Andes peruanos, mediodía del 24 de julio de 1911. Tres hombres escalan con pies y manos una ladera despeñada y abrupta. A sus pies, el río Urubamba sigue como cualquier otro día su curso apresurado hacia el Amazonas. El corazón de uno de los expedicionarios, Hiram Bingham, de 35 años de edad, profesor ayudante de historia latinoamericana en la Universidad Yale, late a velocidad de vértigo.
Sus ojos escudriñan árboles, piedras y matorrales tratando de localizar el objetivo de su dificultoso ascenso, mientras avanza inquieto y sudoroso por la senda mínima abierta por su guía, un campesino indio establecido al otro lado del río que dice conocer la existencia de las ruinas. «A la sombra del pico Machu Picchu», le ha asegurado una y otra vez. Cuando, después de algún descanso y mucho agotamiento, llegan al lugar, Bingham contempla boquiabierto el paraje que se abre ante él. De la densa maraña de maleza asoma un laberinto de bancales y muros, una ciudad fantasma que lleva cerca de 400 años oculta al mundo exterior. «Aquello me dejó sin aliento […] –escribiría después–. Era como un sueño inverosímil.»
Pero, ¿era realmente inverosímil?
Machu Picchu, el Santuario Histórico de Machu Picchu, se ha convertido en el recinto arqueológico más conocido y visitado de toda América del Sur: una ciudad inca que sobrevuela los Andes desde sus 2.438 metros de altura, un mito hecho piedra inaccesible y victoriosa, cuya notoriedad, prestigio y leyenda no han hecho más que crecer a partir de aquel día de julio de 1911.
A mayor gloria de Bingham. Arqueólogo concienzudo, investigador entregado y meticuloso, dedicó su vida a explorar y dar a conocer su espectacular hallazgo. Sabía de sobra que no era él el primero en contemplar la antigua ciudad inca. Los colonos de la zona estaban al tanto desde siempre de la existencia de unas ruinas en lo alto de la quebrada que caía a pico sobre el valle. Uno de ellos, Agustín Lizárraga, alardeaba de haber paseado entre las piedras incas en más de una ocasión, y había dejado su firma sobre la fachada del Templo de las Tres Ventanas. Por su parte, unos 80 años antes el explorador y aventurero alemán Augusto Bern también había constatado su existencia. Pero Bingham era consciente de que ser el primero no era lo verdaderamente importante. Lo relevante, lo decisivo, era mostrar y demostrar el valor de esas piedras, desentrañar su significado, situar esa ciudad en la historia y darla a conocer al mundo entero. Bingham lo hizo.
La tarea inmediata fue desbrozar el terreno y limpiar la zona, devorada por el apetito insaciable de la selva, una labor que realizó con un cuidado exquisito y que llevó tiempo y grandes esfuerzos. También se tomaron notas precisas para elaborar un mapa topográfico de la zona. Trabajo y más trabajo en medio de la conmoción y la conciencia permanente de pisar un lugar único. Por la envergadura de las ruinas y, sobre todo, por su hermosísimo emplazamiento.
Vista desde lo alto, las calles y los edificios parecen sostenerse de milagro en un frágil equilibrio sobre el precipicio
La antigua ciudad ocupa un estrecho espinazo curvo que une, a la manera de una doble ladera, los picos de Machu Picchu y Huayna Picchu. Vista desde lo alto, las calles y los edificios parecen sostenerse de milagro en un frágil equilibrio sobre el precipicio. Sin embargo, las construcciones han desafiado a los siglos y a la naturaleza, y hoy uno puede seguir el plan arquitectónico y urbanístico sabiéndose un elegido de los dioses al contemplar un paraje y un paisaje únicos. Gracias a la maestría de los incas. Gracias también a Bingham y su equipo, que a fines de la primavera de 1912, apenas un año después del hallazgo, protagonizaron una nueva expedición patrocinada por la Universidad Yale y National Geographic Society que llegó a Cuzco y al cañón del Urubamba y permaneció durante siete meses excavando y fotografiando el lugar, alzando mapas, reconociendo antiguos caminos y haciendo acopio de las piezas encontradas, de arcilla, bronce y piedra, y de valiosas momias procedentes de enterramientos. Un tesoro arqueológico que salió de Perú con permiso oficial hacia Yale, desencadenando, sobre todo en los últimos años, una enconada disputa entre el Estado y los investigadores peruanos por un lado y la universidad estadounidense por otro. Este otoño, en vísperas del centenario del descubrimiento de Bingham, Yale anunció por fin su intención de devolver todas las piezas a Perú. Finalmente las joyas incas de Machu Picchu (más valiosas por su significado que por sus materiales en nada preciosos, a pesar de las muchas leyendas) vuelven a su tierra de origen.
