágica”, cálido obsequio que hizo el celebérrimo bogotano a doce figuras del continente, entre ellas a Montalvo y a nuestra Villaviciosa de los pastos:

 

“Ese lugar era Ipiales, la misma aldea que había tocado al cruzar la frontera. Colombia era para él una extensión del Ecuador, e Ipiales su segundo Ambato. Unas pocas calles empedradas, con piedras redondas y entre las junturas de las piedras el encaje verde de la yerba fresca”. “Unas pocas almas, de las que llamaban a Jesucristo el “bonitico”, y que si se insultan le gritan al adversario con voz que es de canto y caricia: “So cara de chivo pelado alimentado con cosas toscas. Y, en el fondo, gente brava, valerosa, soldados invencibles, hombres buenos. De una humildad que corre trasparente sobre un lecho de rocas. Los helechos tiemblan sobre esta linfa clara, y sobre ellas se retratan unos cielos azules, con nubes de armiño”.

 

En “América mágica I” Arciniegas rastrea la densidad y agudeza del pensamiento ecuménico de éste mestizo ecuatoriano: “Físicamente era Montalvo uno de esos productos con los cuales América virgen parece ir ensayando los modelos del hombre futuro. Porque ese hombre será en el continente entero, del color de la tierra mojada, Montalvo es una de las cimas señeras de la cultura, no ecuatoriana ni americana, sino sencillamente humana”.

Y ante la alabastrina prestancia de José Rafael Sañudo, Arciniegas evoca su entrevista de julio del 38, en compañía del electo Eduardo Santos y del imprescindible LENC: “Todavía cuando leo la Historia de Pasto de Sañudo, llena de recovecos eruditos, empedrada de datos minuciosos, riquísima en informaciones que están metidas dentro de su prosa apretada, litigiosa, imagen de las meticulosidades y complicaciones de su ser, tengo la impresión de que lo veo y le oigo. El señor Sañudo era un hombre sincero, fiel. No usaba de su inteligencia para escribir. Escribía directamente con su conciencia, y su conciencia era una obra de arte. Tenía que defenderla contra las emboscadas del subconsciente. Tenía que ponerla a flotar por encima de todas las cosas de este siglo, que son malísimas. Sañudo no era un autor, era un drama. Y cuando soplaba la vela y hundía la cabeza entre las cobijas, todavía la sombra de Bolívar se le metía en la imaginación para robarle el sueño”.

Pero a los paisanos de Sañudo no les gustó la escobillada escolástica y Francisco Álvarez Pérez, en “Amerindia” # 14 de 1953, apostrofó que “Arciniegas por amor a Bolívar, quiere poner en ridículo al doctor Sañudo”. ¡Pero si el bogotano era igualmente antibolivariano como el pastuso! Y toda su despabilada hojarasca sólo exalta al Bolívar-militar y nunca al Bolívar estadista.

 

También topó con la Iglesia

 

 

El Jesús del Nuevo Mundo, Revista Diners

 

 

Y de su conexión con Monseñor Justino Mejía, increíblemente entrambos sucumbieron seducidos por la historia castigada del primer ministro ante el Vaticano y Europa en general, don Ignacio Sánchez de Tejada, emparentado con virrey, con el tribuno del pueblo y con toda la tribu Caballero Calderón y Caballero Escovar. Justino fue pionero porque su palimpsesto lo arregló en 1939, “Diplomacia versus Diplomacia, la preconización de los primeros obispos colombianos”, 1827”, opúsculo sustanciado en los propios archivos pontificios y en Pedro Leturia, la biblia –y aquí si sirve el vocablo- de los negocios eclesiásticos. (Vale la pena indagar por ejemplo a Mauricio Chaves Bustos, gestor y promotor cultural, si sigue inédita esta criatura). A su vez, Arciniegas investigó las imponderables vicisitudes que sufrió el diplomático socorrano en Roma, perseguido por la burocracia española, y por ello expulsado del territorio papal en 1824. Todo en el reinado de León XII y Bolívar. Arciniegas aprovechó para reprender a los primos Caballeros, pretendidos herederos del Virrey-Arzobispo y sibilinos apóstatas del comunero José Antonio Galán. (Últimamente Julián Bastidas Urresty ha compuesto espléndido tomo sobre esta escarlata y turbulenta época).

