EL IMPERIO DE LA MEMORIA… ¿MAGNICIDIO?

Duelen todas las muertes, desde luego, y no podemos caer tan bajo y perder la humanidad para alegrarnos por la muerte de un contradictor

Por:

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

El diccionario define el magnicidio como la muerte violenta dada a una persona por el cargo que desempeña o el poder que detenta. De partida hay aquí ya una contradicción con la propia realidad, ya que toda muerte importa, quizá en los albores donde moría el antiguo régimen, a finales del siglo XVIII europeo, era factible hablar del magnicidio asociado a la realeza, cuando la soberanía recaía en una cabeza; inclusive el asesinato del zar Nicolás II y de su familia se asoció a esta idea, representaban estos una añeja tradición de poder y de dominio sobre bienes y personas en la Rusia de entonces.

En Colombia, los asesinatos de Rafael Uribe Uribe (1914), Jorge Eliécer Gaitán (1948), Luis Carlos Galán Sarmiento (1989), Álvaro Gómez Hurtado (1995), entre otros, se asociaron a esta definición, representaban de una u otra manera a una clase social o a un partido político que detentó el poder de diferentes maneras; sin embargo, el asesinato de los líderes de izquierda tuvo otra connotación, las muertes de Jaime Pardo Leal (1987), Bernardo Jaramillo Ossa (1990), Carlos Pizarro Leongómez (1990), entre muchos otros más, fueron vistas como una pérdida para un sector de la nación, para los militantes de una izquierda que buscaba llegar al poder democráticamente y buscar los cambios necesarios mediante la búsqueda de equidad y de una paz con justicia social.

De tal manera que “el magnicidio” ha sido usado en este país con pinzas, queriendo empotrar mártires con el fin de gestar una historia oficial a la cual es necesario venerar y guardar memoria constantemente.

Ni para qué hablar de los miles de muertos de a pie que hay diariamente en este país, de aquellos campesinos que son silenciados con las balas cobardes de quienes quieren callarlos para impedir sus justos reclamos, ni para qué hablar de las miles de mujeres que son primero violentadas y luego asesinadas sin compasión para acallar sus voces y mandar mensajes a sus esposos e hijos de que no sigan sus luchas, de los miles de jóvenes que siguen siendo utilizados para mostrar los poderes oscuros y fundar glorias en los pechos de militares y políticos que se alimentan de los falsos positivos; ni de las lideresas y líderes sociales cuyas muertes siguen impunes en los anaqueles de los fiscales puestos para pagar favores de pupitre y fomentar un silencio estatal vergonzoso…

Ni para qué hablar…

Duele toda muerte violenta, desde luego, y toda muerte violenta debería ser reprochable de igual manera, como se reprocha el asesinato de los “magnos” en medios, en corrillos, en asambleas y congresos; debería ondear la bandera patria o departamental o municipal a media asta por cada asesinato que se cometa en el país; debería ser igual de doloroso acompañar a huérfanos, viudas o madres y padres que no verán volver a sus hijos a sus hogares…

Sin embargo, como en la canción, hay muertos de primera, segunda y tercera, ésta última es la que más se presenta en este país inmisericorde y desigual, ahí los campesinos y los desarropados, los pobres olvidados y los enterrados como NN.

Duelen todas las muertes, desde luego, y no podemos caer tan bajo y perder la humanidad para alegrarnos por la muerte de un contradictor, aún resuena en la memoria de muchos los trinos que hiciera el condenado expresidente cuando falleció la senadora Piedad Córdoba:

 

Trino de Álvaro Uribe

 

Y ni qué decir de los trinos de la energúmena María Fernanda Cabal cuando falleció el escritor Gabriel García Márquez, premio Nobel en 1982, deseándole el infierno:

 

Trino de la Cabal

 

Sin embargo, no podemos desconocer los exabruptos cometidos por quienes han buscado detentar el poder cueste lo que cueste, herederos de sangre muchos de estos, siguiendo linajes que permiten disfrazar las vetustas monarquías en democracias -baste repasar el listado de quienes han gobernado Colombia para comprender lo dicho-, de tal manera que es necesario acudir al imperio de la memoria para entender la necesidad del cambio, que es necesario en este país.

Se dice que la oposición es la perfección en la contradicción, por eso quienes militamos en distintas orillas no podemos celebrar la muerte, ni mucho menos capitalizarla para sumar votos o camarillas, al estilo de los mejores representantes de las mafias que tanto daño le hacen a la historia de la humanidad.

La actual oposición, tan perversa en sus acciones como en sus discursos, siembra constantemente el miedo y la zozobra, acostumbrados a dominar por más de 200 años, les cuesta entender que hay otras formas de ver el mundo, otras formas de gobernar, otras necesidades que son necesarias atender aparte de las de sus propios pecunios; herederos de gamonales y hacendados, no comprenden la necesidad de los colombianos de a pie. Fue tal la desconexión con el país, que Miguel Uribe, criticando la reforma laboral, pensó que un colombiano de clase media ganaba entre “25 y 60 millones de pesos” (2022), así mismo, siendo secretario de gobierno en la alcaldía de Peñalosa en Bogotá, ante el escabroso feminicidio cometido contra Rosa María Cely, publicó un desatinado trino, donde prácticamente su oficina la responsabilizaba de su propio asesinato:

 

Trino de Miguel Uribe (q.e.p.d.)

 

O cuando feliz celebraba el hundimiento de la reforma laboral o de la consulta popular, no defendiendo un ideario como supuestamente se creería desde una ideología bien sustentada, sino una celebración que demuestra el apego de los esbirros de los grandes capitales que no buscan el bienestar del trabajador, del obrero, de las amas de casa, sino de los dueños de los grandes capitales y consorcios, a quienes pagar las horas extras o los dominicales les parece un exabrupto, alegando que deberían agradecer que tienen trabajo. Esas son las celebraciones y algunos de los mensajes que representan no a una persona, sino a un conjunto de la sociedad que se opone a que este país salga de la inequidad histórica.

 

 

¿Magnicidio?, no. No se despide a un hombre popular, no se despide a un hombre que sacrificó vida, honra y bienes para favorecer a los demás; se despide a un hombre que representa a una casta, la vieja sociedad señorial que está en decadencia, y entendemos que las culpas y las penas son objetivas, pobre Miguel, no tiene la culpa de todos los atropellos que cometió su abuelo gobernando 4 años desde el estado de excepción y cuyo gran legado fue el número de anécdotas que se volvieron chiste común en todas las calles y plazas de todos los pueblos de Colombia, hasta de los más alejados, de esos cuyas periferias parecieran no querer ver los privilegiados, los “delfines” que no comprenden o no conocen la realidad nacional.

La expiación es un postulado cristiano que permite, desde la fe, comprender cómo se compensa el pecado a través de un tercero, desde luego que desde mi agnosticismo me es imposible postular más allá de lo dicho, ¿cuántos asesinatos cometió el Estado bajo la figura del estatuto de seguridad? Nunca lo sabremos.

Lástima grande su asesinato, nos duele como nos duele el asesinato violento de miles de colombianos y colombianas de a pie. Harán de él un héroe, harán de él una estatua y la empotrarán en una callejuela del norte de Bogotá, se escribirán epitafios laudatorios y reseñas anotando todas y cada una de sus buenas acciones, como se escribe aún en la muerte de cardenales y obispos, de príncipes y nobles…

Pero el imperio de la memoria no fenece, puede ocultarse, pero finalmente aparece como el sol en el amanecer, para cubrir a todos, absolutamente a todos con su luz.

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