DON JESÚS ORDOÑEZ

La edad, la distancia y los caminos separados me lo volvieron esporádico para haberle podido renovar mi gratitud.

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Por:

Gustavo Álvarez Gardeazábal

 

Gustavo Álvarez Gardeazábal

 

Para quienes hicimos la carrera universitaria en Cali, y en especial para los que estudiábamos en la inolvidable y hasta ahora inimitable Facultad de Filosofía, Letras e Historia, el eje central en aquellas épocas sin internet ni fotocopiadoras, era la Librería Nacional.

Debí haber llegado a ella hacia 1964 y me volví asiduo de sus estantes manoseables por cualquier cliente y de sus jugos y sus helados de la cafetería donde nos citábamos a descuajar lo que no habíamos leído. Cuando fui entrando de lleno a la lectura, comencé a distinguir a don Jesús Ordoñez, su dueño, enjuto, con gafas de sabio y con una cara de seriedad casi que absoluta, donde ocultaba siempre la risa pero le daba poderío a su fama de lector.

Le debía causar cierta complacencia verme sentado una y otra vez con el doctor Mario Scarpetta, el jurisconsulto de los Eder tomándonos un tinto que yo, pese a ser estudiante, le pagaba con gusto a ese viejo genial pero avarísimo. Y como siempre terminábamos comprando alguna de las novelas policíacas en que Scarpetta era experto, algún día se sentó a la mesa para indagarnos.

Unos años después, cuando comencé a abrirme paso públicamente como escritor, un día mientras yo veía los estantes, se arrimó a mostrarme un ejemplar de la mitológica revista Mundo Nuevo de París, en donde me habían publicado tres de mis cuentos premiados en España y que yo aún no conocía que lo habían hecho. Debí haberlo mirado con la enorme satisfacción y gratitud que le fui cogiendo más y más y que rubriqué al máximo cuando a comienzos de 1972 se aventuró y trajo a Colombia los primeros 300 ejemplares de Cóndores desde Barcelona y los vendió en una tarde.

La edad, la distancia y los caminos separados me lo volvieron esporádico para haberle podido renovar mi gratitud. Prefería entonces hacerlo con Felipe Ossa y Aura Bustamante, sus manos derechas a quienes veía, y sigo viendo, como el tótem de ese viejo sabio, lector como pocos, quien hace 80 años fundó la Librería Nacional para que hoy en Cali y en Bogotá, en Barranquilla y en Pereira, en Medellín y en no sé dónde más ciudades han soportado estoicamente el chaparrón de la pandemia.

Estoy seguro que hoy también, en lo profundo de sus espíritus, muchísimos autores y lectores que han  vendido o comprado sus libros en la Nacional a lo largo de estos 80 años, deben celebrar  con gratitud vibrante la gesta del irreemplazable Don Jesús Ordoñez y se unirán conmigo en un aplauso largo y emocionado.

 

Muchas gracias

El Porce, septiembre 17 de 2021

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