 

El imperio del sol y el origen de la democracia    

 

Ciertamente que a las faldas de la cultura de los pastos creció como todo un leviatán el imperio de los Incas. A lo largo de los Andes el Inca montó un engranaje administrativo y una red económica que incorporó pueblos ignotos a un centro vigoroso y acaparador. Desde la ciudad sagrada del Cuzco se irradiaba la fuerza y la magnificencia del incario.

Dice la leyenda que el sol compadecido ante la dura vida que padecían los hombres, hizo surgir del Lago Titicaca a sus dos hijos, Manco Cápac y Mama Oclo, con la misión de fundar y expandir un imperio, allí donde se hundiera la barra de oro que les había entregado. La joven pareja, hermanos y esposos a la vez, habiéndose dirigido hacia el noroeste, hallaron el espléndido valle de Huaracare donde fundaron el Cuzco (Kosko, “ombligo del orbe”), al que convirtieron en capital del mundo. La detenida simbología precolombina ha descifrado que aquella frágil barra mítica de oro alude al tallo del maíz y que el valle señalado era la tierra soñada y fértil para su cultivo.

Aquella cultura que así nacía -y que llegará a ser la mayor y más poderosa de Suramérica- no conoció la rueda, ni el hierro, ni el lenguaje escrito, pero supo de astros, matemáticas, arquitectura, pintura, tejidos, y poesía. Hoy, cinco siglos después de su infame destrucción, aún nos sorprende esta enigmática sociedad, conocida parcialmente ya que sus sagrados misterios aún yacen en las soledades andinas.

“Entre los incas no hay moneda, no hay mercado, no hay esclavitud”, enseña el sociólogo Arciniegas en su deslumbrante ensayo “América Tierra Firme”, que escribió hace ochenta años cuando empezaba a ser el estudiante -como lo sigue siendo- de la América Mágica que descubrió a Europa. “La organización es comunista, dice. El estado es dueño de las tierras, que distribuye anualmente; dueño de los principales productos industriales, como la lana y los tejidos, que reparte entre el pueblo. Los caminos son caminos de dominación militar y de colonización, pero no vías comerciales. En vez de mercados, lo que llama la atención en el Perú son los almacenes de depósito en donde los incas guardan granos y mantas, para atender a las provincias que pueden sufrir escaseces por malas cosechas”.

“El desarrollo del imperio es gigantesco, como lo prueban esos caminos de piedra que van, desde lo que hoy es la frontera norte de Chile, hasta tierras que pertenecen en la actualidad a la República de Colombia.

“El comunismo del Perú no tiene nada de comunismo primitivo que suele encontrarse en las tribus, cuando apenas divagan por las etapas inferiores de la organización social. Es un comunismo perfeccionado, calculado para una gran nación, para un imperio de verdad.

“En todo el vasto territorio dominado por los incas no hubo un pobre ni un esclavo. La instrucción pública era extendida por los amautas a todas las comarcas. La incorporación de nuevas naciones se hacía no propiamente por conquista, sino por persuasión. Cuzco era una universidad, en el mismo grado en que México era una feria. El sistema federal estaba consagrado, dejándoles a los distintos pueblos un amplio radio de autonomía y el culto libre para sus propios dioses. La ingeniería y la agricultura ofrecieron a los españoles sorpresas de perfección”.

Todo esto para comprobar que ésta cultura -que es también nuestra- no es europea ni entreguista, sino que está montada en robusta y genuina vocación aborigen, de unidad en la diversidad que superando la Europa que la encontró, fundó su propio orden original y auténtico, inspirado en altos y genuinos conceptos de libertad y justicia de la cual los incas fueron fundadores milenarios.

