Por:
Guillermo Linero Montes
La historia de las marchas populares en Colombia, es de estragos civiles, es de crímenes de estado, es de gente desaparecida y es de empresarios malsanos, que en venganza política empeoraban la esclavitud de sus empleados después de cada marcha. Las marchas del 1 de mayo, por ejemplo, sirvieron en los dos gobiernos de Álvaro Uribe para gritarle paraco, que es un calificativo envolvente de delitos atroces; y a Juan Manuel Santos, en las marchas del 1 de mayo le cuestionaban “la orientación neoliberal de su gobierno que se caracterizó por “la mercantilización de la salud y la educación, por su empeño en ahondar el modelo de acumulación basado en la extracción de materias primas, principalmente minerales, y por la promoción a la inversión por parte de multinacionales”[1]. Y ni qué decir de las marchas contra Duque, pues la historia ya las tiene registradas como batallas campales entre una población juvenil, que ejercía su libre derecho a protestar, y un estado represivo e infame que se los prohibía.
En contraste, las marchas del 1 de mayo, ahora bajo la presidencia de Gustavo Petro -que fue elegido por la incuestionable voluntad popular- no hubo ni siquiera pliegos de peticiones laborales, y los profesores, y los trabajadores de la banca y de la salud, no salieron tras reivindicaciones. Tampoco los indígenas salieron a exigirle al gobierno que les devuelva sus territorios históricamente arrebatados, ni a pedir que les rediman la dignidad menoscabada; sino salieron a reafirmarle su apoyo incondicional. Los estudiantes tampoco salieron a protestar con máscaras ni escudos para su protección, sino salieron con tambores a agradecerle al presidente por su firme decisión de ampararlos educativa y laboralmente.
No obstante, la oposición y sus medios de comunicación comprados, se han puesto de acuerdo en afirmar que el presidente usurpó a los trabajadores el derecho histórico de salir a protestar cada 1 de mayo, contra los empresarios esclavistas y contra los gobiernos corruptos. No les cabe en la cabeza, y ni siquiera en el sentido común, que las marchas de este 1 de mayo, por su propia cuenta hicieron a un lado sus peticiones consuetudinarias para darle espacio a su respaldo incondicional al gobierno de Gustavo Petro.
Y se preguntan también ¿por qué ese pueblo mayoritario, en las elecciones del periodo presidencial de 2018 a 2022, no eligió al candidato Gustavo Petro -de expresa sensatez e inteligencia- y optó por Iván Duque -de palmaria y crasa ignorancia-? ¿Por qué prefirieron a un presidente que no tuvo miramientos para aplastar a quienes se atrevieron a protestar contra sus burdas reformas?
La respuesta a estas preguntas es una sola y es muy elemental: porque las elecciones se compraban y los tarjetones y los formularios se adulteraban. Esa es la realidad de nuestra historia electoral: antes del triunfo del presidente Petro, nunca ganó alguien por quien el pueblo hubiera votado.