CARLOS LEHDER, ÁLVARO URIBE Y FABIO OCHOA, O EL ESPÍRITU POLÍTICO DE LA MAFIA
Ellos no abandonan ni por un momento su espíritu político y, una vez salen de las cárceles, o desde las mismas cárceles, saltan a dañarles la diversión a los políticos con espíritu mafioso con los cuales compartieron sus graves andanzas.
Por:
León Valencia
Fundación Pares

Llegó Carlos Lehder al país cuando nadie lo esperaba, cuando muy pocos se acordaban de él. Llegó después de pagar 33 años en una cárcel de Estados Unidos, y es otro fantasma que se aparece en este país de fantasmas. Vino porque no fue un mafioso cualquiera, porque tiene en su corazón y en su memoria la marca política, y entonces vino con un libro bajo el brazo, a conceder entrevistas, a contar historias, vino con traje elegante, con estilo, un poco a la europea, como hacen los políticos con algún roce.
Para agitar aun más las aguas de la relación entre mafias y política, en los últimos meses se adelanta el juicio contra el expresidente Álvaro Uribe Vélez por fraude procesal y soborno a testigos en el que comparecen, sin rubor, jefes paramilitares como Pablo Hernán Sierra, y que acusan a Uribe de haber abrigado en su finca Guacharacas un grupo paramilitar y haber orientado la conformación del Bloque Metro de las Autodefensas Unidas de Colombia.
La política está en el ADN de la mafia colombiana. Al principio se lanzaron directamente al ruedo y Pablo Escobar se convirtió en representante a la Cámara por Antioquia y Carlos Lehder conformó el Movimiento Latino Nacional, con el cual también llegó al Congreso de la República; pero, después, los narcotraficantes se dieron cuenta de que los políticos colombianos, o buena parte de ellos, tenían un acendrado espíritu mafioso y entonces decidieron que resultaba mejor controlar la política poniendo sus votos y su dinero en manos de ellos, en una campaña tras otra, subrepticiamente, sin escándalo, hasta que la prensa y la academia –y al final la justicia– descubrieron el fenómeno y apareció ante los ojos del país el ‘proceso 8.000’ y, luego, La parapolítica, el mayor asalto a la democracia en Colombia.
Pero los políticos no esperaban que los mafiosos fueran un verdadero gafe. Pensaron que se retirarían silenciosos a disfrutar de sus fortunas una vez escaparan de la muerte o se liberaran de las cárceles, pero no, ellos no están hechos para eso: ellos no abandonan ni por un momento su espíritu político y, una vez salen de las cárceles, o desde las mismas cárceles, saltan a dañarles la diversión a los políticos con espíritu mafioso con los cuales compartieron sus graves andanzas.