Arciniegas, que consagró su centenaria lucidez a exaltar lo americano se interroga:

“¿Qué llevaron los españoles a América?”. “Cuánto llegó de Europa, desde el trigo hasta la misa, desde el caballo hasta el derecho romano, desde la gallina y el burro hasta el alfabeto y la pólvora, ¿hasta qué punto, del siglo XV al XX, ha penetrado en la vieja población americana? ¿Qué vemos hoy de europeos en una choza de la cordillera ecuatoriana, en el huasipungo?”.

Y reflexiona:

“La respuesta es difícil. La América española es, fuera de Europa, el continente en donde por más de dos siglos se registra la presencia masiva del hombre europeo, donde la sangre de los occidentales se ha mezclado más profusamente, donde en tierras no europeas la religión de Cristo ha desplazado más radicalmente a las antiguas”.

Pero aquí el autor suspende el juicio, perplejo, con un “Y, sin embargo…”.

La enumeración que sigue, de las contradicciones, es sugestiva.

No es menos elocuente la lista de cuanto Europa debió a América. Con trazos antológicos subraya algunos de tales aportes:

“… basta pensar hoy en un club de Londres sin tabaco, en una juventud sin cigarrillos, en un Churchill sin un habano, para ver hasta dónde la hoja de tabaco venida de América cambió el ambiente europeo. Antes de Colón, los soldados que iban de campaña ponían en sus morrales ajos. Comiéndolos resultaban los ejércitos más enérgicos y acometedores. Entre una tropa oliendo a ajo y una de nuestro tiempo que fume en sus momentos de ocio, hay una distancia de siglos”. Y siguiendo amenamente el mismo curso de ideas: “Quién pide hoy en un restaurante de Paris un bistec con papas y se lo traen poniéndole además unas rodajas de tomate, está comiendo algo que no conocieron en diecisiete siglos de la era cristiana los europeos”.

 

América en Europa

 

Cuanto al maíz, finca en ese grano mucha parte de las civilizaciones del mundo americano antiguo, con sus proyecciones sobre el viejo mundo europeo. ¿Y el chocolate? ¿Y la quina? ¿Y tantas otras plantas serviciales en la alimentación, en la medicina, en la industria?

Hacia América, pues, llegó el arroz desde el Asia, lo mismo que el trigo y la cebada. De América la madioca se trasplanta del Brasil al África. Las papas, el maíz, las habas emigran de América hacia Europa para surtir la canasta familiar. El café recorre el camino que viene del Asia para América tropical, lo mismo que la caña de azúcar desde las Canarias, Azores, Brasil y de aquí a todos los climas cálidos y templados. Nuestro departamento cultiva el mejor café en un país que lo produce así para todo el mundo.

Hablar del descubrimiento de América sólo cabe dentro del egocentrismo de la mirada europea: América no existía porque Europa no la había visto; no había contemplado sus “nuevas estrellas”, remata categóricamente el desaparecido humanista bogotano. “Además se debe precisar que todo el mundo indígena precolombino incluido el de mayores cotas de civilización como pudo ser el maya del período clásico, el azteca y el inca, no tuvieron contacto alguno con las llamadas civilizaciones del viejo mundo. Tampoco de las autocracias o imperios como el egipcio o el romano. Y sin embargo los incas levantaron una verdadera monarquía, autoritaria y absoluta del mismo esplendor antiguo”.

En el itinerario de las ideas políticas la joven América se reveló intrépida aportando refrescantes y rutilantes convicciones democráticas. Montesquieu, Descartes, Rousseau, Montaigne, Voltaire, los propios enciclopedistas así lo intuyeron.

