LOS MIEDOS A LA POLARIZACIÓN Y A LA VIOLENCIA

Recurrir al pasado como relato principal de la campaña no le dará el triunfo a nadie, ya lo vimos en la campaña del 2022.

Por:

León Valencia

 

León Valencia

Se avivan los miedos, se agita la polarización, la paranoia crece. Oigo la voz del gobierno y de la oposición y la de los opinadores y de algunos empresarios. El país necesita comprender, ir al fondo de lo que ha ocurrido, y los analistas políticos y los intelectuales debemos contribuir a entender el momento, no podemos comernos el cuento crudo de que el país se va a acabar por una decisión judicial.  

El fallo de la jueza Heredia tiene un grueso telón de fondo. La primera capa de ese telón es el inicio de la transición política con la finalización del conflicto armado y la llegada de la alternación entre izquierdas y derechas. La segunda capa es el origen de la disputa jurídica.
Si comprendemos a cabalidad el fondo del fallo miraremos con realismo la situación del país, disiparemos el terrible miedo a entrar en un ciclo de violencia política como el que vivimos hasta los acuerdos de paz con los paramilitares y con las FARC y asumiremos también, con alguna tranquilidad, la polarización política.

Sin la desaparición de las Autodefensas Unidas de Colombia y de las FARC mediante la negociación y el proceso de paz; y sin el ascenso de la izquierda a la presidencia del país por la vía democrática; no había sido posible este juicio histórico. El conflicto armado de carácter político ha llegado a su fin, sólo queda como remanente el ELN, pero incluso esta fuerza ha declinado su objetivo de tomarse el poder y ahora está en la idea de una resistencia periférica a la acción estatal.

Existe, eso sí, un entramado de violencias y de mafias en una oscura disputa por rentas ilegales, por el control del territorio y por la subordinación de la población inerme. Y aún hay ominosos coletazos de la confrontación política armada del pasado, como el atentado al senador Miguel Uribe Turbay.
El expresidente Álvaro Uribe contribuyó mediante su política de mano dura a la terminación del conflicto armado, eso es una verdad de a puño, pero precisamente porque el alzamiento terminó, la gente se siente más libre para votar a conciencia y también para cuestionar a sus líderes políticos; los jueces se sienten más libres para juzgar delitos que se cometieron con ocasión del conflicto o delitos comunes que se cometen con el afán de tapar los delitos que se cometieron en medio del conflicto. Así son las cosas. Así es la transición.

No hay manera de comparar el enorme poder político y militar que tuvieron Pablo Escobar, los hermanos Rodríguez Orejuela y los paramilitares, por un lado; y por el otro, las FARC, el M19, el EPL y el ELN de los años ochenta y noventa del siglo pasado; con el alcance que hoy tienen las fuerzas del crimen organizado, las disidencias de las extintas FARC y el ELN. Después de un gran incendio aún arden unos leños.

Ahora bien, la polarización política es una cara, quizás no muy amable, de la transición. La pugnacidad que antes se resolvía creando guerrillas para buscar por la fuerza el poder o instigando la Fuerza Pública contra la izquierda o creando paramilitares para exterminarla, se ha transformado en una feroz disputa política verbal y en acciones sociales y convocatorias electorales entre las fuerzas políticas de la derecha, el centro y la izquierda, cosa que me parece mil veces mejor.

Una paradoja irrita especialmente a la derecha.  Había derrotado, mediante la violencia legitima, pero también mediante acciones ilegítimas, a las guerrillas y a la izquierda, pero está perdiendo la batalla política y jurídica en el postconflicto. La izquierda, por su parte, está aún en la disyuntiva de si le cobra a la derecha sus acciones ilegitimas e ilegales en medio del conflicto y hace de esto su bandera, o se dedica a buscar, con todo su corazón, la reconciliación del país.

Tengo la esperanza de que más temprano que tarde la irritación de las partes cederá y la reconciliación empezará a florecer.

Examinemos un poco el inicio del juicio. Ahora que llegamos a la condena del expresidente Uribe en primera instancia es bueno recordar que fue Uribe quien dio inicio a la disputa jurídica intentando llevar a la cárcel a Iván Cepeda que lo había acusado en un debate parlamentario de ser el fundador del Bloque Metro de las Autodefensas presentando testimonio de un testigo y unos indicios de esas acciones. La posible participación del exmandatario en la conformación de una organización ilegal que intervenía de manera temeraria y activa en la política regional y nacional es de suyo un hecho político. Así empezó el litigio jurídico.

El expresidente Uribe en el afán de acallar las acusaciones sobre su posible vinculación al Bloque Metro inició una batalla jurídica en la que según el fallo de la jueza Heredia recurrió a procedimientos y acciones ilegales tipificadas como fraude procesal y soborno en actuación penal. No se percató de que el país podía cambiar de un momento a otro, pensó que bastaría su enorme influjo político para cubrir sus acciones y las de sus abogados. La vida le ha jugado una mala pasada.

Vamos a otro punto. Es imposible ignorar el origen político de la disputa y tampoco será posible obviar el desenlace político del juicio. No se puede ocultar el sol con un dedo.

Es inevitable que cada uno haga una utilización política de la disputa jurídica. La derecha va a ir a fondo en el relato de que se trató de una persecución política al expresidente, su líder; argumentará que es una gran trampa de la izquierda; por su lado la izquierda insistirá en que el juicio por fraude procesal y soborno en actuación penal era una obligación de la justicia; e irá más lejos, dirá que está es la punta del iceberg, que debajo de este juicio hay más, que se trata de ir al fondo de las responsabilidades de Uribe y la derecha en la violencia paramilitar y en las acciones indebidas e ilegales de la Fuerza Pública contra la izquierda y las organizaciones sociales.

Así transcurrirá la campaña electoral de 2026. No hay remedio para esto. Solo hay que pedir que se ocupen también de hablar de los otros problemas del país, de los graves problemas sociales, de la inequidad, de la urgencia de reformas en favor de los desvalidos; y de la corrupción y de la inseguridad ciudadana. Advertirles a los actores políticos que quien gané la posta en las soluciones sociales y en la atención a las nuevas violencias ganará la contienda presidencial. Recurrir al pasado como relato principal de la campaña no le dará el triunfo a nadie, ya lo vimos en la campaña del 2022.

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