Por:
Jorge Luis Piedrahita Pazmiño
Como se sospechaba, no fue universal el encomio a la “mise en scéne” de Cien Años de Soledad, ante todo porque el firmamento de los personajes y el éter mágico son imposibles de traducir a la pantalla. Aunque la película respeta el marco conceptual, es inevitable que el lector evoque ese embrionario hechizo en que la novela los consumió y sentenciado a cien años como la estirpe de los Buendía. Y es que el propio Jorge Luis Borges, erudito y juguetón lo intuía, cuando dijo sobre la película de “Los Hermanos Karamazov”: “culpa feliz que me ha permitido gozarlo el film sin la continua tentación de superponer el espectáculo actual a la recordada lectura, a ver si coincidían”.
Borges como Gabo, como casi todas las luminarias del boom latinoamericano, encandilados por las luces de neón que refrescaron los laureles de la narrativa. Simultáneamente está en pantalla la venerada cuentística de Rulfo. Y Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Cabrera Infante, el mismo Alvarez Gardeazábal, Rómulo Gallegos en noche de derroche coronó a María Félix como Doña Bárbara. Gabo siempre supo que el general Rafael Uribe Uribe era su Aureliano Buendía, insuperablemente encarnado por el magistrado Mario Latorre.
Ahora que estamos de plácemes con la elección de nuestra paisana obandeña, esmaltada letrada y rigurosa historiadora, Cecilia Caicedo Jurado, para una silla en la Academia Colombiana de la Lengua, la más antigua de Hispanoamérica (1871) y tributaria de la Real Española, quizá no sea impertinente volcarnos a una antigua réplica filológica al Nobel costeño. Se ha dicho que la proverbial frase inaugural cojea en la conjugación: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía HABIA de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.
Sin embargo, de que todos los tiempos verbales están conjugados en la frase, el uso indebido de la conjugación perifrástica –dicen los doctos- al emplear el copretérito en lugar del pospretérito. Así en vez de …HABIA… Gabito debió encasquetar …HABRIA DE RECORDAR…
Cuando la acción se cumplió al mismo tiempo que otra pasada se llama copretérito; y cuando sucedió después de otra también pasada se llama pospretérito. Gabito habla hoy de la remota tarde en que el padre del coronel lo llevó a conocer el hielo y de su recuerdo –también ocurrido en el pasado, pero muchos años después. Son dos los hechos del pasado que se sucedieron uno detrás del otro y no simultáneamente, por lo cual no se debe utilizar el copretérito. (Adviértase eso sí que Gabo no era particularmente sensible al culto de las academias si se tiene en cuenta que “El Otoño del Patriarca” (su novela predilecta) no tiene signos de puntuación).
Y ya que nos hemos enfermado de estos achaques lingüísticos –como homenaje a Cecilita Caicedo- reclutemos los recursos estilísticos engastados por Gabito en Cien Años de Soledad:
Oxímoron: empleo sistemático de palabras incongruentes o contradictorias, hiperbólicas o desmesuradas: Meme está protegida por “complicidad inocente” de su padre. Rebeca, al rendirse a las caricias de José Arcadio, se pierde en “el placer inconcebible de aquel dolor insoportable”. José Arcadio estalla en un chaparrón de “obscenidades tiernas”, cuando le hace el amor a la gitana. Igualmente, cuando Aureliano amó a su tía, ella sintió una “conmoción descomunal que la inmovilizó en su centro de gravedad”.
Anáfora: Repetición de una palabra o expresión para dar más énfasis a lo que se dice. En este caso “muerto”: “…veía los muertos hombres, los muertos mujeres, los muertos niños que iban a ser arrojados al mar como el banano de rechazo”.
Metáfora: Comparación indirecta por alguna semejanza que existe entre dos aspectos: “…hasta que su mano herida, liberada de todo dolor y todo vestigio de misericordia, se convirtió en un nudo de esmeraldas y topacios y huesos pétreos e insensibles”.
Epifonema o sentencia: Frase que quiere dejar una enseñanza o sintetizar las ideas de alguien: “El coronel Aureliano Buendía apenas sí comprendió que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”.
Símil: Comparación directa, utilizando la partícula “como”: “Espantada por la pasión de aquel desahogo, Amaranta Úrsula fue cerrando los dedos, contrayéndose como un molusco…”.
Gabo no fue ajeno al séptimo arte. Por el contrario, fue cinéfilo, crítico, guionista, empresario, diletante. Desde los 22 años en sus columnas “La Jirafa” y “Séptimus” de El Heraldo. En 1955 cuando corresponsal de El Espectador en Europa cursó dirección de Cine en Roma. En el Distrito Federal, de las rancheras, de los murales, del tequila y de la revolución agraria, fue guionista y publicista. Cuando escribía sus memorias simultáneamente era profesor de guiones en la escuela de cine San Antonio de los Baños (Cuba), creada para los estudiantes del tercer mundo. Gabo acompañó y financió la producción de “El amor en los tiempos del cólera”, “El coronel no tiene quién le escriba” (Mastroianni, Bardem, Shakira): “Crónica de una muerte anunciada” (Ornella Muti, Alain Delon, Irene Papas); “La Cándida Eréndira”, “La viuda de Montiel” (Anthony Quin).
Hablando de Borges, -el Nobel que no fue-, se sabe que para la década de los cincuenta estaba convenido en Estocolmo. Tenía siempre tres votos de cuatro. El turno era para Latinoamérica y era el virtual ganador. Pero se atravesó la candidatura de Churchill que había reconstruido Europa. El nombre del argentino se traspapeló por siempre…
Cecilia ingresa al areópago de las letras y en lo que tiene que ver con nuestro departamento es recibida por sus pares Vicente Pérez Silva (felizmente actuando), Sergio Elías Ortiz e Ignacio Rodríguez Guerrero, el único colombiano hasta la fecha miembro de la Real Academia de la Lengua Española.