¿De dónde brotaron las iconoclastas teorías del ginebrino sobre el buen salvaje? ¿O los no menos revolucionarios conceptos de libertad, igualdad, y fraternidad que determinaron la revolución francesa, siendo que secularmente su divisa inmodificable fue la idea monárquica por la gracia de Dios? ¿Por qué no rastrear en el talante natural y democrático de suyo de los indígenas de América este descomunal aporte a la ideología moderna?

Sólo el inverosímil catedrático de Berlín, Federico Hegel, tuvo la impostura de decir que “de América y su grado de civilización, especialmente en Méjico y Perú tenemos informaciones, pero que no importan sino como cosa enteramente nacional, que muere en cuanto se aproxima el español. En cuanto a los europeos que llegaron a América, los aborígenes fueron evaporándose al sólo aliento de la actividad europea. Una disposición débil y desapacible, la falta de carácter y una sumisión pasiva frente a los criollos, y mayor frente a los europeos, son las características principales de los aborígenes que están muy lejos que logren los europeos hacer que nazca en ellos, el espíritu de independencia. La inferioridad de estos individuos en todo sentido, hasta en su propia estatura, es notoria”.

Desafortunado e impertinente concepto del célebre autor de la “Filosofía de la Historia” que en 1830 ignora olímpicamente que Bolívar y el cortejo de los descamisados pálidos ya habían guillotinado la opresión europea en todo el continente.

Se entenderá su insólito argumento sólo cuando se sepa que para él la independencia es una idea exclusiva y excluyentemente europea, como contribución del pensamiento germánico al desarrollo de la historia universal, del cual su raza aria es la más excelsa. De ese prejuicio al satánico nacionalsocialismo de Hitler no hubo sino un siglo.

Más moderado estuvo Papini quien apostrofó que nosotros nada habíamos llevado al mundo de las ideas. Sólo el concepto y el vigor de la democracia, decimos nosotros.

En contraste, todo el humanismo renacentista y el racionalismo enciclopedista facilitó avenidas de entusiasmo a lo americano.

Como lo expone el politólogo Germán Arciniegas: “América revelada es la verdadera tierra firme que necesitaba la ciencia para dar certidumbre a las especulaciones y sueños de filósofos y poetas. Tierra firme, es así, una expresión que tiene un alcance más vasto que el que le dieron los conquistadores”. En el siglo XVI Europa se aturdió con la existencia de América.

Montaigne, el padre de los Ensayos, en uno de ellos dijo que la barbarie no estuvo en los indios sino en los conquistadores. Su idea del buen salvaje no es, entonces, simpática o súbita, sino que atiende a la evidente y rampante sociología americana. El admira los caminos reales de los incas que no compiten por su belleza y precisión ni con los griegos o romanos. Así mismo destaca que los indios no usaran el oro para hacer monedas sino joyas y que para dividir las parcelas de tierra les bastaran hilos de algodón. No había en América -remata- ni mentira ni traición ni disimulo y mayor grandeza humana que la que mostraron Cuauhtémoc o Atahualpa en el martirio no la encuentra sino en los grandes héroes de la humanidad. “Allí no hay ricos ni pobres, ni contratos, ni sucesiones, ni participaciones. Las palabras mismas que significan la mentira, el disimulo y la avaricia son desconocidas”.

Arciniegas, lo mismo que nuestro Justino Mejía –y por la misma época-  frecuentaron al converso Giovanni Papini. Con el bogotano disputó sobre el Nuevo Mundo y con el párroco lajeño de cánones y vida eterna. La entrevista con Mejía y Mejía la recensionamos en su Elegía. La de Arciniegas, en enero de 1947, cuando conoció Florencia por primera vez. El monumento que conoció tenía aún la arrogancia combativa, demoledora y agresiva que apasionó a los primeros lectores de sus libros irrespetuosos y provocadores. “Ustedes, le dijo el florentino al colombiano, nos han defraudado; no han sido capaces de pagar el esfuerzo que hicimos dándoles nuestra sangre; no han producido nada: ni un filósofo, ni un artista ni un santo”.

