EL PENSADOR MÁS GRANDE QUE HA TENIDO COLOMBIA NO TERMINÓ SU BACHILLERATO
Las conversaciones intelectuales de sus personajes se le convirtió en una obsesión a Estanislao.
Por:
Iván Gallo

El 24 de junio de 1935, desde su finca Otraparte, el filósofo Fernando González vio un fulgor restañando el cielo de Medellín “Dos aviones se han chocado en la pista del Olaya Herrera”, le dijeron. El corazón se le arrugó. Sabía que ese día viajaba a Bogotá su amigo Estanislao Zuleta Ferrer. Pronto comprobó que sus peores temores se harían realidad. Se había quedado sin su contertulio favorito, sin el intelectual rebelde que dejaba además un hijo de cuatro meses de nacido. El niño se llamaba Estanislao como su padre. La noticia se conoció en todo el mundo. En el avión de la aerolínea SCADTA iba el cantante Carlos Gardel. Su cuerpo chamuscado por el incendio tenía placas doradas: las monedas de oro que siempre llevaba en sus alforjas se habían derretido.
En Medellín coincidió con un momento de esplendor cultural. En los cafés del centro se encontraba a la joven Débora Arango, al prometedor Fernando Botero, al futuro presidente Belisario Betancur, a Alberto Aguirre y a una caterva de monstruos sagrados que cambiarían al país.
Las críticas que le hacía Zuleta a la educación colombiana siguen teniendo una vigencia alarmante. Una educación que no invita a la imaginación, que no apasiona, en donde no ocurre una batalla de las ideas, es lo que se sigue respirando en los salones de clase. Volver a su pensamiento es imperioso. Releer sus discursos y abrir La Montaña Mágica, El Quijote, y descubrir los mundos que él supo comprender como ningún otro. Y vivir ebrios, ebrios a la manera que lo aconsejaba Baudelaire, uno de sus poetas amados:
¡Es hora de embriagarse! Para dejar de ser esclavos martirizados del Tiempo, ¡embriágate! ¡Embriágate sin cesar! De vino, de poesía, de virtud… de lo que quieras.
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