Por:
Daniel Olarte Mutiz
Regresé a casa silbando esa canción de Rubén Blades que siempre me ha gustado: “Regresa un hombre en silencio, de su trabajo cansado, su paso no lleva prisa, su sombra nunca lo alcanza”, y me detengo en la ventana de una casa vecina y mientras en la enorme pantalla de su sala, las manos firmes de Vozinha, el arquero caboverdiano, rechazan una y otra vez el destino que parece inevitable, en otro lugar se libra una batalla mucho más íntima. No ocurre sobre el césped ni depende de un marcador. Ocurre en la memoria, en la historia personal y colectiva, en ese territorio donde las derrotas políticas y las esperanzas populares adquieren el peso de una herencia emocional. ¿Será que hoy me siento derrotado?
Algunas noches que son espesa jalea parecidas al minevitan que me daban de niño, en las que el presente parece convocar a todos los fantasmas del pasado, la voz de mi mamá Carmela desde el cielo parece susurrarle que, ésta es una de ellas.
La contemplación de cada atajada del gran Vozinha se convierte en un ejercicio involuntario de evocación. Aparecen de nuevo flashes inevitables: entonces la figura de Amílcar Cabral, símbolo de la dignidad de los pueblos que se negaron a aceptar la resignación como destino. Y junto a él regresan recuerdos mucho más cercanos: voces familiares, lágrimas antiguas, conversaciones que durante años permanecieron suspendidas en el tiempo esperando ser comprendidas.
La memoria viaja hasta la infancia, hasta aquella jornada en la que una tía que era lo más cercano a madre lloraba frente a unos acontecimientos que un niño todavía no podía entender. “Nos robaron las elecciones”, dijo entonces mi mamá Carmela. Como niño observé aquellas lágrimas sin comprender del todo su significado. Solo mucho después, cuando la experiencia y la reflexión fueron llenando los espacios vacíos de la inocencia, comencé a descifrar el alcance de esas palabras llenas de un dolor poco frecuente en ella.
Hoy 21 de junio de 2026, décadas después, cuando el pesebre de las faldas del Galeras vuelve a encenderse, vuelven también otras lágrimas, no son idénticas, tampoco nacen exactamente del mismo lugar, pero dialogan y tratan de hacer sinergias imperceptibles al dialogar con los fantasmas que arrastran los fríos de esta noche pastusa.
Cerca de donde estoy asoman los sonidos de una celebración ajena. Bocinas, motores, estridencias. El ruido de quienes sienten que han triunfado y desean proclamarlo al mundo. Sin embargo, para quien observan desde la distancia, esos sonidos no representan únicamente una victoria electoral o una diferencia política. Representan también una fractura social que parece repetirse generación tras generación: dos maneras de entender el país, dos relatos sobre la justicia, dos visiones enfrentadas acerca de quiénes han sido escuchados y quiénes continúan esperando, su segunda oportunidad sobre la tierra que hoy aparentemente se ha aplazado.
En medio de esa incertidumbre aparece una sensación difícil de describir: son mariposas amarillas, pero no las mariposas luminosas de la celebración. Son mariposas cansadas, casi agónicas, atrapadas en una celda invisible. Aletean dentro del estómago buscando una salida, intentando conservar una esperanza que se resiste a morir. Son la metáfora de quienes han apostado sus convicciones a una causa y contemplan con angustia la posibilidad de verla alejarse.
Y, sin embargo, junto al dolor emerge una reflexión.
La democracia también se mide en las falsas derrotas. En la capacidad de aceptar el resultado de las urnas como tragándose una sopa de arracacha que nunca me gustó, mientras persisten las preguntas, las dudas y los desacuerdos. Por eso, incluso en la decepción, surge el reconocimiento hacia quienes, teniendo el poder para exacerbar las tensiones, han optado por mantenerse dentro de los cauces institucionales. Me pregunto: ¿Si Petro no hubiese sido un demócrata en tiempos donde tantas democracias parecen caminar sobre hielo delgado, ese hecho acaso no adquiere un valor que no debería darse por sentado? ¿La coherencia de Petro no se hubiese resquebrajado al haber actuado como Lleras Restrepo en el lejano 1970, que decretó un toque de queda cuando ya Rojas Pinilla había ganado las elecciones y de la noche a la mañana, apareció al otro día con su sonrisa de hampón de cuello blanco el nefasto Misael Pastrana Borrero?