En Alpbach, Austria, Arciniegas destorció las imposturas de Papini y a Hegel también le ripostó en un ensayo que rotuló “La mentira de la Filosofía de la Historia” que concluye con estas premisas irrebatibles: “La gran dificultad que tiene un historiador iberoamericano para contradecir a Hegel está en que la mentira de su Filosofía de la Historia es de tal magnitud que aplasta y confunde. Trajo Europa al Nuevo Continente la dependencia. Es de la esencia de su régimen colonial el privar a los súbditos del derecho a gobernar. Por eso el movimiento de contradicción y rebeldía en todo el continente se llama de Independencia y es de nuestra invención”.

 

La Locura del Elogio  

 

El joven Justino se santiguaba ante el elogio de la locura o la locura del elogio que con desenfado el también cuarentón Germán Arciniegas reventaba en las imprentas.

“Arciniegas es un erudito de escuela, de fogosa inquietud intelectual y de estilo delicioso. Es un símbolo castellano de nuestra gloriosa y atormentada cultura. Cuando se dedica al estudio del Renacimiento está en su ambiente natural como aristócrata del moderno pensamiento colombiano y travieso descendiente de los bisnietos del Humanismo. Recorrer las páginas de sus libros es dar al espíritu un deleite nuevo saturado de inteligencia y peligros. Adentrarse por las suntuosas arcadas de su pensamiento es pasear una avenida novecentista, bordeada de lanzas y de pasquinadas, con riesgo del pellejo y de la burla. Tan finas y astutas son las unas como las otras, porque unas y otras están vaciadas en la limpia forma gramatical, en el ardiente buen humor del trópico y en la seriedad del profesor de Sociología”.

¿Los cinco párrafos de que consta el libro “Qué haremos con la Historia?”, son un testimonio elocuente de óptimas cualidades y de odios mal curados. No es una obra orgánica sino en el sentido de que un mismo pensamiento se expresa en formas diversas: exaltación del Renacimiento y desprecio del Medioevo. Sin embargo, por eso mismo se presta mejor al conocimiento de la evolución intelectual de su autor; pues Germán Arciniegas ha evolucionado hacia la derecha después que escribió La escuela, el puchero y la oración. Empieza a colmarse un abismo, pero quedan aún muchos riscos y lagunas al pie. Le falta asimilar con más reposo y sinceridad el fruto de sus constantes estudios. Hacer más historia y menos sociología. Ordenar el desorden y desordenar la masa, incluso en la presentación material de sus páginas, ya que ocurre a veces como en el libro que comento, que, si intelectualmente hay que responder a la pregunta del título con la aguda respuesta del recensor de Revista Javeriana, materialmente hay que leerlo como un silabario hebraico: empezar por el fin. Leer la última página, que lleva la data de febrero de 1940, para regresar a las de abril del mismo año, que se encuentran al medio del libro y que fueron escritas después del prólogo.

De los acápites del libro de Arciniegas, solamente tomo como punto de referencia para el presente estudio el titulado Las culturas analfabetas y el nuevo Humanismo, tanto porque es una continuación de lo expuesto en La escuela, el puchero y la oración, sobre el que ya escribí en el diario La Defensa de Medellín, cuanto porque en él se condensan mejor las ideas del autor sobre Medioevo y Renacimiento dentro de un proceso parcial pero lógico, que puede resumirse así: “porque ama al Humanismo, odia a la Escolástica; porque odia a la Escolástica, odia a los dominicos; porque odia a los dominicos, odia a España. Y porque odia a España a los dominicos y a la Escolástica, odia a Fray Cristóbal de Torres, escolástico, español y dominico (…)     

“Espiritualmente es una fase de la historia humana caracterizada por un particular concepto cristiano de la vida en todas sus manifestaciones, así individuales como sociales. Es la época del equilibrio y de la armonía entre lo natural y lo sobrenatural, entre el mundo corpóreo y el del espíritu, entre el hombre y Dios. Es la época de las catedrales góticas y de la Summa de santo Tomás, donde la materia y el pensamiento se espiritualizan hasta hacer de un bloque de mármol un vaporoso encaje veneciano y de una verdad profunda un axioma evidente. Es una hoguera de fe y de sentimientos entre los escombros fríos de una civilización superada y admirada.     