Bingham comunicó de forma inmediata los resultados de su trabajo a la comunidad científica, dando así el pistoletazo de salida a una larga serie de hipótesis sobre cuál había sido el destino de la ciudad: primer asentamiento de los incas, anterior incluso a la fundación de Cuzco, la capital del Imperio; último refugio del rey rebelde Túpac Amaru tras la conquista española; centro ceremonial destinado al culto y reservado a reyes y sacerdotes; villa de recreo exclusiva de la realeza… Hipótesis y también mitos, porque Machu Picchu se convirtió en el símbolo de la resistencia inca y en la encarnación de la identidad del pueblo peruano frente a cualquier tipo de enemigo externo.
Los mitos, en cierto modo, todavía perviven. Las teorías se han ido amontonando, fundiéndose y poco a poco fraguando a partir de nuevas investigaciones y más datos. En opinión del arqueólogo e indigenista peruano Luis Eduardo Valcárcel, coetáneo de Bingham, y sobre todo de Johan Reinhard, antropólogo, experto en arqueología de alta montaña y explorador residente de National Geographic, no hay duda de la función religiosa y sagrada de la ciudad, basándose fundamentalmente en su ubicación. Una ubicación determinada por la relación mágica y alegórica de Machu Picchu con los dos picos hermanos (los dos picchus) y con otras cumbres andinas cercanas, y por la protección prácticamente circular que proporciona el río Urubamba, cuyo curso describe una curva en la base de la montaña, a la que rodea por tres de los cuatro costados. Y además, y de forma muy especial, por la función purificadora del agua, encauzada en finos canales de piedra y destinada a discurrir de fuente en fuente y de terraza en terraza.
Finalmente, las peculiaridades de la arquitectura y el urbanismo de Machu Picchu en el contexto del mundo inca abundan en la interpretación de su destino ritual y sagrado, reiterando la elección de un emplazamiento tropológico (y en cierto modo insólito por su inaccesibilidad) para levantar la fortaleza, un hecho que acarreó diversas singularidades constructivas. Valcárcel insiste en la adecuación del patrón constructivo inca al asentamiento andino, y destaca los edificios con techumbre a dos aguas, adaptados a una zona de lluvias como es el valle del Urubamba, o la existencia de vanos y ventanas para favorecer una ventilación con la que combatir la humedad y el calor en un clima muy diferente al de Cusco, cuyas construcciones macizas y megalíticas sirvieron de modelo en todo el Imperio.
Una excepción arquitectónica para un lugar único
Con todo, lo más revelador de las investigaciones de los últimos 30 años tal vez sea su datación. La decisiva aportación de unos manuscritos fechados a mediados del siglo xvi permitió a Valcárcel situar, prácticamente sin dudas, la construcción de Machu Picchu bajo el reinado de Pachacuti (de 1438 a 1471), «El que Transforma el Mundo», auténtico creador del Imperio inca. Fue el primer soberano de su dinastía de quien quedan testimonios escritos, y a él se debe la consolidación del reino, la ampliación de sus fronteras y el enriquecimiento de Cusco con nuevas plazas y viviendas y sobre todo con la reedificación del Templo del Sol. Machu Picchu, según todas las referencias, habría sido levantado como centro ceremonial y de descanso real a mediados del siglo XV.
