Por:
Vicente Pérez Silva
Por razones de carácter familiar tuve la fortuna de tener y mantener una cercana amistad con Leonidas Cabrera Trujillo, quién algún día de nuestras frecuentes tertulias, me confesó que, fue tanta la emoción que tuvo con el libro de sonetos Tierra de Promisión (Bogotá 1921) de su coterráneo José Eustasio Rivera, que no pudo menos de cristalizarla con la inspiración del soneto titulado Amanecer.
Imperdonable, ahora con motivo de la conmemoración centenaria de la novela La Vorágine, no rescatarlo del olvido.
Nativo de la ciudad Neiva, el espontáneo autor de su única creación poética, hizo estudios secundarios en el colegio de Santa Librada. Posteriormente, radicado en Bogotá, de avanzada edad, estudió y se graduó de abogado en la Universidad La Gran Colombia. Dueño de una voz privilegiada de barítono, nos deleitaba en las reuniones familiares, al entonar La donna é Mobile de Rigoletto; y nos conmovía con la resitación del soneto de Rivera, dedicado a la Paloma torcaz:
Cantadora sencilla de una gran pesadumbre,
entre ocultos follajes, la paloma torcaz,
acongoja las selvas con su blanda quejumbre,
picoteando arrayanas y pepitas de agraz.
…
Al impulso materno de sus tiernas entrañas,
amorosa se pone a arrullar las montañas…
Y se duermen los montes… y se apaga la luz.
De sorpresiva curiosidad anecdótica, el ocasional poeta de marras, me refirió que cuando le hizo entrega personal a José Eustasio de tan sentido homenaje, este le manifestó: “¡Leonidas! Ya quisiera haber creado un soneto como el que de manera tan bondadosa me ha dedicado. Y le cambiaría a Ud. El segundo terceto de Amanecer por cualquiera de mis tercetos de Tierra de Promisión”.
Episodio de tamaña ocurrencia, constituye una verdadera curiosidad, en el discurrir de un poeta de tanto renombre, como fue el autor de unos sonetos, “que por la factura y la idea frisan con la perfección fragmentos de vida arrancados a la naturaleza”.
El soneto de este gratísimo recuerdo, es del siguiente tenor:
Amanecer
A José Eustasio Rivera
Allá en la verde y encumbrada altura
de la soberbia cordillera andina
se filtran de la aurora diamantina
los rayos de su luz rosada y pura.
Todo está silencioso en la espesura
que refulgente el astro rey domina
y al arrullo del aura matutina
su luz penetra por la selva oscura.
Lanzan las aves en su agreste nido
sus dulces cantos con acento herido
de gozo al contemplar la amada lumbre.
Y así la tierra que parece muerta
con misterioso encanto se despierta
al vaivén de la luz de cumbre a cumbre.
A esta primicia, nos parece oportuno agregar estos dos sonetos también dedicados a José Eustasio Rivera, que vienen del siglo pasado. El primero, leyendo “Tierra de Promisión”, publicado en la famosa revista El Gráfico de Bogotá.
Infortunadamente, acerca de este autor, carecemos de la deseada información biográfica.
Del segundo, en cambio, es bien conocida la fecunda trayectoria intelectual de Fernando Soto Aparicio. Un humanista, narrador y poeta de los más acrisolados méritos.
Y aquí, un dato a suma sorpresa y curiosidad. Como si fuera hoy, recuerdo vivamente que, en uno de sus reportajes, manifestó que había leído más de una veintena de veces la gran novela La Vorágine.
Nada que decir, ante la intensidad de esta revelación, propia de un talento de cimeros atributos. Él sabía muy bien por qué lo había hecho y por qué lo decía.
Sin más tardanza, deleitémonos con la esencia de los anunciados sonetos:
Leyendo “Tierra de Promisión”
A la memoria del gran poeta Rivera.
Era un “grávido río” cuyas aguas serenas
arrullando los montes rumorosas cantaban;
en sus ondas el cóndor y el neblí se miraban,
y solitaria garza meditó en sus arenas.
En sus blancas espumas arrulló cien sirenas,
y atronantes sus tumbos como leones saltaban;
si en la noche los astros a sus lechos llegaban
Eran garras sus frías, invisibles antenas.
¡Oh el fulgor de los astros! ¡Oh la magia imposible
de las cien castidades, de las magas doncellas,
dualidad y grandeza del raudal invencible!
¡Detuvieron tu curso encantadas las frondas!
¡la paloma simbólica se alejó a tus querellas!
¡Remansado, … una estrella bogó al fin en tus ondas!
M. Rincón y Caro.
Rivera
Poeta de la selva misteriosa
y cantor inmortal de la llanura.
Tu verso es una nube luminosa
que llora fecundando la hermosura.
Describes la inocente mariposa
que se refleja entre la linfa pura,
o narras con la magia de tu prosa
la muerte de Millán en la espesura.
Irrumpiste en la calma ciudadana
cual una enloquecida caravana
de palmeras en ímpetu violento.
Y resonó tu nombre engrandecido
-vencedor de la muerte y del olvido-
como una clarinada sobre el viento.
Fernando Soto Aparicio