Culturalmente es una ascensión. La humanidad camina y camina siempre. Para llegar desde las cavernas primitivas al recinto de la catedral de Milán es necesario no haberse detenido nunca”. (“Cauces de Inquietud”, imprenta Las Lajas, 1941, p. 81 ss)   

 

-II-

 

Libros de Germán Arciniegas

 

 

De la Mesa Redonda a la Taberna de la Historia, el alumbramiento y el desenlace de un solo libro que no termina nunca y que es la narrativa tonificante y empinada de nuestro Continente. Pudiera decirse que la libido que lo sacudió fue una nueva idea de América como la habían presentido y voceado desde Rubén Darío, Sarmiento, Alfonso Reyes hasta José Vasconcelos, el del hombre cósmico, que también visitó el Santuario de Las Lajas en 1930. En “Prosas Profanas”, el nicaragüense certificó que América tiene el orgullo de ser fusión de dos grandes culturas, Occidente y las culturas indígenas. Y abre las compuertas para el pensamiento de José Vasconcelos de la raza cósmica, la raza nueva, la quinta raza que es el destino de América, el círculo que se cierra en América y aquí se da la síntesis de todas las culturas.

 

El maestro Arciniegas con los poetas León de Greiff, Luis Vidales, el escritor venezolano Burelli Rivas y Mario Laserna Pinzón, fundador de la Universidad de Los Andes

 

Arciniegas no se graduó de abogado como tampoco Santander, como Lleras Camargo, como Suárez, como Valencia, como el maestro Osuna, que ni falta les hizo.

Arciniegas, diplomático, que también lo fue en Londres como en Buenos Aires, en Caracas como en Tel-Aviv y en el Vaticano, tuvo paciencia y espacio para escanciar todas las proezas editoriales. En Londres, 1929-31, al fin, se disciplinó a reunir en una mesa redonda a los estudiantes de todos los tiempos, borrador que les había ofrecido a todos sus catecúmenos pero que tuvo que acometerlo personalmente. Algo que sí fructificó cuando Álvaro Mutis le propuso a Gabo sublimar las últimas pulsaciones del Libertador.

En octubre de 1940, fungiendo de consejero en la Legación ante Buenos Aires, se entrevistó con el inmenso e igualmente exiliado Stefan Zweig y se pusieron de acuerdo en reivindicar a los héroes del espíritu y no a los héroes que estampan sus nombres con letras de fuego. Y coinciden también en emparentar al caballero del Dorado y a José Aureliano Buendía, el personaje de Gabo, ¿no son ambos buscadores de prodigios como Quesada y los tres por supuesto identificados con el caballero de la triste figura, hidalgo que cansado de recorrer las rutas de Castilla se viene a recorrer los caminos prodigiosos de América? El austríaco durante su travesía desde Nueva York a Río hipnotizado por el Caballero del Dorado y en Buenos Aires por los 20.000 comuneros traicionados por el fingimiento de un purpurado, corre a recomendar ante sus editores a su imprevisto amigo de Bogotá.

 

Germán Arciniegas, Embajador

 

En “Este pueblo de América”, aborda las raíces democráticas en nuestro suelo: “Mientras los Fernandos y Carlos Felipes acuñan en la Península la fórmula del Rey es soberano, los Pérez y los Nadies, Juan el cojo, Pedro el bizco, Sancho el sordo, descubren por acá que el pueblo es soberano”. Su premisa de que la democracia en América no fue hecha por los conductores, los héroes y los próceres, sino que fue asunto de la masa, del pueblo. “El héroe -dice- no es hijo de los dioses; es hijo de su pueblo”.  El tema del héroe corre parejo con el tema de la democracia. Arciniegas en este libro concluye que el siglo XVII es una especie de Edad Media de América en donde se inicia la oscura formación del hombre americano, mientras que la desmembración americana tras las luchas de independencia son motivo de reflexiones como ésta: “El pueblo era ingenuo. Los caudillos eran astutos. Y la verdad es que los caudillos fueron, inicialmente, expresiones de la vida democrática”.