Bingham se acercó mucho a parecidas interpretaciones, con el mérito añadido de contar con escasos indicios. Señaló el papel protagonista de los templos en la plaza sagrada, dio cuenta del Intiwatana u observatorio solar, estrechamente relacionado con el culto al dios Sol, y no vaciló en definir la ubicación de las ruinas como inexpugnable: «Machu Picchu es en esencia una ciudad-refugio […] Hasta donde yo sé, no hay en todos los Andes un lugar mejor defendido por la naturaleza».
El arqueólogo metódico y preciso que Bingham llevaba dentro no le impidió disfrutar de la hermosura del paisaje y apreciar su elección. «Los incas eran, no cabe la menor duda, amantes de los bellos paisajes. Muchas de las ruinas de sus edificios más importantes se localizan en lo más alto de montes, crestas y lomas desde donde se divisan panoramas de especial belleza. Por notable que sea la arquitectura de Machu Picchu y por mucho que impresione el inmenso trabajo de cantería de un pueblo que no conocía las herramientas de hierro y acero, ni lo uno ni lo otro deja en la mente del visitante mayor impronta que la belleza y la grandiosidad inefables del entorno.»
Las fotos originales:
Todas las fotografías fueron tomadas por Hiram Bingham
A la izquierda se distinguen los precipicios que defendían Machu Picchu de las agresiones. En primer término un grupo de bancales, donde los antiguos habitantes plantaban sus cultivos.
La torre semicircular y el interior del muro mirando hacia el Grupo del Rey y la escalera próxima al Grupo de los Huertos Privados.
Desde el campamento de Machu Picchu, Hiram Bingham emprendió el estudio de uno de los escasos yacimientos incas que eludieron a los invasores españoles. Con una robusta cámara Kodak, tomó miles de fotografías para documentar su trabajo
En su viaje al sur de Perú los expedicionarios hicieron escala en varios puertos, entre ellos el de Pacasmayo, donde los marineros utilizan un tipo muy peculiar de canoa. Estas balsas se fabrican con juncos y deben secarse después de cada uso. La fotografía muestra también una típica cabaña de marinero construida con cañas de bambú partidas.
En la fotografía se distinguen la banda y la escolta militares, así como una alfombra de flores y hojas verdes.
La primera parte de la expedición llegó a Lima justo a tiempo de asistir a la procesión anual de Corpus Christi. Partiendo de la catedral, la procesión, compuesta en su mayoría de niños con llamativo atuendo, recorrió los cuatro lados de la plaza y regresó al punto de partida.
En los pastos de las tierras altas comprendidas entre el lago Titicaca y Cusco, miles de alpacas y llamas hallan su sustento natural.
Las llamas llevan siglos domesticadas, y no las hay en estado salvaje. La lana de alpaca es una de las exportaciones más selectas de Perú. Las llamas acarrean sal gema. La característica alcantarilla descubierta que recorre el centro de la calle existe en muchas villas montañesas.
Los indios montañeses siempre mostraban interés por nuestro trabajo y solían contentarse con contemplar en silencio el paso de nuestras caravanas o especular en voz baja sobre las actividades del topógrafo. Una vez, sin embargo, el topógrafo jefe fue agredido por una docena de indios exaltados, convencidos de que su ayudante y él se traían alguna brujería entre manos con aquellos instrumentos tan extraños.
El puente rematado sobre los rápidos del Urubamba. Se aprecia el montante horcado todavía en su sitio. La gran dificultad de esta construcción radicó en que la madera era tan densa que no flotaba.
Nuestros problemas de transporte no terminaron con la llegada de la balsa, pues las mulas se resistían con denuedo a saltar desde las rocas a la corriente, honda y rápida.
El contorno de Machu Picchu destaca por lo agreste y por la belleza indescriptible del paisaje. La ciudad se encarama al borde de los precipicios que se aprecian al fondo de esta imagen. El camino lo abrió hace unos años el Estado peruano con un elevado gasto económico. Los primeros exploradores, obligados a evitar esta zona del valle del Urubamba por falta de vías, desconocían el emplazamiento de Machu Picchu.
