EL ÚLTIMO HIDALGO

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Por:

Gustavo Álvarez Gardeazábal

 

Gustavo Álvarez Gardeazábal

 

Hoy será el funeral de Juan José Chaux Mosquera. Era sin duda alguna el último de los payaneses que conservaba y daba demostraciones de atesorar las costumbres y actitudes de aquellos hidalgos, coetáneos de Cervantes, que se asentaron en Popayán e hicieron de su endogamia un código y de su generosidad y nobleza de alma una concesión que heredaban a sus descendientes para que aprendieran a ver el mundo como una de sus idealizaciones.

Chaux era un hombre culto que todavía creía en el poder de la palabra y como resultó un estupendo orador y tenía empaque de antiguo señor buen mozo de Castilla, mirando todo con la altivez de sus ojos verdes agua marina, fue un éxito doblegando féminas y consiguiendo votos entre guambianos o paeces o entre negros de Puerto Tejada o de Guapi.

Fue dueño de una biblioteca que físicamente asombraba, pero que intelectualmente se la había bebido con el mismo placer con que devoraba platos criollos o caldos espumosos que los parientes adinerados le traían desde las cavas de Burdeos. Frentero como pocos, era devoto de la claridad en la política y a quienes tendió el brazo o les negó el apoyo, terminaba siempre acogiéndolos con el perdón o la magnanimidad de su racionalismo cartesiano.

Estuvo al lado de Pete y de Piñacué, los más connotados indígenas, fue  congresista liberal enérgico y gobernador de su departamento a nombre de los liberales, pero los dos atentados dinamiteros que le pegaron los guerrilleros y el secuestro de que fue víctima del ELN, lo acercó por lo práctico y tangible al uribismo. Los estallidos también le dejaron baldado su corazón y, aunque se lo remendaron una y otra vez, él lo siguió nutriendo con ilusiones y glotonerías como cualquier hidalgo de El Quijote.

Cometió la equivocación de su vida por ser generoso con los suyos y fue a la cueva de los demonios a negociar la libertad de un cuñado sin más herramientas que su labia imperecedera y sin tomar precauciones frente a la historia voluble de este país de cafres. Durante 14 años vivió acusado pero no juzgado por haber sido hidalgo hasta con los demonios y ahora, al morir solo le recuerdan el error, no sus aciertos protuberantes y su nobleza de espíritu.

Tampoco rememoran que fuese sobreviviente de esos atentados dinamiteros que lo llevaron a volverse adicto al oxígeno los últimos años de su vida para no dejarse vencer con su corazón averiado ni tan poco abandonar a Popayán. Le va a hacer mucha falta a su ciudad y a su departamento. Y será un inmenso hueco que no podremos llenar quienes perdimos a un contertulio magnífico, a un amigo generoso, al último de los hidalgos payaneses.

Muchas gracias

El Porce, julio 22 de2021

Escuche la Crónica de Gardeazábal, a continuación…

 

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