Biografía del Caribe, trae episodios pasmosos y alucinantes:  Alejandro Dumas (padre) despedido por Napoleón cuando descubre que es hijo de una negra de Haití; Luis Felipe secuestrando a Luis Napoleón que finalmente gana la revolución del 48 y se convierte en Napoleón III y se olvida del canal de Nicaragua y les envía y entrega a su cuñado timorato y pequeño a la pericia de Benito Juárez;  en Panamá, el error de Lesseps que construía el canal  al nivel de los océanos, siendo que lo científico era el sistema de esclusas que las diseña Eiffel el de las torres de París… Durante  la guerra de Cuba hubo que pasar a toda máquina el acorazado Oregón que atracaba en San Francisco para entrar en la batalla de Santiago, batiendo un récord, hizo las 13.000 millas del recorrido atravesando el Estrecho de Magallanes en 68 días… hazaña que no estaba dispuesto a repetir Teodoro Roosevelt… elogios siderales a Miranda, a Bolívar,  a los propios piratas, buhoneros y bribones que todos irrumpen  en esta novela lastrada de imaginación y de crudeza, cuyo teatrero es el inefable Caribe, el historiógrafo pone en esa escena cuatro siglos de historia, el uno de oro, otro de plata, de las luces y el de la libertad, que sacuden inclemente los gabinetes europeos. Supone válidamente Arciniegas que América es la clave de la política europea –mundial para la época-  y a través de este designio se ejercería la más implacable y sangrienta de las trastiendas políticas. Por el oro, que brilla como una tentación suicida y lejana en las tierras de América, Inglaterra lucha con España, España con Francia, Francia e Inglaterra con Holanda, Noruega con Inglaterra, Prusia con la Gran Bretaña.

Latente en el largo camino de la historia escrita por Arciniegas está la idea de que América no es deudora de Europa, tanto como Europa lo es de América. “No me hallo de acuerdo con esta tesis esencial en los libros de Arciniegas, sobre la cual ha construido el noble y esbelto edificio de toda su obra historiográfica. La pericia crítica de Arciniegas y su espléndida formación intelectual al respecto hacen que, por momentos, la comprobación de esta especie de absolutismo sociológico aparezca evidente e inobjetable. Pero una meditación menos apasionada que la suya sobre el signo y tono de la civilización y de la cultura americanas, descubre, por lo pronto, que esas civilización y cultura, tal como las conocemos y vivimos, tal como fueron posibles, tienen y ostentan una irremediable carta de naturaleza europea, a partir del idioma y pasando por sistemas políticos y el vasto repertorio de los hábitos sociales, mentales, sentimentales de estos pueblos”, apostrofa Hernando Téllez y Danilo Cruz Vélez remata diciendo que todos sus predicamentos son hijos de su odio a Europa por su amor a América.

No puede despojarse Arciniegas de su fatum novelístico. Desde Los comuneros, Jiménez de Quesada, los alemanes en la conquista, El Continente de los siete colores, la América Mágica… Toda su obra se apuntala en su convencimiento de que no era menester inventar la novela americana porque la realidad la revelaba. La novela estaba en la naturaleza. Sólo le restaba al autor la imaginación.

 

Germán Arciniegas es hijo del hacendado Rafael Arciniegas Tavera y de Aurora Angueyra Figueredo. Se casó con Gabriela Vieira y tuvo dos hijas: Aurora y Gabriela.

 

Vea más de Germán Arciniegas en el siguiente video…

 

 

1 comentario
  1. Juan Pablo Castañeda G dice

    Magnifico repositorio

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