El valle del Urubamba alberga abundantes vestigios de arquitectura inca. Esta antigua fortaleza se halla en la margen occidental del Urubamba, cerca de Ollantaytambo, una de las ciudades incaicas más célebres de los Andes.
En el extremo superior del valle de Yucay se ubican las ruinas de un maravilloso templo o ciudadela inca de nombre Pisac.
Las defensas de Machu Picchu constaban de dos murallas y un foso seco transversal a la cresta, de precipicio a precipicio.
Una de las características más llamativas de la arquitectura de Machu Picchu es que la mayoría de las casas tiene una altura de un piso y medio y hastiales en los extremos. Los hastiales presentan unas piedras cilíndricas salientes que sugieren la antigua existencia de unas vigas de madera. En el caso de estas dos casas adyacentes sólo siguen en pie los hastiales de la cara sur; los del norte han sucumbido, bien a los terremotos, bien a la fuerza destructora de la vegetación.
En la mismísima cima de uno de los precipicios más impresionantes los incas construyeron una atalaya desde donde podían advertir enseguida a la ciudad, situada más abajo, si se aproximaba un enemigo.
El teniente Sotomayor, a la derecha, supervisa a la brigada de indios.
Ésta es la primera cueva funeraria de las descubiertas en Machu Picchu que contenía un cráneo. En total se abrieron más de 100 cuevas como ésta y se recogió gran cantidad de material esquelético.
Se unió a nosotros en Cusco y nos acompañó durante casi dos meses. La mayoría de los obreros se contentaba con el jornal que ganaba en quince días, y continuamente teníamos que tomarnos la molestia de buscar mano de obra nueva.
Uno de los obreros más inteligentes que nos ayudaron en las excavaciones de Machu Picchu. Se aprecia el abultamiento de su mejilla, que delata la presencia de un paquetito de coca, las hojas de la planta de la cual se extrae la cocaína. Casi todos los indios montañeses mascan hoja de coca. El paquetito se prepara con esmero al iniciar la jornada de trabajo, a media mañana, después de comer y a media tarde.
En Machu Picchu moraban distintos clanes o grupos familiares. Cada uno de ellos contaba con entre seis y diez viviendas. En la foto, una cantería particularmente ingeniosa. Contiguo a la torre semicircular se alza un muro ornamental levantado con sillares de granito blanco, especialmente escogidos por su hermoso grano.
Muro ornamental levantado con sillares de granito blanco, especialmente escogidos por su hermoso grano. El interior del muro se adornó con una serie de nichos simétricos.
Al parecer, las puertas de las casas carecen de sistemas de bloqueo, pero los portales de los grupos de clanes y el portalón principal de la ciudad, cuyo interior se muestra en esta imagen, estaban provistos de cajetines con cilindros de granito a los que podía atarse firmemente una tranca resistente. El anillo lítico que se aprecia sobre el dintel de piedra en la parte superior de la foto servía para asegurar la barra vertical.
La esquina del Grupo de la Princesa donde el muro ornamental se une con la torre semicircular es uno de los puntos de mayor valor estético de la ciudad y ofrece unas vistas magníficas. La torre albergaba una piedra sagrada, hoy parcialmente destruida por el fuego.
El emplazamiento de Machu Picchu donde se concentran los edificios que ostentan una mejor calidad arquitectónica. En el centro se yergue el Templo Principal; a la derecha, el templo de las Tres Ventanas. Sobre ambos templos descuella la colina sagrada, en cuya cima aguarda la piedra Intiwatana, o reloj de sol.
No es probable que las casas contasen con excesivo mobiliario, pero en algunos casos hay plataformas de piedra que tal vez se usaban a modo de lecho, y en un número reducido de casos existen bancos de piedra en los rincones de la casa, tal y como se aprecia en esta imagen.
Las hileras de sillares van disminuyendo de tamaño conforme se elevan. Se actuó con el máximo celo a la hora de escoger el granito más puro para crear un efecto comparable al de los templos marmóreos del Viejo Mundo.