Dejo que la noche avance y se estire como felino negro despidiendo su pereza. Pienso entonces con ella y aparecen los recuerdos de una juventud en la que muchos creímos que las armas eran el único camino para transformar la realidad. Recuerdos de una época marcada por la desesperanza, cuando para algunos la montaña parecía ofrecer respuestas que la política era incapaz de entregar. Mi mamá Carmela había dicho: “mijo nos robaron las elecciones”, sus lágrimas parecían vapor de agua en la ventana empañada que me deja ver otra atajada del gran Vozinha.
Pero los años enseñan otras lecciones. Enseñan que la resistencia puede adoptar formas más profundas y más difíciles: permanecer fiel a unas convicciones sin renunciar a la democracia exige un coraje distinto. Que la perseverancia también puede expresarse a través de la palabra, de la organización, de la solidaridad y de la defensa paciente de los ideales. Por eso, mientras Vozinha vuelve a lanzarse sobre el balón y Cabo Verde arranca un nuevo empate contra los uruguayos y esa adversidad de papel, esa imagen termina convirtiéndose en una metáfora involuntaria. No es la victoria absoluta. No es la conquista definitiva. Es algo más modesto y quizás más humano: la negativa a rendirse.
En ese gesto deportivo parece esconderse una enseñanza para quienes esta noche sienten el peso de la incertidumbre. La historia de los pueblos no se escribe en una sola elección, ni en una sola generación. Se construye a través de una sucesión interminable de derrotas, aprendizajes, rectificaciones y esperanzas renovadas. Los líderes pasan. Los gobiernos pasan. Las victorias y los fracasos pasan. Lo que permanece es la convicción profunda de millones de personas que creen estar trabajando por una sociedad más justa.
Por eso, cuando el dolor amenaza con imponerse, regresan las figuras que han inspirado luchas en distintos rincones del mundo: Amílcar Cabral, Salvador Allende, Nelson Mandela, Patricio Lumumba, Heraldo Romero en mi Pasto entrañable y tantos otros nombres que simbolizan la búsqueda de dignidad para los sectores históricamente excluidos. No como santos ni como figuras perfectas, sino como referentes de una aspiración humana persistente: la de construir una comunidad donde la justicia no sea un privilegio y donde la dignidad no dependa del tamaño de una cuenta bancaria.
Al final de la noche, quizá no haya respuestas definitivas.
Quizá persistan las dudas, las preocupaciones y las preguntas.
Pero también permanece una certeza.
La verdadera victoria de una conciencia política no consiste únicamente en ganar elecciones. Consiste en poder mirar hacia atrás y reconocer que, en cada momento decisivo, se actuó conforme a los principios que daban sentido a la propia existencia. Consiste en seguir tendiendo la mano al vecino, al amigo y al compañero cuando el desencanto amenaza con imponerse. Así piense en la intimidad que ya no volveré a mirarlo con los mismos ojos, porque me traicionaría en mis recónditas fibras. Pero trago saliva y digo: esta lucha consiste en no abandonar la idea de que la solidaridad vale más que la codicia y que la compasión vale más que el privilegio.
Esa es la clase de victoria que ninguna urna puede conceder y que ninguna derrota puede arrebatar.
Y mientras las últimas atajadas de Vozinha se pierden en la noche y me dan un pequeño consuelo, queda la sensación de que la esperanza, aunque herida, sigue palpitando y quizá resucite a mis mariposas moribundas.
Los verdaderos pueblos con memoria continúan caminando incluso cuando dudan y hay personas que siguen amando a su pueblo incluso cuando les duele.