Por:
Jorge Luis Piedrahita Pazmiño
¿Quién dijo que mientras la Nueva Granada era una universidad, Ecuador un convento, Venezuela era un cuartel? Y es que los militares venezolanos eran los únicos que llegaban a generales. Ecuador tuvo solamente sargentos. En 1830, año neurálgico para la Gran Colombia, Páez dominaba Venezuela; Urdaneta, la Nueva Granada; Flores, el Ecuador; Sucre acababa de dejar Bolivia. Todos bajo la égida del caraqueño Simón Bolívar. Briosas botas venezolanas tiranizaban el subcontinente. Ese era el designio providencial. Por ello será que su historia constitucional es tan corta porque sus dictaduras militares han sido las avasallantes. En el siglo XIX, Páez, los Monagas y Guzmán Blanco es la saga imperante. En el XX, la tanda de Juan Vicente Gómez, Marcos Pérez Jiménez, Chaves y Maduro.
Liquidada la Colombia trinacional, el sueño bolivariano de integración queda descuartizado en feudos podridos de arbitrario tamaño, inequitativo desarrollo, nula estabilidad, precaria representatividad en que subsistieron las coordenadas serviles en la economía, el trabajo, los derechos ciudadanos, las libertades, la educación y fueron presa tirada del despotismo tropical. Prefirieron la dispersión, la fragmentación en élites parroquiales, sin la visión de lo latinoamericano como globalidad unificadora. La codicia de las clases terratenientes y mercantiles y de los encomenderos redivivos en lo político, religioso y militar, aunada a la pobreza y al analfabetismo impidieron la consolidación de un proyecto progresista.
Páez -machetero silvestre- se adjudicará su rancho y con sobresaltos lo detentará hasta los años sesenta cuando ya él es octogenario. Con sus compinches no se compadecieron de la gloria de Bolívar y lo proscriben de su patria, siendo que ellos fueron los que le ofertaban la corona. Hasta el mismo Leocadio Guzmán que se decía pariente, firma el execrable decreto de agosto de 1830 de expulsión del Libertador y de su lucha. Para nada extraño si también Andrés Bello sufrió la execración.
Al Libertador lo sustituyen figuras minúsculas que llegan a su solio sólo a depredarlo y saquearlo. Se instala el generalato. Páez y los Monagas -dos hermanos y un sobrino- se suceden sin ruborizarse. No hay partidos sino chusmas “tadeístas” o “gregoristas” en alusión a la dinastía. José Tadeo reclama un nuevo turno presidencial por la razón de haber llevado al solio a su hermano y habrá otro período adicional de los Monagas. En 1869 asume José Ruperto, hijo de José Tadeo.
Páez, cual espectro, asume otra vez en 1861, escoltado de Soublette y Pedro Gual, primer canciller de la Gran Colombia, todos del estado mayor de Bolívar que había muerto hace cuarenta años. El antiguo “León de Apure” muere encarcelado, perseguido y expatriado por los Monagas. El epílogo será una nueva guerra civil en la que ya se asoma Antonio Guzmán Blanco, que someterá a su pueblo durante otros diez y ocho años.
Absolutistas, arrogantes, peculadores, Antonio y su padre Antonio Leocadio se robaron hasta el millón de pesos que decretó el Congreso del Perú en homenaje de Bolívar. Ni se diga el derroche de los empréstitos ingleses y su vida de postín en París desde donde telegrafiaba a sus súbditos venecos. “El gran americano”, desvalijaba hasta los discursos de otros cuando se hizo nombrar de la Academia Francesa. Insignes malhechores, émulos de Sardanápalo, les ultrajaban.
Vendrá la elipsis del general Joaquín Crespo y el insufrible turno de los generales y compadres andinos de zurriago y mulera Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, que se quedaron por 40 años con todo el pliego de depredaciones, desfalcos e inveterados martirios. Allá se inicia la trama del petróleo, de saqueo y dependencia. Castro, llamado “cabito”, a fuer de bohemio, mujeriego, sifilítico, fue nacionalista y purgó cual corsario su custodia a ultranza del petróleo, del asfalto, del café, que ya interpelaban los gringos. Su compadre y desertor, Juan Vicente Gómez, supo rápidamente congraciarse con Teodoro Roosevelt y abrirle los cofres de las riquezas ancestrales. Impunemente entrega concesiones para la explotación del subsuelo venezolano a los monopolios petroleros internacionales. Bajo el protectorado de Washington se quedó por lustros y aprendió retrospectivamente lo que repetía Kissinger, que “ser enemigos de Estados Unidos es malo. Pero que ser su amigo es peor”. Como si fuera hoy, Juan Vicente revoca la política nacionalista de Castro, exime a los gringos de las multas y permite a los barcos de la Orinoco Oil continuar sus tropelías, y a Mir Jaures, un aventurero asfaltero, le indemniza por los perjuicios. Dictador totalitario, caprichoso, represivo, cruel y completamente ajeno al principio de legalidad. Nadie resumía con tanta comodidad como el general tachirense los procederes de un tirano.
Cual los Monagas, “el Benemérito” se autodesignó presidente, con dos vicepresidentes: su hermano Juan Crisóstomo y su hijo José Vicente.
Por sus muchos merecimientos, Alfredo Iriarte lo incluyó en primerísimo renglón en su “Bestiario Tropical”.