Esta vista general de la Plaza Sagrada se tomó al término del trabajo de la temporada, una vez concluidas las excavaciones y renivelado el suelo. En ella se aprecia el esfuerzo invertido para dejarlo todo en las mismas condiciones, cuando no mejores, que al descubrirlo. Es probable que la estructura de la derecha, de un estilo constructivo radicalmente distinto al de las demás, se enluciese en su día, lo que se traduciría en un panorama general de la plaza más simétrico que el actual. En el suelo del edificio en cuestión se encontraron varias tumbas. La estructura de la izquierda, el Templo Principal, es sin asomo de duda una de las mayores proezas arquitectónicas de los incas. En el medio se encuentran las ruinas de lo que hemos denominado el Templo de las Tres Ventanas. Como quiera que las ventanas exceden en dimensiones lo que sería ideal para un clima tan frío, llegamos a la conclusión de que son simbólicas. Creemos que están relacionadas con la tradición sobre el origen de los incas.
A la derecha se aprecia el hermoso muro exterior del grupo caracterizado por contar con los hastiales más inclinados y los dinteles monolíticos de mejor factura. En el centro se ve un trecho de la escalera más larga. En el extremo izquierdo se distingue una parte de la torre semicircular y la ventana de las serpientes.
Las esposas de dos peones frente a la piedra más grande del muro oriental del Templo Principal de la Plaza Sagrada.
Cara interior de la misma piedra y nichos ornamentales de la pared oriental del Templo Principal. Con toda seguridad, el hueco de la esquina superior derecha alojaba alguna viga que sustentaba el tejado de este templo, hoy desaparecido.
En la cima de la colina sagrada hay una piedra de curiosa talla llamada piedra Intiwatana, o reloj de sol. En quechua, la lengua de los incas, inti significa «sol» y huatana, «cuerda». También existen piedras Intiwatana en Cusco, Pisac y Ollantaytambo.
Al igual que en todas las rutas del Perú montañoso, los indios hacen un alto para tomarse una chicha, la cerveza indígena, que se adquiere a un precio de unos dos centavos el vaso grande.
En los mercados de Cusco y otras ciudades peruanas el precio de los cacharros fabricados por los indios de las inmediaciones suele oscilar entre cinco y 50 centavos. Se trata de cerámica de factura manual, cocida en hornos primitivos y de decoración rústica y abigarrada.
Detalle de la piedra de Maranyocc cuajada de petroglifos. Se ignora su significado y no hay en el entorno tradición alguna que justifique su presencia. Existe la vaga posibilidad de que esta roca, grabada en un estilo que nada tiene que ver con lo descubierto hasta la fecha en la región de Cusco, represente la historia de una incursión india desde la jungla amazónica.
Apenas hay vallas de alambre en este país, donde son sustituidas por plantas espinosas tales como cactos, cambrones y ágaves o pitas.
Los muchachos quechuas aprenden pronto sus deberes de pastoreo y pasan buena parte de los años que deberían dedicar a la escuela apacentando los rebaños de sus padres.
Una de ellas sostiene una vara de medir para ofrecer cierta idea de su estatura. Visten el atuendo propio de las indias montañesas peruanas. El tocado es un sombrero plano de paja forrado de franela roja por un lado y de panilla azul con cinta trenzada dorada por el contrario. Se lleva de uno u otro lado en función del tiempo que haga. Los bordes del sombrero hacia arriba indican que hace buen tiempo.
La historia de Hiram Bingham, el descubridor de Machu Picchu
El 6 de junio de 1956 moría en Washington el famoso arqueólogo Hiram Bingham, que pasó a la historia como el descubridor de Machu Picchu. Aunque no todos creen que fuese el primero en llegar a la legendaria ciudadela inca, pues el agricultor peruano Agustín Lizárraga ya dejó constancia de su existencia algunos años antes.
la curiosa historia de Hiram Bingham está llena de incógnitas y contradicciones. Algunos creen que fue el modelo en que se inspiraría el personaje del famoso arqueólogo de ficción Indiana Jones –aunque otros piensan que fue el arqueólogo Sylvanus Morley–, y para otros, simplemente fue un explorador fascinado por la cultura sudamericana que se llevó el mérito del descubrimiento de Machu Picchu cuando, en realidad llegó al yacimiento nueve años después que su auténtico descubridor, el agricultor peruano Agustín Lizárraga.
