Por:
Redacción Pares
A usted, amigo y amiga que sólo conoce la guerra a través de la pantalla del televisor, le hablamos desde la cordillera nariñense.
A usted que no ha tenido la oportunidad de vivir la guerra queremos compartirle que, para nosotros, quienes hemos estado en medio del conflicto, la guerra tiene rostros y nombres. Aquí la muerte no llega sólo con los disparos, aquí los disparos llegan cuando se decide quién merece ser escuchado y quién debe permanecer en silencio, cuando se señala al campesino antes de preguntarle por su realidad, cuando el territorio deja de ser el entorno de una comunidad para convertirse en mapa de operaciones y cuando el dolor de su gente es reemplazado por cifras, estadísticas y balances militares que pocas veces alcanzan a contar lo que realmente sucede en nuestro pueblo y entre nuestra gente.
Nosotros no aprendimos la guerra en los libros ni en los titulares de prensa. Aprendimos de ella viendo partir a nuestros vecinos, enterrando amigos, suspendiendo clases por los enfrentamientos, cambiando los horarios de trabajo porque había retenes, caminando con miedo por senderos que antes recorríamos con tranquilidad y aprendiendo que, en medio del conflicto, cualquier palabra mal interpretada podía convertirse en una sentencia. Por eso sabemos que la guerra nunca termina cuando cesan los combates, permanece durante muchos años en la desconfianza, en los silencios y en las heridas que deja sobre quienes continúan habitando el territorio.
Hoy vuelve a instalarse una vieja promesa: la paz se consigue por medio de la guerra. Nos dicen que la seguridad llegará con más uniformes, más operaciones, más control, más autoridad, más fumigaciones. Nos hablan de recuperar territorios como si los territorios estuvieran vacíos, como si antes de los batallones no hubieran existido familias, veredas, mingas, cultivos, escuelas y comunidades que durante generaciones han aprendido a vivir, a pesar de la guerra, sin dejar de sembrar la tierra ni de defender la vida. Nos hablan de presencia del Estado como si éste nunca hubiera tenido la oportunidad de llegar de otra manera, como si la única forma de hacerse presente fuera a través de las armas y no mediante escuelas, hospitales, carreteras, acceso a la tierra, crédito para los campesinos y oportunidades para que nuestros hijos no tengan que elegir entre marcharse o sobrevivir en medio de la violencia.
Nos preocupa que regrese una manera de mirar el país donde el conflicto deja de entenderse como el resultado de profundas desigualdades y vuelve a convertirse únicamente en un problema militar. Porque cuando eso ocurre también regresa una vieja costumbre: buscar enemigos antes que ciudadanos, sospechosos antes que víctimas, objetivos antes que comunidades. Regresa la idea de que los territorios rurales sólo existen cuando producen noticias relacionadas con la guerra y no cuando producen alimentos, cultura, organización comunitaria y formas de resistencia que han permitido sostener la vida incluso en los momentos más difíciles.
El relato del enemigo interno nunca fue solamente una estrategia de guerra. Fue una manera de nombrar al otro, al que piensa diferente, al que reclama derechos, al que se organiza, al que decide que hay otra posibilidad. Allí donde había campesinos organizados se decía que había infiltración; donde existían juntas comunales se buscaban colaboradores; donde surgían voces críticas se levantaban sospechas. Todos los bandos de esta guerra, que cada vez parece más difícil de terminar, han buscado a sus enemigos entre nosotros, quienes para sobrevivir sin exiliarnos de nuestra tierra hemos tenido que aprender a ocupar el menor espacio posible, a hablar bajo, a desconfiar de las preguntas, a medir cada palabra y a cuidar incluso aquello que pensamos.
Quizá por eso duele tanto escuchar que en la televisión repiten “voto fusil”, así, con la tranquilidad de quien nunca ha recibido una amenaza de muerte por un comentario, por asistir a una reunión comunitaria o simplemente por vivir en el lugar equivocado.
Lo repiten y, en esa forma simplista de entender la realidad, niegan que los territorios que hemos vivido bajo la guerra podamos tener opinión propia. Aunque sabemos que los grupos armados han intentado intervenir procesos electorales (las comunidades conocemos esa realidad mejor que quienes la observan desde las ciudades) rechazamos que esa verdad parcial termine convirtiéndose en una explicación total, porque entonces desaparecen la historia, la organización y la voluntad de las comunidades.
Cuando se afirma que una región votó porque un fusil así lo ordenó, también se está diciendo que quienes habitan ese territorio no piensan, no deliberan, no deciden, que carecen de historia política propia y que su palabra sólo puede entenderse como el eco de la violencia. Esa narrativa vuelve sospechoso al campesino por el simple hecho de vivir donde el Estado llegó tarde o nunca llegó. Es una explicación cómoda porque evita preguntarse por qué esas comunidades piensan como piensan, qué esperan del Estado, cuáles han sido sus luchas y de dónde nacen sus demandas. Es más fácil atribuir el resultado de una elección al miedo, que reconocer que existen territorios con trayectorias políticas, sociales y organizativas propias.
Nos negamos a aceptar ese señalamiento.
Nos negamos a que las comunidades que durante décadas han vivido la guerra en carne propia sean reducidas a una caricatura que justifica las cifras electorales, a un titular engañoso que pone una máscara a la complejidad de la historia. Levantamos nuestra voz para que no se hable de nosotros como si no tuviéramos derecho a levantar la nuestra, para recordar que antes de que llegaran los grupos armados ya existía nuestra comunidad, nuestras formas de organización, nuestra lucha por la tierra y nuestra decisión de permanecer en ella. Mucho antes de la guerra ya sembrábamos estos campos y si la guerra termina seguiremos sembrándolos.
La paz no puede construirse negando esa historia. No habrá seguridad duradera mientras se confunda el control militar con la justicia social, mientras la tierra continúe siendo un privilegio, mientras la memoria de las víctimas sea presentada como un obstáculo y no como el punto de partida para comprender lo ocurrido. No habrá paz si la reforma agraria deja de ser una prioridad, si la verdad vuelve a convertirse en un campo de disputa partidista, si dejamos de escuchar a quienes han vivido la guerra desde abajo y si se deja de soñar con la paz porque se nos convence de que la guerra es el único destino posible.
Los campesinos y campesinas no necesitamos que nos vengan a vender la guerra disfrazándola de colores, consignas patriotas y arengas futboleras. La hemos vivido demasiado tiempo y muy de cerca, lo suficiente para saber que la guerra se parece más a unos trapos desgarrados manchados de sangre y lágrimas que a un uniforme deportivo. Sabemos también que quienes más hablan de la guerra suelen ser quienes menos han tenido que padecerla.
Por eso hablamos desde la memoria y no desde el miedo. Por eso les invitamos a visitar nuestra comunidad, o cualquier otra comunidad campesina, a caminar nuestros caminos, a escuchar nuestras historias, a probar la comida que nuestras manos sacan de la tierra y a mirar el país desde este lado de la montaña. Tal vez entonces comprendan que la realidad de los territorios no cabe en una consigna de televisión y que antes de repetir expresiones vacías como “voto fusil” vale la pena escuchar la voz de quienes hemos tenido que construir nuestra vida en medio de la muerte.
La paz siempre será un mejor camino.
[i] Este texto es una construcción literaria realizada a partir de un diálogo colectivo de análisis de coyuntura realizado con mujeres campesinas de la subregión Cordillera – Nariño, en julio de 2026