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EL PRESIDENTE Y LOS MILLONARIOS

Los estados se administran para el favorecimiento de los pobres, los ricos se administran solos.

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Por:

Guillermo Linero Montes (*)

 

Guillermo Linero Montes

 

Al principio, antes de las civilizaciones, lo primero que hubo fue hordas, no de salvajes, sino de humanos. Se trataba de seres con capacidad de análisis mental y con capacidad de verse en el otro; ya se les había desarrollado la neurona espejo, que lima lo salvaje al despertar sentimientos de compasión y de afecto por los otros. Las hordas eran en verdad una comunidad formada por muchas familias. La gran familia comunitaria de la que habló Engels; gens, le denominaban los romanos.

Pero ¿qué los unía como familiares antes de la concreción del ius sanguini? Sin duda alguna, la urgencia de subsistir. Todos eran desprovistos, o mejor, para el efecto de esta nota, digámoslo así: todos eran pobres. Con el desarrollo de la lengua y de la escritura, se desarrollaría la división del trabajo y empezarían a distinguirse los individuos, bien por su fuerza de trabajo o bien por su eficiencia mental.

De esos primeros humanos, cuando algunos advirtieron que con su fuerza de trabajo sacaban más peces o cazaban más aves y conejos que los otros, empezaron a sentirse dueños del mundo, semidioses, y decidieron cobrar por ello. Exigieron entonces tratos especiales y acumulación de bienes; es decir, dieron inicio a la noción de riqueza individual y se apartaron de la gran familia colectiva, en la que reinaba la paridad y en la que todos recibían lo mismo de lo que se pescara o cazara, y donde los tratos especiales y las riquezas eran indefectiblemente para la aldea completa.

Lo cierto es que esos primeros acumuladores –hoy denominados ricos o millonarios– se empeñaron en cobrar por su fuerza de trabajo y por sus capacidades cognitivas; pero, cosa más rara, esa misma clase de privilegiados empezaría a usar la fuerza de trabajo de los otros y a desconocer que también merecían un pago por ella. Empezaron, además, a impedirles el desarrollo de sus capacidades cognitivas, negándoles el acceso a los procesos de educación generalizada: hicieron de la educación un privilegio de élite, sólo para ellos, para sus hijos y para sus allegados.

No obstante, estos acumuladores del presente, denominados millonarios, son muy distintos a los primeros que lideraron hordas, puesto que entre aquellos primigenios protagonistas de la civilización, se dieron de modo natural relaciones –hoy principios del negocio jurídico: dar, hacer o no hacer– fundadas sobre el egoísmo. De ahí el orgullo del poseedor y su satisfacción al observar el contraste de lo que brilla en sus manos –digamos una costosa esmeralda– con aquello carente de brillo, digamos las manos del minero que extrajo la gema. En fin, una anomalía en la evolución de la esencia social humana, pues esta nos hace iguales como partícipes de una gran familia colectiva.

Sin embargo, hemos desarrollado nuestra cultura sobre el pilar injusto de que somos iguales únicamente en los aspectos que nos identifican como miembros de una misma especie, aunque distintos en las virtudes que implican la suerte de nuestra fuerza de trabajo (si nacimos altos y fornidos podemos recoger más piedras que los otros) e implican nuestra capacidad cognitiva (si nacimos con agudeza mental podemos perfeccionar nuestras habilidades).

Por fortuna, como el gen egoísta no se hereda condicionalmente y puede ser discriminado como mala conducta por aquellos a quienes se les desarrolla la neurona espejo, algunos hijos de esos mismos ricos vieron lógico asegurar que en la aldea, entendida igual a una gran familia (la democracia) todos y cada uno, debían beneficiarse de los frutos producidos por la asociación.

De hecho, todavía en el presente, muy pocos ciudadanos y ciudadanas saben o entienden que el contrato social –el explicado por Rousseau en su prestigioso libro del mismo nombre– surgió exclusivamente como idea de los millonarios de hace más de dos mil años, pues gracias a contar con la neurona espejo, intuyeron que había que administrar los bienes y riquezas de la gran familia en favor de los pobres, que son la mayoría (la democracia). Algo muy lógico, si consideramos que los acaudalados siempre se han administrado solos. Los ricos más connotados de la historia –pensemos en los terratenientes del feudalismo y en los monarcas– no sólo se administraban solos sino además imponían a su antojo –y en su estricto beneficio– las reglas de comportamiento social y las leyes y los mecanismos de justicia.

En calidad de hombres millonarios –acumuladores de bienes y cargados de privilegios– los reyes y los señores feudales determinaban en el seno de su gran familia: la religión a practicar, el dios al cual obedecer y hasta el infame “derecho de pernada”. Y por supuesto, reyes y terratenientes manejaban la cultura desde su acepción contraria, desde la incultura –como siguen haciéndolo los millonarios sin neurona espejo–, pues aprendieron perversamente que la incultura era tierra fértil para el esclavismo; aunque las expresiones folclóricas y la inventiva unipersonal surgieran milagrosamente como firme resistencia contra ella.

En tal suerte, los ricos siempre han determinado el modelo económico, y han diseñado las leyes como privilegios a su favor, de tal modo que puedan determinar para su gran familia, por ejemplo, los mandamientos para su religión, los criterios ideológicos para sus propósitos políticos, y el sistema de derecho para el control social. Los ricos y millonarios, cuyo gen egoísta es gigantesco y además carecen de la neurona espejo, piensan y son inamovibles en eso, que la administración de un estado es en beneficio de los ricos y no para los pobres, a quienes sólo hay que asegurarles el desarrollo de su fuerza de trabajo y amilanarles sus capacidades cognitivas.

Si Colombia y nuestro presidente tienen la suerte de contar con esos millonarios nacidos sin el gen egoísta y con neurona espejo –como los que crearon o advirtieron la democracia o un modelo de amparo y crecimiento para todos–, hay que decir que frente a la reunión celebrada el 21 de noviembre entre el presidente Gustavo Petro y los poderosos económicos (nombro de ellos a Luis Carlos Sarmiento Angulo, a Carlos Julio Ardila, a Carlos Eduardo Pacheco y a Alejandro Santo Domingo) podemos celebrar el impulso que darán a los programas y reformas del gobierno; pues en ellos no hay sino el propósito de cumplir con este principio advertido por los ricos primigenios: los estados se administran para el favorecimiento de los pobres, los ricos se administran solos.

En coherencia, con la esencia de la administración y ejecución del contrato social, los puntos tratados en dicha reunión tuvieron ese norte esencial: la implementación de una educación de calidad que cubra todo el territorio nacional, la inclusión territorial contra las desigualdades regionales, el desarrollo productivo de la tierra y su consideración como riqueza de todos, el desarrollo de la economía popular y la inclusión financiera para acabar la pobreza y hacer más rico a nuestro país; en fin, propósitos que llevan el espíritu de los programas y propuestas de reforma del gobierno actual, como favorecer a los más necesitados y dejar, por fin, de sobrealimentar a un grupo élite de acumuladores.

 

(*) Escritor, pintor, escultor y abogado de la Universidad Sergio Arboleda

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