Nacido en Honolulú (Hawáii) el 19 de noviembre de 1875, Hiram Bingham fue hijo y nieto de los primeros misioneros protestantes que llegaron al archipiélago volcánico de Pacífico. Una férrea disciplina y una educación encaminada a una vida como misionero hicieron de la infancia de Bingham una de las épocas más tristes de su vida; incluso llegó a robar 250 dólares de la cuenta familiar para poder huir con un amigo. En 1892 sus padres lo llevaron a la Phillips Academy en Andover, Massachussets, y posteriormente ingresó en la Universidad de Yale. Los ahorros familiares sólo le alcanzaron al joven para mantenerse durante un año y se vio obligado a realizar multitud de trabajos, desde ayudante de cocina a vendedor de caramelos y libros a domicilio, pasando por maestro particular de los compañeros de clase más ricos. A pesar de todas la dificultades, finalmente, Bingham logró graduarse en Yale en 1898.
La infancia de Bingham fue tan dura que llegó a sustraer 250 dólares de la cuenta familiar para poder huir con un amigo
De regreso a casa de sus padres, Bingham desempeñó varios oficios, pero nunca logró sentirse realizado. Fue en 1898 cuando su vida cambió completamente al conocer a Alfreda Mitchell, hija de Alfred Mitchell y Annie Olivia Tiffany, hija y heredera de Charles Tiffany, fundador de la famosa joyería Tiffany & Company de Nueva York, de la cual se enamoró perdidamente. En agosto de 1899 se matriculó en la Universidad de California en Berkeley y se doctoró en Harvard en 1905 donde trabajó como profesor de Historia.
Una boda de postín
En 1900, Bingham se casó con Alfreda, con la que tuvo siete hijos y de la que acabaría divorciándose en 1937. Esta unión permitió a Bingham entrar a formar parte de la clase pudiente norteamericana y permitirse lujos de los que hasta entonces nunca había podido disfrutar. Por fin, entre noviembre de 1906 y mayo de 1907, Bingham partió en su primera expedición acompañado de Hamilton Rice, un joven doctor que había ganado cierta fama como explorador por su viaje desde Guayaquil hasta el Río Napo, en Ecuador. La idea de Bingham, que para entonces ya había publicado algunos artículos académicos, era escribir una biografía de Simón Bolívar y seguir la ruta que el libertador llevó a cabo entre Caracas y Bogotá, pero jamás llegó a hacerlo.
Su matrimonio con Alfreda Mitchell en 1900 introdujo a Bingham en la poderosa clase alta estadounidense
En diciembre de 1908, Bingham participó en el Primer Congreso Científico Panamericano celebrado en Santiago de Chile, y durante el proceso de coordinación de la delegación norteamericana conoció al presidente Theodore Roosevelt con el que mantendría una gran amistad hasta su muerte. Al finalizar el congreso, Bingham se trasladó a Lima y desde allí a Cuzco, donde fue recibido con todos los honores por las autoridades peruanas encantadas de que un delegado norteamericano asistente al congreso científico tuviese intención de explorar el país.
Bingham visitó Cuzco y sus alrededores durante un tiempo y partió en 1909 para seguir con su exploración, que le llevó hasta Abancay, donde reconoció el sitio de Choquequirao por expreso deseo del prefecto de la región Juan José Nuñez.
En busca de Vilcabamba
Bingham había intentado convencer a las autoridades peruanas de que él ni era científico ni un experto en cultura incaica, pero de nada le valieron sus explicaciones y se vio obligado a partir, formando parte de una gran caravana, hacía las ruinas de Choquequirao. En realidad, Bingham no era arqueólogo y en los días que pasó en el sitio tomó muchas fotografías, midió cuidadosamente los monumentos y describió el medio ambiente del modo más preciso que pudo.
En los muros de Choquequirao pudo leer los nombres y las fechas de los primeros exploradores que llegaron al lugar escritos con carbón vegetal. Entre ellos, Bingham anotó cuidadosamente los de Eugene de Sartiges acompañado de los peruanos José María Tejada y Marcelino León en 1834; José Benigno Samanez, Juan Rivas Plata y Mariano Cisneros en 1861… El último grupo era el de Bingham, compuesto por el mismo prefecto Núñez y por el teniente Cáceres. Finalizada la expedición, Bingham quedó muy decepcionado al no encontrar ningún tesoro y volvió a Lima desde donde regresó a los Estados Unidos.
El punto de inflexión en las exploraciones de Hiram Bingham se produjo en 1910, cuando un amigo suyo, Edward S. Harkness, leyó el borrador del libro de su último viaje. Quedó tan impresionado que le sugirió realizar una nueva expedición para encontrar el último refugio de los Incas, la mítica Vilcabamba. El principal escollo fue la financiación la cual, tras cerrársele muchas puertas, acabaron pagando su esposa Alfreda, National Geographic Society, la Universidad de Yale y la Sociedad Nacional Geográfica de Estados Unidos.
Tras prácticamente un año de preparativos, la expedición partió hacía Cuzco en 1911. Bingham se dedicó a recopilar información acerca de la última capital de los Incas, y durante una noche de bebida, en la que el subprefecto de Cuzco bebió más de la cuenta, éste pronunció una palabra clave para el descubrimiento que el explorador estaba a punto de realizar: “Huayna Pichu”, el nombre de la montaña a cuyos pies se extienden las ruinas de Machu Picchu, el lugar donde Bingham creía que se encontraba Vilcabamba.
El 19 de julio de 1911, la expedición partió hacia el valle del Urubamba y el 23 de julio acamparon en Mandorpampa, una gran planicie cercana al yacimiento, que Bingham conocía tras haber oído hablar de ella al rector de la Universidad San Antonio Abad de Cuzco, Albert A. Giesecke.
Bingham entra en Machu Picchu
Creyendo hallarse a las puertas de Vilcabamba, el lunes 24 de julio, que amaneció nublado y con una ligera llovizna, Bingham entró en el recinto y se dio cuenta del sensacional descubrimiento que acababa de hacer. Una ciudad con una arquitectura y una ingeniería espectaculares y totalmente desconocida hasta entonces por el mundo. En su libro escribió: “De repente me encontré parado frente a las paredes de una ruina y casas construidas con la mejor calidad del arte inca. Las paredes fueron difíciles de ver ya que los árboles y el musgo habían cubierto las piedras por siglos. Pero en la sombra del bambú y trepando los arbustos estaban las paredes visibles hechas de bloques de granito blanco cortados con la más alta precisión. Encontré brillantes templos, casas reales, una gran plaza y miles de casas. Parecía estar en un sueño”. También documentó cada una de las fotos que iba tomando con su Kodak A3, y durante el recorrido por el yacimiento Bingham pudo leer en una de las paredes del Templo de las tres ventanas una inscripción hecha en carbón vegetal en la que decía “Lizárraga” y un año: 1902. Era la prueba de que mucho antes que él otras personas ya habían visitado el emplazamiento.
En Machu Picchu, Bingham descubrió una inscripción con un nombre, Lizárraga, y una fecha, 1902
Aparte de la controversia generada por el descubrimiento, Bingham también recibió críticas por sustraer de manera ilegal 46.332 piezas arqueológicas que fueron llevadas a la Universidad de Yale. Tan sólo 300 fueron devueltas; el resto permanece en grandes museos europeos como el Museo Británico, el Museo del Louvre o en colecciones particulares.
Tras fracasar en su carrera política y divorciado dos veces, Hiram Bingham, quien en su juventud fue un hombre alto y apuesto, audaz y con una personalidad seductora, moría el 6 de junio de 1956 a los 81 años. Su cuerpo descansa en el Cementerio Nacional de Alington (Virginia) donde fue enterrado con todos los honores.
Tomado de: Historia – National Geographic
Edición:
Uriel René Guevara Revelo